Haunting adeline

Summary

El Dark Romance Que Te Obsesionara ... ... ... ¿Se te ha comido la lengua el gato, ratoncita?

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
4.7 3 reviews
Age Rating
18+

Capítulo 1

                       La Manipuladora



A veces tengo algunos pensamientos muy oscuros sobre mi madre, pensamientos que ninguna hija cuerda debería tener.


Pero a veces no estoy muy cuerda.

—Addie, no seas ridícula —dice mamá por el altavoz del móvil.


Me quedo mirando el aparato como respuesta, me niego a discutir con ella. Como no digo nada, mamá suspira profundamente y yo hago una mueca con la nariz. Es increíble que esta mujer siempre dijera que mi abuela era dramática, pero que ella no vea su propio don para el dramatismo.


—Que tus abuelos te dejaran la casa en herencia no significa que tengas que vivir allá de verdad. Es vieja y le haríamos un favor a toda la ciudad si la demoliésemos.


Golpeo la cabeza contra el reposacabezas y pongo los ojos en blanco intentando encontrar la paciencia en el techo manchado de mi coche.


¿Cómo he conseguido ensuciarlo de kétchup?


—Y que a ti no te guste no significa que yo no pueda vivir en la casa —replico fría.


Mi madre es una zorra. Así de claro. Siempre ha estado amargada, pero, por mucho que lo intente, no consigo entender por qué.

—¡Estarás a una hora de nosotros! No te resultará nada práctico venir a vernos, ¿no?


«Ay, ¿cómo sobreviviré?».

Estoy bastante segura de que mi ginecóloga también está a una hora en coche, pero igualmente hago el esfuerzo de ir a verla una vez al año. Y esas visitas son mucho más dolorosas.


—No —contesto, harta de esta conversación. Cuando hablo con mamá, mi paciencia solo aguanta sesenta segundos. Después de ese tiempo, ya he llegado a mi límite y no tengo ningunas ganas de esforzarme para que la conversación fluya.


Si no es una cosa, es otra. Siempre consigue encontrar algo de lo que quejarse. En esta ocasión es que he decidido vivir en la casa que he heredado de mis abuelos. Me crie en Parsons Manor y de pequeña corría por los pasillos junto con los fantasmas y hacía galletas con mi abuela. Tengo buenos recuerdos de esta casa, recuerdos que me niego a dejar de lado solo porque mamá no se llevaba bien con su madre.


Nunca he entendido la tensión entre las dos mujeres, pero a medida que fui creciendo empecé a comprender el sarcasmo mordaz y los insultos disimulados de mamá, y todo cobró más sentido.


Mi abuela tenía una actitud positiva y alegre ante la vida y lo veía todo con unas gafas de color rosa. Siempre sonreía y tarareaba alguna canción, mientras que mamá está condenada a tener el ceño fruncido permanentemente y ve la vida como si las gafas se le hubieran hecho añicos cuando la sacaron de la vagina de mi abuela. No sé por qué su personalidad nunca se ha desarrollado más que si fuera un puercoespín; en ningún momento la educaron para convertirse en una zorra gruñona.


Cuando yo era pequeña, mamá y papá tenían una casa que estaba a menos de dos kilómetros de Parsons Manor. Mamá apenas me aguantaba, así que me pasé la mayor parte de mi infancia en esta casa. No fue hasta que empecé la universidad que mamá se mudó a otra localidad a una hora de aquí. Al dejar los estudios, me fui a vivir con ella hasta que volví a encaminarme y mi carrera como escritora empezó a afianzarse.


Y, cuando se afianzó de verdad, decidí viajar por todo el país y nunca me terminé de asentar en ningún sitio en concreto.


Mi abuela murió hace un año, más o menos, y me dejó la casa en herencia, pero al principio estaba demasiado afligida para mudarme a Parsons Manor. Hasta ahora.


Mamá suspira otra vez desde el otro lado del teléfono.


—Es que me gustaría que fueras más ambiciosa, en lugar de quedarte en la ciudad donde te criaste, cielo. Haz algo más con tu vida, no la desperdicies en esa casa como hizo tu abuela. No quiero que acabes siendo una inútil como ella.


Un gruñido se apodera de mi cara y la furia me desgarra el pecho.


—Oye, mamá.

—¿Sí?

—Vete a la mierda.


Golpeo la pantalla con el dedo rabiosa hasta que oigo el pitido que me confirma que la llamada ha terminado.


¿Cómo se atreve a hablar de esta manera de su propia madre cuando ella siempre la quiso y la adoró? La abuela no trataba a su hija como ella me trata a mí, eso está claro.


Me olvido del tema y suelto un suspiro melodramático mientras me giro para mirar por la ventana lateral del coche. La casa se alza orgullosa, con la punta del techo negro atravesando las nubes sombrías y erigiéndose imponente sobre la gran zona boscosa como diciendo «me temerás». Miro por encima del hombro hacia el denso bosque, que no es más acogedor que la casa, con las sombras de los árboles arrastrándose por el suelo desde la maleza con unas garras alargadas.


Me estremezco a la vez que me deleito por la siniestra sensación que emana de esta pequeña parte del acantilado. Está exactamente igual que cuando era pequeña, y no me produce menos impresión asomarme a la oscuridad infinita.


Parsons Manor se sitúa junto a un acantilado con vistas a la bahía y cuenta con una calzada de entrada que mide un kilómetro y medio y se extiende por una espesa zona boscosa. Los árboles separan la casa del resto del mundo y te hacen sentir como si estuvieras absolutamente sola.


A veces es como si vivieras en un planeta diferente, aislada de la civilización. Toda la zona desprende un aura amenazadora y pesarosa.


Y, joder, me encanta.


La casa está algo deteriorada, pero puede arreglarse con un poco de cariño para que quede como nueva. Cientos de vides trepan por los laterales de la estructura hacia las gárgolas que descansan en el tejado, en cada lado de la casa. El revestimiento negro ha empezado a desteñirse a gris y a desconcharse, igual que la pintura negra del marco de las ventanas, que está saltando como si fuese un pintaúñas barato. Además, tendré que contratar a alguien para dar un lavado de cara al gran porche frontal, que comienza a hundirse ligeramente por un lado.


El césped hace tiempo que necesita un corte de pelo, puesto que las briznas son casi tan altas como yo, y el claro de más de una hectárea está repleto de hierbajos. Seguro que más de una serpiente se ha acomodado ahí con mucho gusto desde la última vez que cortaron el césped.


Mi abuela contrarrestaba la oscuridad de la casa con plantas coloridas que florecían en primavera. Jacintos, prímulas, violas y azaleas. En otoño, los girasoles reptaban por los lados de la casa y las preciosas tonalidades de amarillo y naranja de los pétalos resaltaban con el revestimiento negro.


Cuando sea temporada yo también haré un jardín alrededor de la parte frontal de la casa, pero esta vez plantaré fresas, lechugas y también hierbas aromáticas.


Estoy absorta en mis cavilaciones cuando mis ojos se percatan de un movimiento en el piso superior; las cortinas se agitan en la solitaria ventana que hay en la parte superior de la casa.


La buhardilla.


La última vez que lo comprobé, confirmé que ahí arriba no hay ningún sistema de climatización. No hay nada que pueda mover las cortinas, pero igualmente no tengo ninguna duda de lo que he visto.


Combinado con la tormenta que asoma a lo lejos, Parsons Manor parece una escena sacada de una película de miedo. Me muerdo el labio inferior incapaz de reprimir la sonrisa que se me está esbozando en la cara.


Me encanta.


No puedo explicar por qué, pero es así.


A la mierda lo que dice mi madre. Me quedo a vivir aquí. Soy una escritora de éxito y tengo la libertad de poder vivir en cualquier sitio. ¿Y qué si decido hacerlo en un lugar que significa mucho para mí? Que me quede en mi ciudad natal no me convierte en una persona inferior. Ya viajo mucho por las giras de los libros y las conferencias, y que eche raíces en una casa no lo cambiará. Sé lo que quiero y me la suda lo que piensen los demás.


Sobre todo, mi querida madre.


Las nubes bostezan y de su boca empiezan a derramarse algunas gotas. Cojo el bolso y salgo del coche inhalando la frescura de la lluvia, que en cuestión de segundos pasa de ser unas pocas gotitas a un fuerte diluvio.


Tras subir los escalones del porche de entrada a toda prisa, muevo los brazos para quitarme de encima las gotas de lluvia y me sacudo de arriba abajo como si fuera un perro mojado.


Me encantan las tormentas, pero no cuando me pillan en la calle. Preferiría acurrucarme bajo las sábanas con una taza de té y un libro mientras escucho la lluvia.


Introduzco la llave en la cerradura y la giro, pero se queda encallada y se niega a ceder ni siquiera un milímetro. Meneo un poco la llave y me peleo con ella hasta que el mecanismo al fin gira y puedo abrir la puerta.


«Supongo que también tendré que arreglarlo pronto».


Una corriente espeluznante me da la bienvenida al abrir la puerta, y la mezcla de la lluvia congelada todavía sobre mi piel y el aire frío y rancio me produce un escalofrío.


El interior de la casa está lleno de sombras. Una luz tenue entra por las ventanas y se debilita gradualmente a medida que el sol desaparece detrás de los nubarrones grises.


Me parece que tendría que empezar mi historia así: «Era una noche oscura de tormenta…».


Alzo la vista y sonrío cuando veo el techo acanalado negro compuesto por cientos de piezas alargadas y delgadas de madera. Sobre mi cabeza cuelga una majestuosa araña de techo de acero dorado con un diseño intricado y unos cristales colgando de las puntas. Siempre fue la posesión más preciada de mi abuela.


Los suelos a cuadros blancos y negros conducen directamente a una elegante escalera de color oscuro, que es tan grande que hasta cabría un piano de lado, y a continuación dan paso al salón. Mis botas chirrían sobre las baldosas cuando me adentro en la casa.


Este piso es mayoritariamente de planta abierta, lo cual te hace sentir que la monstruosidad de la vivienda podría tragarte entera.


El salón está a la izquierda de la escalera. Miro a mi alrededor con los labios fruncidos y la nostalgia me golpea de lleno en el estómago. Todas las superficies están cubiertas por una capa de polvo y el olor de las bolas de naftalina es asfixiante, pero está exactamente como la última vez que lo vi, justo antes de que mi abuela muriera el año pasado.


En el centro de la estancia, en la pared izquierda, hay una gran chimenea de piedra también negra rodeada de unos sofás rojos de terciopelo y una mesita decorativa de madera en el medio. Sobre la madera oscura hay un jarrón vacío que mi abuela llenaba de lirios, pero ahora simplemente acumula polvo y bichitos muertos. Las paredes están empapeladas con un estampado de cachemira negro que contrasta con las pesadas cortinas doradas.


Una de mis cosas preferidas de este espacio es la terraza acristalada que se ve en la parte frontal de la casa, que ofrece unas vistas preciosas al bosque que hay más allá de Parsons Manor. Justo enfrente hay una silla mecedora roja de terciopelo y un taburete a conjunto. Mi abuela se sentaba aquí para contemplar la lluvia y decía que su madre siempre hacía lo mismo.


Las baldosas blancas y negras continúan hasta la cocina, que tiene unos preciosos armarios negros de madera, unas encimeras de mármol y una isla central descomunal con unos taburetes negros en un lado. Mi abuelo y yo nos sentábamos aquí y mirábamos a mi abuela mientras ella preparaba una comida deliciosa y canturreaba alguna canción.


Dejo de lado los recuerdos y corro hacia una lámpara alta que hay junto a la mecedora. Presiono el botón para encender la luz y suspiro aliviada al confirmar que la bombilla emite un suave brillo. Hace unos días llamé para que pusieran los suministros a mi nombre, pero nunca puedes estar del todo segura cuando se trata de una casa antigua.


A continuación, me acerco al termostato y otro escalofrío me recorre todo el cuerpo cuando veo el número.


Joder, dieciséis grados.


Aprieto la flecha hacia arriba con el pulgar y no me detengo hasta que la temperatura alcanza el 23. No me molestan las temperaturas frescas, pero preferiría que mis pezones no atravesaran toda mi ropa.


Me vuelvo a girar y observo una casa que es tanto antigua como nueva, una casa donde ha residido mi corazón desde que tengo uso de memoria, aunque mi cuerpo se fuera de aquí durante una temporada.


Y entonces sonrío y me deleito con el esplendor gótico de Parsons Manor. Está como la decoraron mis bisabuelos, y el estilo se ha mantenido de generación en generación. Mi abuela decía que le gustaba que ella fuese lo más brillante de la habitación, pero, a pesar de eso, igualmente tenía los gustos de una persona mayor.


O sea, de verdad, ¿por qué los cojines blancos tienen encaje en los lados y un extraño ramo de flores bordado en el centro? No es bonito, es feo.


Suspiro.


—Bueno, abuela, he vuelto. Como querías —susurro al aire muerto.



—¿Estás lista? —me pregunta mi asistente personal, que está a mi lado.


Miro a Marietta y me fijo en que está ofreciéndome el micrófono medio distraída, porque está concentrada en la gente que continúa entrando en el pequeño local. Esta librería de barrio no está pensada para acoger a un gran número de asistentes, pero, de alguna manera, se las están apañando.


Una multitud de gente se está congregando en este espacio tan apretado, y han formado una línea uniforme mientras esperan a que empiece la firma. Mis ojos se pasean por el público y empiezo a contar mentalmente cuántas personas hay, pero pierdo la cuenta después de llegar a treinta.


—Sí —digo, y le cojo el micrófono.


Cuando tengo la atención de todos los presentes, los murmullos empiezan a disiparse hasta que nos quedamos en silencio. Veo decenas de pares de ojos clavados en mí, lo cual hace que me sonroje y se me pongan los pelos de punta, pero me encantan mis lectores, así que apechugo.


—Antes de empezar, quería tomarme unos segundos para agradeceros que hayáis venido. Os aprecio mucho a todos y cada uno de vosotros y me hace tanta ilusión conoceros. ¡¿Estáis listos?! —exclamo, obligándome a sonar animada.


No es que no esté animada, sino que normalmente me siento muy incómoda en las firmas de libros. No me resulta natural interactuar con los demás, más bien me quedo mirando a la gente con cara de póquer y una sonrisa congelada después de que me pregunten algo mientras mi cerebro procesa el hecho de que ni siquiera he oído la pregunta. El motivo suele ser que el corazón me late con tanta fuerza en las orejas que no escucho.


Me acomodo en la silla y preparo el rotulador. Marietta desaparece para encargarse de otros asuntos y me desea un «mucha suerte» rápido antes de irse. Ya ha presenciado más de un percance con algún lector y tiene tendencia a sentir vergüenza ajena por mí. Supongo que es una de las desventajas de representar a una paria social.


«Marietta, vuelve. Es mucho más divertido cuando no soy la única que se avergüenza». Se me acerca la primera lectora con el libro La nómada en las manos. Tiene la cara llena de pecas y me sonríe de oreja a oreja.


—¡Ay, madre, qué ilusión conocerte! —exclama, y prácticamente empuja el libro contra mi cara, tal como habría hecho yo misma.


Esbozo una gran sonrisa y le cojo el libro con cuidado.


—Yo también me alegro de conocerte —digo—. Y, oye, las dos somos del Equipo Pecas —añado señalando nuestras caras con el índice. La chica suelta una risita nerviosa y se lleva las manos a las mejillas—. ¿Cómo te llamas? —me apresuro a preguntar antes de que nos quedemos encalladas en una conversación extraña sobre la piel.


«Venga ya, Addie, ¿y si odia las pecas? Qué tonta».


—Megan —responde, y a continuación me deletrea su nombre.


Me tiembla la mano mientras escribo minuciosamente su nombre y una nota de agradecimiento. La firma me sale un poco torpe, pero eso en realidad representa bastante bien toda mi existencia.


Le devuelvo el libro y le doy las gracias con una sonrisa sincera.


Cuando se acerca la siguiente lectora, me noto una presión en el rostro. Hay alguien observándome. Sin embargo, es un pensamiento de lo más idiota, porque literalmente toda la gente de la librería tiene la vista clavada en mí.


Intento ignorarlo y le dedico una amplia sonrisa a la lectora, pero la sensación se intensifica más y más hasta que siento unas abejas revoloteando por debajo de mi piel mientras una antorcha se me pega al cuerpo. Es… Es algo que no había sentido nunca. Se me ponen de punta los pelos de la nuca y noto que se me calientan las mejillas hasta teñirse de un rojo vivo.


Tengo la mitad de mi atención puesta en el libro que estoy firmando y en la lectora que me habla muy ilusionada, y la otra mitad está concentrada en la multitud. Paseo sutilmente la mirada por toda la librería intentando encontrar la fuente de mi incomodidad sin que resulte obvio.


Mis ojos se posan sobre una persona solitaria que está al fondo. Un hombre. La aglomeración de gente me tapa la mayoría de su cuerpo y solo consigo ver algunos fragmentos de su cara cuando quedan a la vista en los huecos entre las cabezas de los demás, pero lo que consigo ver hace que me quede con la mano inmóvil a medias de escribir una palabra.


Sus ojos. Uno muy oscuro y que parece no acabar nunca, como si estuviera mirando al interior de un pozo. El otro, de un azul gélido tan claro que casi parece blanco y que me recuerda a los ojos de un husky. Una cicatriz le atraviesa verticalmente el rostro por el ojo descolorido, como si no reclamara toda mi atención ya de por sí.


Entonces alguien carraspea y doy un brinco, aparto la mirada de él y me concentro en el libro. He dejado el rotulador apoyado sobre la página y ha creado un gran punto de tinta negra.


—Perdona —murmuro, y termino de firmárselo. Cojo un marcapáginas y también lo firmo antes de meterlo entre las páginas a modo de disculpa.


La chica esboza una sonrisa desbordante que demuestra que ha olvidado el error y se va con su libro. Cuando levanto la vista para buscar al hombre, ya no está.




—Addie, lo que necesitas es echar un polvo. Como respuesta, envuelvo los labios alrededor de la pajita y sorbo el Martini de arándanos tan profundamente como me lo permite la boca. Daya, mi mejor amiga, me observa poco impresionada e impaciente, si me baso en su ceja arqueada.


Me parece que necesito una boca más grande. Me cabría más alcohol.


Sin embargo, no lo digo en voz alta, porque me apuesto la nalga izquierda a que su réplica sería que la usaría «para una polla más grande».


Continúo sorbiendo de la pajita, y ella extiende la mano hacia mí y me la quita de los labios. Ya hace quince segundos que he llegado al final del vaso y todo este rato he estado sorbiendo aire. Mi boca no ha tenido tanto tema desde hace un año.


—Ey, mi espacio personal —balbuceo dejando el vaso en la mesa, y evito hacer contacto visual con mi amiga mientras busco a la camarera del restaurante para pedirle otro Martini. Cuanto antes vuelva a tener la pajita en la boca, antes podré volver a esquivar esta conversación.


—No seas una zorra intentando cambiar de tema. Se te da fatal.


Nuestros ojos se encuentran durante un instante y al final las dos nos echamos a reír. —Al parecer, también se me da fatal ligar —digo cuando nos calmamos, y Daya me mira divertida.


—Has tenido muchas oportunidades, pero es que no las aprovechas. Eres una mujer de veintiséis años, estás muy buena, tienes pecas, unas tetas fantásticas y un culo que flipas. Los hombres están esperándote.


Me encojo de hombros para evitar esta conversación otra vez. Daya no se equivoca del todo, como mínimo en lo de tener opciones, pero no me interesa ninguna. Todos los tíos me aburren. Lo único que consigo es «qué llevas puesto» y «quieres venir a casa, carita guiñando el ojo» a la una de la madrugada. Llevo puestos los mismos pantalones de chándal desde hace una semana, hay una mancha misteriosa en mi entrepierna y no, no quiero ir a tu puta casa.


Mi amiga extiende la mano, expectante.

—Dame el móvil.

Abro mucho los ojos.

—Y una mierda.

—Adeline Reilly. Dame. El. Móvil. Joder.

—¿O qué? —

la tiento.

—O me abalanzaré sobre la mesa, te morirás de la vergüenza y me saldré con la mía igualmente.


Por fin veo a la camarera y le hago un gesto para llamar su atención. Estoy desesperada. Se acerca muy rápido, porque seguramente se piensa que tengo algún problema, aunque el único problema al que me enfrento ahora mismo es que mi amiga es una pesada.

Para hacer un poco de tiempo, le pregunto a la camarera qué bebida prefiere ella. Volvería a repasar el menú de las bebidas si no fuese feo hacerla esperar cuando tiene que atender a otros clientes, así que al final escojo un Martini de fresa en lugar del de manzana verde, y la chica se va enseguida.


Suspiro.


Daya todavía tiene la mano extendida con firmeza y le planto el móvil bruscamente sobre la palma porque la odio. Ella me sonríe triunfante y empieza a escribir. El brillo travieso de su mirada se acentúa cada vez más mientras mueve los pulgares a velocidad turbo, lo cual hace que los aros dorados que le envuelven los dedos prácticamente se hagan borrosos.


Tiene los ojos verde salvia iluminados con la clase de maldad que solo se encontraría en la Biblia satánica. Si indagara un poco, estoy segura de que encontraría una foto suya en el libro: una chica que está buenísima con la piel morena oscura, el pelo negro completamente liso y un aro dorado en la nariz.


Seguramente es un súcubo malvado o algo así.


—¿A quién le escribes? —gruño, y casi me pongo a zapatear como una niña pequeña. Consigo reprimirme, pero he estado a punto de liberar un poco de mi ansiedad social haciendo una locura como tener una pataleta en medio del restaurante. Seguramente no ayuda que ya vaya por el tercer Martini y esté un poco envalentonada en este momento.


Mi amiga levanta la vista, bloquea el móvil y me lo devuelve al cabo de unos segundos. De inmediato lo desbloqueo, empiezo a buscar entre mis mensajes y vuelvo a gruñir cuando veo que le ha enviado unos mensajes a Greyson. Y no son unos mensajes cualesquiera, no, son todos sexuales.


—«Ven esta noche y cómeme el coño. Me muero por sentir tu polla enorme» —leo en voz alta con frialdad. Y eso ni siquiera es todo; luego se pone a hablar de que estoy muy cachonda y me toco cada noche pensando en él. Gruño y la fulmino con la mirada, asqueada.


—¡Yo nunca diría algo así! ¡Ni siquiera hablo de esta manera, cabrona!


Daya suelta una risotada y deja a la vista el pequeño hueco que tiene entre los dos incisivos centrales.


Cuánto la odio.


Mi móvil emite un pequeño ruido, y Daya prácticamente se pone a dar saltitos en su silla mientras yo me planteo buscar en Google la información de contacto de 1.000 maneras de morir para mandarles una nueva historia.


—Léelo —me exige, extendiendo sus manos ansiosas hacia mí para intentar cogerme el teléfono y ver qué ha dicho.


Lo aparto de su alcance y abro el mensaje:


GREYSON: Ya era hora de que entraras en razón, nena. Te veo a las ocho.


—No sé si te lo he dicho alguna vez, pero te odio con toda mi alma, de verdad —gruño frunciendo el ceño otra vez.


Ella sonríe y sorbe de su bebida. —Yo también te quiero, amor.



—Joder, Addie, te he echado de menos —murmura Greyson en mi cuello mientras me empotra contra la pared.


Por la mañana tendré un moratón en el coxis. Pongo los ojos en blanco cuando vuelve a babosearme el cuello y gime al empujar la polla contra el ápice de mis muslos.


Al final he decidido que tenía que desahogarme, así que no he cancelado los planes con Greyson como quería. Como quiero. Y me arrepiento de haber tomado esa decisión.


Ahora me tiene inmovilizada contra la pared del espeluznante pasillo de mi casa. Unos apliques antiguos decoran las paredes de color rojo sangre, así como decenas de fotos familiares de varias generaciones.


Siento como si me estuvieran observando con desprecio y decepción al ver que un tío está a punto de follarse a su descendiente delante de ellos.


Solo funcionan algunas lámparas y no sirven más que para iluminar las telarañas que las recubren. El resto del pasillo está completamente a oscuras, y espero que de un momento a otro aparezca el demonio de El grito arrastrándose por el suelo para darme una excusa para irme corriendo.


A estas alturas tengo claro que le haría una zancadilla a Greyson cuando se fuera, y no me avergüenzo lo más mínimo.


Me murmura algunas guarradas en la oreja mientras inspecciono el aplique que tenemos sobre la cabeza. Greyson comentó una vez de pasada que le dan miedo las arañas, así que me pregunto si puedo alzar la mano disimuladamente, coger una y metérsela por la parte trasera del cuello de la camisa. Eso haría que saliera de aquí por piernas, y seguramente le daría demasiada vergüenza volver a hablarme. Un plan perfecto.


Justamente cuando estoy a punto de hacerlo, retrocede jadeando después de haber estado todo este rato liándose él solito con mi cuello. Es como si esperara que mi cuello le devolviera la lengüetada o algo así.


Tiene el pelo cobrizo revuelto por mis manos y su pálida piel está sonrojada. Supongo que es la maldición de ser pelirrojo.


En términos de físico, Greyson reúne todos los puntos a su favor. Está buenísimo, con un cuerpazo y una sonrisa preciosa. La pena es que no sepa follar y que sea un gilipollas de remate.


—Vamos a la habitación. Necesito entrar en ti ahora mismo.


Por dentro me estremezco, y por fuera… también. Intento disimularlo sacándome la camisa por encima de la cabeza. Él tiene el intervalo de atención de un beagle y, como sospechaba, enseguida olvida mi pequeño desliz y clava la vista en mis tetas.


Daya también tenía razón en esto: sí que tengo unas tetas fantásticas.


Greyson alza las manos para arrancarme el sujetador del cuerpo —creo que le habría dado una bofetada si lo hubiera roto de verdad—, pero se queda congelado cuando un fuerte golpe proveniente de la planta principal nos interrumpe.


Es un ruido tan repentino y violento que se me escapa un gritito y se me acelera el corazón. Nuestros ojos se encuentran en un silencio estupefacto. Alguien está llamando a la puerta de entrada y no parece que esa persona sea demasiado agradable.


—¿Esperas a alguien? —pregunta dejando caer la mano. Parece frustrado de que nos hayan interrumpido.


—No —balbuceo.


Me apresuro a volver a ponerme la camisa (al revés) y bajo corriendo las escaleras, que chirrían por el peso de mi cuerpo. Me tomo un momento para mirar por la ventana que está al lado de la puerta y frunzo el ceño al ver que en el porche delantero no hay nadie. Suelto la cortina y me quedo de pie frente a la puerta mientras la quietud de la noche se cierne sobre la casa.


Greyson se me acerca por detrás y me mira confundido.


—Hum… ¿Vas a abrir? —pregunta como un tonto, y me señala la puerta como si no supiera que la tengo delante de las narices.


Me gustaría darle las gracias por indicarme dónde está la puerta simplemente para ser una cabrona, pero al final me reprimo por los pelos. Hay algo en ese golpe que ha hecho que se me enciendan todas las alarmas. Ha sonado agresivo, enfadado, como si alguien hubiera golpeado la puerta con todas sus fuerzas.


Un hombre de verdad se ofrecería a ir a ver quién hay después de oír un sonido tan violento, sobre todo cuando estamos rodeados por un kilómetro y medio de denso bosque y una caída de treinta metros hasta el agua.


En cambio, Greyson se me queda mirando expectante. Y un poco como si fuera estúpida. Resoplo, desbloqueo la puerta y la abro de par en par.


De nuevo, no veo a nadie. Salgo al porche y la tarima de madera podrida se lamenta bajo mis pies. Un viento frío me despeina la melena de color canela, y los mechones me hacen cosquillas en la cara y provocan que un escalofrío me recorra todo el cuerpo. Con la piel de gallina, me pongo el pelo detrás de las orejas y camino hasta un extremo del porche, me inclino sobre la barandilla y miro hacia un lado de la casa. Nadie.


Tampoco hay nadie en el otro lado de la casa.


Sería muy fácil que alguien estuviera observándome desde el bosque, pero me resulta imposible saberlo por la oscuridad. A menos que me acerque y lo investigue yo misma.


Y, aunque me encantan las películas de terror, no tengo ningún interés en protagonizar una.


Greyson aparece a mi lado y escanea los árboles con la mirada.


Alguien está observándome. Lo noto. Estoy tan segura de ello como de que existe la fuerza de la gravedad.


Vuelvo a sentir un escalofrío, esta vez acompañado de un chute de adrenalina. Es la misma sensación que tengo cuando veo una película de miedo. Empieza con los latidos de mi corazón y luego se me instala una presión en el estómago, que al final llega hasta lo más profundo de mí. Me muevo nerviosa, no estoy del todo cómoda con esta sensación.


Con un resoplido, me apresuro a volver a entrar en la casa y subo las escaleras. Greyson me sigue de cerca. No me doy cuenta de que está desnudándose por el pasillo hasta que entra en mi habitación después de mí. Cuando me giro, me lo encuentro en pelotas.


—¿En serio? —le espeto. Vaya puto idiota. Alguien acaba de llamar a mi puerta con toda la mala hostia del mundo y él enseguida está listo para retomar las cosas donde las ha dejado: baboseándome el cuello como si intentara sorber la gelatina de un envase.


—¿Qué? —pregunta incrédulo extendiendo los brazos hacia los lados.


—¿Acaso no acabas de oír lo mismo que yo? Alguien ha golpeado la puerta de mi casa, y ha dado bastante miedo. No estoy de humor para el sexo ahora mismo.


¿Qué ha sido de la caballerosidad? Me parece que un hombre normal me preguntaría si estoy bien, intentaría averiguar cómo me siento, quizá querría asegurarse de que esté cómoda y relajada antes de meterme la polla.


No sé, se adaptaría a la puta situación.


—¿Lo dices de verdad? —insiste, y veo que se le encienden los ojos marrones por la rabia. Son de un color de mierda, igual que tiene una personalidad de mierda y unas habilidades sexuales aún peores. El tío parece un pescado por cómo se menea cuando folla. Ya puestos, podría exponerse desnudo en una lonja, tendría más oportunidades de encontrar a alguien que quisiera llevárselo a casa. Y esa persona no seré yo.


—Sí, lo digo de verdad —respondo exasperada.


—Joder, Addie —me suelta, y recoge de muy mala leche un calcetín y se lo pone. Parece un idiota: totalmente desnudo salvo por un calcetín, porque el resto de su ropa sigue tirada de forma aleatoria por el pasillo.


Sale de la habitación con grandes zancadas y va cogiendo las prendas de ropa a medida que avanza. Cuando llega a la mitad del largo pasillo, se detiene y se vuelve hacia mí.


—Eres una zorra, Addie. Siempre me calientas y me dejas con las ganas, y ya estoy harto. No quiero saber nada más de ti ni de esta casa que da puto miedo.


—Y tú eres un gilipollas, Greyson. Vete de mi casa ahora mismo, joder.


Al principio abre mucho los ojos porque no se lo esperaba, pero luego los entrecierra rabioso. Se gira y, con un movimiento de brazo, atraviesa la pared con el puño.


Se me escapa un grito cuando medio brazo de Grayson desaparece entre el yeso y me quedo boquiabierta, sorprendida e incrédula.


—Como me niegas el tuyo, he pensado que haría mi propio agujero para meterla. Arréglalo, puta —me espeta, y se va echando humo por las orejas todavía con un solo calcetín puesto y una montaña de ropa en un brazo.


—¡Cabronazo! —chillo, y me apresuro a examinar el agujero enorme que me ha dejado en la pared.


Un minuto más tarde oigo desde la planta inferior que la puerta principal se cierra de un portazo.


Espero que esa misteriosa persona todavía esté ahí fuera y que asesine a este gilipollas cuando solo lleva puesto un calcetín.


4 de abril de 1944


Hay un desconocido al otro lado de la ventana.


No sé quién es ni qué quiere de mí, pero creo que me conoce. Me observa por las ventanas cuando John no está en casa. Lleva puesto un sombrero de copa, así que no le veo la cara, y he intentado acercarme a él, pero se aleja cada vez que lo hago.


Todavía no se lo he contado a John. No soy capaz de decir por qué, pero hay algo que me impide abrir la boca y confesarle que un hombre me observa. John no se lo tomaría bien. Saldría con la escopeta para intentar encontrarlo.


Tengo que admitir que me asusta más lo que le pasaría a mi visitante en caso de que mi marido lo lograra.


Este hombre me da mucho miedo.


Pero, por el amor de Dios, también me tiene intrigada.