Capítulo 1
Jimin
Sé que todo lo que me han contado es mentira.
Suelto un largo suspiro. Me ajusto el asa de la mochila al hombro izquierdo con la mirada al frente y continúo caminando. Odio estar aquí. No pienso quedarme. Y, en cuanto pueda, quieran ellos o no, me largaré.
Las puertas automáticas se abren y descubren una nube de personas sonrientes. Es algo que siempre me sorprende de los aeropuertos y el JFK, por supuesto, no iba a ser menos.
A pesar de eso no tardo más de un par de segundos en distinguirlo. La verdad es que llevo todo el vuelo preguntándome si me costaría trabajo o no. Hace casi dos años que no nos vemos en persona. Las videollamadas están bien pero no es lo mismo. Además, últimamente tampoco ha habido muchas.
—Hola —me saluda con una sonrisa llena de cautela.
Imagino que está evaluando el terreno.
—Hola —respondo.
Unos segundos de silencio incómodo, como en las videollamadas.
—¿Has tenido un buen viaje? Son casi seis horas desde California.
Yo asiento antes de que pueda terminar de hablar. Es como si nos costara un esfuerzo extra coordinarnos.
—No ha estado mal —casi murmuro.
Volvemos a quedarnos callados y otra vez es incómodo.
Mierda. No debería ser así.
—Bueno, será mejor que nos pongamos en marcha — propone.
Da un paso hacia mí y estira el brazo para coger el asa de mi maleta. Me pilla por sorpresa cuando yo estaba a punto de hacer lo mismo. Él suspira, parece que se rinde con eso de «vamos a fingir que no pasa nada», y una suave sonrisa se apodera de sus labios.
—Lo siento, Jimin —dice. Suena sincero de verdad.
—No te preocupes. Está todo bien, papá.
No lo está, pero todo se arreglará cuando vuelva a California.
Se olvida de la maleta y abre los brazos, casi como pidiéndome permiso antes de rodearme con ellos. Yo acepto y, antes de que él lo haga, doy un paso al frente para que por fin nos abracemos. Me siento bien al instante. Supongo que da igual cuáles sean las circunstancias, siempre es lindo abrazar a tu padre.
Nos quedamos así un par de minutos. Esto es un aeropuerto, así que nadie se extraña. Además, es Nueva York. Que algo les parezca raro es una misión imposible.
Tuerzo los labios un poco triste. En otras circunstancias, me gustaría muchísimo quedarme un tiempo con él, pero es que justo ahora no puedo hacerlo y no voy a hacerlo. Da igual cuánto se enfade ella.
—Vamos —dice mi padre cuando nos separamos—. Elise está deseando verte.
A unos cuantos kilómetros del aeropuerto, reviso el móvil por tercera vez desde que me he montado en el coche esperando un mensaje que debería llegar y no llega. Ahora también siento la mirada de mi padre sobre mí (y mi smartphone), aunque la aparta rápido. Se esfuerza en ser un padre moderno y eso de espiarle el teléfono a su hijo es una cosa que no debe hacer.
—¿Sabes qué he pensado? —plantea de pronto para que tengamos tema de conversación. Despego la mirada del WhatsApp y la llevo hasta él, que esboza una sonrisa enorme—. Que Toby podría venir a pasar unos días. Lo pasarían genial.
—Papá, es Tommy, —lo corrijo amable, aunque, la verdad, es el nombre de mi mejor amigo desde hace casi diez años, sería bueno que se lo supiese— y no puede. Dentro de poco serán los exámenes en la universidad.
Él suelta un decepcionado «oh, claro» y continúa con la vista fija en la carretera. Yo suelto un suspiro y reviso por cuarta vez mis mensajes. ¿Quiero a mi padre? Sin dudar.
Pero no puede pretender que de pronto todo sea perfecto solo porque ahora sea lo que quiere.
Hace ocho años mis padres se divorciaron y él decidió que tenía que perseguir su sueño de triunfar como artista. Embaló sus cuadros, hizo las maletas y se largó a Nueva York prometiéndonos que volvería muy pronto. No lo hizo. Se estableció aquí, conoció a otra mujer y se casaron. Yo fui el único que asistió a la boda. Mis hermanos declinaron amablemente la invitación.
Mi padre siempre se ha preocupado de que tuviese todo lo que necesitase y de que formara parte de su nueva vida. Lo que pasa es que ¿hasta qué punto formas parte de la vida de alguien solo con un par de videollamadas al mes? Es complicado.
Por mi parte, me encanta mi vida con mi madre y mis hermanos en California. No la cambiaría por nada del mundo. Puede que para él no fuese suficiente, pero yo no necesito nada más.
Mi padre junta y separa los labios nervioso hasta que vuelve a sonreír.
—No te costará nada hacer nuevos amigos aquí —decide de pronto con el optimismo renovado.
—Seguro —contesto solo para que se quede tranquilo.
La verdad es que no me costará trabajo porque no pienso hacerlo. No tendré tiempo. Si todo va como espero, en una semana estaré montada de nuevo en un avión.
Mi padre toma una salida de la autopista y tras un par de minutos los rascacielos de Manhattan se quedan a nuestra espalda y las mansiones enormes y cuidadas rodeadas de impresionantes jardines y cancelas empiezan a aparecer flanqueando el camino.
Frunzo el ceño completamente perdido.
—Papá, ¿cuántos cuadros has vendido desde la última vez que nos vimos? Parece que te has tomado en serio lo de triunfar.
Mi padre rompe a reír. La última vez que estuve aquí, él y Elise, su mujer, vivían en un bonito apartamento en el Village. Esto... es otro nivel.
Detiene el coche frente a una cancela de hierro forjado negro que se abre de inmediato al reconocer la matrícula.
Enarco las cejas sorprendida. La casa que aparece rodeada por una preciosa arboleda es realmente increíble. Ladrillo blanco impoluto, todos los detalles de la fachada en un elegante bronce y unas escaleras a perfecto juego para acceder a la entrada principal.
No tiene nada que ver con mi casa en California: una casita normal en un barrio normal.
—Jimin, cariño —me saluda Elise saliendo de la mansión mientras nosotros lo hacemos del coche.
Me acerco a ella con una sonrisa, sujetando el asa de mi mochila que llevo colgada de un hombro.
Cuando llega hasta mí me abraza con fuerza.
—Estaba deseando que vinieras —me dice aún con sus brazos rodeándome.
—Muchas gracias —respondo.
Mi padre nos observa mientras saca mi equipaje del maletero.
Elise me cae bien. Siempre es amable conmigo y es muy fácil ver que está muy enamorada de mi padre. Sin embargo... no sé, nunca he sentido que con ellos fuese mi sitio. Supongo que es una cuestión de tiempo. Justo lo que ahora no tengo.
—¿Qué te parece la casa? —pregunta con una sonrisa haciéndose a un lado para que pueda verla, como si fuese posible no fijarse en ella en diez kilómetros a la redonda.
—Es increíble —contesto. Su sonrisa se ensancha.
—En cuanto la vi, me enamoré. Fue un flechazo.
Le devuelvo el gesto. Ella también es artista. Escribe poesía, pero, aunque tiene cierto renombre, no es una autora comercial que venda millones de libros. Si no les ha tocado la lotería, no tengo ni idea de cómo pagan este sitio.
—¿Quieres ver tu habitación? —pregunta mi padre emocionado—. Elise la ha decorado para ti.
Quiero decirle que no tendría que haberse molestado, que esto va a ser algo muy temporal, pero me sabe mal, así que vuelvo a sonreír y asiento.
—Gracias otra vez.
—No es nada —replica ella poniéndome el brazo por los hombros para que nos dirijamos al interior.
Por dentro es aún más grande de lo que parece. Me dan una explicación rápida de dónde queda todo, aunque no creo que me acuerde. Los dormitorios están en el piso de arriba. El mío es el de la tercera puerta a la derecha.
—Si hay algo que quieras cambiar, siéntete con total libertad de hacerlo —me ofrece Elise mientras yo giro sobre mí mismo observándolo todo.
Las paredes están cubiertas de papel pintado de un verde musgo muy suave con pequeños dibujos de flores y todos los muebles son de madera blanca: la cama doble, la estantería, el escritorio. Tiene vestidor y baño propio y hay un montón de detalles: algunas fotos colgadas, algunas figuritas, un frasco de perfume.
—Es preciosa.
Los dos sonríen felices de que me haya gustado.
—Tienen una casa maravillosa —añado.
—Tenemos, peque —insiste mi padre.
Otra vez siento la necesidad de corregirlo, pero no es el momento y me lo guardo para mí, así que solo asiento.
—Gracias —respondo.
—Seguro que estás cansado del viaje y nosotros somos unos pesados —comenta Elise antes de echarse a reír—. Mejor te damos un poco de aire.
Antes de que mi padre pueda protestar de alguna manera lo empuja hacia el pasillo y sale tras él.
—Gracias —repito dando un paso en su dirección.
—Si nos necesitas, estamos abajo —me recuerda Elise sonriéndome de nuevo.
Y yo vuelvo a asentir, observo cómo deja la puerta entornada y oigo sus pasos y sus voces hasta desaparecer escaleras abajo.
Tardo solo un segundo en sacar el móvil y volver a revisar mi WhatsApp en busca de algún mensaje de mis hermanos. Nada. Me han contestado cuando en el mismo aeropuerto les he dicho que ya había aterrizado, pero los tres se han hecho los locos cuando he hecho más preguntas.
Me guardo el teléfono de vuelta en el bolsillo trasero de mi jeans y empiezo a andar con pies perezosos por la habitación.
Más les vale esconderse para cuando regrese a California porque pienso vengarme.
Una suave sonrisa se cuela en mis labios al ver otra vez el frasco de perfume. Lo tomo y lo huelo. Es muy agradable. Parece que alguien ha sido capaz de embotellar todas las flores del papel pintado. Me fijo en una de las figuritas. Es un Mickey Mouse dorado. Parece muy antiguo. Casi de coleccionista. Me pregunto de dónde...
—Así que aquí estás. Esa voz.
Me giro hacia la puerta teniendo muy claro lo que voy a encontrarme. A Jungkook. El estúpido y odioso hijo de Elise. Nos llevamos cinco años y la primera vez que nos vimos fue en la boda de mi padre y su madre, hace cuatro. Entonces yo tenía diecisiete y él, veintidós.
Jungkook estaba estudiando en la Northwestern, en Chicago; por eso, aunque había venido aquí un par de veces antes, nunca habíamos coincidido. No tenía especial ilusión por conocerlo, ya tengo tres hermanos mayores sobreprotectores con los que pelearme en casa, no necesitaba uno más, pero pensaba ser tan amable como todos lo son conmigo siempre que vengo a Nueva York.
Lo que no me esperaba era a un niñito engreído que ni siquiera se molestó en dirigirme más de dos palabras cuando nos presentaron y que solo se dignó hacerlo para decirme que, si estaba aburrido, me buscara mis propios amigos cuando hablé con uno de los suyos en la fiesta después de la boda.
Obviamente no me quedé callado. Le contesté que había sido él quien había venido a hablar conmigo y que a lo mejor el problema estaba en que hasta sus amigos sabían que era un imbécil. El amigo en cuestión soltó una risa y él me fulminó con la mirada.
No volvimos a cruzarnos aquella noche y los tres días siguientes que pasé en Nueva York lo único que hicimos fue lanzarnos burlas y el muy cretino aprovechó un tonto incidente para reírse de mí. Imbécil.
Así que, cuando me giro, lo hago preparado para echarlo de la habitación. Esta casa es lo suficientemente grande como para que no tengamos que volver a vernos el poco tiempo que me quedaré aquí.
Pero. Algo.
Ha.Cambiado.