BEAUTY IN DEATH (hotd one-shots)

Summary

Recopilación de historias cortas y one-shots de los ships de HOUSE OF THE DRAGON. Temáticas variadas y de parejas LGBTQ+ (y otras no tanto), +18 y dead dove.

Genre
Other
Author
arthit
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

DADDY LIKES TO SHARE (visemon, daemond)

Ship: Visemon (Viserys x Daemon), Daemond (Daemon x Aemond) y Aemond x Viserys

Omegaverse, BL, Poliamor, Trío, Aemond alfa, Viserys alfa, Daemon omega, Intersex omegas, Incesto padre/hijo/padre

Sinopsis:

Aemond desea a su madre omega desde que tiene memoria. Verlo recibir cariño de su padre alfa lo hace arder en celos. Pero a Viserys le gusta compartir y le ofrece a su hijo pasar los tres juntos el celo de Daemon.

Aemond guarda con recelo en su mente el recuerdo de aquella noche lluviosa. Tenía doce años y los truenos le daban miedo. Daemon acudió a sus lloriqueos, sin importarle que su cachorro ya fuese lo suficiente mayor para enfrentar sus miedos. Lo resguardó en sus brazos, le cantó una canción de cuna (cuya melodía Aemond a veces tararea sin darse cuenta), soltó feromonas para tranquilizarlo y repartió besos por toda su cara.

No sabe cómo pasó, pero deseaba que esos besos duraran horas o fuesen a otro lado. En sus labios, por ejemplo. Pero Daemon sólo besaba ahí a Viserys, su padre.

Jamás podría odiar a Viserys, al contrario, se llevan mejor que nunca. Ambos son alfas y aprendió mucho de él durante su crecimiento. Le debe todo lo que tiene y lo que sabe, no puede simplemente odiarlo por algo de lo que no es culpable. Pero esa presión en el pecho cada que besa o abraza a Daemon, lo corroe por dentro y se pregunta qué método será menos doloroso para darle fin a la vida de su progenitor.

Entiende que está mal, pero no puede controlarlo. Menos cuando Daemon se pasea por la casa con esa bata que compraron en su último viaje a Yi Ti. Es color rojo, de tela transparente, llena de piedras preciosas y las mangas corrugadas. Daemon no usa nada debajo, exponiendo su desnudez a los ojos lujuriosos de su único hijo. Sus pezones erectos y coño hinchado lo invitan a comérselo de un mordisco. Si tan sólo Viserys no existiera.

El alfa mayor jala a su esposo dentro de la habitación y cierra la puerta. Aemond se imagina que pasa dentro de esas cuatro paredes (y lo odia), incluso los escucha, porque ellos creen que está dormido. Tiene que soportarlas feromonas de ambos, el olor a sexo y los gemidos de Daemon. También que su cuerpo reaccione al placer del omega que desea, pero que otro alfa se lo da.

Golpea la pared, lastimando sus nudillos, y se levanta de la cama para ponerse ropa de calle. No puede estar ni un minuto más dentro de esta jodida casa, no cuando Viserys se está follando a Daemon en sus narices. Sería imbécil culparlo, son esposos y los esposos hacen esas cosas. Pero el cerebro de Aemond no lo procesa así. Desde niño, Daemon ha sido su adoración y objeto de deseo.

Daemon sólo se reía y pellizcaba su mejilla, cuando un tierno Aemond de cinco años le decía que cuando creciera se casarían. Era un comentario inocente para esa edad, pero a sus veintiún años ya no lo es, ahora es enfermo. Colar una mano en las faldas de Daemon ya no le dará risa, sino repulsión. Intentar ver sus pechos hinchados, por todos esos embarazos fallidos, y apretarlos, no harán nada más que alejar a su madre (mucho más de lo que ya lo ha alejado) de él.

Recoge en una coleta su largo cabello y lo esconde dentro de la gorra de su sudadera. Se pone las botas viejas que compró con su primer sueldo, en aquella tienda de videojuegos en la que trabajó cuando cumplió dieciocho y entró a la universidad. Sale de su habitación sin hacer ruido y busca las llaves en la mesa del recibidor. Están dentro de un cuenco de marfil, regalo de sus abuelos. Antes de que pueda tomarlas, la luz ilumina la oscura sala y Viserys lo espera sentado en su sillón; ese que se reclina y se balancea como una mecedora. Ahí Daemon lo sentaba en sus piernas y le contaba cuentos cuando era un bebé.

—¿Si sabes qué hora es, verdad?

—No… ¿Las nueve?

—Son las dos de la mañana, Aemond. ¿A dónde vas?

—Necesito pensar.

—¿Pensar qué? —se ríe y Aemond quiere partirle la cara—. Sé lo que te pasa y quiero decirte que no estás solo.

—¿De qué hablas?

—No eres el único enfermo en esta casa.

—¿Cómo te atreves a llamarme así?

—No lo decía como un insulto, hijo. —Se levanta del viejo sofá, que rechina, y camina a pasos lentos hasta estar frente a su hijo—. Yo soy el culpable, todo viene de familia.

Viserys palmea su hombro y Aemond se aleja como si le quemara. Desconoce al hombre frente a él, su padre jamás le hablaría así. Su relación se forjó desde que tuvo su primer celo y se presentó como alfa. Viserys lo acompañó día y noche, porque Daemon no toleraba sus feromona y el dolor de ver a su cachorro sufrir era insoportable.

Los celos mejoraron con el tiempo, ahora sólo se siente extremadamente cachondo, pero de cachorro todo era dolor y sangre.

—Si no tienes nada más que decirme, prefiero irme que escucharlos a ti y a mamá follar.

—A eso quiero llegar, hijo.

Un silencio sepulcral se instala en la sala.

—¿Nunca te dije que tu madre y yo… somos hermanos?

La noticia no impresiona tanto a Aemond como esperaba. Desde pequeño, sus compañeros se burlaban porque sus padres se parecían demasiado. No sólo era el cabello, sino también los ojos, y esa aura de dominancia que poseen los Targaryen, aún siendo omegas. Aemond sabía que no era normal, pero prefirió vivir en la ignorancia. Con desear sexualmente a su madre ya era suficiente.

—No, pero… quiero decir… Encontrar a alguien con tu mismo color de cabello, que de por sí es raro, y que no sea pariente tuyo… Mmm, no me parecía coherente. Algo raro había allí.

—Bueno, a lo que voy es que… Sé que quieres cogerte a Daemon…

La valentía repentina abandona su cuerpo. El sudor recorre su espalda, frío contra su piel caliente. La voz de Viserys no denota enojo, suena muy tranquilo y eso lo asusta aún más. No se siente mejor al haber sido descubierto. Siente asco, siente miedo y siente culpa. No por Viserys ni por Daemon, sino por él.

—Padre, yo…

—No tienes que explicarme nada, ya lo sé. Te vi crecer, te eduqué a mi manera… No puedes esconderme nada, Aemond.

Permite que su padre le acaricie el cabello. Lo ha dejado crecer porque Daemon dice que se ve guapo y Aemond quiere complacerlo. El cálido aliento de Viserys eriza los vellos de su nuca y agita su respiración.

—Inició su celo hace un par de horas —susurra, pegado a su oreja— y no para de llamarte.

—Pero Daemon es mi mamá y tu omega…

—No soy celoso, me gusta compartir —sonríe ampliamente—. Y estoy seguro de que ambos podemos complacerlo mejor que nadie. Es mi hermano y tu madre, lo conocemos bien.

Piensa unos segundos la propuesta de Viserys. Lo ha deseado durante mucho tiempo y ahora su propio padre se lo entrega en bandeja de plata. Nunca imaginó que Viserys accedería a compartir a Daemon con él. Pero como su padre dice: todo viene de familia.




Daemon está acostado boca arriba sobre la mullida cama king size. La bata está abierta, su cuerpo sudado y tembloroso a la intemperie. Puede oler su excitación, sus feromonas y su lubricante natural. De niño le gustaba hundir la nariz en su cuello, justo donde está su glándula, y llenarse los pulmones de flores silvestres, vainilla e incienso.

—Acércate, hijo —habla Viserys, desnudándose en la otra esquina del cuarto—. No lo hagas esperar.

Su padre es un hombre atractivo. No tiene un cuerpo del otro mundo, pero está bien conservado para su edad. Entiende por qué su madre se fijó en él. Aemond suele ponerse nervioso cada que Viserys lo toca o le habla de cerquita. Pero ahora no se siente culpable. Es normal, en su familia al menos, y nadie lo juzga.

Se acerca al cuerpo de Daemon y éste ronronea cuando Aemond acaricia su cabello. Su madre tiene el cabello más sedoso y bonito de todo Poniente. Cae delicadamente sobre sus hombros, tan liso que ninguna goma logra sujetarlo por más de cinco minutos. A veces se hace trenzas y luce como un ángel. Solía trenzar el cabello de Aemond cuando era más joven, pero en la escuela se burlaban de él y le pidió que ya no lo hiciera.

Que estúpido fue.

Daemon lo recibe con una sonrisa traviesa y sus ojos violeta, que lo miran con mucho amor. Ojos que están nublados por el placer, llorosos y cansados.

—Aemond… Ven aquí, mi pequeño dragón.

Obedece a su madre y se sube a la cama, recostándose a su lado. Daemon lo abraza, pegando la frente en su duro pecho. Aemond huele a fuego, cuero y ron. Muy similar a Viserys. El cuerpo de Daemon tiembla, deseoso por ser tocado, tanto placer concentrado que éste busca una vía de escape fácil. Su coño chorrea, empapando las sábanas oscuras.

—Duele mucho, mi niño —susurra contra su pecho—. Te necesito… Los necesito —corrige, mirando a su esposo, que está completamente desnudo—. Se los ruego…

Viserys se une a ellos, tomando el lugar disponible junto a su esposo. Acuna el rostro de Daemon y lo besa, metiéndole la lengua hasta la garganta. La saliva escurre de las comisuras de sus bocas, al igual que los celos de Aemond. Viserys interrumpe el beso cuando lo huele. Se ríe contra los labios de su esposo y extiende su mano.

—Hijo mío, no debes sentirte así. Daemon es mío, pero también es tuyo. Anda, besa a tu omega, sé que mueres por hacerlo.

Toma la mano que Viserys le ofrece y lo acerca a Daemon, que une sus labios en seguida. Es más suave y tranquilo, comparado con el beso que acaban de compartir sus padres, e hincha su corazón. Aemond había deseado besar a su madre desde que tiene memoria. Podría echarse a llorar en este momento, pero no va a desperdiciarlo con sentimentalismos.

Lleva una mano a la cintura de Daemon y acaricia la piel desnuda y tersa. El omega ronronea sobre su boca, dándole oportunidad para colar su lengua y masajear la ajena con parsimonia.

Adora lo sumiso que es Daemon, gimiendo por sus besos y sus caricias, mientras que Viserys está entre sus piernas comiéndole el coño necesitado.

—Tócame, mi niño. —Daemon toma su mano y la lleva a su pecho plano, donde sus pezones despiertan y se hinchan, añorando una caricia—. Hazlo suave, me gusta así.

Pellizca con cuidado el pezón rosado, ganándose un gemido agudo de su madre. Continúa complaciéndolo y Viserys trabaja para que Daemon se corra en su boca.

—Bésame el cuello… De niño te gustaba enterrar tu naricita ahí y olerme por horas.

Su voz se quiebra conforme se va acercando al orgasmo. Aemond acerca su nariz al lugar donde pasó sus mejores momentos en la niñez. Besa toda la extensión, babeando cada rincón y dejando pequeñas marcas. Daemon lo anima a que siga, bajando los besos por su pecho hacia sus pezones, y tomándolos con la boca. Muere por volver a verlos hinchados, llenos de leche, pero tampoco quiere que Daemon sufra otra pérdida. Aemond ha sido el único embarazo exitoso de Daemon.

—Me voy a correr, Vis —anuncia, jalando el cabello del alfa mayor—. Deja que tu hijo me pruebe…

Viserys aparta el rostro del coño de su esposo, empapado por los fluidos y la saliva. Se limpia con el dorso de la mano y le cede el lugar a Aemond. Se acomoda entre las piernas de su madre, pasando sus manos por los gruesos muslos, deleitándose con su sedosidad. Lame el clítoris abultado, probando por fin ese delicioso lubricante cuyo sabor imaginó en sus mejores fantasías, con las se masturbaba hasta que su nudo sangraba.

—Sabes tan bien —confiesa—… Tan jodidamente bien.

—Gózate, mi pequeño dragón. Soy tu omega.

Se come el coño de su madre como un animal hambriento. Llena su lengua y estómago del lubricante, dulce para su paladar. Sujeta los muslos de Daemon cuando éste empieza a temblar, descargando su orgasmo en la boca de su hijo. Gime su nombre en voz alta, arrugando las sábanas con sus puños.

—¿Te gustó, mi niño? —pregunta, ido—. Espero que sí, quiero hacerte feliz.

—Me haces feliz cada que respiras.

—Eres tan cursi cuando quieres una polla dentro de ti, ¿no, Daemon?

Su madre ríe, estirándose en toda la cama.

—Quiero que nuestro hijo se sienta cómodo y sepa lo mucho que lo amamos, Viserys.

—Oh, claro que lo hará.

Las manos de Viserys separan las nalgas de Aemond y entierra su nariz entre ellas. Resuella con fuerza, cayendo contra el pecho de su madre, que lo recibe gustoso.

—¿Qué haces, papá?

—Me divierto.

—Sé cuidadoso con mi niño, Viserys.

—No te preocupes por eso, amor mío.

La lengua de Viserys entra en su agujero y le saca un jadeo vergonzoso. Nunca antes había sentido placer por detrás, aunque muchos otros alfas intentaron dominarlo. Es un placer extraño, casi doloroso, pero termina disfrutándolo. Pero después vienen dedos, lubricante frío y resbaladizo contra su piel, y Aemond se traga las lágrimas que abandonan sus ojos.

—Dime si quieres que pare.

Aemond niega bruscamente. Su orgullo y lujuria no se lo permiten.

—Aemond… —habla Daemon, preocupado—. Si de verdad quieres parar.

—No quiero —responde, tajante—. Sigue…

Tarda en acostumbrarse, pero logra recibir por completo el pene de Viserys. Su entrada de expande y Viserys entra con facilidad. Duele por momentos, pero su padre es cuidadoso, un alfa noble y blando con quienes ama. Aemond solía criticarlo, porque se mostraba vulnerable cuando estaban a solas. Pero ahora entiende por qué Daemon se enamoró de Viserys. A veces él también necesita ser vulnerable y que lo apapachen.

—Eres un buen chico, Aemond.

Esas palabras calan más profundo de lo que deberían. Viserys lo halaga todo el tiempo y Aemond se regodea por ello. Pero ahora lo dice en un tono diferente, que hace que su polla duela y el exacerbante deseo de que Viserys se mueva y muela sus entrañas aumente. Sonríe contra el pecho de Daemon, que no ha parado de besar su frente.

Sus padres están orgullosos de él y lo aman. Jamás se había sentido tan amado.

—Mi pequeño dragón es tan bueno —dice Daemon, con ternura—. Recibes tan bien a tu padre que mereces un premio.

Viserys abandona su interior por unos segundos. Entre él y Daemon lo desnudan, centrándose en la enorme verga que cuelga entre sus piernas. Aemond es un alfa en toda la regla, fuerte y viril, igual que su padre. Daemon mira su miembro con deseo, lamiéndose los labios y su boca salivando. Se arrodilla frente a su hijo, atrayéndolo para tomar su verga y golpearse la mejilla con ésta. Está dura, grande y venuda. El nudo de la punta está hinchado, a punto de explotar.

—Este es tu premio, mi niño.

Daemon lo mete de tajo a su boca. A pesar de ser grande, en ningún momento flaquea. Busca la mirada de su hijo y sonríe complacido cuando ve todo ese placer desbordar de cada rincón de su joven cuerpo. Aemond no puede mirarlo a los ojos o se va a correr muy rápido. Quiere durar más, disfrutar el momento y de lo que sus padres pueden ofrecerle. Viserys despeina el cabello de Daemon, felicitándolo por mamarla tan bien.

Deja a Aemond con las rodillas temblorosas, su pene hinchado y suplicante por una buena corrida. Viserys lo guía hasta la cama y Daemon monta su verga, frotándola contra su empapado coño.

—No lo tortures más, querido —habla Viserys, mientras besa la espalda de Daemon y les coloca pinzas a sus pezones—. Nuestro pequeño muere por estar dentro de ti.

—¿Estás listo, mi niño?

Aemond asiente, enderezándose y llevando sus manos a la cintura de Daemon. Hace muchos años dejó de ser pequeña, tantos embarazos y el tiempo cambiaron su cuerpo. Pero para Aemond sigue siendo igual de deseable que cuando lo vio por primera vez con otros ojos. Ojos de deseo. Ojos de lujuria. Ojos de amor.

El omega se folla a sí mismo con la verga de su hijo, tan desesperado por correrse. Aemond siente que se desmaya, la calidez de su madre abrasándolo. Es demasiado, ¿y si se muere? La cabeza le da vueltas, su corazón late desbocado y no siente las piernas. Pero todo vuelve a la vida cuando Daemon empieza a moverse. Su lubricante chapotea entre sus cuerpos. El placer se dispara como una ráfaga de luz a su alma, inexplicable y agradable.

Viserys, que sigue detrás de su esposo, retira el tapón de su culo y lo lanza a la cama. Daemon ha estado usándolo durante todo el día, preparándose para recibir a sus dos alfas a la vez, sus dos agujeros siendo utilizados para desfogue de sus dos hombres favoritos.

Se siente lleno muy lleno, dos alfas penetrándolo a la par, abusando de sus agujeros como si fuese un vil objeto. Aemond machaca su coño y Viserys su culo. Las pinzas de sus pezones los aprietan tanto que ahora son de color morado.

Cuando tiene suficiente de cogérselo por un agujero, intercambian lugares. Ahora Aemond le da por el culo y Viserys folla su coño. Ambos son tan buenos, complaciendo a su cachondo omega, elogiando su fisonomía redondeada y suave. Se corren tantas veces como pueden, dentro y fuera de su cuerpo; en su coño, en sus nalgas, en su cara y en su espalda. No tardará mucho en quedar preñado, porque no tomó anticonceptivos.

—Te amo mucho, mi niño —dice Daemon, en el éxtasis de su décimo orgasmo—. Te amo, mi amor —se dirige a Viserys—. Mis dos alfas, los amo.

Están follándoselo de cucharita. Viserys por atrás y Aemond en frente, las dos duras vergas entrando y saliendo de sus goteantes agujeros. Aemond lo besa con ternura, acariciando su barriga, donde el pequeño bulto que es su pene lo golpea sin cesar. Le susurra que lo ama con todo su corazón. Viserys lo folla duro, dándole nalgadas y diciéndole lo buena puta que es, todo lleno de su leche.

—¿Quieres que tu padre te folle, Aemond? —pregunta Viserys, con lascivia.

—Sí, padre, por favor.

Vuelven a la posición inicial: Daemon boca arriba sobre la cama, Aemond entre sus piernas y Viserys detrás de Aemond. Tanto omega y alfa son penetrados al mismo tiempo, sus voces cantando de placer al unísono. Aemond no cree ser digno de merecer esto, pero los dioses han sido amables con él, y cumplieron su mayor deseo.

La persistencia lo premia por el placer de estar dentro de su madre, mientras que su padre se lo folla por detrás. Todo el placer se concentra y tortura su cuerpo exquisitamente. Hay ocasiones en las que duele, porque Viserys es algo tosco y Daemon aprieta demasiado, pero se siente delicioso y correcto.




A esa noche se le suman más y se encaman incluso cuando Daemon no está en celo. Pero un día su celo no llega como esperan y Daemon sabe que algo raro está sucediendo. Jamás creyeron que pudiera volver a quedar en cinta después de tantos embarazos fallidos; él y Viserys ya se habían resignado. Pero el doctor les dijo que el omega estaba embarazado y que este sería un embarazo saludable.

Aemond nunca ha querido hermanos, pero le gusta la idea de ver el vientre hinchado de su madre y los pequeños pechos que crecerán para poder amamantar al futuro cachorro. También piensa en la posibilidad de que ese cachorro sea suyo, porque no usan protección.

—¿Te cuento un secreto, mi pequeño dragón?

Mira la nieve caer por la ventana, con ojos cansados, y soba su barriga de siete meses; un milagro de los dioses, ya que ninguno de sus embarazos pasaba de los cuatro meses. La madera de la chimenea cruje, quemándose por el fuego, junto con el sillón al mecerse. El ambiente es cálido y reconfortante, como en los viejos tiempos, cuando era niño, pero con retazos de lo que siempre ha debido ser.

—Sí, dime.

Se arrodilla ante su madre, recostando la cabeza en su regazo; manos delicadas y amables le hacen cariños en la cabeza, haciéndolo suspirar de satisfacción.

—Ojalá que este cachorro sea tuyo.

—¿Por qué lo dices? ¿No quieres que sea de papá?

Daemon niega, acunando la tensa mejilla de su hijo.

—Él ya me dio un cachorro —sonríe—, que eres tú. Ahora deseo un cachorro tuyo.

—Te daré todos los que quieras, pero jamás me abandones.

—Nunca, mi pequeño dragón.