Cuarentena

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Summary

Nathan intenta escapar de los errores de su vida subiendo a un tren sin saber de su destino. Sin desearlo, queda atrapado en una cuarentena debido a una enfermedad misteriosa y mortal. Ahora, debe averiguar la verdad para salir con vida de Blackshire, tiene 40 días para ello...

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

No recuerdo cuantas veces he tenido que correr de matones que desean romperme un par de costillas como escarmiento. En lo que va del año, he terminado en emergencias al menos en cuatro ocasiones. Ese día tocaba huir de Marcus y su sanguijuela de confianza Iván; cobradores de la casa de apuestas en la calle Mein. Infames y expertos en una sola cosa: Moler a golpes a los deudores.

¿Debí pensar dos veces antes de pedirle prestado dinero a mi propio tío? Definitivamente.

Pude burlarlos cruzando la avenida sin detenerme a pensar en los coches que la transitaban, pero, eran buenos en seguirle el paso a los embusteros poco atléticos como yo, no tardaron en pisarme los talones en la siguiente intersección.

—¡Mientras más nos hagas correr, más fuerte machacaré tu cráneo con la suela de mi zapato! —gritó Marcus, elocuente como ningún otro gánster de la zona.

—¡Pues la solución es dejarme en paz! —respondí jadeando.

Sin darme cuanta, Iván desapareció de mi vista. Pensaban ponerme una emboscada. Haciendo un giro cerrado, el cual Marcus no pudo prever, pude poner distancia entre nosotros, dirigiéndome a la estación. Tomar el tren podía asegurarme el escape.

Supuse haber ganado la partida justo antes de ser derribado por una tecleada que salió de un callejón, Iván impactó mi lado derecho, dejándome sin aliento.

—Eres un zorro muy astuto, pero tu confianza te traiciona cuando menos lo esperas, he ahí la causa de tu ruina. Creo que disfrutaré como nunca esta parte de mi trabajo. El jefe fue muy específico, está molesto contigo, dijo que podíamos romperte las piernas, lo que sea para que tu cabeza hueca aprenda la lección. Es menester que sufras, ¡bendita mi suerte!

—Marcus, cuando publiques tu libro de poemas quiero uno autografiado…

Una patada en el abdomen ahogó mi sarcasmo.

—Eres talentoso y tienes una lengua afilada, ¿por qué te metes en estos problemas innecesarios? En serio, detesto golpear a tipos como tú —dijo Marcus mientras se colocaba un par de guantes—, lo detesto, pero nunca dejaré de disfrutarlo.

—Mi psicólogo dice que tengo problemas con la autoridad y una depresión de cuidado, además de una rara afición por las mujeres mayores, por cierto, ¿tu madre aún vive en la calle Faras?

—No eres más que un niño engreído con una boca enorme. Bueno, aprieta los dientes. Espero que esto no te mate…

Logró levantarme con una mano, encajando de inmediato un golpe en el plexo solar y otro par en las costillas, rompiéndome un par de ellas. Iván vigilaba que nadie se metiera en sus asuntos, encendió un cigarro para aliviar el frío, me vio con lástima, eso fue el peor golpe de todos. Cuando Marcus se cansó de vapulearme, dejó que cayera de forma pesada al suelo. Me costaba respirar, aunque me las arreglé para no perder la consciencia.

«Espero que te hayas desahogado, infeliz», pensé mientras me concentraba en no morir.

—El jefe quiere que arreglen esto de una vez, sabes que no desea acabar contigo, eres su sobrino después de todo —Marcus se acercó a mí de cuclillas, sosteniendo mi rostro con su enorme mano—, no niego que romperte el cuello me causaría cierta alegría, incluso puedo decir que sería un deleite inesperado, sin embargo, debo cumplir las órdenes y llevarte entero.

—Pues no es tarde para ser un poco rebelde, el tío Vlad no es la figura paterna que tu madre te negó, ¿sabes? No pasa nada si lo decepcionas y me dejas ir.

—Nathan, no logró entender el odio que sientes hacia ti mismo, ¿acaso quieres que seamos nosotros los que llevemos a cabo tu suicidio? Al menos deberías tener los pantalones para hacerlo por tu cuenta, mierda… Ahora parece que golpearte es una forma de complacer tus deseos insanos. ¡Qué fastidio!

—¡Eh! ¡¿Ustedes qué hacen ahí?!

La voz de un guardia de seguridad fue como una señal para correr, aun con el dolor que ello me causaba. Me encontraba cerca de la estación, solo debía subirme al primer tren que me encontrara. Los matones, luego de forcejear con el guardia, salieron detrás de mí. Estaba a punto de caer cuándo vi una un tren a unos metros, acababa de arrancar. En un último esfuerzo, a punto de ser alcanzado por Marcus, logré asirme de uno de los vagones.

—¡Lo siento, amigo mío!, ¡dile a mi tío que gracias por prestarme dinero, pero que tardaré un poco en pagarle! No me busquen, no dejaré que esto vuelva a pasar.

—¡No saldrás de esta con vida, Nathan! ¡No siempre podrás huir de las consecuencias de tus acciones!, ¡por mucho que Vladimir te estime, su paciencia tiene un límite! Vas a pagar con sangre haberle fallado a la única persona en este mundo que podía apostar un centavo por una porquería como tú.

No pude contestar a eso. Intenté decir algo ingenioso o solo burlarme, pero no me fue posible. Marcus tenía toda la razón.

El tren aceleró de repente, así que debí buscar donde poder sentarme y descansar. Estaba deshecho, me dolía cada músculo del cuerpo. Antes de salir del parque ferroviario, ya había caído rendido ante el sueño.


Los rayos de sol que se colaban por la puerta del vagón me golpeaban la cara de forma directa, tuve que forzarla, de haber quedado afuera me hubiera congelado. En un día entero, en tren, viajé más lejos de lo que planeaba de Vladimir y sus hampones. «Supongo que podría comenzar de cero», cavilé un poco, dándome cuanta que no conocía mi próximo destino ni en qué tipo de tren terminé colado.

No pensé en ningún momento en lo que haría luego de escapar, estaba demasiado dolorido como para razonar en lo que me metí al subirme en lo primero que vi, sin embargo, sabía que no me encontraba en un viaje comercial. Los vagones estaban pintados de verde olivo, sumado a eso, había un olor a pólvora que impregnaba el ambiente. Era uno de los trenes que servían al ejército. A la velocidad a la que andaba era peligroso saltar. Por lo que decidí estar atento y hacerlo después.

Mientras tanto, pude vendar mis costillas rotas con los jirones de la camiseta que llevaba puesta, solo me quedaba la chaqueta que traía encima al salir de mi apartamento.

—Ya deben de haber saqueado el dinero que tenía bajo el colchón de la cama —dije para luego suspirar, pensar en como compliqué las cosas en mi enmarañada forma de vida. Llegados a un espeso bosque, perdí por completo la noción del tiempo, podíamos haber pasado horas o días en ese lugar sin darme cuenta.

El frío empeoraba cuando logré divisar, llegados a una curva, un pueblo al pie de unas montañas, sin embargo, varios kilómetros antes, había algo que llamó mi atención: Un cerco militar. Habían creado un perímetro por algún motivo.

Cerré la puerta para no ser descubierto, dejando solo una pequeña apertura para poder ver de lo que se trataba. Hombres vestidos con trajes blancos, coordinaban a los soldados, era sin duda alguna, equipo de contención. Al pasar del cerco, la velocidad del tren bajo bastante, sin detenerse. Ahora, en tierras controladas militares, observé a lo lejos a una persona correr desde el interior del pueblo.

—Regresa de una vez, no podrás pasar —dije para mí.

Los soldados le rodearon en un instante y parecían darle órdenes, no obstante, esa persona no retrocedió, señalaba hacia afuera del cerco militar, parecía interesado en salir del pueblo a toda costa. Antes de poder entender lo que sucedía, los militares, formando un paredón con seis soldados, dispararon sin miramientos.

—¡Carajo!

Los disparos me asustaron, no imaginé tal escenario.

El tren se adentró en el pueblo, ante lo cual bajé de él a la primera oportunidad, escondiéndome en una de las oficinas de la estación. Buscando algo que ponerme encima, di con una gabardina amarilla, en la espalda había un logo como el de la estación, podría fingir ser un operario de ser necesario. Aunque era vistoso, al salir no parecía levantar sospechas, las personas estaban interesadas en mi presencia. Cerca del centro, en una tarima improvisada, una mujer con traje blanco y apariencia de doctora tomó un megáfono y dio la noticia.

—La enfermedad que hemos detectado en este lugar, la cual por el momento identificaremos con el código Amarillo, es altamente infecciosa y se ha declarado un estado de emergencia sanitaria en todo Blackshire y alrededores, incluyendo la laguna Collings y la mina Fort Venture, a las afueras. Se declara estado de excepción. Se prohíbe que los habitantes de Blackshire abandonen el área de seguridad, así mismo habrá toque de queda a partir de las seis de la tarde —dijo la mujer sin titubear—, se tiene autorización de usar fuerza letal para mantener el cordón sanitario, espero que entiendan lo que eso significa. No podemos permitir que este patógeno salga, los servicios médicos procurarán contenerlo.

Yo sí sabía el significado de aquellas palabras, apenas unos minutos antes los vi aplicar la ley marcial a un hombre desarmado, no estaban bromeando, nos matarían si eso detenía la enfermedad de la que hablaban.

—Todos los habitantes de Blackshire estarán en cuarentena, iniciando el día de hoy. El gobierno tiene la prioridad de que Código Amarillo no se expanda. Acaten las órdenes y sobrevivirán —agregó otra mujer, vestía de negro, se notaba por la forma en la que hablaba que era una militar.

El silencio de los lugareños fue interrumpido por una persona que cayó al suelo, convulsionaba y parecía sufrir mucho, los soldados la rodearon y alejaron a la multitud, pese a ello no me moví, deseaba ver lo que sucedía de primera mano.

La persona, enferma a todas luces, temblaba y retorcía sus extremidades de formas poco humanas. En un momento dado, dejó de sacudirse. Ante mi sorpresa, todos sus orificios comenzaron a excretar una sustancia como pus de un amarillo intenso. Entendí entonces el código que se le había asignado, era una muerte cruel pintada de amarillo. Al final, el cadáver quedó inerte en un charco de secreciones.

Tomé distancia para no verme involucrado, los soldados colocaron el cuerpo en una bolsa hermética y quemaron con un lanzallamas los restos amarillos que quedaron por el suelo.

—Vaya mierda en la que me he metido —musité.

Mezclándome en el tumulto de personas que eran empujados por los soldados lejos del centro, logré colarme y conversar con algunos habitantes del lugar. Código Amarillo apareció una semana atrás, calculaban que al menos veinte personas habían muerto debido a ello. Mis manos temblaban, sin querer estaba en medio de lo que podría ser una masacre inminente.

—Si no encuentran la cura o descubren la causa de esto en cuarenta días, nos quemarán a todos con esos lanzallamas, es lo que yo haría —dije en medio de la conversación.

—¿Eso harías? Puedo notar que eres un hombre sin escrúpulos —respondió a mi comentario una joven de cabello rojizo y mirada seria.

—Es solo una conjetura, vi cuando los soldados mataron a alguien que intentó salir del pueblo, nada más. La cuarentena es una oportunidad —agregué— sabemos cuanto tiempo tenemos para descubrir de que se trata todo esto…

La muchacha alzó la mirada, acercándose a donde me encontraba, se unió a la charla.

Los rumores llegaban sin ser buscados, las personas reportaban sobre algún vecino o familiar había caído enfermo. Los síntomas eran muchos y nada claros. Incluso había médicos entre los presentes que no tenían idea de lo que ocurría. No existían registros de una enfermedad parecida. Una locura. La tensión era latente, pero, las personas mantenían cierto optimismo.

Por mi parte, no tenía intención de morir en un lugar en medio de la nada, salvar a la gente de Blackshire era también salvarme a mí mismo, pensaba hacer lo necesario para ello. Antes de que el sol se ocultara, desde el horizonte llegaron avionetas, las cuales rociaron una fina capa de aerosol sobre todo el pueblo, el olor de aquel componente era amargo y causaba irritación, debía ser algún tipo de desinfectante.

El día cero se fue con esa escena lamentable, una niebla que resplandecía de color amarillo debido a la puesta del sol, como una especie de adelanto a lo que se vendría.