Prólogo
Notas de la Autora
—Quiero aclarar que los personajes que encontrarás en esta historia pertenecen al talentoso Eiichiro Oda y su asombrosa obra, One Piece.
—Además, me gustaría presentarte a los personajes originales que he creado para esta travesía: Serena, nuestra protagonista femenina, y Leonardo, su compañero masculino secundario.
—Todos los derechos están reservados para mí como autora ©.
—La impresionante portada que adorna esta obra fue creada por el talentoso Sabo, miembro destacado de @SquadOnePiece en otra plataforma.
Advertencia:
—Este libro está repleto de escenas intensas y explícitas que incluyen encuentros sexuales y un lenguaje fuerte y realista, entre otros elementos adultos. Por lo tanto, se recomienda encarecidamente su lectura a un público maduro y consciente. Si prefieres una experiencia literaria más ligera, es posible que desees considerar otras opciones.
Todo comenzó en el turbulento remolino del divorcio de sus padres, cuando la pequeña fue arrancada de los brazos de su madre y separada de su hermano. Apenas contaba con cuatro años, pero su corazón latía con el temor de la incertidumbre. La idea de estar con su padre la llenaba de un miedo indescriptible, pues intuía algo oscuro en su aura.
Desesperadamente, su madre trató de mantener un diálogo razonable con su exmarido, tratando de encontrar una solución que protegiera el bienestar de sus hijos. Pero sus palabras solo cosecharon un bofetón cruel, acompañado de los insultos más viles, arrojados como dagas afiladas desde la boca de aquel hombre que una vez prometió amarla y protegerla.
Su hermano, un niño de nueve años que parecía cargar con la madurez de un adulto en sus hombros, se aferraba a ella con una posesividad protectora. Con gestos de ternura, trató de calmar sus temores con abrazos reconfortantes y palabras llenas de promesas incumplidas.
—Tranquila, pequeña. Ni mamá ni yo vamos a permitir que se te lleve. Te lo prometo —susurró su hermano, depositando un beso en su cabeza y entregándole su peluche favorito, como un amuleto de protección en aquel torbellino de incertidumbre.
Aferrada al suave peluche, la niña se dejó envolver por los brazos protectores de su hermano, buscando en su abrazo el único refugio seguro en aquel caos desgarrador. Hasta que finalmente, exhausta por el peso de sus emociones, el sueño la venció en aquel oscuro armario, donde se refugiaba como un animal acorralado.
Al despertar, el mundo parecía haber dado un giro inquietante. Su hermano ya no estaba a su lado, ni siquiera estaba en el armario. Nada parecía familiar, ni siquiera el lugar donde se encontraba. Llamó a su hermano con voz temblorosa, pero solo el eco vacío le respondió. Intentó llamar a su madre, pero el silencio persistió, envolviéndola como un manto frío en la oscuridad.Con el peluche apretado contra su pecho, lágrimas de miedo y desesperación brotaron de sus ojos mientras la sensación de abandono la envolvía.
Horas más tarde, una puerta se abrió con un chirrido ominoso, revelando tres siluetas imponentes de hombres extraños que se recortaban contra la luz mortecina que se filtraba desde el exterior. Ella se acurrucó en su rincón temblorosa, abrazando con fuerza su peluche como si fuera el único ancla que la mantenía aferrada a la realidad, mientras el terror la inundaba como una ola imparable que amenazaba con arrastrarla hacia las profundidades desconocidas de un abismo sin fondo.
—Es hora de divertirnos, pequeña —anunció uno de los hombres con una voz ronca y siniestra, avanzando hacia ella con pasos pesados y decididos, como un lobo acechando a su presa en la penumbra de la noche.
Su miedo aumentó y las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas mientras seguía llamando a su madre y a su hermano.
—No hay nadie que venga a salvarte —dijo uno de los hombres con una frialdad que helaba la sangre, tomando a la niña en sus brazos con brutalidad y haciendo que un grito de dolor y desesperación se escapara de sus labios inocentes al notar como azotaba su trasero con fuerza marcando el comienzo de una pesadilla de la que no sabía si alguna vez despertaría.
La llevaron a una habitación sombría, donde la oscuridad danzaba con la luz de una lámpara parpadeante. Con rudeza, la arrojaron sobre una cama gastada. Mientras tanto, el tercer hombre, con una mirada cargada de intenciones que helaban la sangre, comenzó a despojarse de sus ropas con una lentitud calculada, como si cada prenda fuese un trofeo que exhibir en su siniestro espectáculo de poder.
Las lágrimas de la niña inundaban sus mejillas mientras observaba con horror cómo el hombre se acercaba lentamente hacia ella. Su corazón latía con fuerza, lleno de miedo y desesperación. Sabía que no había escapatoria, que estaba a merced de aquellos monstruos sin alma que habían irrumpido en su vida con violencia y crueldad.