Capítulo 1.
Era de noche en el Bosque del Sengoku, la respiración jadeante de una Joven Sacerdotisa resonaba por doquier. Se encontraba siendo perseguida por un grotesco Yokai, mientras infinita cantidad de ramas chocaban contra su rostro y dejaban, a su paso, pequeñas hileras de sangre.
Se detuvo en seco al verse acorralada, de tanto correr el camino se había terminado, solo quedaba delante de ella un enorme risco, saltar no era una opción viable, lo único que le quedaba era enfrentarse al Demonio una vez la alcanzara, pero se encontraba desarmada, solamente le quedaba confiar en sus poderes espirituales y orar para no salir herida.
Rápidamente observó a su alrededor en busca de algo que pudiera usar para defenderse, pero debajo de un gran árbol cercano divisó una silueta bastante conocida, esto le brindó un poco de esperanza y alivio.
Recostado contra aquel árbol, se encontraba el medio hermano de su querido amigo.
-¿Sessh...omaru?- Murmuró para sí misma, en un tono de suplica, su voz parecía casi imperceptible debido al evidente estado de nerviosismo que presentaba, pero era más que evidente, que el Inu intentaba ignorarla ya que su raza poseía los sentidos agudizados.
El Daiyokai se encontraba en aquel sitio con la intención de no ser molestado por lo que restaba de la noche, pues se trataba de "La Primera Luna Llena de la primavera". Mejor conocida como "Temporada de apareamiento", época donde los Yokais solían reproducirse.
Y como es bien sabido, el Inu odiaba involucrarse con cualquier otro ser. Tener que pasar por una temporada de apareamiento, le parecía un acto denigrante, aborrecía sucumbir a tales instintos de seres inferiores. Pero nada podía hacer contra su naturaleza demoniaca. Solamente le quedaba recluirse en un lugar apartado y asesinar a cualquier hembra insolente que se atreviera a intentar aparearlo.
Le parecía repulsivo e innecesario imaginarse involucrado en el lecho con alguna vulgar Demonesa. Todas deseaban obtener lo mismo al acercársele, anhelaban el Poder y el Estatus que el apareamiento les pudiera facilitar, así tuviesen que sacrificar sus sucios cuerpos. Sin duda, ninguna era digna de su compañía ni mucho menos de su atención.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos, al notar un Yokai a punto de atacar a la Miko de su medio hermano; aquella bestia desprendía un asqueroso olor a excitación, eran claras sus intenciones para con esa mujer, deseaba aparearse con ella, era algo que no le incumbía, no deseaba interferir, pero algo lo hizo actuar, utilizó su látigo venenoso para acabar con él.
-Muchas... Gracias, Sesshomaru.
El Yokai la miró indiferente mientras permanecía quieto, algo le estaba ocurriendo, internamente trataba de controlar sus instintos.
-Busca a los tuyos.- Se encontraba serio. Se colocó de pie y dio la media vuelta. Comenzó a caminar en otra dirección hasta que se detuvo nuevamente sin observarla.
-No me interesa tu situación, solo te advertiré que no es el momento indicado para que una hembra humana camine sola por el bosque. No te imaginas lo que ese Yokai planeaba hacer con tu cuerpo.- Continuó con su camino, tratando de mantener el control sobre la bestia en su interior, debía alejarse de la mujer lo antes posible, todo esto era desapercibido por la sacerdotisa.
Se detuvo cuando el olor de la sangre, en el cuerpo de la Miko, invadió sus fosas nasales. Era bien sabido, que los Yokais se sentían fuertemente atraídos por la sangre de sacerdotes y sacerdotisas, debido a su alto contenido en poderes divinos.
Kagome notó algo extraño en el comportamiento de Sesshomaru, decidió acercarse preocupada para ver qué era lo que pasaba.
-¿Estás bien?- Caminó hacia él. No se había percatado del corte que tenía en el brazo ocasionado durante su persecución.
-¡No te acerques!- Los ojos de Sesshomaru alternaban entre un color rojo y el ambarino, se encontraba luchando de manera interna contra su propia bestia, quien, por el olor de la sangre de la Miko se había despertado, deseaba devorarla, "era su presa".
Él no se rebajaría a cometer tan humillante acto, aborrecía a los inútiles seres humanos, no se alimentaría de uno para incrementar su poder, además sus habilidades ya eran lo suficientemente poderosas. Defendería su orgullo a toda costa, no cometería tal acto, y menos con la humana insignificante de su estúpido medio hermano, así tuviera que matarla, lo haría, no le importaban los planes que su bestia tenía al intentar conseguir el control completo del cuerpo.
Sesshomaru la seguía con la mirada sin moverse ni mencionar palabra alguna. La sacerdotisa percibió un cambio en el Yoki de su salvador, su aura era hostil y sus ojos completamente rojos.
Contadas veces lo había visto de ese modo, y solamente fue cuando estaba a punto de transformarse en aquel temible perro gigante.
-Sesshomaru... ¿Te sucede algo?- Susurró con la esperanza de hacerlo reaccionar.
Retrocedió sin quitarle la mirada de encima, pero al dar un paso hacia atrás notó que no tenía escapatoria, estuvo a punto de caer por el risco, pero en un movimiento rápido, el Yokai ya la tenía levantada y sujeta del cuello.
Su rostro era aterrador, usó sus poderes espirituales para intentar liberarse, pero fue en vano. El demonio no se inmutó, solamente consiguió que, por un breve periodo de tiempo los ojos le comenzaran a alternar de color nuevamente, manifestando una lucha incesante por el dominio.
-Sesshomaru... No puedo... Respirar.- Decía entrecortadamente con el poco oxigeno que le restaba, hasta que, fue arrojada contra el árbol donde éste se encontraba anteriormente.
Se colocó de rodillas y comenzó a toser mientras se frotaba el cuello.
-¡Te dije que te largarás! ¡¿Por qué eres tan inútil?!- Después de pronunciar estas últimas palabras, los ojos del Daiyokai se tornaron completamente rojos, era como si se tratara de un ser completamente diferente, nunca había presenciado algo similar.
-"¿Será que tiene doble personalidad?"- Comenzó a retroceder de espaldas, hasta que su cuerpo fue aprisionado contra el árbol por el cuerpo del Inu.
Debido a la sensación de peligro, le fue imposible reaccionar ante lo que estaba sucediendo. El ambarino comenzó a lamer la herida que tenía en el brazo. Hizo lo posible por apartarlo, pero todo intento fue inútil, lo único que consiguió fue molestarlo y hacerlo gruñir como respuesta a cada uno de sus actos.
Una vez que terminó de lamer la sangre, hundió la nariz en la clavícula de la chica.
-Ese inútil no te ha marcado.- Dijo en un tono ronco.
Aquella marca significaba que era propiedad de otro hombre; si hubiera estado marcada no la habría podido tocar y tendría que matarla enseguida, sin poder divertirse con su cuerpo antes.
-¿A qué te refieres?- No recibió respuesta, no comprendía nada, desconocía por completo todo acerca de las costumbres de los Yokais. -¿Acaso intentas matarme? Pensé que eras diferente desde que empezaste a cuidar de la pequeña Rin.- Intentaba hacerlo entrar en razón.
-Deberías sentirte afortunada de que el Gran Sesshomaru te tomará esta temporada.- Con un solo movimiento de sus garras, rompió por la mitad la blusa del uniforme escolar de la joven Miko, dejando al descubierto sus dos pequeños pechos.
La Bestia observaba con detenimiento cada detalle del pequeño cuerpo debajo de él, era frágil y delgado, aquella mujer no poseía la belleza de una hembra Yokai, no había nada de especial en ella.
Podía oler que ya había superado la edad para tener descendencia, puesto que las hembras solían aparearse desde el primer sangrado en primavera, aproximadamente al cumplir 12 años, esto no debía ser diferente en las hembras humanas, sabía que ellas entraban en celo mensualmente, mientras que los Yokais anualmente.
La raza humana, al ser considerada una especie débil e indefensa, debía producir mucha descendencia para asegurar su propia supervivencia.
Sesshomaru podía mirar las acciones de Yako desde el interior de su conciencia. Todos los demonios poseían una bestia interna, era la parte de los instintos, como si fueran dos personas compartiendo un mismo ser.
Estaba decidido, si no podría inhibir a la bestia, lo dejaría hacer lo que deseara con aquella mujer, solo la usaría y más tarde la mataría, su condición insignificante de humana, era perfecta para que fuese fácil de desechar.
El apareamiento entre Yokais solía ser extremadamente violento. El macho siempre buscaba satisfacerse a sí mismo antes que a su compañera. Todas las mujeres de cualquier especie, simplemente son consideradas meras herramientas reproductivas, propiedad del hombre que las tomase, ya sea, de manera consensuada o forzada, no era importante, su papel a desempeñar solamente consistía en cuidar de los cachorros y complacer a su pareja.
Kagome, lo miraba impresionada, no asimilaba lo que estaba pasando. Sesshomaru quien era bien conocido por su odio hacia los seres humanos... ¿Le estaba haciendo esto?, al principio creyó que, intentaba matarla, nunca paso por su cabeza que haría algo como esto.
Se sentía atónita, estaba divagando, completamente perdida entre sus pensamientos, hasta que sintió la húmeda lengua del Daiyokai recorrer cada uno de sus pechos, alternando con sus manos.
-¡Detente!- Intentaba liberarse de su agarre, pero la impotencia de no poder moverse le ganaba.
El Demonio ignoraba sus suplicas, simplemente no le importaba nada de lo que ella hiciera para que la liberara.
Con una mano aprisionó ambas muñecas de la chica, mientras que con la otra se despojó de sus katanas y armadura para facilitar sus acciones.
-¡Eres un estúpido, ya suéltame, no quiero!- Intentó patearlo en la entrepierna, lo que pareció enfurecer al Yokai, quien inmediatamente le golpeó el rostro y presionó más su agarre para lastimarla. Aquél golpe desconcertó a la chica, dándole así también un golpe de realidad.
"¿Realmente estaba pasando esto?"
Sabía que en esta época, el machismo era mayor; los hombres solían tomar por la fuerza a cualquier mujer de la que se sintieran atraídos, pero en ningún momento pensó que ella podía ser victima de violación, menos a causa de un demonio tan peligroso.
Cualquier otro Yokai sería purificado al intentar ponerle un dedo encima, pero Sesshomaru no era cualquier otro demonio, se trataba de uno mil veces despiadado y poderoso, usar sus poderes espirituales contra él sería algo completamente inútil, podría matarla en cualquier instante si éste así lo deseara.
No se imaginaba que el Inu estaba siendo considerado en sus acciones, podía oler la pureza en su ser, era casta, no había sido tomada antes, pero debía hacerla entender la situación en la que se encontraba, debía aprender quién era el que tenía el mando, debía someterse a su dominio sin vacilar.
En un solo movimiento, la colocó de frente, con la espalda pegada al suelo. Se posicionó sobre ella, le arrancó lo que le quedaba de ropa exponiendo la pequeña figura que casi no dejaba nada a la imaginación con aquellas prendas cortas que acostumbraba utilizar.
Le era extraño que ningún otro macho la hubiese tomado por la fuerza en el pasado, semejante atuendo siempre le pareció tan vulgar.
-Deja de resistirte, Humana.- Le susurró al oído mientras uno de sus dedos se introdujo en su interior sin delicadeza.
Casi al instante, un gritó se escapó de los labios de la joven ante aquel descaro.
-No, no quiero, basta.- Dijo con los ojos al borde del llanto, mientras la garra de Sesshomaru exploraba con firmeza dentro de ella. Cuando decidió sacarla, lamió los fluidos que había extraído.
El rostro de Kagome reflejaba cierto horror, se sentía completamente vulnerable, esto de algún modo la marcaría para siempre.
Comenzó a lamer cada rincón de la intimidad sin delicadeza alguna. Posteriormente, dirigió los labios hacia los de ella, la besó desenfrenadamente, dejando sus labios inflamados en el acto.
-"Esto no puede estar pasando"- Continuaba derramando lagrimas.
Ella siempre se había guardado para entregarse por amor, siempre imaginó que su primera vez sería tomada por Inuyasha de manera dulce, no de esta forma y menos por el despiadado hermano mayor de éste, quien muchas veces ha intentado matarlos a ambos debido a su ambición.
Se sentía sucia, no podía asimilar esta situación, no le encontraba lógica a lo que ocurría. "¿Cómo podía ser esto posible?"
El Yokai la tomó de las caderas y la colocó en cuatro patas, como si se tratase de un simple objeto sin valor.
Se retiró la ropa y se posicionó encima de ella.
Una de sus manos presionaba el rostro de la joven contra el suelo, mientras su trasero estaba levantado sobre sus rodillas, exponiendo por completo toda su intimidad.
-Sométete a este Sesshomaru.- Comenzó a posicionar su virilidad sobre la entrada virginal de la sacerdotisa.
Kagome continuaba luchando con la poca movilidad que todavía conservaba, pero se encontraba aprisionada por el cuerpo del Inu Daiyokai.
Su lucha se vió interrumpida al sentir cómo un inmenso dolor comenzaba a invadir su interior.
No lo podía creer, fue tomada de manera cruel y desconsiderada, nada delicada; el dolor era extremadamente insoportable. Se sentía sucia, ultrajada, usada. No quería sentir esto, estaba en medio del bosque, no había nadie para auxiliarla, si gritaba no sería escuchada.
Esa noche todo fue de mal en peor. Sus ojos se llenaron de lágrimas, se sentía impotente, ella solo salió a caminar al bosque para relajarse, ya que estaba inquieta debido a que Inuyasha había salido de la cabaña a mitad de la noche.
No se imaginó que al adentrarse en el bosque encontraría al híbrido revolcándose con Kikyo, eso la lastimó demasiado, por lo que se adentró más en el bosque para poder llorar en silencio.
Pero lo único que consiguió fue, que un Yokai la persiguiera hasta quedar atrapada en donde se encontraba ahora mismo.
Las embestidas cada vez eran más profundas y bruscas, había sangre deslizándose entre sus muslos, era asqueroso, solamente deseaba que esta tortura terminara pronto, ¿Pero y si era asesinada después?
Tenía claro el odio que aquel ser profesaba hacia los seres humanos y lo cruel y orgulloso que solía ser. Seguramente cuando volviera en sí, la mataría. Como si ella fuese la culpable de que todo esto pasara en primer lugar.
Su mente seguía divagando, hasta que regresó a la realidad nuevamente.
Su rostro estaba contra el suelo, se encontraba cubierto de tierra debido a que era sujetada del cuello para que no pudiera moverse y el Yokai siguiera con lo suyo sin molestias.
Sus intentos por purificarlo eran en vano, debido a que no tenía su arco y su poder todavía era inestable.
Esto era una tortura, nunca pasó por su mente que Sesshomaru fuese capaz de hacer esto, menos que podría llegar a ultrajar su cuerpo de este modo.
De repente algo cálido se derramó en su interior.
No podía ser verdad, había olvidado que en aquella época no existían los preservativos, ni mucho menos las píldoras anticonceptivas, no había manera de que pudiera regresar a su hogar, el pozo hace más de un año que dejó de funcionar, todo debido a la muerte de Naraku y la destrucción de la Perla de Shikón.
¿Qué haría si quedaba embarazada del medio hermano de Inuyasha?, ¿Por lo menos sobreviviría después de esto?
Los colmillos de Sesshomaru incrementaron su tamaño y perforaron el hombro descubierto de la Miko, liberando un poco de veneno en aquella marca, ella no podía comparar la intensidad del dolor que estaba sintiendo.
El miembro del Demonio comenzó a crecer cada vez más en el interior de ella, era como si algo lo impidiera salir, era doloroso, no pensó que las relaciones sexuales pudieran llegar a ser así de dolorosas.
Dejó caer su peso contra la Miko, debido al anudamiento le era imposible liberarse, debía permanecer así por horas hasta que toda su semilla fuese liberada y la probabilidad de fertilización aumentase.
-Mujer... Deja de moverte- Gruñó, pero fue ignorado. ¡¿Qué?!, ¡¿No entiendes?! ¡Obedece, mujer!- Le clavó las garras en el cuello y ambas muñecas.
Mientras permanecían anudados, Yako mordía y besaba cada parte del cuerpo de la chica. Lamía sus lágrimas y acariciaba sus pechos.
-¡Eres asqueroso!, ¿Por qué me hiciste esto?, ¿No estás conforme con intentar matarme antes?- Lloraba.
-Es temporada de apareamiento, Miko.
Ahora entendía el por qué Inuyasha estaba intimando con Kikyo, también se encontraba dominado por el celo. ¿Entonces también estaba forzando a Kikyo cuando los descubrió en el bosque?
-¿Por qué yo? Tu detestas a los seres humanos.
-Tu sangre... Tiene buen aroma, pensaba devorarte, pero cambie de opinión. Ahora perteneces a este Sesshomaru.
-No le pertenezco a nadie.- Un dolor proveniente del hombro derecho invadió su ser. -¿Qué ocurre? Duele.- Comenzó a retorcerse en el suelo.
-Mi marca, contiene mi veneno, sirve para someter a la pareja.
-Soy más una esclava que una pareja.- Reclamó.
-Las mujeres pertenecen a los hombres, todas sin excepción son educadas para obedecer, siempre ha sido así.
-¿Qué? Ya sabía que eres un idiota, ¿Pero a este punto?- Dijo al Yokai.
-¡Cállate, mujer!- El dolor se intensificó, ocasionando que se desmayara.
El Daiyokai también se durmió manteniendo a la mujer en brazos hasta el amanecer.
Por fin su miembro se había liberado, lo que lo despertó, pero sus ojos eran color ámbar, había acabado por fin aquella estúpida temporada de celo.
Observó con incredulidad a la mujer delante de él, se trataba de la fastidiosa Ningen que, siempre acompañaba al asqueroso Hanyou, y ahora, estaba desnuda a su lado.
No podía creer lo bajó que su bestia pudo caer, ¿Cómo pudo poseer a una molesta humana insignificante? Al menos sería fácil matarla en este momento.
Las garras se le tiñeron de un color verde brillante. Estaba a punto de poner fin a su existencia, cuando notó la marca sobre su cuello. Los ojos se le llenaron de asombro cuando se percató que también la había marcado, lo que significaba que si la mataba podría morir con ella.
Chasqueó la lengua y presionó la mandíbula enfadado. No podía ser verdad, su padre debería estarse retorciendo en este instante dentro de su tumba, seguramente estaba burlándose de él. Pero no, no cometería los mismos errores que su antecesor, jamás aceptaría a una humana como su pareja ni mucho menos se sacrificaría por ella.
Se colocó sus prendas rápidamente y se marchó. Dejando a la Miko desnuda e inconsciente en aquel lugar, no era su problema. Podría haberla marcado, pero eso no significaba algo para él, hallaría la forma de romper tal vínculo.