Capitulo único
La lluvia empapaba los cristales de su lúgubre habitación, él era el príncipe heredero, sin embargo, era una desgracia para su familia. Él no poseía poderes, cuando toda su familia estaba compuesta por los magos más intimidantes e increíbles del reino. No podía evitar pensar cada noche por qué había tenido que sufrir aquella desgracia, por qué había tenido que nacer con aquella extraña maldición.
Siempre estaba encerrado en su habitación, pocas veces salía, no quería molestar ni decepcionar aún más a su familia. Él intentaba hacer de todo, cualquier cosa con tal de que su padre, el mago más poderoso del reino lo reconociera, pero todo su esfuerzo era en vano y su tristeza se apoderaba cada vez más de él.
Un día por la noche decidió salir del castillo, y, con ayuda de Akira, su espíritu animal y su compañero mágico, logró llegar a la ciudad más cercana surcando el cielo junto a él. Aterrizaron en el bosque, ya que no querían que algún cazador de demonios capturase a Akira. El pequeño gato volador se encerró en el collar de su amo, pasando desapercibido.
Caminó por las oscuras calles hasta que se paró debido a un tumulto provocado por una pelea, un joven cubierto por una capa con capucha hacía hechizos contra un maleante que había atacado a una mujer que pasaba por el lugar. Su pelo verde esmeralda, resaltaba entre su negra túnica, a pesar de que no se le veía el rostro, pequeños rizos esmeralda escapaban de la oscuridad de su ropaje.
Ojos ambarinos con un destello de valentía, haciendo un círculo en el aire para convocar un dragón de agua, bello e intimidante, una perfecta combinación. Sus escamas negruzcas resaltaban en su rostro, deslizándose alrededor del fugitivo mientras que el misterioso chico convocaba otro hechizo mientras tocaba la tierra, haciendo que creciesen raíces sobre el cuerpo del agresor, pareciera que el dragón solo había sido una distracción. Sin embargo, el maleante no se daba por vencido, convocando un hechizo de fuego que no sabía controlar y que iba hacia la dirección del príncipe, todo el mundo se apartaba y sin embargo él se quedó ahí, como si una fuerza extraña le obligase a permanecer en aquel lugar, sin moverse un centímetro; aunque en realidad él no pensaba lo mismo, pensaba que tal vez había tenido el impulso de venir a la ciudad porque sabría que allí sería su muerte, una muerte un tanto ridícula, sí, pero al menos él al fin sería libre de las cadenas que le atemorizaban tanto.
Esperando a su caída, un rayo verde se puso justo en frente de él, creando una barrera protectora, evitando que ambos, su salvador y él, muriesen.
- ¡¿Qué haces?! ¡Apártate! ¡Tengo que hacer esto bien! Sino de qué sirvo en mi familia... -dijo esto último en un susurro.
El príncipe desdichado se apartó, dejando paso a la luminosa imagen del chico atrapando al ladrón seguido de aplausos por parte de los transeúntes y con el misterioso chico desvaneciéndose del lugar. El príncipe, con curiosidad, lo siguió hasta una laguna apartada del bosque, donde el joven se quito su capucha dejando ver su cabello verde esmeralda, sus ojos ambarinos y un pequeño lunar debajo de su ojo derecho. El príncipe quedó nublado por tal belleza que no se percató cuando el extraño le estaba mirando fijamente, como si estuvieran analizándole.
- ¿Quién eres y por qué me sigues? -cortó los pensamientos del príncipe, sin embargo, lo que la esmeralda no esperaba era que el príncipe quedaría anonadado con aquella dulce voz, recurriendo a ella cada vez que se encontrase en las peores oscuridades.
-Hunter -dice en un hilo de voz, temiendo que aquel joven que poseía tal magia le hiciese algo a él, un incompetente que ni un hechizo podía hacer-, te seguí porque me dabas curiosidad -admitió.
- ¿Curiosidad? ¿Yo? -rio- Por un momento me lo creí, ahora, escupe qué haces aquí o te rajo el cuello -creó una daga de hielo, poniéndola directamente en su yugular-. ¿Te han mandado mis padres? ¿Es eso? Pues diles que no voy a volver a esa horrible mansión en la que parezco una simple marioneta, no quiero que me utilicen más, ¿pero sabes qué? Aunque lo nieguen, las paredes lo saben, ellas lo han visto todo.
- ¿Qué? -entrecerró los ojos, confundido ante las palabras del joven esmeralda.
- ¿Por qué te extrañas? Te han enviado mis padres, ¿no? -preguntó ahora con nerviosismo.
-No sé ni quién eres, es la primera vez que vengo a esta ciudad. ¿Tan raro te parece que te presten atención? -en verdad él no era el indicado para pronunciar aquellas palabras, durante toda su vida su familia no le había mostrado cariño y no podía imaginar cómo se sentiría; tampoco era algo que quisiera descubrir, se había acostumbrado a la soledad.
El chico retiró su daga improvisada de su cuello delicadamente, y dudando un poco, se sentó a su lado. Observó cómo la luna caía sobre el agua de la laguna, haciendo que los peces que se encontraban en la misma empezasen a volar mientras que un destello blanco salía de sus escamas. El chico esmeralda abría su boca y rápidamente la cerraba, como si quisiera decir algo, pero las palabras nunca salían.
- ¿Cómo te llamas? -preguntó el príncipe.
-Edric -dijo mientras lo miraba, el príncipe estaba bañado por la luz de la luna y se podían ver las cicatrices que tenía en el rostro. La esmeralda quería preguntar, pero no se atrevió, sin embargo, formuló otra pregunta que dejó atónito al príncipe- Es bonito, ¿no crees? Siempre vengo aquí cuando me encuentro triste, y como eres nuevo en la ciudad te vendrá bien tener al menos un conocido en ella.
- ¿De verdad? -preguntó tímido, con un leve sonrojo.
- ¡Claro! Además, me vendrá bien respirar de vez en cuando. Es agradable mostrarse tal cual eres con alguien más, ¿no? -sonrió, cerrando los ojos y mostrando sus dientes.
El príncipe no creía lo que estaba pasando, ¿estaba soñando? ¿Habría muerto por aquel hechizo de fuego? ¿Edric nunca llegó a salvarlo y estaba en algún universo paralelo.
Verdaderamente le daba igual, prefería estar muerto y vivir aquella fantasía que seguir vivo y tener que verle la cara a su familia todos los días.
Estaba feliz, feliz de que aquel chico hubiese aparecido en su vida, por primera vez en su corta edad, podía decir que se alegraba de algo que le hubiese pasado, pensó por primera vez cuanto le agradaba la esmeralda, pero también pensó sobre su secreto, no podía saber que era el príncipe, bajo ningún concepto.
Aquella laguna se había convertido en su lugar, su rincón, el príncipe se escapaba de su jaula mientras que la esmeralda esperaba por él con el corazón en un puño, latiendo indebidamente, alocadamente, como si le hubiesen ahorcado y necesitase respirar. Sus mechones verdes, que normalmente se escondían detrás de sus orejas puntiagudas revoloteaban cuando el príncipe estaba cerca, pero había una cosa que la esmeralda no sabía sobre el príncipe que le causaría muchas emociones encontradas, la ira, el miedo, la tristeza, la envidia, la empatía... El príncipe se lo ocultaba, le mentía siempre sobre sí mismo, él no quería que su familia se enterase de los momentos que pasaba con el joven hechicero, sabiendo lo que podrían llegar a hacerle si se enterasen, la muerte sería suplicada por sus dulces y rosados labios si eso llegaba a suceder.
El atardecer había sido testigo de innumerables promesas, secretos, confesiones y alegría de aquellos dos jóvenes. Sin embargo, en una mansión lúgubre y en un castillo cercano se acercaban malvados planes. Pobre desdicha que le esperaba a aquel amor eterno. Pobre de aquellos jóvenes enamorados, que no sabían el tiempo que les quedaba el uno con el otro. Pobre de la laguna que se había acostumbrado a ellos. Pobre de las hermanas de la esmeralda que habían conocido al príncipe. Pobre del príncipe desdichado, porque aquella sería la última vez que estaría con su amada esmeralda. Pobre de la esmeralda, que no pudo robar ni un beso de sus pálidos labios.
La triste realidad estaba siendo maquinada por la corona, que codiciosa por el poder y la venganza no reparaban en bajas, no importaba si una de ellas era el príncipe heredero, querían el poder y cualquier sacrificio era necesario, incluso si esto significaba la rotura y el final de la misma. Amenazas de guerra por parte del reino vecino resonaban en la sala de conferencia de la familia real, una a la que el príncipe nunca ha sido invitado. Se intentaban buscar soluciones y estrategias a la guerra que estaría a punto de comenzar. El príncipe lo escuchó todo desde su habitación, estaba horrorizado, pero a la vez sentía que esta sería la oportunidad que siempre había necesitado para demostrarle algo a su familia. "Algo" que ni el mismo príncipe sabía que era, ¿de verdad se iba a arriesgar por una familia que únicamente problemas le había creado? ¿De verdad iba a ir a un campo de batalla, donde seguramente moriría al no poseer magia? ¿De verdad iba a dejar solo a Edric, después de todo lo que había hecho por él? La idea de desaparecer de los recuerdos y memoria de Edric le aterraba, no estaba dispuesto a ver su cara cubierta de lágrimas por él, no estaba dispuesto a que Edric estuviera triste por él, no estaba dispuesto a perderlo; pero su orgullo era más fuerte que eso, más fuerte que todos los sentimientos que emanaba cada vez que él estaba cerca.
Irrumpió en la sala, llamando la atención de todos sus familiares y consejeros. Su padre, el rey, le ordenó que volviese a su habitación, que después hablarían. Hablar con su padre nunca había sido hablar, él le repudiaba desde que nació, y el que no tuviera magia le había dado la excusa perfecta, cuando él entraba en la habitación del príncipe le agredía y le rajaba la piel, culpándole de todo, culpándole del fallecimiento de su madre, culpándole de que al no tener magia había manchado la imagen de la corona, culpándole de que al tener esa desgracia de hijo no podría expandir la corona, culpándole de todo, haciendo que de verdad el príncipe creyera que era el culpable.
-Iré al frente, lucharé por la familia -dijo decidido, algo que sorprendió a los asistentes.
Su padre, sorprendido, accedió. Era la oportunidad perfecta para deshacerse del príncipe y toda la sala lo sabía; el rey le dio unas palabras de aliento, diciendo que estaba orgulloso de él, que serían una familia luchadora y que arrasarían a todo el que cruzase en su camino, juntos. El príncipe, iluso, pensó que las palabras de su padre eran ciertas, pensó que el corazón del rey había sido ablandado después de tantos años de maltrato, pensó por un segundo que su padre de verdad lo amaba...Pero en lo más profundo de su ser sabía que solo era una mentira que estaba creando, en el fondo sabía que su padre era el jugador en la partida de ajedrez y que él era un mero peón, lo sabía, pero decidió no darle importancia hasta que no fue demasiado tarde.
Aquella noche el príncipe no se presentó en la laguna, algo que preocupó a la esmeralda, Hunter siempre iba a sus encuentros y por alguna razón ese día no apareció. Edric esperó durante horas debajo de aquel árbol donde se sentaron y hablaron por primera vez, tenía claro que esa noche le diría al príncipe todo lo que sentía por él. Cansado de esperar y llorar por alguien que no acudiría decidió hacer un hechizo bajo la luz de la luna, en la que el dios lunar poseería su cuerpo mostrándole donde estaba su amado príncipe. Se horrorizó cuando lo observó en el palacio real practicando con la espada, ¿qué hacía él en el palacio? ¿Por qué estaba practicando con un arma? Lo que más le dolió fue cuando aparecieron dos personas, le sirvieron y le llaman "alteza", ¿acaso no conocía a la persona de la que estaba enamorado? ¿Le había estado mintiendo todo el rato? ¿Se enamoró de una mentira? ¿De una verdad a medias? Estaba enfadado, triste, decepcionado... No podía creer lo que estaba viendo, no podía creer que su amado chico rubio con cicatrices fuese el mismísimo príncipe, no entraba en su cabeza, no podía evitar pensar en todo lo que había compartido con el hijo del enemigo de su familia, no podía evitar pensar qué pasaría si su familia se enterase, si la corona se enterase, ¿lo matarían? ¿Le harían algo a Hunter? Hunter. No podía dejar de pensar en él, por más que quisiera no podía dejar de pensar en su risa, en sus paletos separados, en la cicatriz de su rostro, en sus ojos rojizos, de verdad parecía que le había lanzado un hechizo. Irónico porque él no puede hacer magia.
La luna abandonó su cuerpo, haciendo que se sintiera extremadamente cansado, necesitaba ir al palacio, debía ir al palacio a por la persona que le había dado una sonrisa en sus peores días, por la persona que había dibujado estrellas en su oscuridad, por la persona a la que más había amado en la vida, por la persona por la que se sacrificaría si hiciera falta, por esa misma persona debía de ir al palacio lo más rápido posible, antes de que hiciese algo de lo que se pudiese arrepentir.
Quería ir al castillo, pero las fuerzas se desvanecían de su cuerpo, llamó a la única persona de su familia en la que podía confiar: su gemela, había sido de las mejores de su promoción en dominio de magia, ella lo ayudaría, debía de hacerlo, si no lo hacía, ¿qué sería de Edric? ¿Qué sería de su débil corazón? ¿Qué sería de su sonrisa? Ya no existiría, no existiría sin él. Su hermana llegó a los pocos minutos, había creado un hechizo de viento para desplazarse lo más rápido posible hasta el lugar, sin embargo, también llegó con Amity, su hermana pequeña, precisamente no quería que ella se enterase, la quería, sí, pero debía de protegerla de esto, ¿qué clase de hermano mayor sería si dejase que su hermana pequeña se infiltrase en el palacio? Podrían matarla si quisiesen, y no podía permitir eso, no podía hacerle eso a su hermanita.
Entraron al palacio por una de las ventanas de los últimos pisos, no parecía que hubiese mucha guardia, ya que parecía que todo el mundo estaba concentrado en un mismo lugar. Edric se metió dentro de uno de los conductos de ventilación, mientras que sus hermanas se quedaban vigilando y le avisarían si alguien se acercaba. Escuchó voces provenientes de una de las habitaciones, se movió con sigilo por el estrecho conducto, encontrándose con el lugar de donde provenía el barullo. Se encontró con personas desconocidas, pero con rasgos parecidos a Hunter en el lugar, estaba claro que era una reunión familiar, o eso pensaba, hasta que vio una cabellera verde que reconocía perfectamente. Era su madre, ¿qué estaba haciendo allí? Como si el universo le hubiese escuchado, la peliverde habló.
-Ahora sabemos qué hacer con el príncipe, si con suerte lo matan el imperio seguirá siendo como hasta ahora, y el poder y la riqueza será toda nuestra.
-Entiendo, sin embargo, ¿su empresa va a estar a la altura de las circunstancias? Sabes que si hay un fallo se termina todo por lo que hemos estado trabajando, ¿no? -contestó otro.
-Déjela, ya sabe las consecuencias si eso ocurriera, pero como no va a ocurrir todo va a estar bien y gobernaremos sobre toda la isla, ¿no es así señorita Odalia? -le dijo el rey.
-S-Sí majestad -dijo temblando, con miedo, con inseguridad.
Edric no entendía bien la situación, pero algo tenía claro, debía de sacar a Hunter de allí inmediatamente. Siguió por los conductos, mirando por las pequeñas ranuras, intentando encontrarlo. Llegó a una habitación oscura, con muchos libros, con plantas que cubrían las paredes, con un ventanal enorme y con un gato volador en la cama tumbado, él lo conocía, Hunter se lo había presentado, ¿cómo se llamaba? ¿Akira? Sí, algo así. Salió de los conductos y se dirigió hacia Akira, al notar la presencia y el movimiento de alguien en la habitación giró su cabeza 180 grados en su dirección, algo realmente aterrador. Al ver que era Edric el que estaba allí, se puso más tranquilo. La esmeralda le preguntó que dónde estaba el príncipe, que su vida corría peligro, que debían de escapar de allí. La puerta se abrió, dejando ver a un Hunter cansado, seguramente era la primera vez que hacía tanto ejercicio.
Edric se abrazó a él y le explicó todo lo que había oído, lo de la guerra, lo de que quieren que lo maten, que su madre estaba metida en el asunto...Sin embargo, esto no sorprendió al príncipe, ya que en el fondo lo sabía, sabía que su padre no habría cambiado, lo sabía, y esto le dolía en el alma. La esmeralda le dijo que saliesen de allí, que huirían a algún lugar, que no se podían quedar allí, porque los matarían; sin embargo, el príncipe no cedió, dijo que debía de luchar, por muy estúpido que sonase, debía de hacerlo. Edric no podía creerlo, ¿le daba igual que lo matasen? ¿Era así de egoísta? ¿Se había acercado a él, le había dado algo a lo que aferrarse y amar, y ahora quería salir volando como una mariposa? ¿De verdad su amor iba a ser algo tan efímero? No quería creerlo, no quería pensar en eso, no quería derramar lágrimas delante de él, no quería demostrarle que era débil, no quería que se diera cuenta de cuanto lo amaba.
-Volveré, te lo prometo -le afirmó el príncipe a la débil esmeralda, acariciando su mejilla.
- ¿Lo prometes de verdad? ¿No me estás mintiendo? -intentó pronunciar la esmeralda.
-Prometido.
Y así como aquella promesa fue forjada bajo la luna en una lúgubre habitación por aquel eterno amor de adolescentes, también empezó la guerra y lo que consigo conllevaba. La esmeralda era incapaz de dormir pensando en el destino que les aguardaba, pensando en qué pasaría si el príncipe no cumplía su promesa, pensando en qué pasaría con ellos si de verdad la cumplía.
El campo de batalla estaba teñido de rojo, de cuerpos, de sangre, de dolor, de sufrimiento, todo por el simple hecho de querer poder. Los soldados eran magos muy competentes, cosa que dificultaba al príncipe, lucharía con sus propias manos, lucharía con su espada, lucharía por su pueblo, lucharía por su promesa, y por encima de todo, lucharía para poder volver a ver a Edric.
Aquella misma noche, la esmeralda se despertó con un mal presentimiento, algo no se encontraba bien, salió de su casa y voló sobre el campo de batalla. Las lágrimas sin control se desparramaban por sus mejillas rosadas, las flechas le habían alcanzado. No podía ser él, no podía ser cierto, no podía haber roto su promesa, no él, cualquiera menos él.
Descendió rápidamente, y entre la roja tierra se encontraba él, su príncipe, se encontraba su felicidad, desangrándose, con más heridas que de costumbre en la cara, con un agujero en el pecho, con los ojos muertos, sin vida, sin ese brillo rojizo que tanto los caracterizaba. La esmeralda no podía dejar de llorar, repitiendo una y otra vez "Me lo prometiste", acariciando su rostro, buscando cualquier signo de vida en su príncipe.
El enemigo se acercaba y lanzó un hechizo que rozó al cadáver de su amado, haciendo que la esmeralda, con furia y rabia, provocase un hechizo especial, mientras que sus ojos empezaban a desprender un brillo verde y pequeñas grietas en su cara comenzaban a aparecer, un aura salió de su cuerpo destrozando todo lo que había a kilómetros alrededor. Abatido, volvió junto con su Sol, el príncipe, observando sus pálidos labios, su pelo rubio, sus cicatrices, sus ojos rojizos, observando a la persona que más había amado y dándose cuenta de que al final nunca se lo dijo, nunca se lo confesó, nunca fueron de la mano juntos, nunca pudieron darse un beso, nunca pronunció aquellas esperadas palabras, nunca hizo nada, y le hería tanto que no le importaba nada, porque verdaderamente lo único que le importaba era él, era su sonrisa, su brillo cuando decía algo que le interesaba, su mechón de cabello rebelde, sus cejas gruesas, su nariz respingada, su voz, porque en verdad era eso lo que componía a su amado, no era el título, no era la corona, no era el poder, la esmeralda se había enamorado de su ser, y cuando te enamoras de un alma, no te importa nada más.
Tal vez en otra vida, la esmeralda y el príncipe terminen juntos, confesándose, siendo felices, viviendo juntos, teniendo familia, tal vez con unos padres más compresivos y con un mundo sano. Deseaba que eso no fuera demasiado pedir, que al menos, por un segundo, le dejaran verlo otra vez, aunque fuera en sueños, aunque fuera en el agua, aunque fuera en la luz, solo deseaba verlo, sentirlo, decírselo, amarlo. Tal vez ellos como eran la Luna y el Sol, destinados a estar separados, pero siempre juntos.