Ik Houd Van Je, Mama

Summary

Desde que era pequeño lo sabía, su madre estaba hecho para él y su obsesión por protegerlo y amarlo revela una conexión perturbadora que desafía los límites de lo que se considera normal. Desde que tiene memoria juega a ser el hijo perfecto para todo el mundo, el piloto a seguir, el ídolo al cual admirar. Una doble vida de la cual estaba de estaba cansando y la cual destruiría. A medida que su obsesión se intensifica ya no puede esconderse, no más. Tiene que hacerlo, tiene que hacer al hombre que le dio la vida suyo. Está mal, lo sabe, más su necesidad es mayor, tanto que no se da cuenta de que todas sus decisiones desencadenarían una serie de eventos que destruirán todo lo que más valora. A su madre.

Genre
Other
Author
Nesver
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

1997

El dolor se arremolinaba en su parte inferior como una tormenta, amenazando con consumirlo por completo. Sin embargo, aunque su cuerpo gritaba por el alivio, una chispa de voluntad se aferraba a terminar, negándose a sucumbir ante un posible desmayo.


"Jos, ¿dónde estás?," pensó en aquel momento de lucidez.


—Ya casi, por favor. Usted puede, un poco más. —La enfermera a su lado, una mujer de pelo negro que emanaba una calidez reconfortante, le dirigía palabras de aliento mientras tomaba su mano con delicadeza. Con un gesto compasivo, lo ayudaba a limpiar su rostro empapado de sudor, apartando con ternura los mechones pegajosos de su frente.


También le pedía calma, pues ejercía tanta presión sobre sí mismo que algunas de sus venas faciales se desgarraron, dejando un río de puntos rojos perdidos entre las pecas dispersas en su piel.


El súbito sangrado nasal lo arrojó hacia delante, anhelando fervientemente que las contracciones llegaran a su fin. Sintió algo fresco sobre su frente, y al intentar enfocar su vista para discernir qué era, percibió la sensación reconfortante de un paño húmedo. Un suspiro profundo escapó de sus labios, recibiendo con gratitud el alivio que proporcionaba el frescor en contraste con la agonía que lo consumía. Y junto con otro paño tipio, le ayudaba a limpiar su nariz.


Fue un 30 de septiembre de 1997 cuando la llegada de un bebé rompió el cuchicheo de la sala de parto. Después de casi diez horas de agotadora labor, un infante emergió al mundo, anunciando su presencia con un llanto robusto y vigoroso. Uno que caló en los oídos de Sergio.


Su bebé llegó a este mundo como un ser saludable y fuerte, llenándolo de alegría que disipo todo dolor físico.


La enfermera dejó que el pequeño cuerpo se moviera detrás de la cortina, haciendo que su cabezita reposara en el hombro desnudo. —Bien hecho, muchas felicidades.


—¿Podrías…?


—¡Claro!—La mujer levantó al bebé y lo llevó cerca del pecho del hombre, esperando a que este lo tomara.


Con manos temblorosas, extendió los brazos hacia la bolita rosada, y entre ellos fue depositado aquel pequeño ser que, sin titubear, se acomodó en su pecho. Los llantos se calmaron al instante, como si supiera de quien se trataba.


—Míralo…—una sonrisa nerviosa salió de sus labios, ¿él había tenido a esa cosita dentro por nueve meses?—Dios mío…


—A veces las madres primerizas no logran converger con la idea de ser madres hasta que ven a los recién nacidos por primera vez.—Añadió la mujer.—Me imagino que es el caso para usted. Y más por su situación.


—Sí…


Un torrente de felicidad incontrolable invadió al joven adulto, abrumándolo hasta el punto de hacerle soltar lágrimas de pura dicha. Con gestos delicados, besó la pequeña cabeza coronada por mechones húmedos de cabello rubio, sintiendo una conexión instantánea con aquel ser diminuto que ahora era suyo.


—Mi bebé, mi hermoso bebé.


—Tenemos que llevarlo a limpiar y hacerle un par de exámenes. Si nos lo permite lo tomaremos y no tardará mucho en ser devuelto. Mientras tanto, usted también será atendido y aseado, ¿de acuerdo? —Aunque no quería, solo asintió a lo dicho y dejó que una de las enfermeras tomara a su bebé con cuidado, causando de nuevo el griterío. —Vaya, apenas nació y no quiere alejarse.


Permitió que la enfermera se fuera, agradecido por su ayuda, pero sumido en sus propios pensamientos. Todo el tormento había terminado. Mientras tanto, tomó la toallita que seguía en su frente y la cambió de lado, buscando desesperadamente el alivio del frío contra su piel que aún seguía ardiendo.


Observó con una mezcla de asombro y confusión mientras el doctor y las enfermeras retiraban los instrumentos de la sala de parto. El nacimiento había sido totalmente imprevisto, un evento que lo había tomado por sorpresa. Lo único que podía recordar era el momento en que se despertó de una siesta en su casa hace horas, solo para encontrarse con su cama empapada de fluidos y el inicio de contracciones que anunciaban su futuro.


Lo primero que hizo fue intentar llamar a su pareja, más no obtuvo respuesta. Luego, en otro intento desesperado por buscar ayuda, marcó el número de la hermana de su esposo, y después el de sus respectivos suegros, pero el silencio del otro lado de la línea lo llenó de terror. Finalmente, aturdido y con miedo, recurrió a los servicios de emergencia, en un acto que resultó ser el más eficiente.


El recuerdo del bochorno que experimentó durante el trayecto desde su casa hasta el hospital le hizo estremecerse, sintiendo cómo la vergüenza se entrelazaba con el dolor persistente en su vientre. Las miradas curiosas, sorprendidas y hasta disgustadas de los paramédicos al percatarse de su estado solo añadieron más peso a la angustia que ya sentía. Después de todo, no era común encontrarse con un hombre gestante y a punto de dar a luz.


Con un suspiro cargado de malestar, se sorbió la nariz con un pañuelo de la mesita aledaña, aprovechando para deshacerse de cualquier rastro de sangre seca en el surco naso labial que el toallón hubiese dejado, mientras que su otra mano tomaba el paño ya un poco tibio y lo deslizaba por su rostro con gesto cansado. La sensación de enfermedad lo comenzó a invadir junto con la ausencia de su esposo, el que se suponía era su pilar no se encontraba a su lado en un momento muy importante.


—¿Se encuentra bien? —Un enfermero recién llegado se acercó a él para revisar su antebrazo e insertar una intravenosa con suero. Vio como este dio un vistazo a la camilla y su expresión se desfiguro un poco, apenas perceptible. —Va a doler un poco. —Siseo al sentir la aguja penetrar su piel, era suero. —Listo. —Agradeció en silencio y pidió agua, estaba sediento. —Le pediré a una enfermera que lo traiga. —Aviso antes de retirarse a pasos agigantados.


Se sintió como una plaga, el joven enfermero no parecía querer acercarse más de lo necesario a su persona.


Minutos después, la misma enfermera que se llevó a su hijo llegó con un vaso con de agua fría y ayudado de un sorbete termino con el líquido como si se estuviera muriendo de deshidratación. La mujer volvió a rellenar el vaso por segunda ocasión, pero fue suficiente para saciarse.


Fue atendido y limpiado cuidadosamente, una de las mujeres presionaba su vientre para disminuir el sangrado ya que decía que entre menos sangrado hubiera, más rápido su útero regresaría a su forma normal. También le fueron puestas compresas frías a lo largo de su perineo para disminuir la hinchazón.


Estaba agradecido, claro que sí, mas no podía quitarse de la cabeza la necesidad de tener al recién nacido en sus brazos, aún tenía la esperanza de que su esposo apareciera por la puerta para atesorar juntos la bolita de amor que tenían en su ahora más extensa pequeña familia.


Los llantos que resonaron afuera de su habitación lo volvieron a alertar de inmediato. Ignorando el dolor de su cuerpo, se esforzó por acomodarse en la cama en una posición más erguida, adoptando un ángulo de noventa grados para tener una mejor visión de lo que estaba a punto de suceder.


Con el corazón latiendo con fuerza en su pecho, la puerta se abrió lentamente y una nueva enfermera entró en la habitación. Sus ojos se iluminaron al ver la hermosa mantita azul y el gorro blanco que asomaban entre sus brazos.


Un destello de emoción y anticipación brilló en sus ojos mientras observaba con ansias cómo ambos se acercaban. Fue como si el mundo entero se detuviera en ese momento, y solo existieran ellos dos: él y su hijo.


—Vamos, vamos con mamá. —La enfermera le habló al bebé con voz chillona antes de ser entregado a los brazos del castaño quien quedó ensimismado al observar al pequeño que había dejado de llorar, ahora con más atención. —Les dejaremos solos. Cuando nos llame vendrá un especialista en lactancia para hablarle del proceso.


—También traeremos una cuna para que ponga a su hijo y usted será cambiado de cama para su mayor comodidad, se quedara un día en revisión y veremos si para entonces se siente mejor como para poder irse. —Ambas mujeres se retiraron con una sonrisa, felicitándole por segunda ocasión antes de desaparecer por la puerta.


"Que amables," se dijo. Sintió cálido de que no lo trataran mal.


Sacudió sus pensamientos para tirarlos por la borda. En ese momento tenía que tomarse el tiempo de observar con atención las facciones del pequeño.


Tenía una tez blanca, una mata de cabello rubia casi blanca, sus cejas se encontraban fruncidas y un color rosado remolinaban por sus mofletes, todo igual a su esposo. Deseo que sus ojos fueran café como los suyos, pero el color azul que tenían le conformó, los de su hijo lo veían curiosos y eso le emocionaba.


En ese momento se dio cuenta de que el nombre que tenía pensado desde hace meses era el correcto. Le quedaría tan bien.


—Mi niño lindo. —La sonrisa de su hijo le hizo más feliz si aún era posible. —Mi Max Emilian.



•✦───────────•✧


Para su mala suerte, el día de su alta coincidió con una jornada fría y desapacible en términos del clima. Sin ningún abrigo a mano y con tan solo las prendas que había usado el día de su ingreso, ahora limpias. Añadido a esto, su esposo brilló por su ausencia durante los tres días que estuvo bajo revisión (su hinchazón no le dejo ser relevado después de 24 horas y también porque se veía que su doctor no le tenía confianza con su bebé), ignorando todas sus llamadas y las del hospital que para el segundo día dejaron de hacerse.


Antes de salir, expresó su gratitud a las dos amables enfermeras que lo habían cuidado con tanto cariño y compasión, agradecido de que nunca le hubieran juzgado, al menos no en su cara. Recordó con resentimiento la actitud de la obstetra que se negó a realizarle un ultrasonido en los primeros meses de su embarazo en el mismo hospital y la tensión con la que su doctor y el especialista en lactancia le habían estado explicando los cuidados a tener con su niño, removiéndose y evitando su mirada lo cual contrastaba con el trato empático y humano que recibió del par de enfermeras.


Aunque aún se sentía tembloroso y adolorido por el esfuerzo, se encontraba lo suficientemente bien como para caminar sin cojear demasiado. Después de hacer el papeleo y firmar unas cuantas cosas, se aseguró de cubrir bien al bulto en sus brazos, viendo con atención como Max quería sacar su manita de la manta.


—No mi amor, hace mucho frio. Dame tiempo y te quitare todo esto. —Max soltó un suspiro. —Lo se cariño, lo se. Mamá pedirá un taxi, ojalá que estén circulando a pesar de la nieve. Luego, llegaremos a casa y te daré de comer mi niño.


—Señor, ¿desea que le pidamos un taxi? tenemos un servicio local de transporte. —Le comento la recepcionista con una sonrisa profesional.


—Se lo agradecería.


La empleada llamo y hablo en francés por unos minutos y cuando colgó le dijo que no tardarían en llegar. Sus piernas comenzaban a rendirse por lo que tuvo que sentarse, se quejó por la incomodidad de la silla tenía, pero era mejor que seguir parado.


Fue avisado de que su taxi estaba afuera y salió rápidamente. Era un hombre de mediana edad, de unos cuarenta años que le abrió la puerta.


Casi gime al sentir la calefacción y se atrevió a deshacer un poco el burrito de mantas genéricas que era su hijo.


—Buenas tardes, vengo a nombre de City Taxi Hasselt, ¿puede confirmarme su apellido? Es de rutina. —Le comento sacando una pequeña libreta junto con un bolígrafo.


—Verstappen.


—Muchas gracias, señor Verstappen, ¿adónde se dirige?


Le dio su dirección exacta que, si sus cálculos no fallaban, serian cerca de unos veinticinco minutos de trayecto, tal vez mas por la nieve.


—¿Haciendo de niñera?


—¿Como dice?


—Que, si está haciendo de niñera, que difícil debe de ser tener que ir a las citas de bebés solo, ¿niño o niña?


No deseo meterse en controversia por lo que omitió las primeras frases, el conductor se veía chapado a la antigua. —Es un niño.


—Por lo que vi es rubio, se ha de parecer a su madre.


La conversación murió en ese instante pues ninguno sabía que más decir, Max seguía quejándose por lo bajo pidiendo comida, pero no podía dársela.


Les tomo pasado de los cuarenta minutos en llegar a su hogar, un accidente había ocurrido en una de las avenidas más concurridas de la ciudad y la policía había cerrado el camino. Muchos tuvieron que retornar y cambiar su camino y ellos no fueron la excepción. El conductor se disculpó con él y le dijo que no le cobraría más de la tarifa ya estipulada, lo cual era bueno teniendo en cuenta que no tenía tanto dinero en sí mismo.


—Ya casi llegamos mi amor. —Le susurró dulcemente al bebé en español.


—No es belga ¿cierto? le escucho un acento al hablar neerlandés.


—No, pero vivo aquí desde hace dos años.


—Habla muy bien a pesar de haber estado aquí tan poco tiempo. —Le sonrió desde el espejo retrovisor.


—Muchas gracias.


Al ver la ventana de soslayo, se dio cuenta que el clima definitivamente no estaba de su lado; la tarde había empeorado por imposible que sonase, la vereda comenzaba a ocultarse y a ser tapada por el color blanco de la nieve. Muy poca gente transitaba como peatón y lo hacían casi corriendo.


Cuando llegaron, la SUV se detuvo frente a su porche, un soso jardín cubierto de blanco. Para su infortunio vio la camioneta de su pareja estacionada en la zona del garaje y eso inicio una corriente de nervios.


—Muy linda casa tiene.


—Gracias. Se ve mejor en verano. —Respondió. Antes de salir volvió a cubrir a Max. —Y déjeme ir por dinero extra. Tome estos de momento. —Esculco su bolsillo y le entrego varios billetes de cien y doscientos francos.


—¡Oh, claro! —Los tomo y empezó a contar. —Son 965, la tarifa es de 1.047 Fr.


Apresuró sus pasos a su casa, tanteando los bolsillos de sus pantalones en busca de la llave. El movimiento apresurado pareció inquietar a Max, haciendo que empezara a soltar hipidos para luego pasar a gritos.


Antes de poder girar el pomo, la puerta se abrió, dejando que un cuerpo cubierto en un pullover de lana se viera. Se quedo quieto en su sitio, apretando a Max contra si para brindarle calor. No quería hablar con su esposo.


—¿Sergio?


Tal vez se quedó demasiado tiempo en su sitio porque el conductor se bajó confundido de ver a su cliente encorvarse ante la presencia de un hombre rubio más alto, ¿debería preocuparse?


—¿Se encuentra bien señor Verstappen?


—¿Y usted es? —La voz dura del hombre rubio lo estremeció que incluso le hizo quitarse su boina.


—Soy conductor de taxi, su amigo lo ordeno desde el hospital.


El mencionado solo frunció el labio y quiso meterse, pero la mano en su cintura simulaba un agarre doloroso. Eso hizo llorar más a Max.


—¿Cuánto le debe?


—Solo 82 francos.


—Tenía 900 y tanto en mi bolsillo, solo iba por lo que me faltaba. —Le murmuro por lo bajo al mayor.


Vio a su marido sacar su billetera y hacerle gestos para nada corteses para que el conductor se acercara, entregándole un billete de mil francos que tomo con grata sorpresa.


—Sin duda es usted un buen amigo, tiene mucha suerte, señor Verstappen. —Quiso estrecharle la mano como despedida pero un empujón lo hizo retroceder.


—Ni se le ocurra tocar a mi esposo.


—Jos...


El conductor quedo petrificado y vio la silueta de su cliente voltearlos a ver con vergüenza.


—Así que eras uno de esos. —El tono de asco que el hombre mostro fue áspero, tan contradictorio a lo que fue hace unos segundos. El dinero que había tomado con felicidad ahora lo tenía tomado de su índice y pulgar, denotando disgusto. Algo que le molesto al más alto.—Esto está manchado de su enfermedad.


—Haga lo que quiera con el dinero, no me importa. No quitará que me he follado a este hombre que ha tenido a mi hijo.


El contrario solo frunció el ceño, miró a Jos y luego a él, una arrugada frente llena de asco al bulto en sus brazos; no fue cortés, mostrándole el dedo de en medio. Si tenía algo con él que no metiera a un bebé en esto.


Al final el hombre decidió retirarse, no podía creer que aquel tipo hubiera jugado de esa manera con él, había dejado que un hombre gestante se sentara en su vehículo y que dos hombres homosexuales le dieran dinero, si no lo necesitase tanto los hubiera golpeado hasta acabar con sus conciencias.


—Jodidos maricones. Fenómenos.— se fue gritando.


Cuando el hombre se fue, Sergio por fin pudo entrar a su casa. Max tenía su cara tan roja que ahora se estaba pensando llamar a una ambulancia. Suspiró y se aguantó un gemido del dolor, todo su cuerpo parecía hecho pedazos pero que la estancia estuviese a temperatura media le hizo relajar.


—Sergio, yo-


No quiso mirar atrás pues sabía que una mirada culpable le iba a dar la bienvenida y su cabeza a punto de explotar no tenía ganas de lidiar con ellos. Quería darle de comer a Max, ducharlo, cambiarlo, ducharse y dormir por todo lo que restaba del día.


—No respondiste mis llamadas. —Intentaba guardar la compostura, tenía un bebé en brazos. —Ni las del hospital.


—Estaba ocupado, hace media hora regresé de Inglaterra.


Dejo sus zapatillas en la entrada y a tropezones se fue al pasillo, ya no deseaba hablar con su marido. Parecía como si no quisiera mencionar al bulto en sus brazos y eso le dolió.


Al escuchar que se iba y no pasaba a saludarlo salió enfurecido de la cocina y subió las escaleras siguiendo a su pareja.


—¿Podrías dejar de comportarte como un niño y decirme como estas? Pudiste llamarme cuando te dieron de alta, pude ir por ustedes.


Apretó su mandíbula y atravesó el pasillo rumbo a su habitación, la cual tenía que limpiar. Tragándose el nudo en su garganta se atrevió a decir: —¿Tres días sin saber de mí no te preocuparon? ¿piensas que no te necesitaba? Estuve horas, ¡horas!, en labor de parto porque mi fuente se rompió antes de lo previsto, te llamé y llamé a tu familia esperando que alguien viniera a apoyarme, nadie lo hizo.


—Sabes que no debes llamarles, no te contestarán. Y mi padre se encuentra en Argentina, su horario no es fiable. —Escuchó maldiciones al instante, por lo menos sabía que con eso había arruinado más su oportunidad de hablar. —Michel...


—Nada de Sergio y menos de Michel.


Con gesto decidido, cerró de un portazo la puerta de la habitación y deslizó el pestillo inmediatamente. Seguido a esto, destapó a su bebé, cuyos ojos lo observaban con una gran curiosidad, desprovistos ya del llanto que había marcado la incómoda interacción hace unos segundos. Parecía estar analizando cada detalle del rostro del adulto frente a él, preocupándose por su estado de una manera que solo un bebé podía expresar.


Sin energía para llevar a cabo los planes que había imaginado, se dirigió hacia la cama donde quitó todas las colchas y sabanas para recostarse con cuidado de no hacer mucho esfuerzo. Con delicadeza, cuidó de no tapar en exceso al pequeño, quien se quedó dormido con facilidad sobre su pecho, sumiéndose en un sueño producto del cansancio.


Se recostó dando la cara a su bebé, respirando profundamente mientras veía la cara de Max, tan tranquila. Lo había posicionado boca arriba y sus bracitos se movían de vez en cuando para acomodarse. Tres días y ya podía hacerlo, impresionante.


En ese momento de vulnerabilidad, se permitió finalmente dejar escapar las lágrimas que había estado conteniendo, dejando que la frustración fluyeran libremente. Sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarse a una conversación con Jos, rápida o larga, pero en ese instante creía que su enojo estaba totalmente justificado. Se aferraba a la idea de que su reacción era comprensible dadas las circunstancias, ¿cierto?


¿Cierto?


Con la mente hecha un calvario, su cerebro se fue apagando, intentando que dejara de repasar todos los escenarios plausibles de aquella obligatoria conversación.


El tiempo pareció difuminarse mientras él caía en un estado de duermevela, y no estaba seguro de cuánto había pasado antes de que despertara al sonido de la puerta siendo tocada, la oscuridad envolviendo su habitación como un manto opresivo. Dio vuelta para ver el teléfono fijo y revisar la hora por el tablero.


1:00 am.


Él llegó por ahí de las 2:00 pm.


“Maldita mierda,” con la mente adormilada y el cuerpo sin fuerzas, movió con cuidado a Max, quien se quejó pero siguió durmiendo plácidamente.


Sergio dirigió su mirada hacia la puerta, notando la sombra debajo del umbral de la puerta, las luces del pasillo debían estar encendidas.


Dejo en vista que había despertado al encender la pequeña lampara de su mesilla con un ligero click en su interruptor, sintiendo una mezcla de ansiedad y aprensión al contemplar la posibilidad de enfrentarse a la persona que menos deseaba ver en ese momento.


El hombre de afuera volvió a tocar, igualmente, sus golpes suaves haciendo eco por la habitación. Sergio siguió viendo la puerta, sentado a la orilla del colchón y con los brazos reposando en sus muslos.


No quería abrirle.


No lo iba a hacer.


—¿Qué quieres?


El mayor solo le miró apenado, con un gesto marcado por haberlo tomado con la guardia baja. —¿Podemos hablar?


Fueron segundos de vacilación que para el mayor se sintieron años, suspirando en alivio cuando Sergio asintió y abrió la puerta, permitiendo su entrada.


Entró a pasos pequeños, mirando al menor y notando las ojeras que arruinaban su cara, su pelo parecía un nido de pájaros y lo miraba seriamente.


—¿Puedo?—le susurró al oído y Sergio, sabiendo a lo que se refería, asintió, aún adormilado y con el enojo subiendo por sus entrañas.


Jos fue directamente hacia la cama y se arrodilló en el borde de esta. No había necesidad de palabras; ambos sabían lo que estaba mirando. El mayor contempló al bebé que resoplaba acostado, sus dedos pasaron por la frente, bajando hasta la mejilla para sentir su suavidad. Se hizo para atrás cuando el bebé soltó un chillido y se volvió a acomodar.


En ese silencio que sucumbió después, cargado de emociones, Sergio sintió cómo la tensión se acumulaba en el aire, mezclada con tristeza, frustración y un atisbo de esperanza hacia su pareja. Había llegado el momento de enfrentar la situación, de hablar sobre lo que había sucedido y de buscar una forma de seguir adelante juntos, como pareja y como padres.


—Perdóname cariño.


Se quedó en silencio al pie de la puerta, observando la respiración tranquila de su esposo.


—Nunca fue mi intención, maldita sea, perdóname, Sergio. —Se rascó su mentón y volteó hacia el menor. Tan atractivo como siempre. —El trabajo me tiene tan absorto que completamente olvidé todo.


—P-pudiste por lo menos responder una llamada, pero no lo hiciste. —Le dijo con un nudo creándose en su garganta. —Entré en pánico y no supe que hacer.


—Me siento fatal. —Sintiéndose pequeño al ver esos ojos azules con motas grises terminó por quedarse mirando al suelo. —Acércate.—le pidió en un suspiro.


Apretó los labios, no pudiendo con la necesidad de consuelo por parte del mayor. Había sufrido mucho esos días. Caminó hasta quedarse detrás de Jos el cual se hizo a un lado para que el castaño se sentase sobre el colchón, sin evitar notar la mueca de dolor al hacerlo.


—¿Fue doloroso?


Jugo son sus uñas antes de asentir.—Me sentí morir. —continuó. —Estuve en labor por diez horas yendo y viniendo de conciencia hasta que me dieron el alta después de más revisiones del bebé y mías. Aprendí muchas cosas, aun no puedo caminar del todo bien, más aún por el dolor crónico de antes, pero según dijeron me recuperaré con el cuidado necesario. Al parecer puedo lactar.


—Así que es por eso por lo que tenías los pechos hinchados.—le dio una mirada rápida a la camisa desabotonada por tres botones del contrario. La luz amarilla le daba un efecto sensual.


—Mhm, también debo evitar cualquier actividad física por lo menos seis semanas.—Explicó al mismo tiempo que puso su mano en la cabellera rubia traviesa.—No pienses que estás perdonado, eh.—Intentó bromear.


El otro solo cerró sus ojos y tomó sus manos, aún arrodillado frente a él. —Gracias. —Le dijo besando sus nudillos, los cuales seguían rojizos por el clima de afuera.—Gracias por hacerme el hombre más feliz del mundo. Y perdón por todo.


Era poco común que Jos pidiera perdón, y mucho menos que lo hiciera de esa manera tan sincera y agradecida. Era algo que no había presenciado desde que lo conoció, y en ese momento, esa muestra de vulnerabilidad y gratitud lo conmovió profundamente.


Con el peso del perdón y la gratitud suspendidos en el aire entre ellos, se permitió respirar un poco más tranquilo, sabiendo que no estaba solo en esto.


—Gracias por esto, por ser mi pilar; por darme la familia que siempre deseé. Lamento no haber estado ahí. Te lo compensaré.


Incluso si no sabía cómo era posible que el mayor pudiera compensar la falta de su presencia, se derritió por las palabras dulces del mayor. Le entregó una dulce sonrisa y siguió pasando sus dedos por su cabello. No sabía que decir, pero su inconsciente le decía que lo había perdonado muy rápido.


Decidió no lo escucharlo.


—¿Cómo se llama?


—Max Emilian, como habíamos acordado. No pude hacer los papeleos porque tienes que ir conmigo para ponerle tu apellido. —Sus manos ahora se encontraban en las mejillas blancas que por la presión se tornaban rosadas. —¿Te gusta?


—Me encanta, se parece mucho a mí. —Dio un vistazo otra vez donde Max seguía descansando. —Haré que vaya a karting.


—¿No crees que es muy precipitado? Apenas nació y lo primero que piensas es en eso.—era un idea absurda que le causó gracia.—Que gran broma.


—Nada es precipitado si lo tienes ya planeado. —El mayor llevó sus manos lentamente hacia la cadera del castaño, sonriendo al sentirlo tensarse y suspirar. —Me asegurare de ello.


Resporó profundamente, sabiendo que el momento era demasiado bueno para ser verdad. Siempre había algo que lo arruinaba y la insistencia de su esposo fue el culpable en ese momento.


No le gustaban para nada los pensamientos que el otro propiciaba para el futuro de su hijo, se sentían más como los sueños de Jos siendo plasmados en un infante que ni recuerdos tenía. —Pero es un bebé...no sabes ni así queda si le gustaran las carreras. Podría terminar siendo un doctor, un futbolista.


—No lo será por siempre, y cuando deje de serlo...—Acentuó el toque en la cadera.—No me podría importar menos, si veo una chispa de talento en él, me aseguraré de hacer lo posible para que sea el mejor. La mejor escuela de medicina si es doctor, el mejor equipo europeo si es un futbolista, incluso haré que sea convocado a la selección. Pero me encantaría primero comenzar con las carreras, ver si tiene madera para aguantar y seguir con ello.


Dejó que sus palabras se perdieran en el aire, dejando a su esposo con la mente girando. Sabía perfectamente que entendía lo que quería decir. Sergio se tragó las palabras que amenazaban con escapar de sus labios y optó por simplemente asentir. En ese caso ser indulgente podría servir, si Max tenía la oportunidad de elegir su futuro sin que Jos estuviera entrometiéndose, no podía quejarse.


El mayor se puso de pie e invitó a su pareja a seguirlo, retomando su toque por las caderas y acercándolo más hacia él para besarlo. El contacto fue instantáneamente correspondido.


Sus labios se encontraron en una danza apasionada, como si estuvieran redescubriéndose el uno al otro después de pasar mucho tiempo separados. A pesar de los temblores que aún sacudían el cuerpo de Sergio debido al reciente parto, el contrario lograba cesarlos con cada roce, cada caricia. En ese instante, el mundo parecía desvanecerse a su alrededor, dejándolos envueltos en una burbuja de intimidad.


—C-cariño, no podemos h-hacerlo ahora. Lo que dije de actividades físicas, no solo me refería a limpiar. —Le avisó entre nervios, sintiendo las ásperas manos del otro dentro de su camisa. —Además, me duele mucho el cuerpo, y nuestro hijo está al lado, no puedo-


—¿Eh? podemos irnos a la otra habitación. —Susurro al cuello del castaño para comenzar a chupar y dejar marcas alrededor de toda la zona. —Estoy caliente Michel. No puedes dejarme así.


—L-lo sé, pero Max-


—Es un bebé y está dormido. N-no hará nada, ¿sí? —Su respiración cada vez estaba más pesada, cargada de deseo y vulgaridad. El bulto en sus pantalones lo decía todo. —Y de lo físico, fuiste piloto. Podrás soportarlo.


Gimió al sentir como era volteado y su culo quedó en manos del más alto, haciendo fricción con su erección. Tuvo que sostenerse de la mesita de noche para no irse de frente contra el suelo. —¡J-Jos! Hgh, d-détente. —Su cuerpo no aguantaba las sensaciones que le proporcionaba su esposo, el cual se deleitaba al ver la nuca sonrojada de su pareja. Volteó hacia el lado contrario cuando observó el gesto tranquilo de su recién nacido, llenándose de vergüenza. —V-vamos a la otra ha...habitación. Por favor.


—Y-ya no quiero hacerlo. —Con avidez se bajó los pantalones y su ropa interior para después hacer lo mismo con la suya. Sentía la polla del mayor rozar su trasero desnudo, haciendo que se humedeciera, chorreando sus muslos y mezclándose con el pre-semen de la virilidad de Jos.


—Ugh...—Intentaba tomar bocanadas de aire. —Ah, n-no aquí. —Su boca abierta no podía formular frases claras, el dolor de estar en una posición tan comprometedora que requería fuerza y la calentura le iba a hacer desmayar. Un dolor punzante inició en su vientre que terminó en sus muslos casi lo hizo caer.


Sintió presión en su espalda y el aliento caliente de su pareja le hizo besarlo, guardando un jadeo lleno de dolor entre sus bocas al sentir como Jos se introducía en él sin avisar y comenzaba a embestirlo lentamente.


Sus uñas rasguñaban el mueble, “eso dejara marcas,” pensaba para si mismo entre embestidas. Su movimiento hacía que la mesita y la lámpara de noche se moviera, haciendo un chirrido en cada estocada que recibía.


Su cuerpo pareció tardar en reaccionar pues su pene se irguió en cuanto las estocadas aumentaron en velocidad; se sostuvo de la orilla de la mesita.


Se obligó a disfrutarlo, tenía que disfrutarlo.


Ignorando el malestar que se propagaba por su vientre empezó a gemir contra su brazo, no queriendo despertar al recién nacido. Se mordía el labio, sus ojos se pusieron en blanco y los espasmos se hacían más frecuentes que sentía que colapsaría ahí mismo. Sintió vergüenza al ver la foto enmarcada en la mesilla, una a blanco y negro de él con su vientre y Jos a la par de este, viendo su estómago con añoranza. Bajó su cara para no verla.


Una última embestida fue suficiente para que el mueble frente suyo fue manchado de líquido seminal, se había corrido y había sentido como el mayor se le unió segundos después, ese gruñido y la sensación de estar lleno le hizo gemir alto, rezando porque Max no se despertara; era un bebé pero que lo viera así en su primer día en el que sería su hogar no le gustaba.


Volvió a respirar cuando sintió como el otro se deslizó afuera y gruñó cuando el placer de su corrida fue opacado por el ardor, tendría que ir a hacerse una revisión en la ducha.


—Creo que me pase, ¿crees que podrás levantarte? —Le preguntó casi riéndose al mismo tiempo que lo ayudó a mantenerse parado.


Sabía que, si por Jos fuese, se lo hubiera llevado a la ducha para seguir follando de no ser por los gritos del pequeño. No supieron en qué momento se había despertado.


Se desplomó al lado del pequeño rubio, tropezándose con sus pantalones antes de caer al costado del colchón. —V-ven, Max. ¿Q-qué tienes? ¿por qué lloras? Dime, dime.


Jos se irritó un poco, pero no dijo nada. Terminó de quitarse los pantalones y su ropa interior. —Me iré a la ducha, arregla eso. —Se metió al armario a tomar su pijama y una toalla, adentrándose al baño de un portazo.


“Tal vez tengas calor,” dijo para sus adentros y comenzó a quitarle la ropita, dejándolo solo en pañal, sus piernitas moviéndose de un lado a otro y los ojos azules mirándolo llorosos.


—¿Quieres leche? ¿Tienes hambre? —No se veía que tuviera ganas de ir al baño pro lo que decidió cargarlo y lo sostuvo en el pecho. Se deshizo de su remera, quedándose completamente desnudo sentado en la cama, “no puede ser,” pensó al sentir viscoso debajo de él. —Es verdad, tienes hambre. ¿Cómo se me pudo olvidar que debía de darte de comer? —Se exaltó al sentir al bebé mordisquear con sus encías su pezón, del cual salió leche. —Cuidado, cuidado. —Hizo muecas de dolor cuando tiraba de más, pero tenía que aguantarse; esta apenas era su segunda vez dando teta, la primera fue en las primeras horas en donde tuvo la ayuda de enfermeras, pero hacerlo solo era más complicado.


Max siguió con lo suyo, su mano derecha tomando un poco de piel y estrujándola a su antojo hasta quedarse lleno cinco minutos después. Miró hacia arriba en alivio, por fin. Le dio unas palmaditas en la espalda para que eructara y se llevó al niño a la habitación preparada para llevarse la cuna.


Ya saben, por cualquier cosa que pudiera pasar.


Los doctores le recomendaron extenuadamente que el bebé no se durmiera con ambos dado a que podía llegar a sofocarse con las mantas. Le dijeron que usara una cuna con un colchón pequeño y duro, intentar no usar mantas o utilizar unas que pudieran ser extendidas lo suficiente para que no se enreden. También le dijeron que la cuna debería tener redes en caso de que, cuando Max pudiera mover su cuerpo completamente, pudiera respirar en caso de caerse a un lado.


Mientras arrastraba el objeto, se felicitaba mentalmente por comprar una cuna que cumpliera con todos los requisitos sin saberlo.


Al regresar cambio a Max a la cuna y con dificultad bajó al cuarto de lavado a por nuevas sábanas, tomando unas y regresando a la habitación a cambiarlas. Mientras tanto, un recién aseado Jos estaba de espaldas con una toalla rodeando su cintura.


—¿Quieres ayudarme? —Imploraba que el hiciera la cama para que él tomara una ducha..


—Sostendré al niño. —Se acerco a la cuna y tomo a Max quien se removió, pero soltó un sonoro suspiro cuando volvió a quedarse cómodo. Sus párpados estaban medio abiertos.—Que pequeño que es.


Hizo la cama aguantándose el dolor cada vez que caminaba de un lado al otro que se olvidó de los otros dos varones en la habitación.


—Por fin...


Talló sus ojos y buscó a su esposo, encontrándolo afuera, en el balcón que tenían de vista al jardín trasero.


—¡Se va a enfermar Jos!


—Déjalo, se acostumbrará; tendrá que estar en lugares más fríos. —El hombre que aún tenía toalla sostenía al bebé que parecía ser que ni se inmutaba a la nieve que seguía cayendo. —¿Ves? No le pasa nada.


Miró al pequeño a ver si encontraba una señal de mentira, Max parecía estar cómodo. —Bien, pero cuídate tú también, que no quiero que te enfermes y vayas a las prácticas así. —Se sostuvo del marco de la puerta porque perdió el equilibrio.


—Ve a la bañera, la he dejado tibia para ti.


—¿Cambiaste el agua?


—Mhm.


—Te aviso cuando me lleves a Max. —Se dio vuelta en dirección al baño no sin antes mirar por última vez la imagen de su esposo e hijo, ambos de espaldas viendo el jardín. Una sonrisa surcó sus labios. —Gracias.

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