JiCheol ♡ Heartbeats.

Summary

SeungCheol no había experimentado un sentimiento tan fuerte como lo es el amor, hasta que su corazón comenzó a latir por alguien más.

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1
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n/a
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16+

Capítulo único ♡

La adrenalina que recorría por su cuerpo al subirse en la motocicleta lo hacía sentir vivo, era el único momento donde podía dejar todo de lado y concentrarse en él, en lo que lo hacía feliz, se sentía completo y olvidaba los problemas que pudiese tener o los comentarios de sus molestosos familiares y algunos conocidos al decirle lo peligroso que era participar en carreras clandestinas.

Giró en la última curva y vio la meta frente a sus ojos, esbozó una sonrisa y aceleró, los gritos se escucharon al llegar celebrando su victoria, Hansol abrió la botella de champaña como si estuviesen en Año Nuevo y el confeti le sacó una carcajada, los chicos que lo acompañaban eran asombrosos y estaba agradecido que estuviesen siempre allí, apoyando cada una de sus locuras, Hansol iba sin importar qué, también corría pero ahora tenía una lesión en la muñeca que se lo impedía, su novio SeungKwan iba en tercer año de psicología, se habían conocido en una fiesta de universitarios donde Hansol se coló exclusivamente por el alcohol pero terminó cayendo rendido a los pies del chico con abultadas y adorables mejillas.

A Joshua lo conocía desde que tenía diez años y aunque insistiera en decir que JeongHan era sólo una diversión llevaba más de dos meses saliendo con él, todo un récord considerando que ningún chico pasaba de una noche.

Se quitó el casco y los guantes de cuero para recibir el dinero que había ganado, podría pagar el piso donde vivía y comer bien durante todo un mes.

A los dieciséis años perdió a sus padres y se tuvo que salir del instituto porque ningún familiar cercano se quiso hacer cargo de él, comenzó a trabajar en un taller mecánico, no hacía mucho, tampoco tenía conocimientos de vehículos o motocicletas, sólo ayudaba en los mandados, su familia nunca tuvo dinero por lo que no le molestó vivir en un pequeño cuarto que uno de los trabajadores le alquiló en lo que encontraba otro sitio.

Al tiempo, cuando fue mayor de edad y después de reunir el dinero suficiente se mudó, no era la gran casa, era un piso que quedaba detrás de una industria de textiles. Siguió trabajando en el taller mecánico hasta se enamoró de las motocicletas y de la adrenalina al correr.

Respecto al amor no había mucho que decir, había salido con chicos, coqueteos y besos de una noche que nunca se transformaron en una relación seria y estable.

Estaba bien así, no se podía quejar de su vida, estaba sano, tenía dos brazos y dos piernas para trabajar, era feliz, tenía un techo donde comer y dormir, además de los mejores amigos que pudiese pedir.

Durante el día hacía mandados, especialmente a las abuelitas que vivían en la misma calle de su edificio, las cuales ya no podían caminar, tenían miedo a salir y perderse o porque estaban demasiado cansadas y preferían pagar algo de dinero para que fuesen por alimentos o dejar encomiendas en los correos.

Quizás así sus hijos se acordarían de ellas.

Esa tarde se bajó de la motocicleta y atravesó el jardín de la señora Park, una solitaria anciana de ochenta años, con un dulce rostro pero fuerte carácter, le había tomado trabajo tenerle confianza a un chico de veintitrés años que vestía siempre de negro, que usaba chaquetas, largas botas y se transportaba en un cajón, según ella lo era, pero durante las últimas semanas le pedía que manejara con cuidado, que estuviese atento a las señales del tránsito y a los conductores irresponsables que abundaban en las calles de la ciudad, detestaba las motocicletas pero SeungCheol era confiable, atento y muy buen chico, que siempre traía una sonrisa en el rostro por mucho que lo regañara.

Después de tantas experiencias a lo largo de su vida, podía ver la pureza y nobleza en los ojos del pelinegro.

—Buenas tardes, señora Park —Saludó SeungCheol apenas la mujer abrió la puerta, lo miró por milésima vez de pies a cabeza, haciendo una mueca de desagrado.

—¿Cuándo te quitarás el disfraz de delincuente? —Preguntó apuntándolo con el bastón.

SeungCheol rió y dio un giro enseñando su vestimenta —No es un disfraz, es la ropa que utilizo a diario, ¿Acaso no le gusta?

—Pareces un delincuente.

—La verdad es que ando robando —Aseguró SeungCheol entrecerrando los ojos y manteniendo su sonrisa —A lindas ancianas que me abren la puerta de sus casas.

—Atrévete a hacerlo y te mato a palos.

—En el fondo de su corazón siente cariño por mí, admítalo por favor. Es como si fuese su nieto.

—Yo no tengo nietos delincuentes.

—Pero me quiere —Agrandó su sonrisa y se inclinó hacia adelante, hacia la anciana, enseñando unos dulces agujeros en sus mejillas, SeungCheol era atractivo por muchas razones, no era sólo su aspecto físico, era una combinación de rudeza y ternura, de fuerza y delicadeza, protegía a sus amigos, a quienes le importaban, por lo mismo era tan querido en esa calle porque a pesar de su ruda apariencia y que muchos podían temerle, su corazón estaba lleno de amor para entregar.

—Aléjate si no quieres que te golpee por intentar besar mi mejilla —Amenazó la mujer.

—¿Y qué tiene hoy para mí? —Preguntó SeungCheol, separando los dedos de su mano para peinar su cabello hacia atrás.

La señora Park tomó una caja mediana con una cinta encima y se la entregó en las manos —Academia de música, es la que está al otro lado de la ciudad, frente a un instituto, no te pierdas, es una casa de madera rodeada de enormes árboles. Busca a Lee SeokMin.

—¿Me está enviando a la zona exclusiva de los millonarios?

—Espero que no te arresten —Bromeó la anciana, elevando ligeramente una de las comisuras de sus labios —¿Cuánto será el sacrificio?

—Cinco galletas.

La señora Park lo miró con desconfianza.

—Seis por mirarme feo.

Entró a la casa y se dirigió a la cocina, tomando el recipiente donde guardaba las galletas con chispas de chocolate que hacía por sí alguien iba a visitarla, lamentablemente no ocurría muy seguido, regresó y SeungCheol estiró su mano.

—Siete por tardarse tanto —Habló SeungCheol y la anciana le golpeó la pierna con su bastón.

Alcanzó a sacar sólo una galleta cuando SeungCheol se la arrebató de las manos, besó su mejilla y se fue corriendo antes de que volviera a golpearlo.

Ya montado en la motocicleta, subió el visor del casco y comió lo último de galleta que le quedaba, agitó su mano y la señora Park rodó los ojos.

Pero al partir la anciana sonrió y cerró la puerta de la casa.

Hubiese deseado que un chico como él fuese su nieto.

Nunca sería capaz de cobrarle a ella por los mandados, estaba sola, sus hijos parecían haberse olvidado de su existencia y tenía curiosidad por el contenido de la caja que llevaba pero más por la persona a quien debía entregársela.

Las nubes grises en el cielo lo acompañaron hasta los barrios altos, se sentía como un pez fuera del agua al ver las enormes y elegantes casas, con vehículos de último modelo, jardines bien cuidados y niños saliendo con sus niñeras, era un mundo perfecto.

Aparcó afuera de una casa de madera bastante bonita que era rodeada por enormes árboles, tal cual como lo había dicho la señora Park, un hombre de traje lo recibió en la entrada y no supo porque no lo interrogó o revisó, tampoco se hubiese dejado, no era un delincuente.

Aquella academia podía tener mucha clase y seguramente invirtieron millones en la decoración pero era un lugar tan deprimente que le causó escalofríos, caminó por un pasillo y fue preguntando por SeokMin, afortunadamente no fue difícil encontrarlo, era profesor de violín, le entregó la caja y supo inmediatamente que algo se había removido en su interior cuando le dijo quién se lo enviaba.

No quiso indagar más.

Y decidió marcharse.

Cambió el camino pero sus pies se detuvieron al escuchar una suave melodía, las vibraciones iban al compás de los latidos de su corazón.

Buscó al responsable de erizarle la piel de esa manera y entonces lo vio, un chico de cabello castaño estaba sentado frente a un piano de cola color negro. Seguía la partitura mientras sus dedos se movían con delicadeza y destreza por el teclado.

Se había quedado hipnotizado, hechizado por el rostro angelical de aquel chico hasta que un fuerte sonido lo sobresaltó, había un hombre de pie junto al piano, supuso que era el maestro, quien no dudó en golpear el instrumento musical con una varilla de madera que sostenía en la mano.

Los fuertes e innecesarios regaños le hicieron doler el pecho, no entendía la razón de su enojo, salió del salón y él buscó la manera de entrar.

—No le hagas caso —Habló llamando la atención inmediata del chico de tez blanca y ojos afilados, con un lindo lunar bajo uno de ellos —No sé mucho sobre música pero lo que hiciste fue asombroso.

—Gracias —No supo que otra cosa responder, lo miró detenidamente, y no cómo vestía sino la sonrisa nerviosa que no podía borrar de su rostro, era preciosa.

—Deberías estar dando conciertos en lugar de estar aquí —Comentó mirando a su alrededor, las estanterías con libros, los cuadros colgados en las paredes con elegantes marcos dorados, las cortinas de terciopelo, todo parecía haber sido sacado de un castillo. Y mientras sus sucias botas avanzaban por el piso de madera se sentía más extraño, definitivamente no era su lugar.

—Es porque primero debo estudiar —Habló el castaño, levantándose del piano y acercándose sigilosamente al atractivo chico que había irrumpido su clase —Conocer la música a fondo, enamorarme aún más de ella.

—Solo debes tocar con el corazón como lo hiciste hace un momento y estoy seguro que llegarás muy lejos —Se dio la media vuelta encontrándose con el lindo chico frente a él, muy cerca, dejándolo sin palabras cuando vio su sonrisa, era más pequeño y delgado pero amó el hecho de que tuviese que levantar la cabeza para mirarlo y él bajarla —Soy SeungCheol.

—Lee JiHoon —Respondió con las manos detrás de él, balanceándose sobre sus pies, siendo coqueto sin darse cuenta.

Hasta su nombre era hermoso, pensó SeungCheol, digno de un reconocido pianista.

—Mi maestro no tardará mucho en regresar —Dijo JiHoon mordiéndose el labio inferior, mirando hacia la puerta por si el hombre aparecía.

—Entonces será mejor que me vaya.

—Sí.

—¿Tú... sales muy tarde de aquí? —Preguntó con nerviosismo, detestándose al instante, debía estar soñando si alguien como JiHoon aceptaría tener una cita con él.

—En tres horas más.

—Podría esperarte e ir a beber algo, ¿Qué te parece? —¿Por qué demonios seguía insistiendo?

—Me está esperando mi chofer afuera.

—¿Tienes chofer? —Levantó las cejas pero no debía extrañarse, JiHoon era alguien con clase, seguramente hijo de algún millonario empresario que jamás se fijaría en él.

—Mis padres son sobreprotectores —Explicó un poco avergonzado —No quieren que me ocurra nada malo camino a casa.

—Como encontrarte con un desconocido que te invite a salir —Dijo soltando una leve risa.

—¿Si aceptaría me sucedería algo malo?

—No —Respondió seguro, con voz clara —Te cuidaría mucho mejor que el chofer que está esperando afuera y que seguramente te conoce hace años.

Se miraron, sonrieron y SeungCheol descubrió que la melodía del piano no era lo que iba al compás de los latidos de su corazón sino el corazón de JiHoon.

Escucharon unos pasos acercándose y JiHoon lo empujó hacia los ventanales, abrió uno y SeungCheol rápidamente salió, acomodó las cortinas y volvió a su lugar.

—He llamado a tus padres y me han dicho que anoche te llevaron a urgencias así que pasaré el error de hoy, pensando en que te estás recuperando de la crisis —Habló el maestro de música cerrando la puerta del salón —Comenzaremos de nuevo.

El menor obedeció, deslizando sus dedos por las teclas, levantó la mirada y pudo ver a SeungCheol saliendo de la academia y subiéndose a una motocicleta.

Esperaba volver a verlo.

Por más descabellado que sonara.

Al día siguiente al terminar las clases colgó la mochila en sus hombros y salió de la academia, el chofer abrió la puerta del auto pero él vio a SeungCheol, esperándolo, con sus botas de cuero, un pantalón ancho color verde militar y una camiseta negra.

—Hoy tendré clases extras —JiHoon le mintió al chofer de la familia, afortunadamente el señor Kwon era muy reservado y sabía que no llegaría a casa ventilando sobre sus supuestas nuevas horas en la academia —Puedes ir a descansar, el chofer de la familia Yong me llevará a casa.

—Como usted ordene, joven —Dijo el hombre cerrando la puerta del vehículo, lo rodeó y se puso en marcha, JiHoon esperó a que desapareciera de su vista para acercarse a SeungCheol.

—¿Qué le inventaste? —Preguntó el pelinegro cuando lo tuvo frente a él.

—Clases extras —Respondió mirando con curiosidad la motocicleta.

—Qué rebelde —Sonrió SeungCheol —¿Cuántas horas tenemos?

—Cuatro, mis padres llegan a casa a las diez de la noche.

—Sube —Animó el mayor y JiHoon abrió los ojos, asustado —La motocicleta no te morderá, por mí no puedo asegurar lo mismo.

—¿Esta es tu manera de coquetearme? —Preguntó con una sonrisa traviesa.

—¿Funciona?

—No —Mentía, lo hacía.

—Aquí tienes —Ofreció el casco que él usaba.

Estaba loco, JiHoon estaba completamente loco al querer subirse a esa motocicleta con un chico que apenas conocía.

Pero quería hacerlo.

Se colocó el casco y afirmándose en los hombros de SeungCheol levantó una pierna pasándola hacia el otro extremo.

—Puedes abrazarme —Sugirió SeungCheol antes de partir, unos delgados brazos rodearon su cintura, JiHoon unió sus manos delante de él y se aferró a su espalda, el mayor sonrió —Afírmate bien.

SeungCheol era dueño de un carisma encantador y se dejó envolver por él, asistiendo a las carreras clandestinas cuando lo invitó, escabulléndose de casa en las noches para verlo aunque fuesen diez minutos.

Porque sabía que eran los mejores diez minutos invertidos.

Se volvió parte de su entorno.

—A salvo en casa —Habló SeungCheol sin poder borrar la sonrisa que llevaba en todo el camino.

—¡Shh! —Lo regañó entrando al jardín de la casa, ahora debía subir por el árbol hasta llegar a su habitación, igual como lo había hecho para salir —Mis padres podrían escucharte.

—Perdón, perdón —Recibió el horrendo casco amarillo que Hansol le había pasado y lo pudiese utilizar JiHoon.

—Gracias por esta increíble noche —Susurró el castaño, sus ojos brillaban.

—Gracias a ti por acompañarte —Dijo en voz baja, soltando una leve risa —Y por arriesgarte a salir de tu palacio.

—Eres un tonto —Se unió a la risa del más alto.

—Descansa y sueña con los angelitos, luego me dices como me veo con alas.

—Ridículo.

SeungCheol se inclinó hacia adelante dejando un beso en la mejilla de JiHoon, pero por alguna razón quería dárselo en la boca.

Y JiHoon no se lo hubiese impedido.

—¿Nos vemos mañana? —Preguntó caminando por la hierba, de espalda, jugando con el casco en las manos.

—Sí.

SeungCheol comenzó a alegrar sus días, a animarlo e inconscientemente comenzó a crecer un sentimiento en él, sabía que no era perfecto ni mucho menor, pero JiHoon tampoco lo era, jamás buscó a alguien sin defectos, SeungCheol los tenía; era un desastre, un desastre perfectamente desastroso que le encantaba, uno que junto a su desastre creaban una peculiar perfección que no quería soltar.

Desde el momento en el que lo conoció comenzó a vivir de otra forma, dejó de ver el vaso medio vacío para verlo medio lleno y tal vez en un par de meses se iban a dejar de ver, quizás sus padres se enterarían de la verdad y lo alejarían.

Pero esos momentos de felicidad nadie se los iba a quitar.

Ahora lo entendía.

Daba igual si era un minuto o una hora gastada, si en ella era feliz, siempre iba a valer la pena.

Y SeungCheol valía la pena, cada segundo.

Esa mañana visitó la casa de SeungCheol, era sencilla, algo descuidada y apenas cruzó la puerta el mayor pasó por su lado, recogiendo una chaqueta que estaba en el suelo, regañándose a sí mismo por no haberla recogido antes, lo cual le hizo saber que había ordenado el piso antes de llevarlo.

Ese detalle mejoraba todo.

Conversaron y comieron pizza, SeungCheol estaba nervioso por tenerlo allí, era tan poco lo que podía ofrecer pero a JiHoon en ningún momento le incomodo, todo lo contrario.

A las cinco de la tarde sonó una alarma en el móvil de JiHoon y aprovechando que SeungCheol había ido por servilletas a la cocina, las cuales estaba seguro que no tenía, abrió la mochila y sacó un frasco de medicamentos, tomó uno y lo colocó en su lengua, en ese momento el mayor salió y lo alcanzó a ver.

—¿Qué tomas? —Preguntó sentándose en el sofá, junto a JiHoon.

—Son una bobería —Respondió restándole importancia, dejó el frasco dentro de la mochila que estaba cerca de sus pies y la alejó al cerrarla.

—¿Y para qué sirve la bobería?

JiHoon se quedó en silencio, mirándolo a los ojos, sabía que en algún momento se daría cuenta por más cuidado que tuviese.

—Tengo un problema al corazón —Contestó soltando un largo suspiro —Es débil y no bombea la sangre como debería hacerlo, da igual.

—Definitivamente no es una bobería —Su rostro se volvió serio y era lo que JiHoon no quería que ocurriese.

—Me diagnosticaron cuando tenía ocho y un día en la escuela dejó de latir —Contó bajando la mirada, abriendo esa parte de su vida que le recordaba lo frágil que era —Después de eso viví en clínicas, debía estudiar allí a pesar de no tener ánimo para hacerlo, pude estabilizarme y salir pero al tiempo después sufrí otro infarto que lo empeoró todo, una parte pequeña de mi corazón murió al no recibir sangre, en el tercer infarto mis padres pensaron que iba a morir, también los doctores y en el cuarto yo quería morir —Confesó en voz baja, mirando sus manos, hasta que una de ellas fue tomada por la mano de SeungCheol —Pero los doctores hicieron de todo porque no ocurriera y termine así, lleno de medicamentos por el resto de mi vida, si no me tomo uno a la hora correspondiente probablemente sufra otro ataque y las posibilidades de resistirlo ya no existen.

—¿Y no se puede hacer nada?

—Un trasplante —Respondió humedeciéndose los labios y volvió a mirarlo a los ojos —Lo cual es imposible, mis padres están buscando un donador hace años pero la gente simplemente prefiere irse con órganos sanos que pueden servirle a alguien más.

—Lo siento mucho —Un nudo se formó en su garganta, impotencia por no poder ayudarlo.

—Por favor no me tengas lastimas —Soltó la mano de SeungCheol y miró hacia adelante —Una razón para no habértelo contado hasta ahora fue para que no me miraras con pena.

—No siento lástima por ti —Volvió a buscar la mano del menor, logrando que lo mirara a los ojos —Has pasado por mucho y sigues a pesar de todo, eso te vuelve un guerrero asombroso, además de ser hermoso.

—¿Hermoso? —Preguntó y una sonrisa se le escapó.

—Demasiado para ser real —Entrelazó sus dedos y ambos miraron sus manos —¿Qué me hiciste que no puedo sacarte de mi mente?

JiHoon levantó la cabeza —Dímelo tú, porque yo tampoco logro hacerlo.

Sus bocas se buscaron y como si se hubiesen conocido toda una vida se besaron con pasión, JiHoon separó los labios profundizando el beso y su cuerpo cayó hacia atrás en el sofá cuando SeungCheol se arrodilló subiéndose encima.

—Me encantas —Susurró el mayor recuperando el oxígeno en sus pulmones antes de volver a besarlo —Te juro que me encantas.

Y cuando creyó que había vivido bien, obedeciendo a sus padres, acatando sus órdenes, estudiando sin parar, le demostraron lo contrario, estaba atorado, vivía con miedos e inseguridades que le impedían avanzar.

SeungCheol le dio ese empuje, esa valentía que tanto necesitaba.

Hicieron el amor por primera vez y se entregó a él en cada caricia, en cada susurro, en cada gemido, en cada beso le hizo saber que le pertenecía.

Y nunca se había sentido tan pleno, tan libre, se había escapado de esas firmes paredes que sus padres construyeron a su alrededor, reprimiéndolo.

Pasaron días en la playa, días en la pista de carreras, días llenos de amor y dulzura, de adrenalina pura y vivía esa vida que siempre quiso, esa vida que le llenaba el alma.

SeungCheol le llenaba el alma.

Él era su gran historia de amor.

—Prometo nunca soltar tu mano —Habló en voz baja cerca del oído de JiHoon, haciéndolo sonreír y que se escondiera en su cuello.

SeungCheol estaba perdido de amor, cuando conoció a JiHoon jamás pasó por su cabeza que en algún momento sería lo más preciado de su vida, el tiempo transcurrió y lo conoció profundamente, como nadie nunca lo había hecho, y sonrió haber encontrado un tesoro, lo más parecido a la perfección, una maravilla, un encanto, y todas esas palabras bonitas que se dicen cuando se está jodidamente enamorado.

SeungCheol lo estaba.

Se enamoró, como nunca y para siempre.

Pero el destino les tenía preparado un grave suceso que acabaría con su felicidad.

Un infarto empeoró la salud de JiHoon.

A media noche, SeungCheol llegó corriendo a la clínica, había averiguado dónde estaba gracias a una trabajadora de la familia Lee.

—¡Todo esto es tu culpa! —Escupió con rabia la madre del menor, SeungCheol permitió que lo sujetara del cuello de la chaqueta y lo jaloneara —¡Has obligado a nuestro hijo a mentir, a desobedecernos, lo llevaste por tu sucio camino!

—Señora, yo amo a JiHoon —Aseguró el pelinegro.

—¡No vuelvas a repetirlo!

—No dudes en que te llegara una demanda a la ratonera donde te aprovechabas de nuestro JiHoon —Habló el señor Lee —Pero no creas que volverás a verlo cuando salga de aquí.

“Cuando salga de aquí”

Su voz se quebró al decirlo porque ni siquiera él sabía si JiHoon saldría de allí con vida.

Habían sido advertidos, una complicación podría ser mortal para JiHoon.

Y SeungCheol conocía la única solución que había.

Ordenó todo en casa y tomó su motocicleta en dirección a la pista de carreras.

—¿Estás seguro de lo que quieres hacer? —Preguntó Hansol al verlo en la partida.

—Nunca estuve más seguro en mi vida.

La decisión de morir usualmente no estaba en las manos de las personas pero él la tenía.

Y se aferró a ella en la siguiente curva, aceleró, cerró los ojos y lo único que tuvo en mente hasta el último segundo de vida fue el rostro de JiHoon y los hermosos momentos que pasaron juntos, el día que lo vio a través de la ventana en la academia de música, cuando lo invitó a salir, la primera vez que se subió a la motocicleta, cuando se besaron, cuando hicieron el amor, conoció el amor gracias a JiHoon.

Un amor que se llevaría a otra vida.

La cirugía duró cerca de diez horas, el trasplante había resultado, JiHoon pasó las primeras horas en cuidados intensivos y estuvo tres semanas hospitalizado.

Durante tres meses tuvo que quedarse en casa para recuperarse complemente y luego volver poco a poco a sus actividades cotidianas, sus padres no le hablaban mucho y pensó que era por desobedecerlos, estaba seguro que SeungCheol había ido a la clínica y ellos lo habían tratado mal pero lo buscaría, tampoco le respondieron cuando preguntó cómo es que habían encontrado un donante tan rápido.

No tenía como comunicarse con SeungCheol porque sus padres le quitaron el móvil, así que apenas pudo salir de casa fue a la pista de carreras donde solía estar el pelinegro, encontró a Hansol y su expresión cambió complemente al verlo.

—Hola —Saludó a los chicos, JeongHan, SeungKwan y Joshua también estaban allí.

—Te ves bien —Comentó JeongHan mirando de reojo a Joshua.

SeungKwan había bajado la mirada, Hansol lo abrazó y le susurró algo al oído.

—Me siento mucho mejor —Dijo JiHoon —¿Dónde está SeungCheol?

La pregunta quedó en el aire.

—¿Dónde está SeungCheol? —Volvió a preguntar, mirando los rostros decaídos de los chicos —¿Dónde está SeungCheol?

Por alguna razón sus ojos se humedecieron y sus oídos se volvieron más sensibles.

Hansol le entregó una carta y al leerla la sensación de vacío se alojó en su pecho, las lágrimas se deslizaron por sus mejillas, sin querer creer lo que sucedía, era una pesadilla y quería despertar de ella.

El sonido de una moto lo hizo mirar a la pista y ver la motocicleta de SeungCheol le destrozó el alma.

Sus piernas le fallaron y de rodillas cayó al suelo, echándose a llorar desconsoladamente, buscando una razón coherente para la locura que había cometido.

“Si estás leyendo esta carta es porque la operación ha sido un éxito. Perdón por soltar tu mano pero tú debías seguir, no yo. No te sientas mal, no sientas que ha sido un error por favor, el mundo te necesita, necesita escuchar tu música, transmítele ese amor que llevas en su interior, muéstrales tu ángel y deja a un lado los miedos.

Tú llegaste a darle sentido a una vida que creía completa, pero no era así, faltaba conocerte, amar cada parte de ti, me enamoré de ti JiHoon, me enamoré como nunca pensé enamorarme. Me enamoré de tus sonrisas, de tu voz, de tu fuerza y valentía, me enamoré de tus besos, de tus caricias, de tus sonrojos, de ese caos que provocabas en mi cada vez que me mirabas, me enamoré de cada una de tus virtudes y defectos, me enamoré de nuestros momentos juntos, de tus carcajadas, de tu risa que venía del alma, me enamoré de sostener tu mano y de tus pensamientos.

Me enamoré de tus palabras y de lo perfectas que son cada una de ellas cuando salen de tus labios.

Me enamoré de cada constelación que trace con tus lunares.

Perdón por amarte tanto en tan poco tiempo, pero es que encajaste perfectamente con lo que estaba buscando y no lo sabía.

Si un día estás caminando y sientes una presencia a tu lado ese seré yo, amándote, donde sea que esté, acompañándote, cuidándote desde mi motocicleta, llevando ese espantoso casco amarillo que me entregó Hansol pero que solo en ti podía llegar a amar.

Donde sea que estés, yo estaré en ti, escucha los latidos de nuestro corazón, ellos te recordarán a cada segundo que mi amor sigue intacto.

Cuando te conocí creí que tu música vibraba al ritmo de mi corazón, luego descubrí que eras tú.

Hoy eres tú quien lo hace latir.

Cuídalo.

Cuídanos.

Y encontrémonos en la siguiente vida, asombroso pianista.

Con amor, SeungCheol.”

Pasó un largo año practicando, mejorando sus técnicas y esa noche lo vio en el público, después de hacer una reverencia cuando todos se levantaron a aplaudirle por su exitosa presentación, lo vio a él, en primera fila, orgulloso, sus ojos se llenaron de lágrimas y le sonrió.

SeungCheol no estaba allí, era una ilusión en su mente para consolarse y lo sabía.

Pero lo llevaba en su corazón, en cada latido.