PROHIBIDO

All Rights Reserved ©

Summary

Cuatro vidas, cuatro destinos, cuatro calvarios... unidos por la adversidad. Arrastran sus propios infiernos, cicatrices del pasado, heridas inconfesables. Son el caos, la tormenta, el fuego abrasador que devora. "Nadie elige de quien enamorarse", retumba mientras el destino entrelaza sus caminos. En el primer libro de la BilogĂ­a “TENTACIÓN”, se desafĂ­an los lĂ­mites, se arrancan mĂĄscaras y se profundiza en la fragilidad del corazĂłn humano. La pasiĂłn arde mientras Alena y Alexander se aventuran en un terreno desconocido, donde los secretos amenazan con consumirlos. Todos los derechos reservados ©NAE_JAZ

Status
Ongoing
Chapters
79
Rating
5.0 12 reviews
Age Rating
18+

PROLOGO

NARRADOR OMNISCIENTE

Los Hoffmann ostentan el conglomerado mĂĄs poderoso del paĂ­s, con una fortuna que se eleva a miles de millones de dĂłlares. Sin embargo, a pesar de sus cuentas rebosantes de dinero, la unidad y la humildad son los pilares que sostienen a esta familia. Todo ello gracias a Melissa Harris, una mujer que no conociĂł la opulencia desde la cuna, sino que naciĂł en Brooklyn, en medio de una familia numerosa y padres extremadamente pobres.

Gracias a estas experiencias que la forjaron, Melissa tomĂł la decisiĂłn de dejar atrĂĄs su pasado y buscar un futuro mejor en Boston. AllĂ­, encontrĂł algo mĂĄs que eso: se enamorĂł profundamente de Jared Hoffmann, un hombre que, al igual que ella, valoraba la sinceridad y los buenos sentimientos. Sin embargo, cansado de ser siempre juzgado por su fortuna, Jared decidiĂł ocultarle a Melissa la verdad sobre su familia.

A pesar de esta pequeña mentira, el amor entre ellos fue instantåneo. Pero la falta de total sinceridad por parte de Jared provocó que Melissa tardara en perdonarlo. Sin embargo, finalmente lo lograron y se casaron un año después de conocerse. Al año siguiente, dieron la bienvenida a sus adorables mellizos, Alexander y Alexandra Hoffmann, completando así su familia.

Los hermanos Alex heredaron los penetrantes ojos azul marino de su madre, pero su físico refleja la fisonomía de Jared: cabello negro, cejas pobladas, tez blanca, nariz respingada y labios color carmín. En resumen, si quisieras representar físicamente las palabras “Perfección y Belleza”, los hermanos Alex serían un claro ejemplo de ello.

Sin embargo, la vida puede cambiar en un instante, dando un vuelco de 180 grados, ya sea para bien o para mal. Lamentablemente, para la familia Hoffmann, su vida dio un giro hacia lo peor.

Todo comenzó en una mañana grisåcea en Boston. La noche anterior había llovido, dejando el sol oculto tras nubes grises que envolvían la ciudad en melancolía. A pesar del clima sombrío que acechaba la ciudad, la familia Hoffmann seguía con su rutina de desayunar en el jardín de su mansión, como era su costumbre independientemente de las condiciones climåticas.

—Pueden dejar los telĂ©fonos por un momento por favor —ordena Melissa Harris dirigiĂ©ndose a sus hijos, los cuales de inmediato guardaron el telĂ©fono.

—DĂ©jalos, cuñada. EstĂĄn en la adolescencia, es normal que presten atenciĂłn a otras cosas —responde Josef Hoffmann—. ÂżNo es asĂ­? —se dirige a los mellizos, recibiendo solo la sonrisa de Alexander, mientras que Alexandra se concentra en terminar de desayunar lo mĂĄs rĂĄpido posible.

—Lo sĂ©, pero este es el Ășnico momento del dĂ­a en que podemos platicar como familia. ÂżCĂłmo les ha ido en la escuela? ÂżHay algo que nos quieran contar? —pregunta Melissa, sonriendo de oreja a oreja y logrando que sus hijos le sonrĂ­an de vuelta.

—Por mi parte, muy bien —contesta Alexander. —Más que bien, de hecho, mis amigos y yo queremos formar una banda. Algo para matar el tiempo, ya nos aburrimos de los videojuegos —dice, con una amplia y hermosa sonrisa, esa que caracteriza a los Hoffmann.

—¿Una banda? —pregunta Alexandra, quien por primera vez en mucho tiempo habla en la mesa. —Eso es nuevo, no sabĂ­a que te gustaba cantar. ÂżQuĂ© tocarĂĄs tĂș? —le pregunta tĂ­midamente.

Los mellizos Hoffmann solían ser muy unidos. Siempre se contaban todo y tenían una confianza absoluta. Sin embargo, todo cambió cuando Alexander se fue a un campamento hace tres años. A su regreso, la relación con su hermana ya no era la misma.

Ella se había sumergido en su propio mundo y, por mås que él intentaba recuperar su conexión, ella se alejaba. Alexander no entendía qué le pasaba a su hermana. Después de intentarlo durante mås de un año, decidió darle su espacio, distanciåndose de ella.

—Bueno, de que me gusta, me gusta, pero de que sea bueno es otra cosa, por lo que no cantarĂ© yo, sino Sam. Él serĂĄ el cantante, yo tocarĂ© la guitarra y harĂ© coro, por asĂ­ decirlo. SerĂĄ algo pequeño. Practicamos en la cochera —le responde Alexander, emocionado, mientras se rasca la cabeza, pensando si deberĂ­a invitarla. —¿Quieres formar parte? Eres muy buena cantando. Recuerdo que cantabas todo el tiempo.

—QuĂ© bien, no gracias. Ya no me gusta, si me disculpan, ya terminĂ© —responde Alexandra, levantĂĄndose de la mesa. Siente la mirada desilusionada de todos. Por un momento, quiere volver a sentarse, pero no lo hace. Se va a su habitaciĂłn, ignorando a su madre que le habĂ­a preguntado si estaba bien.

—No entiendo quĂ© es lo que le pasa, cada dĂ­a siento que estoy perdiendo mĂĄs a mi princesa. He tratado de hablar con ella, pero no me dice nada. Se refugia en su cuarto alejĂĄndose de mĂ­ —suspira con pesar Melissa, sin dirigirse a alguien en particular, solo desahogĂĄndose.

—Es la edad de la punzada, cuñada. DĂ©jame ir a hablar con ella, tal vez conmigo se abra —dice Josef, levantĂĄndose para ir en direcciĂłn al cuarto de Alexandra.

—No creo que sea oportuno, Josef —le dice ella, pero Ă©l decide ignorarla. Para Ă©l, quien no tiene familia, los mellizos Alex son como sus hijos.

—Tal vez el tĂ­o pueda lograr algo. Yo tampoco sĂ© quĂ© hacer, mamĂĄ. Cada dĂ­a maldigo mĂĄs haberme ido a ese estĂșpido campamento. La hubiera llevado conmigo —interfiere Alexander, frustrado, con una sensaciĂłn extraña en su estĂłmago.

—No hables asĂ­, cariño. No es tu culpa. Tal vez tu tĂ­o tenga razĂłn y solo es la edad. Doy gracias de que tĂș no estĂ©s pasando lo mismo porque me volverĂ­a loca. Si esto sigue asĂ­, tendrĂ© que llevarla a hablar con un profesional, alguien que pueda ayudarla —le dice Melissa, sujetando la mano de su primogĂ©nito, el cual naciĂł 5 minutos antes que su hermana. —Pero felicidades por tu banda. Si necesitas algo, no dudes en decĂ­rmelo. Igualmente, desde ya te aviso que serĂ© tu fan nĂșmero uno. Dime si necesitas que haga carteles y te ayude a promocionarte. Ahora que regrese tu padre de su viaje de negocios, puede darte algunos consejos. Él tambiĂ©n tuvo su banda en su juventud.

—SĂ­, me dijo que se llamaban los “Jlaks”. ÂżQuĂ© clase de nombre es ese? —se burla Alex.

—Son las iniciales de los nombres de los integrantes: Jared, LĂ­an, AarĂłn, Kay, Steve. No le digas a tu padre, pero a mĂ­ tambiĂ©n me causa mucha gracia. EstĂĄ claro que ninguno tiene imaginaciĂłn para nombrarla diferente, pero aun asĂ­ eran bastante populares. SegĂșn tu padrino, volvĂ­an locas a todas. Ya me vi teniendo que correr a las muchachitas que acamparĂĄn afuera para pedirte un autĂłgrafo.

—Por lo pronto, despreocĂșpate de eso. Por ahora, solo ensayaremos en la cochera. Nada de dar conciertos. Sam tiene problemas con hablar en pĂșblico, por eso me reĂ­ mucho cuando quiso formar la banda, pero prometiĂł trabajar en ello.

—Bueno, al menos tendrĂ© paz por un tiempo. ÂżY cĂłmo vas con Val? ÂżYa te declaraste?

—No, ya te dije que solo es una amiga. No me gusta. AdemĂĄs, solo tengo 15 años. En este momento no pienso en tener una relaciĂłn. En mi cabeza solo estĂĄ la escuela, mis amigos y arreglar mi relaciĂłn con Ali.

—Si te escucha que la llamas así te golpeará. Sabes que lo detesta —lo reprende Melissa. Por alguna razón, Alexandra de repente odió que la llamaran así. Les costó mucho, pero dejaron de hacerlo, al menos casi todos. Alexander, de vez en cuando, se le olvidaba.

—Es tu culpa. Te quejas de la creatividad de los amigos de papĂĄ para nombrar a su banda y tĂș nos nombras asĂ­. ÂżNo se te ocurriĂł algo mĂĄs original? ÂżPor quĂ© nombrarnos igual? —bromea Alex. Ya estĂĄ acostumbrado al parecido de sus nombres.

—Ya te dije, cuando quedĂ© embarazada, tu padre y yo acordamos que si era niño tu papĂĄ pondrĂ­a el nombre y si era niña lo hacĂ­a yo. Cuando el doctor nos dijo que eran mellizos y que eran niño y niña, cada uno puso el nombre que querĂ­a en un sobre. Cuando los abrimos nos dimos cuenta de que habĂ­amos puesto lo mismo, obvio en el gĂ©nero correspondiente. Yo le puse Alexandra a tu hermana por Alexandra Paul, una actriz que admiro mucho, y tu padre te puso Alexander por el exfutbolista alemĂĄn. Fue divertido y lindo —le responde ella recordando ese dĂ­a, sonriendo resplandeciente al recordar a su esposo, aun con el pasar de los años sigue amando profundamente a su marido.

—Cada vez me convenzo mĂĄs de que tĂș y mi padre son su hilo rojo —dice Alexander tĂ­midamente, arrepintiĂ©ndose de inmediato.

No le gusta que piensen que es un romåntico. A su corta edad, ya ha leído a Shakespeare, Víctor Hugo, Bécquer, Benedetti y muchos mås. Nadie lo sabe mås que su madre. Para él, ella es su sol, uno de los pilares mås fuertes de su vida, en quien tiene una absoluta confianza.

—¿Hilo rojo? —pregunta ella confundida, nunca habĂ­a escuchado ese tĂ©rmino.

—Es una historia oriental que dice que las personas destinadas a conocerse están conectadas por un hilo rojo invisible. Este hilo nunca desaparece y permanece constantemente atado a sus dedos, a pesar del tiempo y la distancia.

»No importa lo que tardes en conocer a esa persona, no importa el tiempo, lugar o circunstancias, ni siquiera importa si vives en el otro lado del mundo. El hilo se estirarå, enredarå, pero nunca podrå romperse.

—¡Wow! —exclama Melissa viendo a su hijo, idolatrando al fruto del amor que se tienen Jared y ella. —Si, si esa historia es real, tu padre es mi hilo rojo y estoy convencida de que ustedes tambiĂ©n estĂĄn destinados a encontrarlo. —le dice acariciando el rostro de Alexander el cual mira con devociĂłn a su madre.

Terminan de desayunar. Ella decide irse a despedir de su hija, pero Josef la detiene diciéndole que lo prudente sería no molestarla. Dudosa, decide irse a trabajar, no sin antes despedirse de ella detrås de la puerta. Al no obtener respuesta, cierra los ojos y reza, pidiéndole a Dios que le ayude a entender qué estå pasando con su pequeña.

Alexander, sin embargo, hace caso omiso a la advertencia de su tío y entra en la habitación de su hermana, pero no la encuentra. Escucha el sonido del agua proveniente del baño, lo cual le resulta extraño, ya que Alexa suele bañarse apenas despierta. Sin embargo, no le presta demasiada atención, pues su alarma suena y al ver el reloj en su muñeca, sale apresuradamente hacia la escuela.

Dentro de la regadera, Alexandra maldice cada día su existencia. Araña sus piernas y se talla el cuerpo con tanta fuerza que lo enrojece. Unta varias veces jabón en sus genitales. Ella se baña tres veces al día, sintiéndose asquerosa y anhelando que su sufrimiento llegue a su fin. No quiere ir a la escuela, solo desea volver a la cama y sentirse inexistente. Escribe en el grupo familiar que no se siente bien y que se quedarå en casa.

Al salir del baño, pone seguro en la puerta para que nadie mĂĄs pueda entrar. Cambia las sĂĄbanas de su cama y vuelve a acostarse, no sin antes poner mĂșsica a todo volumen para evitar escuchar sus pensamientos, los cuales le impiden conciliar el sueño.

đŸŽ¶You tell me it gets better, it gets better in time

You say I’ll pull myself together

Pull it together, you’ll be fine

Tell me, what the hell do you know? What do you know?

Tell me how the hell could you know? How could you know?

Y mientras escucha a Lady Gaga, se queda dormida, sumergiéndose nuevamente en un mundo donde no hay dolor, donde no le hacen daño, donde puede huir de su realidad... Un mundo donde todo es mås fåcil que enfrentar la tristeza que la abruma cada día.


Suena la campana que anuncia la mitad del curso y Alexander no puede concentrarse. Sigue leyendo el mensaje que su hermana mandó esa mañana al grupo familiar. Hay algo que no logra descifrar, pero que no lo deja concentrarse. Siente una presión en el pecho y sin pensarlo mås tiempo, decide fugarse por primera vez en su vida de la escuela.

Sabe que su madre no le prohibiría irse y que solo podría decir que estaba enfermo, pero no quiere preocuparla. Opta por brincarse la barda del colegio sin que nadie lo vea. Obviamente, el chofer no sabrå que debe pasar por él, por lo que toma un taxi. Le pide al taxista que lo espere y baja a comprar unas donas y chocolate caliente para llevarle. Piensa que tal vez su hermana estå en sus días y eso es de lo que estå enferma.

Por su parte, Melissa siente lo mismo que su hijo. Le pide a su asistente que cancele todas las citas pendientes y, al igual que Alexander, decide regresar a casa temprano para ver a su pequeña.

Al llegar a la entrada, ve a su primogénito bajar del taxi con una bandeja y una bolsa de donas en su mano.

—¡Alexander! —le grita, lo que hace que Ă©l voltee a ver a su madre. Esta se baja, indicĂĄndole al chofer que no volverĂĄ a salir.

—MamĂĄ, vengo a ver cĂłmo estĂĄ Ali. No me sentĂ­a bien por dejarla sola, tal vez estĂ© en sus dĂ­as. Le traje chocolate para levantarle el ĂĄnimo —le dice Alex, levantando la bandeja donde trae las bebidas—. No te molestes, pero me escapĂ©. Puede ser que te llamen de la escuela, no querĂ­a preocuparte.

Melissa le sonríe, agradeciendo una vez mås a la vida por haberle dado un hijo tan sensible y bondadoso. Observa cómo cada día se asemeja mås a su padre, no solo en belleza, sino también en su noble corazón.

—No te preocupes, si llaman les digo que hubo una emergencia. Ahora vamos, estoy segura de que tu hermana se alegrará de vernos —le dice, tomando la bolsa de donas que trae Alex.

Entraron a la mansión, pero una sensación extraña los envuelve de inmediato. Algo en el ambiente les corta la respiración, haciendo que sus corazones latan a mil por hora. Melissa siente un nudo en la garganta que le dificulta respirar, mientras que Alexander experimenta por primera vez en su vida una oleada de ansiedad.

Al llegar al pasillo de las habitaciones, no solo escuchan la mĂșsica a todo volumen, sino tambiĂ©n los desgarradores gritos de Alexandra. No son gritos comunes; son lamentos que penetran en lo mĂĄs profundo del alma, haciendo que a ambos les tiemblen las piernas.

—¡No, ya no quiero, por favor, ya no mĂĄs! —grita Alexandra, sus palabras desgarran el aire, despertando los sentidos de Melissa y Alexander, quienes, sin saber quĂ© estĂĄ pasando, corren hacia su habitaciĂłn.

Al llegar, se encuentran con la peor de las pesadillas. El mundo se detiene para ambos. Melissa siente como si quisiera desaparecer en ese mismo instante, mientras que Alexander experimenta una furia desenfrenada, una ira que lo consume, llenĂĄndolo de un calor abrasador y una sensaciĂłn desconocida.

La rabia lo ciega hasta el punto de no saber cómo sucede, pero se encuentra a sí mismo, con su tío desnudo en el suelo, golpeåndolo repetidamente. Su puño se estrella contra el rostro de su tío con una fuerza devastadora, rompiendo su nariz, destrozando sus dientes y desgarrando su mejilla. Los golpes son impulsados por la imagen de su hermana debajo de él, que se repite una y otra vez en su mente, apoderåndose de su cordura.

Por su parte, Melissa corre hacia su hija, la cual queda en estado de shock, al ver cĂłmo su hermano grita enfurecido y golpea al monstruo de sus pesadillas. Su madre toma la cobija y la cubre.

—Ya estĂĄs a salvo cariño —llora Melissa abrazando el cuerpo tembloroso de su hija.

De repente, irrumpen los guardias de seguridad, quienes separan a Alexander de Josef. Este Ășltimo apenas logrĂł reaccionar ante los golpes que le propinĂł su sobrino.

—¡ERES UN HIJO DE PUTA! —brama Alexander, tratando de zafarse del agarre de sus guardias. —¡UN HIJO DE PUTA, MALDITO INFELIZ!

El dolor que siente es insoportable, pero no se compara con el ardiente odio que alberga hacia la persona que, tras su padre, era la figura a la que miraba con reverencia.

—Nos amamos. Ustedes, ÂżquĂ© van a saber? —responde Josef, escupiendo el coĂĄgulo de sangre que se le ha formado en la boca. Se rĂ­e y se burla de los presentes, quienes no pueden dejar de mirarlo. —¡Diles, Ali! ÂĄDiles que eres mi hembra, mi mujer y que lo has sido durante tres años! ÂĄDiles cĂłmo gemĂ­as mi nombre, cĂłmo pedĂ­as que te la metiera completa como una puta! —grita con las pocas fuerzas que le quedan, tratando de levantarse.

Lo que dice termina de romper el corazón de Melissa y Alexander porque eso solo significa que Alexandra ha sido violada desde los 12 años. Siendo una niña el hombre que profesaba quererla como una hija la había violado por 3 años.

—¡No es cierto! —grita Alexandra. —No le crean, no es verdad, mami. Yo no le pedĂ­ nada —suplica, llorando. Su cuerpo sigue temblando, pero aĂșn asĂ­ se pone de rodillas sobre la cama y ruega. No quiere que piensen que ha sido su culpa.

—Te creo mi cielo, te creo, no tienes que hincarte, ese malnacido se pudrirĂĄ en la cĂĄrcel por lo que te ha hecho. Ya estĂĄs a salvo, perdĂłname por no haberme dado cuenta, lo siento mucho cariño —solloza Melissa sujetando el rostro de su hija, limpiando sus lĂĄgrimas y besando su frente.

—¡SUÉLTENME! —forcejea Alexander tratando de írsele encima a su tío, lo quiere matar, va a matarlo con sus propias manos. —¡ERES UN HIJO DE PERRA! ¡TE VOY A MATAR! —grita lleno de ira, las lágrimas salen desbordadas, nublando su vista.

—CĂĄlmese joven, ya viene la policĂ­a y los paramĂ©dicos, ellos se encargarĂĄn. —dice Max uno de los guardias que ve a los mellizos como su familia, mientras que el otro guardia apunta a Josef con el arma.

—El hijo de perra eres tĂș, que por preferir irte a un campamento la dejaste sola, me la serviste en bandeja de plata maldito imbĂ©cil, dĂ©jame decirte que disfrute mucho de ese coño dulce, lĂĄstima que ya no podrĂ© probarlo —se burla Josef para provocarlo, quiere que su sobrino acabe con su vida. Sabe perfectamente lo que le hacen a los violadores en la cĂĄrcel y antes muerto que ir preso.

La furia consume a Alexander en un instante. Sin pensarlo dos veces, se abalanza hacia Max y arrebata el arma que lleva en la cintura. Con movimientos bruscos, se aparta de él, apuntando con determinación primero a Max, exigiéndole que se aleje, y luego dirige el arma hacia su tío.

—¡No! —gritan Melissa y Alexandra al unĂ­sono, sus voces cargadas de desesperaciĂłn y angustia. —No te manches las manos por Ă©l, hijo. No vale la pena —sĂșplica Melissa, luchando por levantarse y acercarse a su hijo. Pero Ă©l ya no es el mismo. Sus puños sangran, la piel blanca ahora estĂĄ enrojecida por la furia que lo consume, y en sus ojos ya no brilla la luz que solĂ­a caracterizarlo. Solo queda oscuridad, una sombra de lo que solĂ­a ser.

—No lo hagas, hermanito, por favor —suplica Alexandra entre lágrimas, aferrándose con manos temblorosas a la sábana que la cubre. En su mente, se culpa a sí misma, convencida de que por su causa su hermano se convertirá en un asesino.

—¡Eres un cobarde, al igual que tu estĂșpido padre! En parte fue por Ă©l que me desquitĂ© con su pequeña. Él no debĂ­a heredar; era a mĂ­ a quien mis padres debieron nombrar como sucesor, no al dĂ©bil de tu padre, que se enamorĂł de una golfa como lo es tu madre. ÂĄDiles Melissa! ÂĄDiles con cuĂĄntos bastardos te acostaste antes de estar con mi hermano! —brama Josef, luchando por levantarse, pero la sangre y el sudor le nublaban la vista

—No es verdad, solo quiere que lo mates. No le des ese gusto. Él sabe lo que le espera en la cĂĄrcel. Hijo, por favor, suelta el arma —sĂșplica Melissa.

—¡No volverĂĄs a violar a una mujer en tu puta vida maldito infeliz! —grita Alexander disparando el arma en los genitales de Josef, haciĂ©ndolo gritar de dolor.

Max somete de nuevo a Alexander quitĂĄndole el arma, mientras que el otro guardia socorre a Josef. No tarda en llegar la policĂ­a y la ambulancia, por lo que debe mantenerlo con vida.

—EscĂșchenme bien para todos Alexander disparĂł en defensa propia —anuncia Melissa, dirigiĂ©ndose a los guardias, los cuales asienten de inmediato.


Tres meses después.

Los Hoffmann han experimentado los dĂ­as mĂĄs sombrĂ­os de su existencia desde que descubrieron la verdad sobre Alexandra. Jared, notificado de inmediato, viajĂł a toda velocidad, incapaz de asimilar que su propio hermano fue capaz de perpetrar tal atrocidad ante sus propios ojos. Una mezcla de rabia y odio lo consumĂ­a por haber estado lejos de su familia en su momento de mayor necesidad.

Por otro lado, a Alexandra la sometieron a una serie de procedimientos para recolectar pruebas para el juicio, que se habĂ­a retrasado debido al estado de salud de Josef. A pesar de que habĂ­a sido sometido a una cirugĂ­a de emergencia tras el disparo de Alexander, el daño resultĂł irreparable: no pudo salvar a su miembro. La amputaciĂłn era inevitable, confirmando asĂ­ que Alexander tenĂ­a razĂłn; SerĂ­a la Ășltima vez que Josef abusarĂ­a de una mujer.

Con respecto a Alexander, fue arrestado, pero debido a su condición de menor de edad ya la influencia de sus padres, un juez determinó que el disparo había sido en legítima defensa, por lo que fue liberado pocas horas después. Hoy finalmente se dictarå sentencia para Josef, quien sigue insistiendo en que encierren a Alexander por agresión.

Por su parte, Alexandra ha evitado hablar con cualquiera, excepto con las psicólogas, quienes han confirmado que los abusos comenzaron cuando tenía 12 años.

—Todo estarĂĄ bien, hija —le asegura Jared a Alexandra, quien en el Ășltimo momento decidiĂł asistir a la audiencia final. Necesita ver y escuchar cĂłmo el monstruo de sus pesadillas finalmente serĂĄ encerrado.

—De pie —indica un guardia.

Todos se ponen de pie cuando el juez entra a la sala. Josef no aparta sus ojos de Alexandra; Quiere intimidarla, pero ella no le mira. En cambio, Alexander no aparta la vista de él. Aprieta los puños y contiene la rabia que se acumula en su interior, una rabia que no se ha calmado desde el día en que disparó contra Josef. Desde entonces, un monstruo se liberó dentro de él, llenåndolo de un odio que crece y alimenta su alma.

Quiere golpearlo, anhela volver a sentir su sangre en sus manos, desea liberar la carga que lleva consigo. Las palabras de Josef lo persiguen sin descanso; se siente culpable por haber ido al campamento, por haberla dejado sola. Esto solo provoca que el fuego en su interior arda con mĂĄs intensidad.

—El acusado, pĂłngase de pie —ordena el juez. —Esta corte le censura el haber optado, de manera voluntaria y consciente, por agredir sexualmente a la vĂ­ctima, Alexandra Hoffmann, durante 3 años. Por eso, esta corte no serĂĄ benĂ©vola y ha decidido sentenciarlo a la pena mĂĄxima por el delito que usted cometiĂł. Señor Josef Hoffmann John, por el delito de abuso sexual, fĂ­sico y mental contra Alexandra Hoffmann Harris, esta corte lo condena a 30 años de prisiĂłn. La condena deberĂĄ cumplirse en el reclusorio de mĂĄxima seguridad de Boston. Esta corte se levanta.

—¡No! —grita Josef desde su asiento forcejeando con los guardias de seguridad. —¡Yo no voy a pasar 30 años en prisiĂłn! ÂĄDe ninguna manera me voy a pudrir ahĂ­! —grita. El miedo de lo que le pueda pasar en la cĂĄrcel se apodera de Ă©l, haciĂ©ndolo llorar como un niño pequeño.

—¡Al fin vas a pagar por lo que hiciste, maldita basura! —se burla Melissa, siendo la Ășnica de la familia en hablar primero. Alexander estĂĄ absorto en sus pensamientos, Jared mira a su hermano sin ningĂșn tipo de expresiĂłn, mientras Alexandra no puede creer que por fin terminarĂĄ su suplicio.

—Ali, cariño, no te preocupes. Treinta años pasan rĂĄpido. SaldrĂ© por ti para que vuelvas a gemir mi nombre. Solo yo serĂ© el Ășnico que provoque tus orgasmos. EspĂ©rame, maldita puta —suelta Josef, dando patadas de ahogado mientras es arrastrado por los guardias.

Alexander se levanta para ir a golpearlo, pero lo sujeta su padre y uno de los guardias, impidiéndole lograr su cometido.

Un miedo se apodera de Alexandra. Sabe lo perseverante que es su tío. ¿Y si salía y le volvía a hacer daño? ¿Cómo iba a poder vivir después de eso? Se preguntó, poniéndose a llorar.

—Mirame, pequeña —se hinca Jared, tomando el rostro de su hija. —De mi cuenta corre que esa basura no salga libre. Te juro que jamĂĄs nadie volverĂĄ a lastimarte. No debes temer, porque estoy yo para protegerte. Siempre, Âżlo oyes?

Ella asiente, observando la seguridad en los ojos de su padre, así que decide creer en él. Mås que nunca, ha decidido confiar en su progenitor.


Josef entra a la cårcel de måxima seguridad. Le desnudan y lo bañan con agua fría antes de obligarlo a caminar por el pasillo, donde los presos lo observan y comienzan a chiflarle y a gritarle palabras que hacen estremecer sus entrañas.

—Carne fresca, quĂ© rico —dicen algunos mientras lamen su lengua y muerden sus labios.

—Preso 1503, entrando a la celda nĂșmero 105, sentenciado por ÂĄVIOLAR A SU SOBRINA MENOR DE EDAD! —gritĂł un guardia para que todos en la cĂĄrcel lo escucharan, acercĂĄndose al oĂ­do de Josef susurrando: —CortesĂ­a de Jared Hoffmann.

Josef siente cómo sus pantalones se mojan al instante, haciéndose del baño encima. Sabe lo que le espera al entrar a la celda y por eso se niega a avanzar.

—Uy, mira a quiĂ©n tenemos aquĂ­, nuestra nueva puta —gime un hombre gordo, con acnĂ© en el rostro, observĂĄndolo con deseo. Dentro de la celda hay 2 hombres mĂĄs de la misma complexiĂłn que Ă©l.

—¡SÁQUENME DE AQUÍ, PUEDO PAGARTE LO QUE QUIERAS, SÁCAME DE AQUÍ! —sĂșplica Josef, pero el guardia se rĂ­e en su cara.

—Por cierto, se me olvidaba, te manda a decir tu hermano que si a su hija la violaste durante tres años, tĂș pasarĂĄs 30 siendo la puta de cada preso, y que no te hagas ideas con salir, porque al finalizar tu pena saldrĂĄs de aquĂ­ con los pies por delante. No trates de quitarte la vida porque hay alguien que estarĂĄ vigilĂĄndote y lamentarĂĄs haberlo intentado —le avisa el guardia, saliendo de la celda y dejando a la deriva a Josef, quien vuelve a hacerse del baño encima.

Los dos presos no pierden el tiempo, toman por la fuerza a Josef, lo desnudan y acomodan en cuatro ignorando sus gritos de sĂșplica.

—La puta viene preparada, quĂ© rico coño tienes dulzura —le gime el lĂ­der, penetrĂĄndole sin mĂĄs.

—¡AUXILIO! ÂĄAYÚDENME! —grita Josef, pero nadie lo oye—Puedo pagarles lo que quieran, por favor —sĂșplica, temblando pero los presos hacen de oĂ­dos sordos.

—Callen a la perrita que solo quiero escucharla gemir —ordena el hombre. Uno de los presos saca su miembro, cacheteando con este las mejillas de Josef.

—Me la vas a mamar hasta correrme y pobre de ti, si me muerdes, te meterĂ© un palo de escoba por el culo hasta que te llegue a la garganta putita —le ordena el preso metiendo su miembro en la boca, haciendo que se lo mame hasta que se corre, mientras los dos presos se turnan penetrĂĄndolo.

De ahora en adelante, esta sería la vida de Josef: pasando los 30 años de su condena siendo violado por todos los presos. De eso se había encargado Jared, que a pesar de ser un hombre justo y de buen corazón, el haberse enterado de lo que vivió su hija lo devastó. Josef ya no era su hermano, había muerto para él. Y por su cuenta corre hacer pagar al causante de que su familia se rompiera de tal manera que sabe que no volverån a hacer los mismos.