Prólogo
Las rodillas del ente yacían sucios sobre el barro que la fuerte lluvia había creado. Le faltaba el aliento, apenas podía respirar correctamente.
Con la cabeza baja veía como gotas caían de su cabello, tenía las manos atadas a su espalda y las frías gotas de lluvia caían sobre ésta.
El ángel levantó la cabeza para ver una vez más al hombre de túnica blanca que tenía frente a él. No se podía distinguir si su empapado rostro era por la lluvia o por las lágrimas que brotaban de sus rasgados ojos cafés.
— No me haga esto, mi Señor... — Suplicó una vez más, con la voz entrecortada por el llanto.
— Haz pecado. — Su potente voz retumbaba en el lugar. — Yo te he creado para instruir y guiar por el camino del bien a los mortales, no te pedí que te mezclaras con ellos para realizar actos carnales. Mereces el inframundo. — Dicho esto, los dos árcangeles que se encontraban ahí, uno a cada costado de Daniel, tomaron sus alas dispuestos a arrancarlas de la ancha espalda del hombre que lloraba desconsolado de rodillas.
— Sé que mi pecado ha sido la lujuria, Padre. — Reconoció el ángel antes de que le arrebataran las alas para mandarlo al infierno. — Sin embargo, no he procreado hijos con los mortales. Merezco su perdón, mi Señor. — Daniel siguió rogando por el perdón del Todo Poderoso.
— Más ángeles han sido despojados del Reino de los Cielos por la lujuria incluso si han creado o no a los nefilim. Pero, tu pecado no solo fue la lujuria, Daniel. No solo realizaste actos pecaminosos con las mujeres mortales, también practicaste dichos actos con los hombres... Eres un sodomita. — El hombre miró a sus arcángeles. — Cuándo tus alas sean arrebatadas serás mandado a las tinieblas dónde pertenece el dios negro, porque me haz desobedecido. — El ser omnisciente miró una última vez a su ángel. — Eres mi hijo y me compadezco de tí; por eso, a pesar de que has practicado la sodomía permanecerás en el segundo círculo del infierno, en dónde están los pecadores lujuriosos. En el que un fuerte viento te embestirá contra suelo y paredes. Te agitarás y el viento te hará chocar entre ellas sin descanso, de la misma forma que en vida te dejaste llevar por los vientos de la pasión. Asimismo, Satanás te dará órdenes; porque a partir de hoy serás su ángel.
El hombre de la túnica se dio la vuelta para marcharse del lugar sin más que decir, dejando que los arcángeles cumplieran con su tarea.
— Mi señor, por favor espere... — Sollozó el ser divino antes de sentir como sus alas se desprendían de su espalda gracias a la fuerza que ejercían los seres celestiales sobre ellas.
Daniel gritó, gimió y lloró de dolor dejándose caer en el barro, ensuciando así su rostro.
Los arcángeles liberaron las manos del ente de cabello oscuro y ayudándole a levantarse, lo miraron una última vez, con lástima, para después lanzarlo al vacío.
"Y a los ángeles que no conservaron su señorío original, sino que abandonaron su morada legítima, los ha guardado en prisiones eternas, bajo tinieblas para el juicio del gran día."
Judas 1:6