JiCheol ♡ Till the last beat of my heart.

Summary

Dos meses no parecía ser el tiempo suficiente para despedirse pero sí para amarse lo suficiente.

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13+

Capítulo único ♡

La nueva estación coloreó las calles con hermosas flores y el aire fresco del césped recién cortado abrazó a todo aquel que pasara esa mañana por aquel camino que llevaba a un enorme establecimiento de pálidos colores pero SeungCheol sonrió al ver las flores de la entrada y de los bordes del hospital.

Hubo algo que le recordó a los primeros días de universidad, hace cinco años atrás, pudo volver a escuchar esas voces chillonas y llenas de emoción de los nuevos estudiantes al llegar al campus, felices de comenzar una nueva etapa en sus vidas, él estaba de la misma manera.

Y jamás imaginó que el primer día se cruzaría con el que sería el gran amor de su vida.

Sin saberlo.

Sin mirarlo.

Sin notar su presencia.

Como si la vida estuviese esperando el momento indicado donde su historia comenzaría.

Y fue ese día de primavera, un 19 de octubre donde las clases de SeungCheol ya habían terminado e iba caminando por los desiertos pasillos de la universidad con los planos que llevaba a la oficina del señor Kim hasta que una dulce melodía llegó a sus oídos. Se detuvo mirando a su alrededor preguntándose de dónde provenía esa melodía que retumbaba en su corazón. Caminó sin rumbo, solo guiándose por la música, alejándose y acercándose de ella, doblando en pasillos y equivocándose de salón, hasta que llegó a una puerta y miró por la ventanilla de ésta.

Había un chico de perfil junto a una ventana del que parecía ser un salón de música, con las partituras frente a él, moviendo sus dedos con una asombrosa habilidad para crear la más hermosa melodía que acabó derritiendo el corazón de SeungCheol.

Sin permiso y en silencio abrió la puerta entrando con cuidado de no ser visto, encantándose con los últimos rayos del sol entrando por la ventana y chocando con el pálido rostro y el cabello castaño del desconocido, era delgado y mucho más pequeño que él, ojos rasgados que mantenía cerrados, sus delgados y largos dedos estaban sobre el clarinete pero lo que más llamó su atención fueron los agujeros que se marcaban al exhalar el aire de sus pulmones.

Las comisuras de sus labios temblaron al elevarse y sus brazos abrazaron los planos contra su pecho.

No tenía claro lo que estaba sucediendo.

Pero quería permanecer allí tanto tiempo como fuese posible.

Y escuchar como el pequeño percusionista de sus cavidades cardíacas se volvía loco.

Sin darse cuenta la música llegó a su fin, el menor abrió los ojos dando un suspiro y se dio la media vuelta sobresaltándose al ver a un chico alto, de cabello oscuro y orejas graciosas, ojos grandes y brillantes detrás de unos lentes redondos que alcanzó a ver antes de que todos los planos que llevaba con él terminaran en el suelo al asustarse también.

—P-Perdón, perdón —Se disculpó SeungCheol agachándose para recoger los planos y fallando con algunos gracias a su nerviosismo —No quería interrumpirte.

Sin moverse de su lugar, el castaño lo miró de pies a cabeza, vestía un pantalón de tela color negro que se ajustaba a sus piernas y una camisa blanca, con el primer botón abierto y con las mangas arremangadas hasta los codos, zapatos negros pero no se veía formal, la camisa estaba dentro del pantalón en algunos lados pero en otros estaba por afuera, tenía algunas arrugas gracias al bolso que colgaba de su hombro derecho. Lo siguió mirando cuando se levantó acomodando los planos en sus brazos, se veía tan perdido que le pareció adorable, especialmente cuando sus miradas se cruzaron y acomodó sus anteojos con su dedo índice.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —Preguntó el menor y SeungCheol supo que no sólo su música era dulce, su voz también lo era.

—No lo sé —Respondió avergonzado mirando el suelo de madera —No estoy seguro.

El pelinegro susurró un último “lo siento” y se dio la media vuelta con la intención de irse.

—Espera —Habló el castaño logrando que SeungCheol se girara hacia él —En tres semanas más tengo una presentación y me calificarán.

El mayor asintió con la cabeza y esta vez fue JiHoon quien desvió la mirada.

—No he querido mostrarles a mis amigos el avance que he hecho, en realidad no se lo iba a mostrar a nadie —Dejó un silencio en medio de la oración —Hasta ahora.

—Perdón, debí pedir permiso para entrar.

—Aún debo corregirla y...

—A mí me pareció que estuviste perfecto —Confesó SeungCheol mirando al menor y siendo testigo de unos de los sucesos más hermosos de la tierra; ver como sus mejillas se iban tornando en un rojo suave. Al igual que las suyas —La melodía, la melodía estuvo perfecta.

—Estudias arquitectura —JiHoon sonrió sin ganas.

—No creo que necesite muchos conocimientos de música para poder sentirla. Fue asombroso —Con timidez y bajo la mirada del menor bajó las mangas de su camisa ocultando su piel que seguía erizada.

SeungCheol no podía mantener la mirada, sus ojos divagaban sin saber dónde mirar, el menor lo intimidaba, lo hacía pedazos con solo mirarlo.

—Vengo aquí todos los días después de clases —Habló JiHoon y SeungCheol levantó las cejas, abriendo los ojos más de lo normal.

—¿E-Eso quiere decir que puedo regresar? —Preguntó con inocencia.

JiHoon acomodó sus dedos en el clarinete y volvió a la misma posición de antes —Cierra la puerta al salir por favor —Pidió.

Al día siguiente SeungCheol volvió al salón de música pero JiHoon no estaba y fue muy vergonzoso verlo llegar unos minutos después, sin saludarse, ni entablar una conversación, entraron al lugar, JiHoon dejó su mochila en el suelo y sacó el clarinete para comenzar a tocarlo. SeungCheol por su parte estaba en un rincón, con libros contra su pecho.

Y volvió a perderse en la melodía y en la belleza de JiHoon, no solo físicamente, el menor tenía una belleza interior tan pura y única que era capaz de tramitarla a través de la música.

Al terminar JiHoon ordenaba sus pertenencias y se iba sin decir nada.

Ninguno mostraba interés en el otro.

O eso dejaban ver.

Porque ya sabían sus nombres sin necesidad de presentarse, SeungCheol lo había visto grabado en el maletín donde el menor guardaba el clarinete y JiHoon lo supo al ver uno de los libros del mayor.

Pero poco a poco la distancia que existía entre ellos en el salón de música fue disminuyendo.

SeungCheol se tomó el atrevimiento de acercarse, cada día avanzaba un paso más hacia el menor y éste no parecía notarlo.

Hasta que estuvo frente a él, junto a la ventana en ese bello atardecer, contemplando el rostro sereno de JiHoon, encantándose con sus facciones y su presencia.

Pero cuando la melodía finalizó y JiHoon abrió los ojos él desvió la mirada haciéndolo reír.

—¿Solo tú puedes mirarme? —Preguntó en un tono juguetón, agradando su sonrisa al ver el sonrojo de SeungCheol —¿Puedes mirarme? —Pidió JiHoon con voz dulce mientras el mayor miraba por la ventana, levantó una de sus manos y la colocó en su mejilla, corriendo delicadamente su rostro hacia él.

Y mirándose a los ojos se fueron acercando, en silencio, solo escuchando sus corazones, mezclando sus respiraciones cuando SeungCheol se encorvó y JiHoon levantó el mentón uniendo sus labios con los del mayor.

El primer beso de muchos durante cinco largos e increíbles años de noviazgo, donde sus momentos juntos se volvieron infinitos e irremplazables.

Tuvieron una conexión de otro mundo.

Pero lo que ellos no sabían es que toda historia de amor tiene un fin.

Algunas antes de tiempo.

Por una infidelidad, por ausencia de amor, por distancia, por falta de interés, por intereses diferentes, por opiniones distintas, por constantes peleas o miles de razones más.

Pero lo que amenazó de la noche a la mañana la base de su amor fue un mareo que sintió JiHoon al caminar por la habitación de SeungCheol y pensó que se pasaría al igual que los anteriores pero no fue así, las náuseas lo llevaron a vomitar y se congeló al ver sangre sobre la alfombra.

—Amor, aquí tengo tus palomitas de maíz —SeungCheol entró a su cuarto y dejó caer el recipiente con palmitas al ver a JiHoon en el suelo.

En cuestión de minutos llegaron al hospital e ingresaron a JiHoon para hacerle los exámenes pertinentes, los padres del menor llegaron al lugar y le preguntaron a SeungCheol qué había pasado pero el pelinegro estaba tan confundido como ellos.

La espera fue desesperante.

El tiempo seguía pasando y ellos no sabían nada de JiHoon.

Hasta que un hombre con delantal blanco apareció y todos se levantaron para rodearlo.

Los estudios habían confirmado el diagnóstico.

En ese momento fue donde su felicidad se derrumbó, donde la señora Lee se desplomó en el suelo, donde su esposo con el corazón destrozado la ayudó, donde los señores Choi vieron la mirada perdida de su hijo..

Y donde SeungCheol sentía que estaba en una pesadilla.

“Cáncer”.

Una enfermedad cruel y despiadada, de la que todo el mundo se siente inmune hasta que los exámenes demuestran lo frágiles que son las personas y lo expuestas que están a la muerte.

Que nadie es más o menos.

Y que a veces el dinero no sirve de nada.

Las primeras quimioterapias de JiHoon fueron las más difíciles, no solo por los efectos secundarios en él sino porque su cuerpo comenzó a demacrarse y después de algunos meses su cabello comenzó a caer, no se lo había dicho a nadie, no fue un tema de conversación pero la señora Lee fue la primera en darse cuenta luego de su doctor y el segundo fue SeungCheol quien estuvo cada momento a su lado.

En cada examen tomó su mano.

En cada quimioterapia acariciaba su espalda cuando vomitaba.

Estuvo ahí cuando JiHoon tuvo dolor.

Y cuando lloró de impotencia.

Sufrió de recaídas que lo llevaban de vuelta al hospital pero hubieron meses en los que pudo estar en casa, como antes, con la diferencia de que su cabello ya no estaba y que unos medicamentos calmaban al cáncer que lo quería destrozar por dentro.

—Mi amor —SeungCheol entró a la habitación del menor y abrió las cortinas —Debes levantarte, afuera hay un hermoso día y podríamos salir a caminar.

—No quiero, estoy cansado, enfermo, solo quiero estar aquí encerrado —Habló JiHoon desde su cama —Y soy feo.

El mayor se dio la media vuelta hacia JiHoon y separó los labios para hablar pero el menor lo interrumpió antes de que dijese alguna palabra.

—No te atrevas a decirme que soy hermoso porque no es cierto, la gente se me queda mirando.

—Bien, no lo diré pero haré algo al respecto —Dijo SeungCheol con seguridad dirigiéndose al cuarto de baño.

—¿Dónde vas? —Preguntó JiHoon quedándose en la cama.

El sonido de la afeitadora lo puso en alerta y abrió los ojos desmesuradamente cuando SeungCheol salió del baño con la cabeza rapada.

—Ahora tendrán que mirarnos a los dos —Habló desde el marco de la puerta y JiHoon rió —Solo quiero tener una cita con mi novio, ¿Sí?

—Estás completamente loco —El castaño negó con la cabeza, SeungCheol se acercó a él y le ofreció su mano.

—Por ti sí, desde que nos conocimos.

—Desde que te ruborizabas al mirarme —Molestó JiHoon aceptando la mano de su novio.

Sin decirlo vivían cada momento como si fuese el último, se llenaban de fotografías donde nunca faltaron sus sonrisas. Sin importar su estado de salud JiHoon seguía con esa mirada pura con la que SeungCheol lo conoció, seguía siendo un chico asombroso que lo enamoraba solo con mirarlo.

Pero cuando lo internaban en el hospital algunas cosas cambiaban.

Sin embargo, en esta hospitalización no fue así.

Porque por algún motivo desconocido se sentía como si fuese como la última.

—Hola JiHoon —Abrieron la puerta de la habitación y un hombre de aproximadamente cuarenta años entró con la ficha en sus manos.

—Hola doctor —Saludó JiHoon mirando al mayor, tomando la mano de SeungCheol quien estaba a su lado.

—Del uno al diez, ¿Cómo está tu dolor?

—Dos —Respondió tranquilamente.

El médico levantó la mirada de la ficha hacia la joven pareja y asintió con la cabeza —Bien.

—Enseguida vengo —SeungCheol se levantó de la silla que estaba junto a la cama y salió detrás del hombre mayor —Doctor.

—Dime.

—Estos días JiHoon se ha sentido mejor —Dijo en voz baja asegurándose de que el menor no lo escuchara, cerró la puerta detrás de él —¿Es un buen pronóstico, verdad?

—SeungCheol, antes los momentos de lucidez eran más extensos —Contestó el médico dejando escapar un suspiro antes de continuar —Su cuerpo está fallando, no tiene defensas, no tiene dolor por los medicamentos, no por él.

Tenía razón, JiHoon se fue decayendo.

Deteriorando.

Y esa conversación que todos estaban evitando sucedió.

—Él ya no resiste —Habló con voz clara uno de los médicos tratantes de JiHoon con los últimos exámenes en sus manos—Revisamos sus células.

—¿Cuántas son malas? —Preguntó el señor Choi.

—Todas.

—¿Y la quimioterapia? —SeungCheol alzó la voz.

—JiHoon ya no la recibe bien —Habló el enfermero de turno —Y su cáncer ha avanzado mucho.

SeungCheol giró la cabeza hacia un lado y vio a JiHoon en la habitación a través de los cristales, el menor estaba con el clarinete en sus manos, hace meses no lo tocaba, sus miradas se cruzaron y los ojos de SeungCheol se llenaron de lágrimas.

—¡Doctor! —El pelinegro corrió hacia el médico que acababa de levantarse —Debe haber algo más que podamos hacer.

—El cáncer se ha propagado a todos sus órganos, ya no hay manera de controlarlo —Aclaró el hombre —Es el final.

—¿Cuánto tiempo le queda?

—Dos meses —Susurró con tristeza —Lo siento mucho.

A las dos horas después SeungCheol entró a la habitación de JiHoon, el menor lo miró y le pidió que se acercara.

—¿Qué pasa, amor? —Se sentó en el borde de la cama y tomó sus manos, fue incapaz de mirarlo a los ojos y aunque le doliera prefería ver los hematomas en sus brazos, las venas reventadas y las vías venosas que lo mantenían sin dolor.

—Cheollie —Colocó una de sus manos en la mejilla del mayor y levantó su rostro para mirarlo a los ojos.

—¿Si?

—No mientas.

—No lo haré.

—¿Cuánto?

—No mucho.

—¿Cuánto? —Insistió JiHoon.

—No importa.

—Cheollie —Su voz dulce estaba matando al mayor por dentro al saber que no podría volver a escucharla, el amor de su vida se iría y él no podía hacer nada para evitarlo —SeungCheol.

—Dos meses —Contestó y se le quebró la voz.

—¿Dolerá?

—No —Respondió SeungCheol limpiando las lágrimas de sus mejillas —Me aseguraré de ello.

Desde ese día SeungCheol se convirtió en un nuevo medicamento, uno más fuerte que la morfina e hizo su magia para levantar el ánimo de JiHoon.

Devolviéndole su sonrisa.

Dándole vida.

Un poco de la suya.

Con el permiso del médico y el resto del personal que conocían su historia de amor, organizaron una cita en el hospital, a la luz de las velas, comieron y rieron hasta tarde, se robaron besos y se dijeron de mil maneras lo mucho que se amaban.

En muchos momentos se sintieron afuera del hospital.

Y eso fue lo mejor.

—Debo tomarme los medicamentos de las once —Murmuró JiHoon en la puerta de su habitación, al llegar había visto a las enfermeras quienes les dieron privacidad y se marcharon.

SeungCheol se inclinó hacia adelante y JiHoon colocó sus manos en la nuca del mayor, cerraron los ojos y se besaron con pasión al recordar que estaban en un hospital y que nada había cambiado.

Al separarse SeungCheol cargó su frente en el hombro de JiHoon —Te amo.

JiHoon estiró su cuerpo amoldándose perfectamente al cuerpo del mayor, acarició su cabello y escondió el rostro en su cuello —Te amo.

—Cásate conmigo —Susurró SeungCheol y JiHoon deshizo el abrazo para mirarlo a los ojos.

—¿Qué?

—Cásate conmigo —Repitió SeungCheol sacando una cajita de terciopelo de su bolsillo enseñando dos argollas delgadas con delicados detalles.

El 19 de octubre celebrarían una boda en el hospital oncológico, la familia de JiHoon y SeungCheol junto a los trabajadores del lugar fueron testigos de que el amor no tenía límites.

Llevaban meses viendo a SeungCheol dormido en los pasillos del hospital esperando por JiHoon, viéndolo llegar corriendo cada vez que el menor empeoraba y viéndolo animarlo en las quimioterapias.

Nunca faltó.

Nunca falló.

Y JiHoon nunca se echó a morir gracias a él, sin SeungCheol su tiempo de vida hubiese disminuido considerablemente.

Su calidad de vida no hubiese sido la mejor.

Y probablemente ya no estaría allí.

—¿Cómo me veo? —JiHoon le preguntó a la enfermera al terminar de vestirse.

—Precioso —Respondió la mujer.

El pasillo estaba adornado con flores y globos blancos, tenía una larga alfombra que llegaba a una mesa de madera donde estaba el juez y los presentes sostenían un ramo de flores en sus manos. JiHoon salió de la habitación con la ayuda de su padre para no perder el equilibrio y caer pues cada día se le hacía más difícil levantarse, su madre le colocó una corona de flores haciéndolo sonreír y al girarse vio a SeungCheol, llevando un traje formal de color blanco, al igual que el suyo con la única diferencia que el mayor su llevaba la chaqueta mientras que él solo tenía la camisa, un corbatín y suspensores.

Con algo de dificultad y con la respiración pesada caminó por el pasillo, había insistido en hacerlo pero en cada paso que daba sentía iba a desvanecer.

—Hijo —El señor Lee se detuvo al ver a JiHoon encorvándose hacia adelante, recuperando un poco de oxígeno —Es mejor llegar hasta aquí.

—No —Logró decir JiHoon.

Unos brazos lo alzaron en el aire, al abrir los ojos vio a SeungCheol y sonrió.

—¿Planeabas dejarme plantado en el altar?

—No —Rió cansado, apoyando su cabeza en el hombro del mayor.

Los votos hicieron que los presentes derramaran lágrimas, JiHoon y SeungCheol estaban seguros que nunca podrían olvidar ese momento porque sin importar las circunstancias prometieron amarse hasta el último latido de sus corazones.

—Esa fue una buena foto —Comentó JiHoon sentado en la cama de su habitación luego de la ceremonia, viendo el álbum de fotografías que le habían obsequiado sus padres.

—Es la mejor —Sonrió SeungCheol al ver unas de las primeras fotografías cuando empezaron a salir, tan tímidos e inocentes.

—¿Recuerdas cuál fue el primer apodo que me diste? —Preguntó JiHoon esbozando una sonrisa.

—Sí.

—Pedacito de cielo —Los hoyuelos se marcaron en sus mejillas —Tus orejas se colocaron rojas

—Estaba tan avergonzado.

Vieron algunas fotografías más en silencio, rozando sus manos en más de una oportunidad, viendo sus argollas de matrimonio, anhelando volver el tiempo atrás y revivir cada momento.

Porque quizás lo apreciarían más.

Lo vivirían más.

—Este pedacito de cielo debe volver a su lugar —Susurró de pronto JiHoon. Nadie está preparado para perder a un ser querido y nadie está preparado para morir.

Pero JiHoon sí lo estaba.

Y debía partir.

—No —SeungCheol giró el rostro hacia el castaño y negó con la cabeza —No, JiHoon no digas eso por favor.

—Todo estará bien —Sacó el álbum de fotografías y lo dejó en la mesita de noche donde estaba su clarinete.

—No, no lo estará.

—Ven —Se acomodó en la cama dándole la espalda a SeungCheol, tomó su mano y la pasó por encima de su cintura —Abrázame.

—No lo estará —Dijo SeungCheol en voz baja, uniendo sus manos con las de JiHoon en su abdomen —Nada estará bien.

—Tranquilo —Susurró JiHoon dejando salir sus lágrimas —No va a dolerme, te has asegurado de ello.

Esa noche su pulso fue disminuyendo mientras dormía con su esposo, las enfermeras y el médico llegaron a la habitación, poco después llegaron los padres de JiHoon y SeungCheol viendo a su hijo sentado al borde de la cama, sosteniendo el débil cuerpo de JiHoon, repartiendo besos por su rostro.

Nadie se acercó.

No había nada más que hacer.

Solo pudieron contemplar la escena, llenos de dolor y tristeza.

—Necesito pedirte un favor —Susurró JiHoon acariciando sin fuerzas la mejilla de SeungCheol.

—No hagas esto por favor —Su mentón tembló al hablar.

—Prométeme que serás muy feliz —Inspiro profundamente —Que cumplirás todos tus sueños, esos que me has ido contando desde que nos conocimos.

El mayor negó con la cabeza.

—Prométeme que volverás a amar, que no cerrarás tu corazón a esa posibilidad, que formarás esa familia que tanto deseas tener, tendrás una casa hermosa que tú mismo diseñarás, con un jardín inmenso y saldrás a jugar con tus hijos —Una lágrima rodó por su sien —Prométeme que harás muy feliz a esa persona, que la amarás tanto como me has amado a mí. Y prométeme que no me olvidarás, que te acordarás a mí y de lo que hemos vivido, que no borrarás nuestros recuerdos. Promételo.

—Te lo prometo —Balbuceó SeungCheol con la vista nublada debido a las lágrimas.

El menor tomó y llevó la mano de SeungCheol hasta su pecho, dejándola ahí —Guarda el último latido de mi corazón en el tuyo.

JiHoon cerró los ojos y se marchó, las lágrimas cayeron por las mejillas de SeungCheol al abrazarlo y recordar ese día de primavera donde lo conoció en el salón de música y donde se vio envuelto por una bella melodía de amor.

El pequeño percusionista de su corazón detuvo la presentación y el último latido de JiHoon tomó su lugar repitiéndose una y otra vez hasta la eternidad.