𝗦𝘂𝗻𝗴'𝘀 𝗚𝗮𝗿𝗮𝗴𝗲 ★ haobin

Summary

En un tranquilo pueblo a los costados de la carretera, se halla el taller de Sung. Tiene un pésimo carácter; es gruñon, prepotente, bruto y amargado. no tiene otro interés que no sea su perro, los autos y las flores. Eso, y que odia a los ricos, o por lo menos al estereotipo que tiene de ellos. En cambio Zhang Hao, se acaba de mudar al pueblo y además de eso debe reparar su BMW.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

01.

Zhang Hao suspiró, deteniéndose frente a aquel enorme local.


"Sung's Garage" se leía en grandes letras de color azul. Casi llegando al pueblo, su batería se había arruinado y se encontró maldiciendo en todos los idiomas posibles, aunque estaba consiente de que aquello le había ocurrido por despistado, ya que en el momento de hacerle el servicio simplemente dijo "luego".


—Maldición Hao, eres un imbécil —habló bajito para sí mismo.


La grúa bajó su vehículo frente a la puerta y allí pagó, agregándole algo así como quinientos dólares demás al conductor.


—Joven, aquí hay dinero de más... —separó los billetes, dispuesto a devolverlos.


—Es para usted —le dijo—. Su trabajo es realmente importante, si no fuese por usted, seguiría varado en la carretera —explicó—. Tómelos, por favor —el señor lo miró asombrado, aún así agradeció y los tomó, para después irse.


Lo cierto es que el joven ingeniero civil, Zhang Hao, había acumulado demasiado dinero, con el que podrían vivir sus hijos, sus nietos, bisnietos y lo que les seguía. A sus veintiséis años, tenía un historial completamente limpió, desde sus estudios hasta su trabajo; y aquello lo hacía muy feliz, porque era el trabajo de sus sueños y ponía todo de sí en cada una de sus obras.


Se destacaba en lo que hacía, porque ante todo tenía un profesionalismo digno de admirar. Aunque no era tan profesional con su vida privada. En realidad, eso era lo más desastroso que tenía.


Tocó el enorme botón rojo que era el timbre y esperó pacientemente a que lo atendieran. Eran las diez de la mañana de un domingo nublado y frío, su nariz estaba roja y sus pies tiritaban.


—B-buenos días... —saludó cuando la puerta pequeña se abrió y de allí salió un hombre alto y fornido, con pantuflas y un café en mano. Tuvo que mirar hacia arriba porque le sacaba una cabeza y un poquito más.


—Buenas —dijo secamente—. ¿Qué necesitas?


—Mi batería se descompuso y quisiera saber si podrias arreglarla —usualmente hablaba muy fluido y no solía ser muy tímido, pero el hombre frente a él lo estaba haciendo sentirse pequeñito.


—¿Qué modelo es el auto? —lo miro fijamente.


—Un BMW serie siete de sexta generación —respondió.


Automáticamente, quien sostenía el café abrió los ojos de par en par y levantó la mirada, confirmando que sí, era aquel costoso auto que el enano había dicho.


Una que otra vez le había tocado arreglar un Lambo, algún Ferrari o algo así. Pero eso era raro.


Luego, regresó su vista al pelinegro frente a él, quien lo miraba con ojos suplicantes para que aceptara su petición.


—Bien —dijo—. Yo lo arregló.


—¡Muchas gracias! —sonrió—. ¿Para cuándo podrías tenerlo?


—¿Para cuándo lo necesitas? —respondió casi más seco que antes.


—Si es posible antes del viernes... —hizo una mueca—. Pero si no puedes antes, no hay ningún problema.


—Pasa y déjame tus datos, así me puedo comunicar contigo por cualquier cosa —se corrió de la puerta e hizo señas para que pasará.


Una vez dentro el mecánico se sentó en la mesa y le indicó que hiciera lo mismo para después tenderle unos papeles que, leyó rápidamente y luego firmó, además de completar los datos que se pedían.


—¿Podrías decirme el costo ahora? —preguntó—. Puedo pagarte ya mis...


—Primero revisó bien que es lo que está dañado y si es que lo está —lo interrumpió—. Tú me vas a pagar cuando yo te entregue el vehículo y estés satisfecho con mi trabajo.


—B-bien...


—¿Alguna consulta más? —levantó una ceja.


—¿Tienes alguna tarjeta de presentación? —frotó sus manos, congeladas por el frío.


—Oh, sí. Perdón, me olvide que las tenía —metió su mano en una cajita que estaba sobre la mesa y sacó un pequeño imán—. Mi nombre es Sung Hanbin.


—Zhang Hao —respondió—. No ando trayendo mis tarjetas, pero para la próxima lo haré —sonrió.


Hanbin hizo un intento de sonrisa y cuando su cliente se fue, bostezo con fuerza antes de rascarse sus partes bajas por encima del pijama.


En realidad, no sabía porqué demonios se levantó un domingo a las diez de la mañana. De hecho, el cartel de los horarios de atención de su taller explicaba claramente que los domingos no abría.


Aún así, que suerte que abrió, porque no todos los días se veía un auto como aquel.


En tanto al joven, seguro era un pobre diablo que había roto el auto de sus padres y necesitaba arreglarlo antes de que lo vieran.


Rodó los ojos ante aquel pensamiento, detestaba a aquellos niños mimados pero por lo menos le pagaban bien.


Zhang Hao pidió un taxi para irse hasta su nueva residencia dónde se supone, debía estar el camión de mudanza.


—Siento la demora señores —se disculpó al verlos allí parados.


—No hay problema, joven —respondió uno—. ¿Dónde dejamos las cajas?


—En el living, por favor —pidió y luego fue a abrir la puerta de entrada—. ¿Podrían meter mi cama primero?


Mientras los hombres comenzaban a bajar las cosas, lo primero que hizo fue enviar a dos hombres a lo que sería su habitación y una vez instaló su cama, se metió dentro del camión de mudanza casi de cabeza para buscar la caja de sábanas y acolchados.


Quizá pasado un mes podría, con suerte, terminar de acomodar las cosas y deshacerse de cada caja.


Bufó terminando de hacer su cama y se decidió por salir a ver que clase de vecinos tendría.


La vida en la ciudad lo había saturado casi por completo. Odiaba el tráfico tan rápido, o demasiado lento en algunas ocasiones.


Odiaba que fuese tan bulliciosa, y que todos fuesen tan rápido sin siquiera mirar a quien se chocaban ó a quien se chocaba contra ellos.


Se le hacía muy agotador.


No es que desee vivir en medio del campo, simplemente buscaba un poco más de tranquilidad y aire un poco más puro.


Suspiró antes de tocar la puerta en la casa vecina y hacerse hacía atrás, esperando ser atendido.


—Hola, buenos días —saludó amablemente a la señora que había abierto la puerta.


—Buenos días jovencito —respondió—. ¿Sucede algo? —se acomodó sus gafas.


—No, no —negó—. Solo quería presentarme, soy Zhang Hao o solo Hao. Seré su nuevo vecino —sonrió.


—Oh, pero que lindo —sonrió antes de gritar—. ¡JongSuk, ven rápido! —luego volvió su vista a él—. Mi nombre es Lee Jieun.


—¿Qué sucede, cielito? —un señor con un bastón apareció detrás.


—Mirá, tenemos un nuevo vecino —le comentó.


—Zhang Hao, mucho gusto —tendió su mano hacía el hombre.


—Lee JongSuk, lo mismo digo —le devolvió el saludo—. Honestamente, pensé que nadie compraría esa casa —hizo una mueca de sorpresa.


—¿Por qué? —indagó, curioso.


—No lo sé, simplemente que los antiguos propietarios se mudaron y nadie la ha comprado desde entonces... Y eso fue hace casi diez años —respondió Jieun.


—Wow... —hizo una mueca—. ¿No hay nada embrujado, verdad?


—No, no —negó el señor—. Pero ya era costumbre que estuviera deshabitada... Es bueno que la hayas adquirido, tiene un interior precioso. Si es que aún sigue igual que la última vez que entramos —se acomodó las gafas—. Eso fue cuando ayudamos a los antiguos dueños a hacer la mudanza.


—Lo he comprobado, por eso la adquirí —rió—. Ya no quería vivir en la ciudad.


—Eso es lindo, joven —sonrieron ambos—. Bienvenido a Blue Hills.


—Gracias —hizo una pequeña reverencia y luego escuchó su nombre de uno de los chicos del camión—. Nos veremos luego, tengo que resolver unos problemas.


—¡Hasta luego! —oyó decir a Jieun—. ¡Vuelve cuando quieras!


Aquellos señores le habían resultado demasiado agradables. Esperaba que todos sus vecinos fuesen así.


Y que ninguno fuese como el chico que lo había atendido más temprano.


Aunque, si lo pensaba, era lindo... Y pudo ver tatuajes en sus manos además de perforaciones en su rostro. Extrañamente, sintió ganas de volver a verlo, pero lo más probable es que debería esperar hasta el viernes.


Se encontró a sí mismo pensando demasiado en alguien que acababa de conocer y se sintió patético, además de que todo su rostro tomó un color rojizo.


Aunque no había nada de malo... Él era una persona como cualquier otra y sabía apreciar cuando tenía algo bello frente a sus ojos.


Y su curiosidad aumentó.


Quizá en la mañana fue grosero por algún problema interno y no era tan tosco como se veía.


Ya intentaría hablarle cuando tuviera que retirar su coche.