Show Me | Larry Stylinson

Summary

Harry es un Alfa pediatra, uno muy confiable para todos aquellos que ya son padres y que asisten con él llenos de confianza, su propio consultorio es aquel adaptado lugar para todos esos cachorros a los que tanta fascinación les tiene. Pero pronto un nuevo cachorro, el cual aún es lactante, se presenta como un nuevo paciente una noche cuando él estaba apunto de terminar su turno, junto a un Omega implorando su atención al pequeño bebé ardiendo en fiebre. "Puedo decirte que amo a los niños, pero jamás he sido padre, así que muéstrame cómo serlo." | Historia corta terminada, con 9 capítulos y 1 epílogo. No contiene escenas sexuales. Tiene un poco de humor mexicano y mucho intento de dulzura. ☪️ | Obra creada y escrita por mí. No permito las adaptaciones y traducciones. ☪️ | Portada también realizada por mí, la imagen utilizada pertenece a su respectivo editor. © Liliana (-lxann) 2019.

Genre
Romance
Author
Liliana
Status
Complete
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo I

Los ojos de aquel dulce bebé lo observaban con enfado al no gustarle para nada las manos del Alfa husmeando por todo su pequeño cuerpecito sin pedir permiso. Harry bromea con que la deficiencia para hablar del bebé le está ayudando a que el niño no le tire una grosería.


Él continúa con su trabajo de inspeccionar todo el cuerpo del cachorro de cinco semanas de nacido para asegurarse de que todo esté en completo orden.


— Usted me había dicho que no es malo que duerma tanto, ¿cierto? —pregunta la madre del bebé, un Omega castaño de ojos del mismo color, con su mano agarrando constantemente el collar en su pálido cuello.


— Así es, no tienes que preocuparte por eso, Shawn, la gran mayoría de los bebés suelen dormir mucho. —sonríe ante la preocupación del chico.


Su Alfa llamado Niall, quien es un gran amigo del pediatra y se encuentra sentado sin vergüenza alguna sobre el escritorio que está ahí en el consultorio, ríe.


— Le he repetido tus palabras cientos de veces, Harry, pero aún así sigue preocupándose.


— Es que me asusta, pienso que tal vez no despertará. —se defiende Shawn.


— Tu bebé es de aquellos que duermen mucho, Shawn. —le recuerda de nuevo con mucha calma, viste al cachorro una vez que ha terminado su inspección y se lo devuelve a su madre con sumo cuidado—. Lo mejor es que te guardes esa preocupación para cuando notes que él no está durmiendo como hasta ahora lo hace, puede ser una señal de que algo no anda bien.


— Lo bueno es que no es nuestro caso, por el momento Dalton ha estado de maravilla. —dice Niall sintiéndose afortunado.


— De eso me doy cuenta, es un bebé muy sano. Tan sólo sigan mis consejos para que lo siga estando y no se les olvide aplicarle todas sus vacunas a su debido tiempo.


— Shawn siempre llora cuando lo vacunan. —se burla el Alfa señalando a su pareja quien mantiene en sus brazos al pequeño niño que juega con la saliva de su boca.


— Si, y luego tú te pones todo tenso al vernos a los dos llorar. —el Omega contraataca con una sonrisa malvada.


— Es instintivo. —Niall contesta, tomando el bolso de tonos grises donde guardan las cosas de su hijo y colocando una mano en la espalda de su compañero para guiarlo hasta la salida.


— Bien, los veré luego, que tengan una linda noche. —Harry los despide acompañándolos hasta fuera del cuarto.


Una vez que la pareja se ha marchado, regresa a su consultorio y se encierra, desploma su cuerpo en la silla giratoria que acompaña a su escritorio dejando liberar un gran suspiro. Ha sido un día tan exhaustivo y estresante, que está volviéndose a replantearse esa idea de tomarse unos cuantos días libres para reponerse.


En esta edificación, él es uno de los cinco médicos pediatras que atienden a todos aquellos de pocos días, semanas, meses o años de vida; las jornadas de trabajo son duras, todos los días hay alguien que requiere la atención médica de sus compañeros y él, pero el tomarse unas vacaciones, viniendo de su parte o de los otros médicos, conlleva a una alteración en la pequeña balanza que existe entre ellos, significa más trabajo para los que aún permanecen en servicio.


Y tampoco es como si sus compañeros no pudieran comprender sus razones de tomarse un tiempo, es decir, ellos también las viven, pero el problema es que no quiere dejarles tanto peso. Si sólo alguien pudiera ocupar su lugar sería espléndido, aunque lamentablemente no hay otros pediatras además de ellos.


En eso deberían enfocarse los superiores, unas manos extras les serían de gran apoyo.


Observa la ventana del cuarto, viendo a la Luna junto a las estrellas ocupando su lugar ya que su turno ha llegado. Y hablando de turnos, revisa la hora en el reloj de su muñeca, son las ocho con treinta minutos, lo que quiere decir que su turno termina en veinte benditos minutos. Usualmente en este último lapso de tiempo ya no le llegan más pacientes, así que se toma la libertad de salir a comprarse algo en la máquina dispensadora que está en el comedor donde sólo el personal del hospital puede entrar.


Toma las llaves de su consultorio al mismo tiempo que guarda su celular en uno de los bolsillos de su bata, sale del lugar cerrando con la llave para que nadie acceda y le avisa al médico del consultorio de enseguida que saldrá al comedor y que pronto regresará.


Se dirige a su destino saludando a pacientes que lo conocen o a personal del hospital que también lo conocen, incluso se tropieza con la larga fila que se ha hecho en la farmacia debido a ciertos pacientes que ahora toman turno para conseguir los medicamentos que su médico les ha solicitado en la receta médica que llevan consigo.


Cuando llega no hay ni un alma en ese lugar, lo que agradece, necesita estar unos momentos en un tranquilo silencio. Harry se acerca a la máquina dispensadora que parece tentarlo a comprar un montón de cosas sólo para ver como estas salen de los resortes y caen. Sí, le entretiene mucho ver eso.


Sin embargo, sólo decide comprar unas galletas. Abre el paquete a medida que se va retirando del comedor, pasa por el mismo recorrido que hizo de su consultorio hasta el comedor volviendo a saludar gentilmente a las pocas personas que le cumplimentan y la fila que hace unos instantes doblaba la esquina se ha reducido a sólo seis personas. Cuando finalmente llega al pasillo donde está su consultorio, una laboratorista se acerca a él llevando en su mano una tabla con un clip que sujeta varios papeles y en la otra mano un bolígrafo azul marino.


— Hey. —saluda la chica, una Alfa pelirroja, piel blanca y ojos grises. Es una gran amiga de Harry por lo que la saluda inmediatamente y le besa la mejilla al igual que ella lo hace al mismo tiempo—. ¿Dónde andabas? Con razón tu consultorio estaba cerrado.


— Fui al comedor. —le muestra sus galletas a Rebecca—. ¿Y Karl? Le avisé que saldría por si alguien venía a buscarme.


— Ah, está con un paciente, no quise interrumpirlo pues es un caso delicado. —responde suavemente recibiendo un asentimiento de compresión por parte del Alfa, luego ojea sus papeles buscando algo y obteniendo un sobre de color lila—. Te buscaba porque tu mamá me pidió que te entregara esto.


Rebecca cuenta con veinticinco años de edad y apenas cumplió un año desde que trabaja aquí, Harry recuerda que se sintió tan orgulloso cuando se la encontró de casualidad por los pasillos y ella le informó que era su primer día de trabajo; ya que se conocen desde que la mujer se mudó a la casa que está a un lado de la de su madre, cuando la Alfa tenía dieciocho años de edad y Harry veintiuno, pasaron siete suficientes años hasta la actualidad para que ambos lograran volverse grandes amigos y tomarse cariño como si fuesen hermanos de sangre.


En fin, Harry ahora tiene su propia casa y su madre vive con su hermana menor de diecisiete años en la casa que algún tiempo fue el nido donde creció. De su padre no sabe nada, sólo que desapareció por arte de magia cuando su madre le contó que estaba embarazada, y no lo necesita, pues su madre siempre es y será para él madre y padre en una única persona.


— Como sea, ya debo irme, hay mucho trabajo. —resopla la Alfa despidiéndose de su amigo al agitar su mano mientras da media vuelta para marcharse.


— Adiós, cuidado con esas agujas. —Harry le advierte, como siempre lo hace. Rebecca suele tomar muestras sanguíneas a los pacientes que acuden con una orden de análisis clínicos, las agujas con las que se toman las muestras son un peligro y hay que manejarlas con cuidado pues nunca se sabe lo que el paciente pueda traer en su organismo.


Un pinchazo en el dedo basta para contagiarte de algo que jamás hubieses querido tener.


— ¡Ya lo sé! ¡Me tratas como una niña!


El rizado ríe al escucharla quejarse y una vez que ella desaparece del pasillo saca sus llaves para abrir su consultorio. Sólo entrará para poner todo en orden, tomar sus cosas e irse a su hogar a descansar plenamente.


Sin embargo, un fuerte aroma llega como una fuerte ventisca que casi le hace cubrirse el rostro de lo fuerte que es. Un Omega, huele a temor, pánico y desesperación.


Por inercia Harry gira su rostro hacia el lugar donde el olor proviene, al principio no ve nada más que uno que otro paciente o personal que también están curioseando ante el denso aroma que se pasea por el pasillo, luego, escucha los gritos de un joven.


— ¡Auxilio! ¡Ayudenme! ¡Por favor, necesito un doctor o una enfermera!


Es su instinto médico el que ocasiona que el Alfa mueva su cuerpo a pasos rápidos hacia de donde provienen los gritos, dobla la esquina del pasillo encontrándose un tremendo alboroto.


Un chico castaño está ahogando a todos con sus intensas emociones, en sus brazos un cachorro yace llorando con esmero, quizás está ayudando a su madre para que alguien pueda proporcionarle la ayuda que el Omega implora a gritos.


Unos guardias Alfa están a su lado tratando de apaciguar su estado.


— ¡No! ¡No caminaré hasta allá! ¡Vengo corriendo desde hace seis calles hasta aquí! —exclama el Omega tratando de alejarse de los guardias que tratan de echarlo—. ¡Por Dios, aquí también hay doctores y enfermeras que pueden ayudarme!


— El hospital sólo está a dos calles más, ahí es donde se atienden las urgencias. —le dice uno de los Alfas. Harry quiere molerlo a golpes.


No pierde más tiempo y se apresura hasta el Omega.


— ¡Son unos estúpidos! ¡Mi bebé está ardiendo en fiebre y usted quiere que camine dos calles más para ir al hospital!


— Yo lo ayudaré. —anuncia el Alfa de ojos verdes haciendo que aquellos tres lo vean, el chico sonríe entre lágrimas viendo al rizado como su única salvación—. Sígame, no hay tiempo que perder.


Ve al Omega asentir para luego seguirlo rápidamente hasta su consultorio, Harry le pide que lo espere dentro y le jura que regresará muy pronto, el chico castaño de ojos zafiros asiente suplicando con su mirada que cumpla su promesa.


El Alfa corre hasta otro consultorio, en total hay seis consultorios pero el que le interesa es el tres, abre la puerta sin molestarse en tocar y como se lo esperaba está vacío, este consultorio no está siendo utilizado por ningún médico y ya que está deshabitado suelen usarlo como un depósito.


Busca con urgencia entre todo el montón de objetos que hay ahí, mueve algunas cosas que no hacen más que estorbar, tose repetidas veces ya que se topa con una que otra cosa llena de polvo y finalmente llega hasta una tina de plástico para bebés.


La toma sin pensarlo dos veces y sale a toda velocidad del cuarto cerrando la puerta. Entra a su consultorio, el número uno, volviendo a ver al Omega y al cachorro que requieren de su ayuda.


— Trate de tranquilizarse, le pondré agua a esto y meteremos al pequeño. —explica yendo hasta su baño donde afortunadamente hay agua fría y caliente, realiza una combinación de ambas para tener la temperatura adecuada y una vez listo llama al Omega.


— Yo traté de comprarle medicamentos pero no tenía el dinero suficiente y por eso él empeoró cada vez más. —solloza viendo a su hijo siendo bañado delicadamente por el médico.


— ¿Tenía alguna infección? —pregunta de inmediato porque es la primera causa de la fiebre en su lista mental.


— Sí, tengo un vecino que acaba de graduarse de medicina y él me dijo que tenía una infección de una bacteria, me dijo los medicamentos que debo darle pero no tengo dinero para comprarlos. —le cuenta sin dejar de llorar debido a las explosivas emociones que aún recorren su cuerpo—. Intenté conseguir el dinero pero entre más tiempo pasaba él empeoraba y yo no podía hacer nada para ayudarlo.


— Está bien, no te preocupes, primero hay que disminuir la fiebre y después podré examinarlo con más calma. —informa, aunque debido al fuerte aroma del chico, añade—: Necesito que te tranquilices, además de la fiebre tu aroma también lo altera, si tú estás más tranquilo él seguramente igual.


— Claro, discúlpeme. —asiente totalmente de acuerdo, y al instante comienza a calmar su llanto con profundas inhalaciones.


Harry continúa mojando al cachorro principalmente en su cabecita, en las ingles y en sus axilas, transcurren unos cuarenta minutos en los que el ambiente de pánico se ha desvanecido, ahora sólo prospera un ambiente de esperanza.


— ¿Puede pasarme el termómetro que está en mi escritorio, por favor? —pide amablemente.


El Omega acata su pedido inmediatamente poniéndose de pie para salir del baño y regresar con el objeto, se lo entrega al Alfa quien agradece y se dispone a medir la temperatura corporal del bebé quien ha dejado de llorar al igual que su madre.


— ¿Checaste su temperatura antes de llegar aquí? —le pregunta al castaño quien hasta ahora sólo se había mantenido en silencio y observando cómo hace su trabajo.


— Sí, tenía treinta y ocho punto uno.


— Estaba muy alta. —considera, luego le regala una sonrisa de lado al obtener la temperatura actual—. Pues ha bajado muy rápido, ya casi llega a su temperatura normal.


— Eso es un alivio. —suspira contento—. Muchas gracias por habernos ayudado.


— No hay de que.


Seis minutos más pasan y el médico decide sacar al bebé del agua, le da al Omega una toalla blanca nueva que guardó allí hace mucho porque creyó que algún día le sería de utilidad, saca al niño de la tina ofreciéndoselo a su madre quien lo recibe entre la tela.


— Ya está, vayamos afuera.


Decide vaciar la tina una vez que termine de examinar al infante, por lo que sale del baño después del Omega y su hijo hasta llegar a la mesa de exploración médica, donde le pide al chico que coloque al bebé.


Harry se toma su tiempo explorando el cuerpecito de la criatura para verificar que todo vaya en orden con su desarrollo.


— ¿Cómo te llamas? —le pregunta al chico.


— Louis.


— Bien, Louis, soy el médico Harry, ¿tu amigo te dijo el nombre de la bacteria que tiene tu hijo? —cuestiona, necesitando pistas para hacer su diagnóstico oficial.


— Sí, pero sinceramente no lo recuerdo. —admite con un poco de pena por no recordarlo y hacerle más sencillo el trabajo al médico.


— De acuerdo, no te preocupes, de todas formas tendré que hacerle ciertos análisis para verificar qué es lo que tiene. —le notifica empezando a vestir al pequeño con la ropa que antes vestía.


— ¿Análisis de laboratorio?


— Así es.


— No podré pagarlos, no tengo dinero siquiera para pagarle la consulta. —pronuncia Louis con un nudo en la garganta.


— ¿No hay nadie que te sustente? ¿Tienes Alfa?


— Sí, pero él desapareció hace un mes, no sé dónde está y no he podido encontrar empleo para mantener a mi bebé. —explica.


Mierda. Un Omega desamparado junto a un cachorro enfermo que necesita del dinero para pagar sus necesidades, genial.


— ¿Y algún otro familiar que tengas? ¿Tu madre, tu padre...? —trata de indagar un poco más y encontrar a alguien con quien el chico pueda sostenerse económicamente.


— No tengo familiares aquí, todos ellos están en Alemania y además ya no tengo una buena relación con ellos. —niega con pesadez haciendo a Harry quedarse poco a poco sin opciones.


— Bien, conozco un albergue donde reciben a Omegas con cachorros en situaciones desfavorecidas, les brindan toda la atención que necesiten y...


— No, gracias, ya estuve en uno de ellos y nos trataban terrible, prefiero no volver a ninguno de esos. —lo interrumpe haciendo una mueca.


— Oh, como lo siento, entonces... —resopla sin saber qué hacer, los ojos claros del pequeño recostado en la cama parecieran suplicarle su apoyo, él ama a los niños con profundidad, piensa que son los seres más puros del mundo y que merecen lo mejor de lo mejor. Su fascinación por ellos lo hizo ser lo que ahora es, por lo que su profesión, su cariño y los preciosos ojitos del cachorro no le permiten dejarlo a su suerte—. Te ayudaré a pagarlos.


— ¿Qué? —un murmuro sale de la boca de Louis, su cuerpo apenas puede reaccionar cuando le devuelve al bebé.


— Sí, yo pagaré los análisis y, si es necesario, los medicamentos también. —le asegura viendo aquellos ojos azules cristalizarse nuevamente.


— Yo.., no puedo aceptarlo, no tengo un trabajo así que no podría pagarle rápido, yo encontraré la manera de... —trata de rehusarse con las lágrimas cayendo de su rostro para caer involuntariamente en las mejillas de su hijo.


— Está bien, Louis, quiero ayudarte y no te pido nada a cambio, sólo quiero que él mejore. —lo toma por los hombros para intentar tranquilizarlo.


— Es que.., no entiendo por qué me está sucediendo todo esto, no entiendo por qué él se fue y nos abandonó, no entiendo por qué no puedo conseguir un empleo, por qué mi bebé tuvo que enfermarse y por qué es usted tan bondadoso. —rompe a llorar, de una manera que pareciera que llevaba tiempo conteniéndose para no quebrarse.


— No los veas como desgracias, sino como retos o regalos que te hacen más fuerte. —sonríe con entendimiento, él también ya ha tenido que enfrentarse a los tropiezos de la vida—. ¿Cómo se llama tu hijo?


— Gray.


— Bueno, te prometo que me encargaré de que la salud de Gray mejore, y no te pido nada de vuelta por hacer lo que amo.


La sonrisa que el Omega le obsequia, más la tierna mirada del cachorro, es todo lo que Harry siente que necesita como cambio por sus admirables acciones que, sin lugar a duda, su lobo jura que ambos la realizan por querer detener el sufrimiento de ambos seres indefensos.

















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Capítulo editado.


Dato extra:


Veo confusiones respecto a la temperatura del bebé, sólo me gustaría aclararles que los signos vitales son distintos en cada etapa de una persona. En el caso de la temperatura puede no haber mucha diferencia en cuanto a lo que llamamos normal, pero hay que tener en cuenta que un adulto puede resistir o tolerar mucho mejor la fiebre que un bebé.


Yo soy muy fiel al hecho de que cada cuerpo y organismo es distinto.





© Liliana (-lxann) 2019.