RECKLESS

Summary

[Nanami Kento x Lectora] Mini historia.

Status
Complete
Chapters
13
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
18+

El inicio



—Ya no tengo a nadie... ya no tengo nada más en la vida... —decía una chica de dieciséis años, mirando su reflejo en el espejo—. Ya no tendré el amor de mis padres, o el de mis dos hermanos mayores. —su mirada estaba perdida, temblorosa—. Pronto olvidaré lo que es el calor de un hogar, y el amor de una familia —continuaba divagando, pero enseguida, surgió una interrogante—. ¿Amor? ¿Qué es el amor?

En su alucinación provocada por aquellos medicamentos que se le habían administrado, debido a ese incidente en el cual fue la única superviviente... la imagen en el cristal le sonrió, preparándose para darle una respuesta.

—El amor, es lo que te hizo ser feliz desde que naciste, y lo que te formó en quien eres durante tantos largos y hermosos años..., y tienes que saber que también será lo que te mantenga en pie, ahora que quienes te llenaron de ese sentimiento ya no estarán a tu lado.

La chica, cuyas ojeras se acentuaban en su pálida tez, dio un último vistazo a su reflejo, mientras incontables lágrimas rodaban por su inexpresivo rostro.

Era extraño llorar sin sentir..., bueno, eso se lo debía al efecto de las drogas que se encargaban de contrarrestar el dolor de sus huesos rotos y sus heridas.

—Me prometo ser fuerte... —le dijo a su otro yo, antes de darse la media vuelta—. Lo encontraré, y usaré mi horrible “don” de ver cosas extrañas, para ayudar a otros, y quizá evitar que sufran lo que yo.

—Que así sea entonces... —respondió la ilusión creada a su semejanza, segundos antes de desaparecer.

Con un mareo incontenible, logró volver a su cama y se acostó boca arriba. Vaya... para empezar; ni siquiera tendría que estar despierta y mucho menos debería poder levantarse, no después de las altas dosis de morfina que le inyectaron.

Antes de cerrar los ojos, miró hacia el techo, a la vez que muchas lágrimas más rodaban por sus mejillas, juntándose todas, en los huecos de las orejas. Rememoró su familia, y también el rostro de ese hombre... a quién estaba decidida a encontrar costase lo que costase.


Nanami Kento, era un joven reservado, y considerado como alguien muy sabio y maduro, por aquellos que le conocían. Un día, este chamán egresado de la academia de hechicería de Tokyo, decidió convertirse en un oficinista. Se dedicó a su trabajo por algunos años, pero dado a que aquello no le satisfacía ya que nunca se sintió apreciado y sobre todo, consideraba que lo que hacía no causaba gran impacto en nadie... optó por volver a sus prácticas chamánicas, y es que era allí, dónde él lograba ver pequeñas demostraciones de aprecio entre los rostros de aquellos inocentes a quienes ayudaba, y eso, era algo que estimaba como más que suficiente, para vivir sin arrepentimientos.

En sus días de estudiante, su negatividad durante las misiones eran un total contraste con el extremo positivismo de uno de sus compañeros, Haibara Yu, cuya muerte fue de gran impacto en la vida de Nanami, y cabe mencionar, que fue una de las razones para abandonar la vida chamánica. Aquel deceso lo atribulaba (aunque negaba que fuese así), puesto que se tachaba de inútil al no haber sido capaz de hacer algo al respecto.

Cuando por fin decidió regresar a su ocupación anterior como chamán, se le fue encomendado ir a la región de Hokkaido, debía ir a recoger algunos totems malditos, y también a investigar sobre las recientes y repentinas desapariciones de adolescentes en toda la localidad.

A medio camino, un neumático de su auto explotó, por lo que tuvo que aparcarse a un lado de la carretera para poder quitarla y poner el repuesto. Aquello le generó un retraso, sin embargo; cuando llegó al lugar donde debía esperar por los artefactos, se intrigó por cierto edificio que estaba situado a pocas cuadras. Sintió una vibración extraña recorriendo su espina dorsal, por lo que decidió ir a echar un vistazo.

Mientras más se acercaba, más fuerte era aquel hedor que se percibía en el aire, y más le decían sus sentidos que debía entrar cuanto antes al edificio, el cuál por alguna inexplicable razón, estaba muy silencioso y con todas las luces apagadas, a pesar de que eran apenas las siete de la noche.

Sin esperarse aquel estallido, Nanami fue enviado por los aires hasta impactar de espaldas contra otro edificio cercano, y rápidamente el sitio que había ido a revisar, comenzó a derrumbarse en llamas. No podía creerlo, todo, aún seguía silencioso.

—¡No puede ser! —masculló al notar cómo varias maldiciones devoraban a personas que parecían gritar, mientras que otros corrían. ¿Por qué demonios no había sonido alguno?

Desenvainó una espada corta y cuadrada, cuya hoja estaba envuelta en vendas, y que llevaba en un tahalí en su espalda debajo de su saco, y se apresuró a intentar salvar cuanta gente pudiera, desafortunadamente, ya no había a quien ayudar, y por desgracia, no pudo hacer nada por una familia de cuatro que fue devorada por el último espíritu maldito, que había huido de él mientras enfrentaba a otros.

Se sentía frustrado, como un completo inútil, y bueno, una vez había acabado con todas las maldiciones, el sonido de las llamas y el concreto cayendo en aquel lugar, ahora sí era audible a totalidad, por lo que escuchó quejidos provenientes de un sitio cercano.

—¡Auxilio! —escuchó repentinamente—. ¡Que alguien me ayude por favor! ¿Por qué nadie me escucha? —dijo entre sollozos.

El infierno de lo vivido, debía ser una pesadilla, ¿cierto? No había manera de que no hubiesen bomberos llegando al lugar, y tampoco algún curioso si quiera. Además... ¿qué rayos eran esas criaturas, que nadie más que ella podía ver y escuchar?

—Tranquila, no te muevas, voy a sacarte de allí —dijo Nanami, al encontrar a la joven, atorada debajo de los escombros. Esperaba que no tuviera daños graves que acortaran su esperanza de sobrevivir.

Cuando ella volteó hacia arriba, le pareció que el muchacho que veía era un ángel, y es que eso debía ser, ¿o no? Alguien alto, joven, rubio, de hermoso parecer...; es que esa era la descripción que hacían cada que se referían a los ángeles en algunos libros que había leído. También, era esa la manera, en la que los ilustraban en los dibujos, esculturas, y pinturas famosas.

—Mi familia —pronunció ella, al momento que Nanami la tomó en sus brazos.

—Lo siento, no pude hacer nada por ellos —respondió con gran pesar, mirando cada golpe que ella tenía en el rostro—. Te llevaré al hospital, estás perdiendo demasiada sangre a causa de tus heridas.

—¿Cuál es tu nombre? —dijo a poco de cerrar sus ojos.

—Nanami, Nanami Kento. —comenzó a caminar apresuradamente con ella en brazos. Parecía que ahora que aquel incidente era tanto visible como audible, alguien había llamado a los bomberos, y las sirenas de las ambulancias ya se hacían escuchar a lo lejos. Entretanto, él deseaba mantenerla despierta, al menos hasta que la entregara en manos de los paramédicos—. ¿Cuál es el tuyo?

—(T/a)... (T/a) (Tn). Voy a morir... ¿cierto?

—No, no vas a morir.

—Al menos estaré con mi familia.

—No vas a morir. —repitió muy serio—. No dejaré que te duermas y tampoco que te mueras.

—Gracias... —susurró a nada de quedarse dormida. Ya no sentía dolor, tan sólo... frío.

—Oye, oye, oye... mírame. Háblame de ti, cuéntame de esa extraña sortija que llevas en el cuello.

—Tengo dieciséis años. Q-quiero... quiero estudiar pediatría, porque mi deseo es ayudar a los niños —respondió con dificultad, mientras sonreía.

—Eso es muy noble de tu parte. Serás una gran pediatra.

—La sortija, le p-pertenecía a mi hermano, fue la primera que hizo... porque... porque —comenzó a sollozar—. diseñaba joyas.

—Está horrible. —comentó, con la esperanza de mantener la conversación.

—Es horrible, ¡lo sé! —dijo riendo mientras lloraba—. Cuando me la mostró muy orgulloso, le dije que su creación era horrenda, entonces me haló del cabello y dijo que yo era mala. Me siguió hasta que caí en la fuente, porque no podía ver por dónde corría, a causa de mi risa. Luego me abrazó fuerte, cuando yo estaba en el suelo, y dijo... y dijo... que la sortija la había diseñado para mí, pero que como yo era fea, la joya lo era también —lloraba más fuerte, mientras veía al cielo. Algunas gotas de lluvia le caían en el rostro, dado que había empezado a llover—. Dijo que yo era la fea más hermosa del mundo, y que siempre cuidaría de mí.

—Tu hermano querría que fueras fuerte (Tn), así que no te duermas, no te des por vencida. —manifestó mirando hacia las ambulancias, las cuales ya estaban muy cerca.

—No, no puedo... —expresó sonriéndole con visible tranquilidad. Miró su rostro, y sí, definitivamente él debía ser un ángel—. Gracias Nanami Kento, por haberme...

—No, espera, ¡hey! —paró un momento y la sacudió, pero lo único que vio fue a (Tn), dejando caer su mano, con la que apretaba la sortija en la cadena de su cuello. Su cabeza cayó hacia atrás—. ¡No te puedes morir! —corrió con desespero, a pesar del esguince en su tobillo izquierdo, y logró llegar a los paramédicos que iban a su encuentro—. ¡Atiéndanla por favor! —les pidió casi a manera de súplica, al entregarla en los brazos de uno de los dos muchachos que habían ido a auxiliarles.

Esa noche, Nanami no fue permitido ir en la ambulancia con la joven, quien fuera la única persona que pudo salvar, sin embargo; la visitó durante el tiempo que ella estuvo inconsciente, hasta que fue declarada “fuera de peligro”.

Investigó los nombres de las personas que fallecieron en aquel incidente, y al ver las fotos de los occisos, notó que las últimas cuatro personas que no pudo ayudar, aquellas que devoró la maldición que había huido de él, eran los padres, y los dos hermanos de (Tn).

Tendría que aprender a vivir con la pena de no haber podido salvarles, y bueno, lo único que restaba era desear lo mejor para la joven. Esperaba que pudiera sobrellevar su carga y continuar con su vida.