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El frío le calaba los huesos, su nariz estaba helada, y su cuerpo tiritaba, pero ¿cómo podría ser diferente? Después de todo había salido disparado y sin ningún tipo de abrigo tras ver aquel mensaje en su teléfono.
«Takemichi, ven. Te necesito».
Aunque para ser sinceros, habría bastado con las primeras dos palabras para hacerlo cruzar la ciudad a mitad de la noche a toda prisa.
El responsable, como siempre, era su querido amigo, Shinichiro Sano. Su gran y único amor —no correspondido—.
Lo conoció una tarde de otoño, cuando un par de chicos lo molestaban y Shinichiro lo defendió, volviéndose su héroe.
Desde entonces se volvieron amigos cercanos. Pasaban las tardes juntos, se metían en problemas el uno por el otro y se volvieron confidentes en los momentos más difíciles. Todo parecía demasiado bueno.
Pero todo cambió cuando, sin querer, Shinichiro descubrió que Takemichi sentía atracción por los chicos, y lo peor era que estaba enamorado de él. Y si no lo apartó, su actitud si cambió.
Los que habían sido juramentos para estar juntos se convirtieron en promesas rotas.
Esto rompió el corazón de Takemichi, y aunque lo conocía, a la mala descubrió que su orgullo y ego eran más grandes que su cariño.
¿Y él? Él era un tonto por aguantarlo, por soportar sus malos tratos.
Por momentos lo odiaba. Detestaba su risa falsa, sus palabras hirientes y como fingía no saber del amor que le tenía y del que siempre se aprovechaba.
El frío de su indiferencia lo cortaba como si de un cuchillo se tratara, pero él se había vuelto un masoquista que encontraba que el dolor se sentía tan bien.
Lo odiaba.
Pero lo que más odiaba era no poder odiarlo.
Lo amaba más de lo que se amaba a sí mismo.
Lo amaba tanto para soportar su crueldad y como se pavoneaba de un lado a otro con la primera chica que le hiciera caso.
¿Dónde quedaba él y sus sentimientos? En el retrete, igual que siempre.
Y aun así…
Aun así, siempre acudía a su llamado a la primera. Podrían ser las tres de la mañana, estar arrasando un huracán y tener un pie roto y aun así acudiría a su llamado.
Demasiado amor o demasiado idiota.
Porque cuando se trataba de Shinichiro cualquier migaja de amor era suficiente para tenerlo comiendo de su mano.
Apenas divisó la residencia de los Sano las mariposas en el estómago de Takemichi revolotearon. Estaba feliz de poder ver un poco más al azabache —aunque a este le diera exactamente lo mismo—.
El corazón le dió un vuelco cuando vislumbró una tenue columna de humo. Se trataba de Shinichiro, quién estaba fumando en la entrada de su casa. ¿Esperaba por él?
—Al fin llegas, Takemichi —dijo con dulzura, el Sano, y apagó el cigarrillo—. Estaba esperando por ti.
Escuchar a Shinichiro usar un todo de voz suave y recibir una mirada tan tierna como la que le mostraba fue mejor que ser abrigado. ¿Cuántas veces no había esperado por un trato como ese?
Para su desgracia, estaba ante la cura de todos sus males, y el veneno que lo mataba lentamente.
—¿Qué necesitas, Shinichiro? ¿Pasó algo?
El azabache rompió la distancia, sabiendo de la debilidad del ojizarco por él. Y la verdad que no temía utilizarla, aun si eso significaba ilusionar más al pobre chico.
El olor a tabaco y a colonia inundó las fosas nasales de Takemichi. Era un olor fuerte y hasta desagradable, al que ya estaba acostumbrado. Pero al final, tal como con Shinichiro, no podía repudiarlo, sino más bien anhelarlo.
—Quiero pedirte un favor, Takemichi. —Acarició con delicadeza las redondas mejillas y acercó su rostro hasta sentir el aliento del otro chocar en sus labios—. Es algo muy importante para mí. ¿Crees que podrías hacerlo?
Tal vez era la falta de amor propio, la carencia de afecto en su vida o la voz melosa y la dulzura en la mirada de Shinichiro que, al igual que siempre, ablandó el corazón de Takemichi.
—Claro que sí. Pídeme lo que quieras
Una bofetada, sin duda, era lo que se merecía por ser tan blando con el chico que no hacía más que jugar con él, tal como su mejor amigo, Chifuyu, siempre se lo decía. Pero el amor es ciego, sordo y tonto, ¿no?
Takemichi una vez más le entregaba su corazón para hacer con él lo que quisiera, aunque eso fuera para destruirlo.
Porque por más triste y lastimero que fuera, en el fondo de su corazón, la esperanza de que su amor fuera correspondido nunca se perdía.
Cuando una tierna y brillante sonrisa se asomó en los labios de Shinichiro el corazón de Takemichi se aceleró, queriendo salir de su pecho. Era la sonrisa más bella que había visto. ¿Cómo decirle que no? Él haría lo que fuera por Shinichiro.
—Cásate con Mikey.








