π‘ͺπ’π’π’…π’†π’Žπ’π’‚π’“π’† [Mitakeβ™‘] by Lyl🌸 at Inkitt
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π‘ͺπ’π’π’…π’†π’Žπ’π’‚π’“π’† [Mitakeβ™‘]

Summary

π‘ͺπ’π’π’…π’†π’Žπ’π’‚π’“π’† (𝒅𝒆𝒍 𝒍𝒂𝒕í𝒏) 𝒔𝒆 𝒕𝒓𝒂𝒅𝒖𝒄𝒆 π’„π’π’Žπ’ 𝒄𝒐𝒏𝒅𝒆𝒏𝒂. Β»Con la ira de las dioses en su contra, Manjiro pierde su forma animal y es convertido en una bestia mitad leΓ³n y mitad humano. Sin embargo, aΓΊn en medio del caos y la desdicha, conoce a Takemichi, un joven rey que, para su desgracia, resulta ser uno de los causantes de su condena y, ademΓ‘s, su perdiciΓ³n.

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Condena

ΒΏQuΓ© es mΓ‘s peligroso? ΒΏDesafiar la ira de un Dios o la corromper la naturaleza?


Hajime Kokonoi era un orgulloso y poderoso rey, el cual podΓ­a presumir de ser respetado, admirado e incluso adorado como si de una deidad se tratara.


Sus sΓΊbditos anhelaban su cercanΓ­a, y era tal su fidelidad que estaban dispuestos a besar el piso bajo sus pies.


En pocas palabras, Hajime lo tenΓ­a todo, incluido un bello y valioso esposo que aseguraba su futuro en la corona; su nombre, Takemichi Hanagaki.


Cualquiera que conociera lo suficiente a Kokonoi sabΓ­a que sus ambiciones y metas iban mΓ‘s allΓ‘ de lo que era moralmente correcto, pero al rey poco le importaba.


Ansiaba conquistar nuevas tierras, tener mΓ‘s poder y ser recordado como el mejor rey que alguna vez hubiese pisado la tierra. Estaba seguro, serΓ­a recordado mΓ‘s que cualquier dios.


Se creΓ­a tan poderoso e invencible que cualquier cosa le parecΓ­a posible. Es por eso que cuando encontrΓ³ a la mΓ‘s bella criatura salvaje no se contuvo y acogiΓ³ al exΓ³tico animal.


No habΓ­a bestia que se le resistiera, y esa no serΓ­a la excepciΓ³n.


De brillante y dorada melena, un porte digno y con una mirada salvaje y dominante, adquiriΓ³ al leΓ³n mΓ‘s hermoso que sus ojos alguna vez pudieron mirar. Lo llamΓ³ Manjiro.


Sin embargo, el capricho del rey por su nueva "mascota" durΓ³ apenas unos cuantos dΓ­as, asΓ­ como era costumbre en Γ©l.


Takemichi, quiΓ©n no esperaba nada de su majestad, supo que su siguiente tarea serΓ­a cuidar del leΓ³n. Aunque tampoco era algo que le molestara, despuΓ©s de todo, Γ©l tambiΓ©n estaba solo en el enorme palacio.


Para sorpresa de los sirvientes y del mismo Kokonoi, el Hanagaki logrΓ³ acercarse al leΓ³n sin que este le atacara. Takemichi era tan especial que habΓ­a logrado encantar a una bestia salvaje como Manjiro.


Y lo mΓ‘s increΓ­ble de todo es que era mutuo; Takemichi adoraba al leΓ³n, y el animal lo adoraba a Γ©l.


Mas no todo siempre es felicidad, porque si habΓ­a algo que los dioses amaran mΓ‘s que ser adorados, era castigar a los miserables humanos que los desafiaban, tal como hacΓ­a Hajime Kokonoi.


Izana, el dios de los ocΓ©anos, sintiΓ³ rabia de ver cΓ³mo un humano abandonaba sus obligaciones para con ellos, y que, ademΓ‘s, mostraba mΓ‘s interΓ©s por una infame criatura como aquel leΓ³n β€”aunque fuera momentΓ‘neoβ€”.


Un humano no podΓ­a desafiar a los dioses, era un crimen imperdonable y que le harΓ­a pagar. Porque si alguien serΓ­a la ruina del rey, ese serΓ­a el majestuoso leΓ³n que su esposo adoraba tanto.


Fue asΓ­ que una maΓ±ana los gritos de la servidumbre despertaron al durmiente rey.

De inmediato acudiΓ³ al lugar, pues aunque su reinado era prΓ³spero, la idea de ser atacado no podΓ­a ser descartada.


ReconociΓ³ que los gritos provenΓ­an de la habitaciΓ³n y al llegar quedΓ³ hecho piedra, pues en el lugar donde deberΓ­a estar durmiendo su adorado leΓ³n, se encontraba un chico de cabellos largos y dorados, ojos oscuros y con cuerpo de leΓ³n de la cintura para abajo.


β€”Su majestad, el leΓ³n...β€”BalbuceΓ³ un sirvienteβ€”. El leΓ³n es este chico.


Manjiro mirΓ³ confundido y aterrado todo a su alrededor, y no podΓ­an juzgarlo, no cuando apenas horas atrΓ‘s no era mΓ‘s que un leΓ³n salvaje.


SintiΓ³ las miradas sobre Γ©l, querΓ­a gritar que dejarΓ‘n de mirarlo o que los destrozarΓ­a, pero entonces un olor dulce y fresco alertΓ³ al rubio. Se trataba de Takemichi, que, con las mejillas rojas de tanto correr y la respiraciΓ³n entrecortada, llegΓ³ a la habitaciΓ³n.


Al igual que el resto, Takemichi se quedΓ³ sin palabras cuando vio a la extraΓ±a criatura, pero lejos de sentir miedo, tenΓ­a curiosidad por Γ©l.


Manjiro se sintiΓ³ avergonzado, no querΓ­a que lo viera en esa forma. TenΓ­a miedo de no gustarle mΓ‘s y de no ser el "hermoso leΓ³n" con el que Takemichi siempre querΓ­a estar.


Por su parte, Kokonoi querΓ­a cortarle la cabeza a Manjiro, pero se contuvo. La transformaciΓ³n de Manjiro solo podΓ­a ser obra de un dios y no del pobre animal. Pero ΒΏquΓ© harΓ­a? Ya no podΓ­a tener a una criatura tan horrible a su lado.


Era una deshonra y tenΓ­a que deshacerse de Γ©l.


β€”Β‘Por favor, detente! β€”Takemichi se plantΓ³ delante de Γ©l, protegiendo con su cuerpo a la criatura, como si hubiera leΓ­do sus pensamientosβ€”. Γ‰l no tiene la culpa.


Los ojos de Takemichi estaban llorosos, y esto en lugar de conmover al azabache sΓ³lo pudo aumentar su furia.


β€”ΒΏNo estΓ‘s viendo lo que es? β€”CuestionΓ³ colΓ©ricoβ€”. Es una abominaciΓ³n que debe morir.


Takemichi sabΓ­a que su esposo podΓ­a tener razΓ³n, pero no quiso creerlo. Aunque Manjiro fuera una criatura abominable, seguΓ­a siendo el leΓ³n que querΓ­a y que protegerΓ­a sin importar ir en contra de las Γ³rdenes de su majestad.


β€”Podemos protegerlo y cuidar de Γ©l β€”sugiriΓ³β€”. No eligiΓ³ nada de esto. AdemΓ‘s, el ΓΊnico culpable aquΓ­ eres tΓΊ, los dioses han hecho esto por ti.


El azabache apretΓ³ los puΓ±os. Siempre se habΓ­a enorgullecido de ser un hombre respetable, pero en ese momento lo ΓΊnico que querΓ­a era callar de un golpe a Takemichi.


β€”Yo tomarΓ© la responsabilidad, por favor, su majestad. No le haga daΓ±o β€”suplicΓ³.


La dulzura en las palabras de Takemichi hicieron sentir nΓ‘useas a Kokonoi, todo lo contrario en Mikey, quien sΓ³lo pudo mirar confundido y con los latidos de su corazΓ³n desenfrenos al ojiazul frente a Γ©l. ΒΏPor quΓ© lo defendΓ­a y se enfrentaba al rey por Γ©l? ΒΏNo sΓ© supone que debΓ­a odiarlo? ΒΏQuΓ© acaso no era horrible?


Kokonoi chasqueΓ³ la lengua, frustrado. SabΓ­a que no tenΓ­a sentido pelear con Takemichi, de una forma u otra siempre se salΓ­a con las suyas, y eso lo enfurecΓ­a.


β€”Haz lo que quieras.


Sin mΓ‘s que decir, Kokonoi se marchΓ³ sin molestarse en mirar atrΓ‘s, ignorando que ese serΓ­a el momento en que su vida colapsarΓ­a.


Los dΓ­as pasaron, al igual que pronto, las semanas y despuΓ©s los meses, y fue en todo ese lapso de tiempo que la vida de Takemichi diΓ³ un giro que nunca pudo imaginar.


Desde que era pequeΓ±o, a Takemichi le educaron a ser obediente, servicial y sumiso con el hombre que tuviera que desposar, y si bien asΓ­ fue la mayor parte de su vida, hubo algo que derrumbΓ³ todas esas reglas impuestas.


Salvar a Mikey no fue solo su primer acto de rebeldΓ­a o la hazaΓ±a mΓ‘s osada que alguna vez imaginΓ³ hacer, sino que fue el inicio del fin para el Takemichi obediente. Y aunque al principio se sintiΓ³ aterrado, la compaΓ±Γ­a de Mikey fue suficiente para alejar todos sus miedos y borrar cualquier duda de su corazΓ³n; habΓ­a hecho lo correcto al salvar a Manjiro.


El azabache quedΓ³ fascinado con tal hermosa criatura, ΒΏy cΓ³mo no hacerlo? Era majestuoso y tenΓ­a una personalidad dulce y juguetona que, aunque estuvieran en los peores momentos, siempre lo hacΓ­a sonreΓ­r, diciendo cosas como:


β€”Β‘Eres lindo, Takemicchi! QuΓ©date conmigo.


AdemΓ‘s, debΓ­a reconocer que poseΓ­a unos ojos hermosos. Eran tan profundos y misteriosos como un abismo, uno en el que estaba dispuesto a perderse.


Para Mikey las cosas no fueron muy diferentes, porque aunque era una criatura salvaje con el castigo de un dios sobre su espalda, pudo encontrar alivio y calidez en la ΓΊnica persona que estuvo dispuesto a sacrificarse por su vida; Takemichi.


El ojiazul siempre buscaba formas de escapar de todas sus aburridas obligaciones para pasar tiempo con Manjiro, y este siempre lo agradecΓ­a.


No soportaba las miradas que los sirvientes le dirigΓ­an, lo ΓΊnico que querΓ­a era compartir tiempo con Takemichi y ser alguien a quien Γ©l quisiera. No necesitaba mΓ‘s.


Fue natural que con el tiempo sus sentimientos se volvieran en algo mΓ‘s que cariΓ±o. Manjiro deseaba a Takemichi, y Takemichi lo deseaba a Γ©l, pero no habΓ­a mucho que hacer o eso pensaba el ojiazul porque Manjiro no era alguien que se rendirΓ­a.


Γ‰l era capaz de hacer feliz a Takemichi y darle todo el amor que Kokonui no era capaz de darle. No lo soportaba, su pecho dolΓ­a y sus garras salΓ­an de sΓ³lo imaginar a Takemichi al lado del rey.


No lo perderΓ­a, porque aunque Takemichi no lo supiera, Γ©l ya era suyo y de nadie mΓ‘s.


Es asΓ­ que una noche de verano, con la cΓ‘lida brisa acariciando sus rostros y una sensaciΓ³n de ansiedad, que los celos nublaron la mente de Manjiro, y antes de darse cuenta lo que hacΓ­a se encontrΓ³ a sΓ­ mismo tirando al suelo el cuerpo de Takemichi.


ΒΏQuΓ© por quΓ© lo hizo? Sencillo, porque habΓ­a un olor desagradable impregnado en su ropa; el olor de Kokonoi.


β€”Apestas β€”escupiΓ³ con rabia, Mikey.


Takemichi lo mirΓ³ confundido.


β€”Ese olor es asqueroso.


El pecho del ojiazul se estrujΓ³. Imaginarse como alguien a quien Manjiro odiaba le hacΓ­a sentir triste.


Sin embargo, no hubo tiempo de pedir explicaciones, pues antes de poder decir una palabra, los labios de Manjiro devoraron los suyos. Era un beso salvaje y desesperado, ya que Manjiro era un total inexperto.


Takemichi respondiΓ³ el beso, abriendo su boca y permitiendo que la lengua del rubio explorarΓ‘ su cavidad, pero Γ©l no se quedΓ³ atrΓ‘s y comenzΓ³ a mover su lengua, jugueteando con la de Manjiro.


Esto fue suficiente para que el miembro del rubio se levantarΓ‘ y palpitara pidiendo atenciΓ³n. QuerΓ­a mΓ‘s.


Manjiro no se contuvo y desgarrΓ³ con furia el camisΓ³n blanco que Takemichi portaba. RecorriΓ³ con mirada lasciva el cuerpo del ojiazul. Su piel era una nΓ­vea y suave, pero sus ojos se detuvieron en los rosados botones sobre su pecho.


Mikey no dudΓ³ y mordiΓ³ uno de ellos, mientras jugaba con el otro.


β€”E-espera, Mikey-kun... β€”MusitΓ³ con dificultad, Takemichi, luchando por no perder la corduraβ€”. P-por favor...


El azabache intentΓ³ acallar sus jadeos, y negarse, pero su cuerpo respondΓ­a sΓ³lo. Β‘Joder! Estaban en el palacio y podΓ­an ser descubiertos en cualquier momento, pero la sola idea de ser vistos lograba excitarlo mΓ‘s. ΒΏQuΓ© es lo que dirΓ­a el rey de verlo asΓ­ con la criatura que tanto despreciaba?


β€”Hazme caso a mΓ­, Takemicchi.


Su piel se erizΓ³ al sentir como la lengua de Mikey raspaba con una lentitud exquisita su piel. Pero lo que terminΓ³ de perderlo fue la lujuria plasmada en los oscuros ojos que lo miraban con devociΓ³n.


β€”ΒΏQuieres que me detenga, Takemicchi...?


La poca cordura que le quedaba se fue al carajo al escuchar el ronroneo de aquella criatura. ΒΏCΓ³mo podrΓ­a negarse?


Era su perdiciΓ³n y el error mΓ‘s sucio que podrΓ­a cometer, sin embargo, aceptarΓ­a su castigo con gusto si eso significaba tenerlo para sΓ³lo para Γ©l.


Mikey sonriΓ³ complacido de ver a su querido Takemichi aceptar. No espero mΓ‘s y le diΓ³ la vuelta, para despuΓ©s continuar besando la curvatura de su espalda y acariciar el trasero de su amante.


Takemichi no pudo mΓ‘s que alzar las caderas, dando permiso a Mikey de continuar.


El rubio detuvo sus caricias y tomΓ³ su miembro, para despuΓ©s pasear su glande en la entrada del ojiazul, arrancΓ‘ndole suspiros y provocando que restregarΓ‘ su trasero contra su virilidad.


Sin aviso, Mikey entrΓ³ de una sola estocada en Γ©l, arrancando un sonoro gemido de los labios del ojiazul. El rubio se sintiΓ³ en el cielo al sentir como su miembro ser apretado por las paredes internas de Takemichi, y aunque quiso ser gentil con el azabache, no pudo contenerse y lo penetrΓ³ con fuerza rudeza.


Takemichi sentΓ­a su interior arder con cada estocada, era demasiado duro y profundo, pero le gustaba lo suficiente para no querer detenerse. SΓ³lo atinΓ³ a mover sus caderas en busca de mΓ‘s.


Mikey sonriΓ³ al ver a Takemichi necesitado de Γ©l, y aumentΓ³ la velocidad y profundidad de sus estocadas, porque si Takemichi lo deseaba con tanto Γ­mpetu, Γ©l no se lo negarΓ­a. Le darΓ­a todo de Γ©l.


Pronto el sonido de pieles chocar, jadeos y gemidos resonaron por toda la habitaciΓ³n.


Mikey mirΓ³ embelesado la delicada nuca de su amante, era como si le pidiera atenciΓ³n a gritos. Sin dudarlo, acercΓ³ sus filosos dientes a la piel y mordiΓ³ el cuello, aumentando la profundidad de las embestidas y haciendo gemir al azabache sin pudor alguno.


Takemichi estaba tan perdido en su placer que no fue capaz de notar las finas lΓ­neas de sangre que recorrΓ­an su cuello hasta caer debajo de su pecho.


Las piernas de Takemichi temblaban tanto que apenas y podΓ­a mantener sus raspadas rodillas quietas. Estaba cerca de su lΓ­mite, pero no querΓ­a detenerse. QuerΓ­a ser uno mismo con Manjiro para siempre.


Un gruΓ±ido escapΓ³ de la garganta de Mikey cuando sintiΓ³ las paredes de Takemichi apretar su miembro. Γ‰l tambiΓ©n estaba cerca de terminar, pero no sΓ© detendrΓ­a, llenarΓ­a a Takemichi de con todo semen. Lo marcarΓ­a para que todo mundo se diera cuenta de que era suyo.


β€”Β‘Quiero mΓ‘s! β€”ExclamΓ³ extasiado, Mikey, clavando sus garras en las caderas de Takemichi.


El ojiazul no pudo soportarlo mΓ‘s y terminΓ³ viniΓ©ndose entre gemidos, siendo seguido por Manjiro despuΓ©s de un par de estocadas mΓ‘s.


Takemichi se quedΓ³ satisfecho al sentir la tibia esencia de Manjiro llenar su interior y escurrir hasta sus muslos.


Manjiro tomΓ³ de la cintura a Takemichi, quiΓ©n luchaba por normalizar su agitada respiraciΓ³n, y lo recostΓ³ a su lado, envolviendo la desnudez del azabache con su propio cuerpo.


Durante unos minutos, Mikey se dedicΓ³ a lamer y dejar pequeΓ±os besos y mordidas en el torso de Takemichi, hasta que este se quedΓ³ profundamente dormido.


Manjiro sabΓ­a que si existΓ­a un lugar como el cielo o el paraΓ­so, Γ©l no serΓ­a bienvenido. Sin embargo, no necesitaba de ello, ni de ningΓΊn otro lugar que salvarΓ‘ su alma, porque para Mikey no habΓ­a lugar mΓ‘s perfecto que los brazos de Takemichi; ese era su propio paraΓ­so, uno que no dejarΓ­a ir.


El rubio envolviΓ³ uno de los lechosos muslos con su cola, y se acercΓ³ al oΓ­do del durmiente azabache para despuΓ©s morder su lΓ³bulo con deseo.


β€”No te dejarΓ© escapar, Takemicchi.




Los meses y las estaciones pasaron en un abrir y cerrar de ojos, y lo que pudo pasar como un momento de lujuria y deseo desenfrenado se convirtiΓ³ en un amorΓ­o ilΓ­cito y prohibido, no sΓ³lo porque Manjiro fuera una criatura fantΓ‘stica, sino porque Takemichi estaba casado con nadie mΓ‘s que Hajime Kokonoi, el rey.


Sin embargo, esto no fue suficiente para detener a los amantes, muy por el contrario, Takemichi se refugiΓ³ en la excusa de que necesitaba despejar su mente para marcharse del palacio a una de sus mansiones personales, claro que en compaΓ±Γ­a de Manjiro.


Aquello, si bien extraΓ±o al Hajime, no le preocupΓ³, Γ©l tambiΓ©n necesitaba tiempo lejos de Takemichi y de aquella horrible criatura.


Cuando los meses pasaron y Takemichi no daba noticias de querer volver al palacio, fue entonces que Kokonoi decidiΓ³ actuar. No por gusto, mΓ‘s bien por obligaciΓ³n, pues parte de ser un buen rey era mantener su imagen. Suficiente tenΓ­a con ser nombrado como

"el rey castigado por los dioses".


Sin avisar, Kokonoi fue a la mansiΓ³n dΓ³nde se encontraba Takemichi y entrΓ³ a hurtadillas, pues aunque estuviera en una de las propiedades de su esposo, nunca habΓ­a sido bienvenido.


Kokonoi se permitiΓ³ recorrer el lugar sin recato, fijando especial atenciΓ³n en el decorado de mal gusto β€”segΓΊn Γ©lβ€” una gran cantidad de pinturas y un enorme ventanal que daba al patio.


Su sangre hirviΓ³ de rabia, pues lo que no esperaba encontrar era a Takemichi y a Manjiro abrazados en medio del jardΓ­n.


Estuvo a punto de ir y encararlos, pero la sensaciΓ³n de algo rozar su pierna le detuvo.


Su cuerpo temblΓ³ al mirar la pequeΓ±a figura a sus pies. Y fue ahΓ­ donde lo comprendiΓ³ todo.


La repentina huida de Takemichi, sus negativas a volver pronto al palacio real y su necedad por mantenerse cerca de la vil criatura de Manjiro.


Todo cobraba sentido si miraba los tres pequeΓ±os y rubios cachorros recostados en el suelo.


β€”Β‘Miserables!


Su orgullo como soberano estaba por los suelos, no sΓ³lo era el pasatiempo que los dioses tenΓ­an para divertirse, ahora era la burla del mundo entero, porque aquel que se supone serΓ­a su compaΓ±ero hasta el final de sus dΓ­as, no sΓ³lo no lo amaba, sino que adoraba en cuerpo y alma a una criatura maldita.


Y por si esto fuera no suficiente, existΓ­an tres cachorros que nacieron de esa uniΓ³n despreciable.


Empero era suficiente, no permitirΓ­a mΓ‘s burla a su persona. Al carajo los dioses, el mundo y Takemichi, se deshacΓ­a de esos bastardos.


Kokonoi desenvainΓ³ su espada y la empuΓ±o con fuerza, para despuΓ©s guiarla al cuello de uno de los cachorros que dormΓ­a plΓ‘cidamente, ignorante de como su efΓ­mera vida serΓ­a arrebatada.


Antes de que pudiera cortar uno de los pelos de algΓΊn cachorro apareciΓ³ Takemichi frente a Γ©l.


β€”Β‘Detente, por favor!


Ante la mirada atΓ³nita del rey, Takemichi detuvo con las manos desnudas el filo del arma, sangrando al instante.


β€”ΒΏAsΓ­ es cΓ³mo me pagas por todos estos aΓ±os, Takemichi? β€”ReclamΓ³ con frustraciΓ³nβ€”. MetiΓ©ndote con esa bestia y dejando que te engendrΓ© esas abominaciones.


β€”No importa lo que digas. No dejarΓ© que les hagas daΓ±o.


PequeΓ±as lΓ‘grimas escaparon de los ojos de Takemichi, pues aunque habΓ­a aceptado las heridas en sus manos como un acto de redenciΓ³n, lo cierto era que pese a sus errores no permitirΓ­a que daΓ±aran a sus pequeΓ±os.


Aun si eran el resultado de un amor infame, Γ©l los protegerΓ­a con su propia vida.


β€”No tienes que preocuparte por ellos. β€”AlzΓ³ la espadaβ€”. Los mandarΓ© contigo al infierno.


Takemichi esperΓ³ el siguiente corte del azabache, pero este nunca llegΓ³.


CΓ³mo si se tratara de un hΓ©roe, apareciΓ³ Manjiro, y detuvo el ataque del Hajime, arrebatando la espada y lanzΓ‘ndola lejos de Γ©l.


Forcejearon durante unos segundos, hasta que en un descuido, Mikey mordiΓ³ con fuerza la garganta de Kokonoi, y de un sΓ³lo tirΓ³n le arrancΓ³ gran parte del cuello.


Sangre emanΓ³ de la destrozada trΓ‘quea del azabache, y pronto los pulcros y relucientes pisos de la gran estancia se tiΓ±eron de escarlata.


La mirada de Kokonoi se fijΓ³ en Takemichi, esperando por su ayuda, pero no hubo respuesta. En sus ΓΊltimos momentos sΓ³lo pudo ver al ojiazul tomar en sus brazos a uno de los cachorros y recostarlo en su pecho.


Hajime no querΓ­a morir, no asΓ­, mas no habΓ­a mΓ‘s que hacer. Se desangraba y aunque quisiera no podΓ­a pronunciar ni una sola palabra, su garganta estaba desgarrada. SΓ³lo quedaba esperar la muerte.


Mikey sonriΓ³, orgulloso, cuando el pΓ‘lido y moribundo cuerpo de Kokonoi cayΓ³ al suelo.


No habΓ­a remordimiento o dolor en el pecho del rubio porque sabΓ­a la verdad. Si Hajime Kokonoi no hubiera desafiado a los dioses y a Izana, habrΓ­a evitado su trΓ‘gico final.


Para su desgracia, fue en contra de un dios, pero lo que terminΓ³ de sellar su destino fue entregarle a Takemichi a una criatura infame que no dudΓ³ en verlo morir con tal de arrebatarle el ojiazul.


Era irΓ³nico, el azabache salvΓ³ su vida y Γ©l a cambio le diΓ³ la entrada al inframundo.

Los zarcos de Takemichi contemplaron en silencio y sin algΓΊn rastro de lΓ‘grimas como la vida de Kokonui se extinguiΓ³.


Finalmente, el rey habΓ­a muerto, y Γ©l era libre.

Los cachorros, que desconocΓ­an lo que ocurrΓ­a, se pasearon en el charco de sangre del ya muerto rey.


Mikey y Takemichi sabΓ­an que eran una abominaciΓ³n, el fruto de un castigo divino, pero ni siquiera, eso era motivo suficiente para detenerles.


Porque si debΓ­an cumplir una condena por su pecado, la cumplirΓ­an si eso significaba estar juntos hasta el fin de la eternidad.


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