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Ante los ojos de la sociedad, la familia Park representaba la perfección. Eran la familia más adinerada de la región, dueños de negocios multimillonarios y conocidos por su audacia en cada inversión. Su ascenso a la cúspide de la alta sociedad había sido tan rápido como contundente, despertando admiración y envidia a partes iguales. Para muchos, los señores Park eran el ejemplo de éxito absoluto, reforzado además por el talento excepcional de sus hijos, dos jóvenes prodigio que habían completado la escuela y la universidad en un tiempo récord y que ya demostraban una habilidad innata para los negocios.
Sin embargo, lejos de las miradas ajenas y de los titulares, la familia Park atravesaba un momento tan inesperado como delicado: esperaban la llegada de su tercer hijo. Park Min Ho y su esposa, Park Hana, recibieron la noticia con sorpresa, especialmente él, cuando Hana le confesó que volverían a ser padres. Debido a su edad, el embarazo fue catalogado como de alto riesgo desde el inicio.
Sus hijos mayores, Park Jong In, de 20 años, y Park Sehun, de 19, reaccionaron con preocupación. Temían por la vida de su madre, conscientes de que un embarazo a su edad implicaba un peligro tanto para ella como para el bebé. Los médicos no tardaron en advertirles sobre los riesgos, pero aun así Hana se mantuvo firme. La ilusión de volver a tener un bebé en sus brazos superaba cualquier temor.
Sehun se convirtió en el administrador más joven que Farmacéutica Park había tenido jamás. Al principio, su edad despertó desconfianza entre los accionistas, quienes veían en él a un muchacho sin la experiencia necesaria para dirigir una corporación de tal magnitud. Sin embargo, Sehun no tardó en abrirse camino, recurriendo a métodos cuestionables que, para él, no tenían mayor importancia. El fin justifica los medios no era solo una frase: era un mantra que se repetía una y otra vez, guiando cada una de sus decisiones.
Esa filosofía lo llevó, en poco tiempo, a arrebatarle el mercado a otras farmacéuticas, consolidando el poder de la empresa a costa de la competencia. Pero también marcó el inicio de una cadena de problemas que Sehun supo manejar con la misma frialdad: dinero, influencias y silencios comprados. En su mundo, todo tenía un precio, y pagar por él siempre era más fácil que asumir las consecuencias.
Jong In asumió el cargo de administrador del Hospital Hengyang, una institución que pertenecía a su familia desde hacía generaciones. Su llegada no estuvo exenta de controversia: su propio padre, Park Min Ho, destituyó a su hermano mayor —un hombre de avanzada edad— para entregar la dirección del hospital a su hijo. La decisión fue presentada como una modernización necesaria, aunque muchos entendieron que se trataba, simplemente, de una demostración de poder.
El Hospital Hengyang, en estrecha colaboración con la Farmacéutica Park, se convirtió en una pieza clave del imperio familiar. Ambas instituciones se encargaban de llevar a cabo ensayos clínicos con drogas experimentales, ya fuera desarrolladas por la propia farmacéutica o adquiridas mediante artimañas poco transparentes, con el único objetivo de introducir nuevos fármacos al mercado lo antes posible.
A pesar de los escándalos y de las incontables denuncias provenientes de una minoría que se atrevía a alzar la voz, la familia Park siempre conseguía lo que quería. Las acusaciones se diluían, los procesos se archivaban y los testigos callaban. Nadie dentro de su círculo social se atrevía a cuestionar, ni mucho menos a enfrentarse, a Park Min Ho. Su sólido respaldo político le otorgaba una impunidad casi absoluta, consolidando su prestigio y su influencia en Corea.
Los primeros meses del embarazo transcurrieron con una aparente normalidad, lo suficiente como para ofrecerles una falsa sensación de calma. Sin embargo, al llegar al octavo mes, todo se precipitó. La señora Park tuvo que ser sometida a una cesárea de emergencia: la vida de ella y la de su hijo corrían un peligro real e inmediato. Con el corazón encogido y el miedo clavado en el pecho, Min Ho y sus hijos vieron cómo Hana era llevada al quirófano, sin saber si volverían a verla abrir los ojos.
Las horas siguientes se hicieron eternas. Cada segundo pesaba como una condena, y el silencio del hospital resultaba insoportable.
Finalmente, un par de horas después, el doctor salió del quirófano. Su expresión era serena, pero no exenta de cansancio.
—Señor Park, felicidades. Es usted padre de un hermoso niño.
Min Ho apenas pudo asimilar la noticia antes de formular la pregunta que realmente le importaba.
—¿Cómo está Hana?
—Ella estará bien —respondió el médico con una leve sonrisa—. Debido a su condición, la cirugía se complicó, pero es una mujer muy fuerte. No se preocupe, en un par de días podrán irse a casa con ella.
El alivio fue inmediato. Min Ho y sus hijos sintieron cómo el peso que los oprimía desde hacía horas, por fin, comenzaba a disiparse. Hana estaba fuera de peligro, y eso era todo lo que importaba. Ahora, la idea de tener un hermanito ya no parecía una preocupación para Sehun ni para Jong In; al contrario, la emoción se abrió paso entre el miedo reciente.
Ambos hermanos caminaron apresurados hacia el área de cuneros, con una mezcla de nervios y expectación, ansiosos por conocer al pequeño que había logrado cambiarlo todo.
Una de las enfermeras del área de recién nacidos acercó al bebé a la ventana para que ambos hermanos pudieran verlo de cerca. Aún era demasiado pronto para sostenerlo; debía ser llevado a la incubadora en cuestión de minutos. Aun así, observarlo desde aquella distancia fue suficiente para llenar a Sehun y Jong In de una ternura inesperada, casi abrumadora.
Su hermano era, sin lugar a dudas, el bebé más hermoso de la sala. Su pequeña nariz y sus labios carnosos eran lo que más llamaba la atención, y los rasgos de su madre estaban marcados con claridad, como si Hana se hubiera reflejado por completo en él.
—Es muy hermoso… será el dolor de cabeza de papá —comentó Jong In con una sonrisa suave.
—¿Pensé que yo lo era? —respondió Sehun, sonriendo también—. Pero tienes razón, nuestro hermano es precioso. Se parece demasiado a mamá.
Con el paso de los meses, Jimin se convirtió en el niño más consentido de la familia. Todos parecían competir por tenerlo en brazos, disputándose a quién elegiría el pequeño cada día. Sin embargo, Jimin mostraba una clara preferencia por Sehun, quien, sin notarlo del todo, comenzaba a convertirse en su hermano favorito.
Jimin no solo era adorable y hermoso, sino que también heredó el mismo potencial excepcional de sus hermanos. Desde muy pequeño se hizo evidente que era un niño prodigio. Esa combinación de talento y belleza no pasó desapercibida para las amistades más cercanas de los Park. Las familias Wang y Jeon comenzaron a fijar su atención en él, imaginándolo ya como la futura pareja de sus hijos. Más allá de lo personal, la posible unión resultaba extremadamente conveniente: todos compartían intereses y negocios dentro del mismo ámbito, el de la medicina.
Diez años después...
Era una hermosa tarde de primavera. La señora Park llevaba a Jimin a su clase de violín, como cada fin de semana. Desde muy pequeño, Jimin había mostrado un interés genuino por las artes escénicas y la música: por la mañana asistía a sus lecciones de violín y, por la tarde, a las de danza. Todo indicaba que sería el primer Park que no seguiría el camino del negocio familiar.
Aquello no dejaba de incomodar a Min Ho. Durante un tiempo insistió, aferrándose a la idea de que, tarde o temprano, su hijo terminaría involucrándose en la empresa familiar. Sin embargo, con los años, acabó por desistir, convencido —o resignado— a que el futuro de Jimin seguiría un rumbo distinto.
Esa tarde, antes de llegar a casa, Hana caminaba con Jimin por el parque. El aire era suave y el lugar estaba lleno de colores y risas, cuando algo capturó de inmediato la atención del pequeño: un puesto de algodón de azúcar. Hana no tardó en darse cuenta de cuánto lo deseaba. Jimin, sin embargo, no era de los niños que exigían o hacían berrinches para conseguir lo que querían. Al contrario, era considerado y tímido, tan cuidadoso con los demás que, a veces, resultaba difícil saber qué le gustaba realmente comer o beber.
Siempre aceptaba lo que le ofrecían, incluso cuando no era de su agrado, como si temiera incomodar a alguien con sus propios deseos.
—Jimin, ¿quieres comer un algodón de azúcar? —preguntó su madre con una sonrisa cansada pero sincera.
—¡Sí, por favor! —respondió él, con una alegría tan pura que le iluminó el rostro.
Hana se acercó al vendedor para hacer el pedido, no sin antes advertirle:
—No te alejes demasiado, cariño.
Jimin asintió distraídamente. A pocos pasos de allí, un cachorro perteneciente a uno de los visitantes del parque había captado toda su atención. Se agachó para acariciarlo con cuidado, como si temiera romper algo frágil.
—Hola, pequeño… ¿te gustan los cachorros? —preguntó el anciano dueño del perrito.
—¡Sí! —respondió Jimin sin dudar—. Pero papá es alérgico y no podemos tener mascotas… —añadió, bajando un poco la voz mientras seguía acariciándolo, una tristeza silenciosa filtrándose en su tono.
—¡Jimin! Ven por tu algodón de azúcar —llamó Hana, rebuscando en su bolso para pagar.
Fue entonces cuando todo ocurrió demasiado rápido.
El anciano soltó el collar sin darse cuenta. El cachorro, asustado por un ruido cercano, salió corriendo directo hacia la calle. Jimin reaccionó por instinto. Sin pensar, sin mirar, echó a correr tras él.
—¡Jimin, no! —gritó Hana al darse cuenta.
El niño alcanzó al cachorro justo cuando cruzaba la calle. Lo tomó en brazos, apretándolo contra su pecho… sin ver el auto que venía a gran velocidad. El conductor, distraído con su teléfono móvil, levantó la vista demasiado tarde.
Las llantas chirriaron violentamente contra el asfalto.
Jimin solo cerró los ojos.
Hana corrió.
Corrió como nunca antes, con el terror desgarrándole el pecho. Logró alcanzarlo, empujarlo con todas sus fuerzas, sacarlo del camino. Jimin cayó al suelo, ileso.
El impacto fue para ella.
El golpe seco resonó en el aire. El cuerpo de Hana cayó pesadamente contra el pavimento. Su cabeza golpeó con violencia y la sangre comenzó a brotar de inmediato, oscura y abundante. Sus ojos quedaron abiertos, vacíos, con un gesto de dolor congelado para siempre en su rostro.
Murió en el acto.
—¡Mamá! ¡Mamá! —Jimin gritaba, arrastrándose hasta ella.
La abrazó con desesperación, manchándose de sangre, sacudiéndola sin entender por qué no respondía. Lloraba desconsolado, llamándola una y otra vez, mientras alrededor la gente gritaba, corría, llamaba a la policía y a una ambulancia.
Todo se volvió ruido, caos y confusión.
Jimin estaba en shock. No comprendía lo ocurrido, pero algo dentro de él se quebró para siempre. Solo podía pensar una cosa: si no hubiera corrido… si no hubiera querido ese cachorro…
La policía llegó poco después. Tomaron declaraciones, acordonaron la zona. Los paramédicos revisaron el cuerpo de Hana durante unos segundos que parecieron eternos… hasta que uno de ellos negó con la cabeza.
Cubrieron su cuerpo con una manta blanca.
Jimin fue llevado a la estación de policía mientras contactaban a su familia. Las horas allí se le hicieron infinitas. Estaba solo, asustado, con la imagen de su madre grabada en la mente una y otra vez. No entendía por qué ya no estaba, ni por qué nadie podía devolvérsela.
Cuando Min Ho y sus hijos mayores llegaron, el oficial relató lo sucedido con frialdad profesional. Cada palabra cayó como una sentencia.
El dolor los atravesó… pero no de la misma forma.
En ese momento, algo oscuro se encendió en Min Ho, en Sehun y en Jong In. El duelo se mezcló con resentimiento, la tristeza con amargura. Y, poco a poco, comenzó a germinar un odio silencioso, irracional y peligroso.
Un odio dirigido hacia un niño inocente.
***
Estimado lector:
Antes de comenzar esta historia, te pido que leas atentamente su descripción.
Esta obra es completamente ficticia. Los personajes, situaciones y acontecimientos descritos no representan a personas reales, aunque se utilicen nombres conocidos. Cualquier semejanza con la realidad es mera coincidencia y forma parte del recurso narrativo.
Lamentablemente, he tenido experiencias con lectores que no saben diferenciar la ficción de la realidad y han hecho comentarios desagradables o ataques personales, asumiendo erróneamente que esta historia busca dañar a personas reales. Eso no es así.
Si en algún punto esta historia no es de tu agrado, eres libre de abandonarla. No es necesario continuar leyendo ni mucho menos reaccionar con insultos, amenazas o faltas de respeto. Esto es solo una obra de ficción y debe leerse como tal.
Gracias por tu comprensión.