Capítulo 1- EL PUEBLO, LA CATÁSTROFE Y EL NI
El heredar algo me parecía algo sin importancia, pero todos nacemos heredando algo, yo heredé los cabellos rubios de mi madre, lo alborotado y la textura suave en el cabello lo heredé de mi padre, la heterocromía de parte de mi abuela materna, me hacía tener un ojo de color azul profundo y el otro ojo de un verde calmado, era un mundo raro el que yo había heredado, había pasado un evento que fue llamado de muchas maneras, algunos le decían “ese momento” otros no decían nada, era irrelevante, los ancianos se miraban con cierto recelo de hablar, los adultos seguían intentando sobrevivir en el hostil ambiente sin cuestionarse nada y los adolescentes y niños fuimos nos quedábamos en la burbuja que los adultos construían a nuestro alrededor.
Todo el mundo que yo conocía era un solo continente, aunque nos enseñaban que antes había muchos más, nos enseñaban sobre todo lo que antes era y lo que jamás volvería a ser, se mencionaban catástrofes y que solo una pequeña parte sobrevivió, decían que para saber más a detalle debías estudiar en la grandiosa y única universidad Northcrest, los que estudiaban ahí no volvían al pueblo, se quedaban en la ciudad, muchos decían que lo hacían por la comodidad, pero nunca se les veía, jamás visitaban, solo por cartas sabíamos aproximadamente lo que pasaba, aunque no nos importaba, ya que veíamos como desertores a aquellos se iban, aquellos que no compartían nuestra miseria no merecían ser recordados o eso decían los demás en el pueblo en susurros que se colaban con el viento helado de una despedida fría, aunque hace unos años llegaban algunos exiliados de la capital como castigo que se quedaban a las afueras del pueblo nunca hablaban con nadie, les llegaba comida de la capital, ellos solo visitaban el teatro que para ellos se encontraba después del cementerio local, pero ya habían muerto los pocos exiliados y ya no llegaban más.
Yo vivía en el país de Hierro Candente era uno de los cinco países que existían o que habían sobrevivido tras la catástrofe, mi país era un gran comerciante en cuanto a la pesca y algunas hierbas para aderezar, pero no se llamaba Hierro Candente porque sí, después de varias disputas y problemas llegó el Lord de unas minas que se hizo con el poder, como las tierras de donde el Lord llegó se llamaban Hierro Candente entonces de ahí viene el nombre, podía cambiar por el pasar del tiempo, era lo mismo en otros países.
Vivíamos en las costas frente al mar, pero también teníamos bosques, el mar al que nunca podríamos acercarnos porque no sobreviviríamos era hermoso tenía un color azulado que se volvía demasiado cristalino para ser natural en los días de verano, una clara advertencia era el cadáver de un niño, bueno parte del cadáver, solo quedaba la cabeza chamuscada del infante, aunque solo los adultos lo veían, todos ellos murmuraban preocupados y afligidos, nadie sabía de quien era, todos se preguntaban si eso es lo que hacía el mar cómo es que comían el pescado.
El alcalde informó que los químicos solo afectaban a los humanos, el pescado que vivía en el mar procesaba esos químicos y solo el contacto por más de un día directamente podría quemar, pero tan solo en heridas de grado uno, por lo que el niño encontrado debió pasar semanas o más en el mar, la pesca que se practicaba en el pueblo tenía demasiada protección, teníamos una idea de que eso podría pasar, pero el verlo era otro asunto, todos medianamente se calmaron, aunque jamás supe qué clase de peces eran como para procesar los químicos y nadie más se lo preguntó, a veces de la capital llegaba carne que era bien recibida por todos, puesto que comerciábamos pescado no teníamos acceso a un tipo distinto de carne además que el de pollo que ya cansaba, así que la carne de cordero que llegaba era un alivio para todos, se les servía en especial a los niños y ancianos en comedores al menos una vez al mes en donde todos se unían en la plaza para compartir la carne en estofados preparados por el jefe del restaurante que había en el pueblo.
La plaza era hermosa, una fuente decorada con distintas imágenes grabadas en piedra de sirenas y marineros se hallaba en el centro, el suelo estaba hecho de piedras perfectamente colocabas que tenían inscritos en nombre de distintas personas que ayudaron en la construcción e incluso teníamos troncos cortados como sillas, que habían sido de los primeros árboles que cortaron nuestros bisabuelos para construir el pueblo, el pueblo era como un círculo perfecto, pero teníamos cinco iglesias, cuatro en extremos opuestos de los límites del pueblo y una en el centro cerca a la plaza aunque no en medio, la zapatería y la herrería tenían dos casas enormes que impedían que la iglesia quedara en el centro, tal vez porque ambas fueron construidas antes.
Eran la iglesia noroeste que tenía cerca un árbol de olivo y donde los sacerdotes siempre renegaban de estar cerca al callejón rojo donde había prostitución, solo la notaria impedía que la iglesia estuviesen totalmente juntos, la iglesia noreste estaba cerca al colegio y las granjas teniendo cerca al campo, al igual que la iglesia sureste que también tenía el campo cerca, pero era más conocida por ser la iglesia de los exiliados o iglesia del cementerio, tenía una rivalidad con la iglesia suroeste ya que en los funerales ellos competían por ver con que iglesia ibas ya que ambos estaban de extremo a extremo del cementerio.
Yo nací con mi hermano gemelo, una hermosa conexión sin duda, lamentablemente nunca supe de aquella conexión, mi hermano murió en el vientre de mi madre, nació muerto, aunque por alguna razón papá cuando se emborrachaba gritaba algunas incoherencias sobre ese hecho, era un borracho, tal vez antes era decente cómo para que mamá se enamorase de él, pero, yo jamás sería como él, un hombre fracasado que no ve más allá de sus botas mugrientas con olor a pescado.
El rostro de mamá tenía marcas de su insomnio y maltrato, se veía que ella era una mujer que antes fue guapa, ella tenía una mirada nostálgica, tal vez extrañando algo que no volvería, mamá tejía bufandas y horneaba panes para vender, yo recuerdo dormir en su regazo mientras ella tejía, oliendo su ropa impregnada del delicioso olor de los panes horneados, la recuerdo cantar tristemente mientras yo cerraba mis ojos, así como recuerdo lo que murmuraba de mí “si tan solo no hubiese nacido me hubiese ido de este lugar inmundo” “si tan solo no hubieses hecho este terrible acto de vivir, mamá viviría y yo sería feliz” “si ese día no lo hubiera ayudado, no habría pasado por nada de esto” era una mujer extraña, cansada de la vida y tal vez demasiado cansada para morir, cansada de todo, cansada de mí.
Papá se la pasaba gastando el dinero que ella ganaba con todo el esfuerzo del mundo y lo gastaba en alcohol, no importaba cuanto hubiésemos sufrido para conseguir el dinero, él lo gastaba sin dudar, creía que era su derecho por dejarnos vivir en su apestoso muladar al que llamaba casa que se derrumbaba o eso parecía con las lluvias, mamá y él discutían a menudo, yo me tenía que ir a donde mi abuelo materno, un hombre canoso robusto que vivía renegando de todo desde que murió mi abuela o eso decían todos, él tenía su casa a unas cuadras, renegaba de mí y de mi padre, se preguntaba a menudo cómo es que mi madre fue a parar con tal imbécil, decía que si tan solo mi abuela siguiese viva se volvería a morir de tan solo ver la situación que se vivía y que por si fuera poco yo era un muchacho debilucho que no tendría donde morir tal como mi padre, diciendo que nada que proviniese de ese borracho infeliz pudiese tener un buen final.
Pero a pesar de que estoy hablando enfadado de todos a mi alrededor también habían personas buenas, el señor Christian era un hombre alto, de barba rubia tupida que trabajaba como panadero, él le compraba a mamá los panes que mayormente horneaba aunque también estaba el señor grandote que vivía en el extremo contrario del pueblo, él tenía un restaurante que se encontraba frente al mar, además de ser quien cocinaba el cordero y para llegar debías atravesar varias cantinas, parecía algo de fantasía como el sol se ocultaba dejando un hermoso atardecer para ver desde el restaurante que estaba construido de madera con un estilo rústico, la clase media iba para comer platos del país vecino ya que el señor grandote era un extranjero que había llegado con su esposa para enseñarnos lo que era la mermelada y los placeres del azúcar, el pueblo jamás olvidará al señor grandote por su servicio y por alegrarnos la vida.
El señor Christian negociaba con el señor grandote para comprar distintos productos del país vecino a un buen precio, ambos me caían bien, aunque al abuelo le caía mejor el señor Christian y trataba de unirlo con mi madre, diciendo cosas como “Sabes que te apoyaría para que te divorcies, el señor Christian siempre te mira, te podrías volver a casar y dejar además a tu hijo con el remedo de esposo que tienes e irte.” Pero mamá solo lo ignoraba decía siempre “Es solo un amigo, padre, déjalo ya.” Aunque yo estaba de acuerdo con el anciano ese, solo en desacuerdo con dejarme con el remedo de hombre de ese al que debo llamar equivocadamente padre.
El abuelo tenía un olor a polvo que no evitaba que él mismo me golpease en unos arranques de ira que llegaba a tener de vez en cuando, yo estaba acostumbrado, hasta a mí me daba cólera la situación que vivíamos en casa con mamá y comprendía al abuelo, ver a su hija con un fracasado sin futuro que no sabe más que beber, sería horrible sin duda alguna, pero yo no le hacía nada para que él me golpease, de echo me llegaba a caer bien el anciano ese, los dos hablábamos mal de mi padre muchas veces que nos quedábamos a solas, él leyendo en un sillón verde viejo una antigua novela que tenía el nombre de mi abuela en la portada como nombre de la dueña decía sin mirarme. –Tu padre es un asco.
Yo que estaba aprendiendo a coser mis pantalones, porque mamá se la pasaba trabajando y no podía ayudarme le respondía. –Y un asno. –Él dejaba de leer y se detenía, pero no me sostenía la mirada, nunca supe porqué, aunque las pocas veces en las que me miraba terminaba conmigo mordiendo polvo por las golpizas que él me daba con un palo que tenía en la cocina, aunque lo que realmente me importaba era no lastimarme con la aguja.
*-se parecía tanto a su esposa que el mismo anciano se molestaba, aquel hombre viejo que había perdido a su esposa en una muerte apresurada, también había perdido a su hija con un perdedor que no haría más que arruinar su vida, pero su nieto tenía los ojos de su amada esposa y una rabia descontrolada lo carcomía por dentro, no porque se pareciese a ella, sino porque tenía la sangre de quien la había matado, el padre del niño que tenía en frente suyo era el responsable indirecto de la muerte de su esposa por un accidente en el tren del pueblo, de lo cual se enteró después del matrimonio de su hija, donde además las leyes de la iglesia no permiten el asesinato de un pariente aunque sea solo en derecho, pero había algo que el anciano no contemplaba, su hija en toda realidad posible siempre estuvo destinada a casarse con aquel perdedor-*
Él dejó su libro y bajó la mirada hasta llegar a un maltrecho espacio al que llamaba librero para dejar el desgastado libro que si me preguntan ya rogaba ser leña, la portada carcomida además de desencajada por un corte en la pasta, pero él solo acariciaba la portada con una leve sonrisa que ya era común en el pueblo, con una delicada escritura se encontraba escrito “Dueña: Sherry Castlion de Cariddi” el título de la obra era “antes de las doce, cenicienta” según mi madre que fue la última en tocar el libro aparte del abuelo dijo que era una novela sobre un detective que cometía un error y mata a alguien preciado para el asesino serial de la ciudad donde ocurre la novela y el detective debe descubrir quién es el asesino antes de que llegue a encontrar al único ser querido del detective, su hija; mamá jamás me quiso contar el final, me dijo “un día el abuelo te lo prestará y lo leerás” aunque cada que lo intentaba pedir al abuelo, él me respondía con desprecio “las ratas no leen, se arrastran por el excremento y sus hijos también.”.
Aunque una vez intenté tomar el libro y pude leer apenas la editorial cuando con una pedazo de metal mi abuelo me dio en las manos para soltar el libro dejándome una cicatriz en la mano derecha y una herida que sanó en unos días en las izquierda para recoger el libro que se cayó de mis manos e irse satisfecho después de dejarlo en su habitación.
Un día cuando llegué a la casa de mi abuelo vi a un niño de mi edad, su cabello castaño y ojos negros me miraron también, el abuelo reaccionó enojado gritando. –No te acerques al niño, engendro del mal.
Me miró con tanto rencor que no soportó su corazón y me empujó contra la mesa que tenía en la entrada donde había un florero de cristal azul que terminó roto y clavado en mis brazos y conmigo cerrando los ojos para evitar llorar, por un momento el abuelo se dio cuenta de lo que hizo, pero fue como: “oh mierda está herido, mi nieto está herido … espera … mi nieto está herido, ¡Qué bien!.”.
Sonrió contento y salió por la puerta trasera tarareando una canción, feliz de sus actos cómo si por ser él no fuera a ser un error, me daban ganas de gritarle "engendro tú, viejo senil." Para empujarlo e irme tranquilo después de devolverle todo el dolor, pero no me dió tiempo a reaccionar.
El otro niño estaba atónito frente a lo sucedido, yo solo gruñí despacio entre el dolor, mis brazos ya estaban con algunas cicatrices de anteriores veces, mi cuerpo era más tolerante al dolor, me levanté con dolor ya que tenía que apoyar mis manos en los vidrios azules que se encajaban en mi piel más para poder levantarme; el otro niño se apresuró y me intento ayudar, sus ojos se encontraron con los míos y dijo. –Seguro que el abuelo no quiso hacer eso ¿Quién eres?.
Él me ayudó viendo cómo yo sacaba los vidrios incrustados en mi piel con unas muecas de dolor bastante comprensibles por la sangre y lo profundo que habían estado atorados los cristales.
–Soy el nieto del viejo que no quiso hacer esto. –Él fue a la sala con cotidianidad, cómo si para él fuese suya la casa, parecía conocer bien la casa ya que con rapidez encontró lo que buscaba, unas vendas, una pinza y alcohol etílico, yo lo miré pararse en frente mío esperando algo de lo que yo al parecer no me había enterado.
–Entiendo, dame tu mano. –Le di mi mano sin mucho que pensar, él era un niño como yo; no era ninguno de los adultos que siempre se la pasaban peleando, bebiendo y lastimándome; él sacó los últimos pedazos de vidrio que estaban enterrados más profundo, pasó el alcohol, yo intentaba aguantar las ganas de llorar por el ardor que provocaba y me vendó las manos.
Él me miró, por alguna razón por un segundo abrió los ojos con sorpresa, gritó. –¡Eres tú.! ¡Lo destruirás todo.! Causante de dolor, te mereces más de lo que has sufrido, porque para ti que no sientes dolor esto fue solo un justificante, maldito sea el culpable de las muertes de millones,¡La mataste a ella! Nos mataste, en la cima del risco estas tú y abajo, muertos, están los inocentes, maldito seas Sean Cariddi. –Y corrió desesperado a la cocina refugiándose bajo la mesa, yo fui tras él.
No entendí lo que decía, cuando lo ví tenía un brillo demencial en los ojos, una cólera que opacaba a la del abuelo –Sufrirás y llegarás, llegarás a ser lo que siempre tú debiste ser. –Me miraba con recelo, con odio, como si todo lo malo me lo mereciera y me lo deseara desde lo profundo de su corazón, él siguió hablando.
—Cuando caiga el sol estarás tú, en las sombras, como los monstruos, estarás tú, porque eso eres, un monstruo, ¡Ya lo intenté.! Lo intentamos; cuando el sol caiga, cuando no veamos el sol, la noche será para siempre, los monstruos rondaran las casas y llevarán las cabezas a ti, la luna será la única que nos vea y se reirá lo sé.
Se desmayó antes de seguir diciendo incoherencias, cayó de espaldas contra una pata de la mesa y lo recogí llevándolo de las piernas, arrastrándolo, cuando ya lo había sacado de debajo de la mesa lo pude cargar en mis hombros y llevarlo al sillón verde de la sala.
Estaba hirviendo en fiebre, le puse unas toallas frías con agua en la frente y lo arropé en unas sábanas que él abuelo tenía en el ropero, puse a calentar agua, preparé un té de hierbas, aunque cuando volví a verlo estaba mojado en sudor, le quité la camiseta y le limpie el sudor; aunque no tenía con que cambiarle de ropa, así que le cambié su camiseta por la mía, su cuerpo al igual que los otros niños del pueblo era algo delgado, no es que no comiesen es que no había tanta comida, lo últimos años había una baja en la demanda del pescado y alimentar bocas era lo último que se necesitaba, él abrió un poco los ojos cuando unos quince minutos después despertó, parecía sereno, tranquilo; sus ojos parecían cansados se tardó en darse cuenta de que estaba arropado y con otra ropa.
Ahora quedaba pensar en lo que había pasado, aquel niño que acababa de querer vendarme me había dicho que yo sería un terrible monstruo que sufriría para llegar a lo que yo debía ser, pero ¿Qué debía hacer? ¿Yo siempre debí ser un monstruo?. Noté un zumbido en mis oídos que me dejó mirando la pared llena de grietas, dijo que lo intentaron, es decir había más personas que habían intentado algo; además dijo algo loco sobre la luna, puede que tenga episodios de esquizofrenia porque suena muy loco lo que dice.
Lo que siempre debí ser, ¿Qué es lo que siempre debí ser?.
–Yo … ¿Qué pasó?.
Yo lo miré con calma, le di una taza de té algo caliente, aunque si esperaba un poco más estaría tibio; él tomó la taza en sus manos después de recostarse en el sillón en una mejor posición para tomar el té. –Nada, solo te desmayaste, por cierto ¿Cómo te llamas?.
–Vaya, con que desmayado, ¿Es tu ropa? Muchas gracias, me llamo Lian ¿Y tú cómo te llamas?. –Él sonrió cómo si hasta hace unos momentos no hubiera tenido una reacción algo rara contra mí y tomó otro sorbo.
–Me llamo Sean, Sean Cariddi. –No sabía lo que yo debería ser, así que mientras vagaba confundido en los roses de la locura me refugiaría en la identidad de Sean, en aquel nombre que un hombre borracho, una madre que no ama a su hijo y un abuelo detestable me habían puesto.
Poco después me preguntó sobre mi vida y yo sobre la suya; luego nos fuimos a nuestras casas. Él tenía una hermosa familia, por otro lado yo tenía una que no se preocupaba sobre el maltrato que sufría por mi abuelo. Pasamos tiempo juntos, jugábamos con un pedazo de metal que encontramos, tirándonos desde una pequeña colina hasta que chocábamos contra un árbol y volvíamos a subir la colina para tirarnos, a veces dormíamos en el pasto aunque nadie nos buscaba. Yo seguí ayudando a mi madre a vender algunas cosas para pagar las deudas que nos dejaba con la licorería y él me hacía compañía mientras sus padres trabajaban y lo dejaban al cuidado de mi madre por unas monedas de cobre.
Aunque me había dejado son una enorme duda sobre aquello que yo debería ser, según yo, yo debería ser el patético hijo de un pescador más patético aún, que esperaba no caer en las garras del alcohol que habían dejado a mi padre en un estado de inmundicia que me generaba asco decir que era mi padre, aunque si les soy sincero puedo decir que cada noche me quedaba pensando, que yo sería el monstruo más feliz de existir con tal de no ser un borracho estúpido que maltrataba a su esposa.
En el pueblo casi no había ladrones, los que eran encontrados tenían castigos severos, la infidelidad era algo que no les importaba a muchos, pero si se llegasen a ofender podría terminar mal, existían distintos castigos; para los ladrones se les cortaba o unos dedos o los brazos enteros; si el alcalde era hallado robando sería quemado por sus acciones y se colocaría el cadáver en el portón del pueblo cómo ejemplo, pero debido a este castigo existente solo dos se atrevieron a robar al pueblo y terminaron sirviendo de ejemplo para ahuyentar a próximos alcaldes de robar; si le eras infiel a tu esposa ella podría también serte infiel a ti o si realmente se ofendía podría ir a su iglesia afiliada y pedir un castigo realmente severo, era aplicable para ambos, tanto para los hombres como para las mujeres, aunque muy pocos se atrevían a hacer tal cosa, ya que los castigos más leves podrían llegar a ser mortales; para el homicidio se hacía trabajar al culpable hasta pagar por la muerte de la víctima, pero el precio de una vida es incalculable y por eso mismo trabajaban en prisión hasta su propia muerte, el dinero iba a la familia o si no existía familiar se le otorgaba el dinero a un huérfano al azar para que el atacante pague su condena ayudando a otra vida, para quienes mentían podían morir ahogados por cortarles la lengua, eran destinos fatales que nadie deseaba.
Pero lamentablemente para golpear a tu esposa no existía castigo, se podía ir a la iglesia cerca a la plaza para hablar con el cardenal, pero no existía solución si es que las personas no cambiaban, se llamaban “Problemas de matrimonio.” que debían ser arreglados en el matrimonio y si no se podía, se debía de aguantar hasta que la muerte le llegara a alguno de ellos, pero de manera natural, nada provocado; mamá despertaba deseando no hacerlo, no le importaba si es que mi padre se moría, ella estaba cansada de vivir, pero no se atrevía a soportar el dolor de la muerte en su cuerpo.
Ya la había visto intentarlo, siempre fallaba, solo me daba lástima, verla intentar acabar con su vida fallando miserablemente por su propio deseo de vivir que contradecía todo, no le importaba ocultar sus deseos de mí, ya muchas veces llegaba a mí llorando, con el brazo lleno de marcas, para que le colocara una venda.
Siempre con sus ojos llenos de lágrimas, sollozando lento tratando de no ahogarse entre sus quejidos, sin dirigirme la mirada, solo extendiéndome el brazo sin importarle que yo fuera su hijo.
Por último, aquellos agresores que cometieran violación contra alguien tenían un castigo específico, se pedía a la capital un líquido que podía llegar en una semana aproximadamente y se administraba el líquido por la nuca con una jeringa de punta gruesa, aquel líquido impedía en su totalidad el sentir algún placer, cualquier placer que se sintiera por cualquier cosa era reemplazado por un dolor desgarrador del que jamás podrías llegar a adaptarte; aquel sentimiento de placer en las mañanas por descansar un poco más era reemplazado por un ardor terrible, llorar no calmaba tan solo aumentaba el dolor, no era correspondiente el sentir dolor no te generaba placer si no que aquel líquido aumentaba la sensación.
El sucio Charlie era un adulto andrajoso de cabello negro grasiento que se pasaba los días molestando a las mujeres del pueblo, un día se pasó y abusó de Amelia la hermana de Claude, el bibliotecario, todo el pueblo lo repudió enormemente, lo atraparon mientras intentaba escapar y lo sometieron, lo dejaron en la prisión por un día, recuerdo que, aunque él molestaba a las mujeres del pueblo jamás se había atrevido a tales cosas, me sorprendió mucho cuando sucedió, recuerdo que siempre fue amable con los niños y a veces regañaba a mi padre por como trataba a mi madre aunque mi padre lo invitaba a beber con él, Charlie jamás se le unía y siempre me miraba con cierto dejo de tristeza, el juraba que no había sido el culpable y que Amelia mentía sobre lo que realmente había sucedido, que él ni siquiera estaba ahí y que ella solo quería llamar la atención del señor Luca, el responsable de los castigos, algo así como un policía, pero ella lo negó llorando entre los brazos del mismo Alejandro que la sostenía furioso por las acusaciones de Charlie, la señorita Isabela que en ese entonces era la maestra local se decepcionó profundamente de Charlie y se fue del pueblo.
El señor Claude se enojó mucho por lo sucedido y recuerdo que cuando estaba al día siguiente del arresto de Charlie pidió que hasta la espera Charlie tuviese otro castigo más. En la plaza mientras yo estaba con mamá sujetaron al sucio Charlie, el señor Claude lo golpeó brutalmente hasta que casi muerto Charlie lo detuvieron por fin, el sucio Charlie fue amarrado en la plaza a un palo de madera fuertemente sujetado al suelo por días, le daban agua para evitar que muera y apenas le permitían sombra, un día antes de que llegará su castigo me acerqué para darle un poco de café y pan con queso por la noche –Por defender a mi mamá. –Dije acercándole la comida a sus manos encadenadas, aunque fuera un criminal nadie más había defendido a mi madre y aunque no por eso estaba bien lo que hizo, yo debía agradecer.
Él con sus ojos cansados y cara herida sonrió, tomó con sus manos heridas por las cadenas toscas la comida, su ropa estaba empapada en sudor y sangre propia, entonces dijo algo que a veces recuerdo por las noches –No eres como él. –Después pareció acordarse de decir algo. –Escucha niño, pase lo que pase, no termines cómo tu padre, jamás pises.
Y en ese momento salió el señor Claude tras de mí al ver cómo me acercaba a Charlie. –¡vete niño.! No te acerques a ese animal.
El sucio Charlie se removió tragando apresuradamente el pan con queso y tomando el café para voltear a ver al señor Claude y decir. –Deja en paz al niño, Claude. –Suspiró acostándose contra el palo de madera al que sus cadenas lo ataban dándome la tasa donde había tomado el café, parecía que quería completar la frase de antes, pero se veía que el señor Claude estaba ya muy enojado para soportar más palabras. –Ya se iba.
Yo escapé apresurado a casa abrazando fuertemente contra mi pecho aquella taza, mamá no hizo preguntas sobre a donde me había ido, solo tomó la taza y la lavó mientras un silencio incomodo nos abrumaba, hasta que ella dijo. –Está bien hijo, no hiciste nada malo.
Yo la miré con cierto temor y tristeza. — ¿Crees que realmente lo hizo?.
Ella solo se calló mientras preparaba la cena para papá que por la hora seguramente ya estaba por llegar, pero no me respondió, solo se quedó en silencio, igual o más triste que yo, más tarde Charlie se suicidó, casi nadie había soportado, aquellos que eran castigados con ese líquido eran dejados en libertad porque a partir de ese momento ningún episodio de su vida iba a ser grato, por lo que los propios castigados no soportaban y se suicidaban al pasar pocos días y justo ese día llegó el Sheriff Leopold en reemplazo del señor Luca que se retiró a Clemensa, que era un pueblo algo lejano para descansar ya que aunque era joven él había llevado un buen tiempo siendo Sheriff y ya necesitaba descansar del cargo, tal vez le darían un nuevo trabajo o algo así.
—Amelia no había decidido mentir de tal forma de la noche a la mañana, su madre le había dado la idea, aunque al ver como lo que ella había planeado se salió de control prontamente decidió seguir con su farsa para no ser castigada en el lugar de Charlie, ya que su castigo por mentir sería la muerte.
Charlie tenía algo con Isabela, la maestra, ambos planeaban casarse, Charlie había conseguido empleo con el granjero de las afueras del pueblo llamado Axel Redfield, Isabela se acercó para preguntarle si era cierto, pero lamentablemente jamás pudo escuchar la respuesta de la boca de Charlie, aunque no era necesario Isabela confrontó a Amelia para preguntarle y ella le confesó todo sin mucho esfuerzo, pero la retorcida mente de Amelia vio una oportunidad, le dio un plan a Isabela con el cual todos ganarían, Charlie sería libre, Isabela estaría con Charlie felices y Amelia con Alejandro De Luca, un plan tan tentador que se valía de la fe para completarse, aunque tan solo se quería deshacer de ella ya que sabía que Alejandro gustaba de Isabela.
Isabela la miró con furia. —¿Por qué hiciste eso? Le arruinaste la vida.
—Siempre fue una molestia, cada vez que yo pasaba cerca suyo me molestaba. –Dijo Amelia intentando excusarse.
Isabela estaba muy irritada mientras veía a Amelia sentarse cómodamente sin temor o culpa sobre sus actos. –Él ya no te molestaba, ya no lo hacía.
—Ya no importa; si digo que mentí, moriré en su lugar y si dices algo de lo que te he dicho diré que lo haces porque tienes algo con él y por mentir tu sufrirás un destino más rápido, pero igual de horrible. —Amelia planeaba algo entre sus palabras, algo que terminaría en una desgracia para quienes ella planeaba arruinar la vida.
Isabela estaba desesperada no podía sentarse por los nervios del enorme problema que Charlie enfrentaba. –Haz algo, no puedes dejarlo así, él no tiene la culpa de esto.
—Puedo hacer algo, pero tendrás que tener fe. –Aunque Isabela no podía verla Amelia sostenía una sonrisa triunfante al estar tan cerca, tan cerca de obtener un triunfo total sobre todos.
Isabela estaba al borde del cansancio así que con ansiedad respondió. —¿Qué puedes hacer?.
—Mira diré que tú me obligaste a mentir para ver sufrir a Charlie por molestarte, así lo liberarán. –Amelia estaba a poco de culminar su plan, aquel que había tejido desde sus redes oscuras.
—Pero me matarán por obligarte a mentir. –Dijo Isabela dándose cuenta.
Entonces Amelia se puso nerviosa con un éxtasis increíble que disimuló jugando con sus manos. –No te matarán, porque ya estarás lejos, te irás a un pueblo lejano donde no te conozcan, liberarán a Charlie y le diré dónde encontrarte para que vaya por ti.
Isabela estaba de acuerdo con el plan; le dio a Amelia un collar para que le diera a Charlie para que sepa que ella lo apoyaba, pero antes de irse del pueblo se acercó a la iglesia cerca al colegio donde pidió con todas sus fuerzas que todo saliera bien y luego se marchó a Clemensa, otro pequeño pueblo de Hierro Candente que se encontraba más cerca a los bosques sin salida al mar.
Amelia se acercó a donde estaba Charlie en la madrugada, despertándolo. —¿Qué deseas Amelia Blackstone?.
—¿De ti Charlie Nielsen? Nada, solo tengo un regalo, o más bien darte uno que alguien no quiso darte. –Le dio el collar de Isabela tirándoselo bruscamente. –Ella me lo dio para apoyarme, dijo estar muy decepcionada de ti, jamás creyó que serías así, por lo que dejó el pueblo, siendo prácticos tú la decepcionaste tanto que no soportó la idea de volver a verte.
Charlie sonrió. –Eso es claramente una mentira Amelia, todo lo que sale de ti son mentiras, ella jamás haría eso, ella sabe que no soy culpable, saldré de esto me iré a por ella, aunque el dolor me mate.
—Como digas Charlie. –Entonces Amelia se fue del lugar dejando a Charlie algo destrozado y pensativo sobre si realmente Isabela lo había dejado.
Al día siguiente llegó Sean para darle la comida, Charlie al verlo y decirle “No eres cómo él.” se refería a Claude que también era su amigo y no le dio tiempo a explicar y se negó a creer si quiera sus palabras. Dos días después el padre de Sean, llamado Logan Balotelli llegó, a Sean le gustaba usar el apellido de su madre Cariddi, ese día Logan no estaba borracho como normalmente lo estaba y se acercó a quien una vez fue su amigo en el club de literatura en el colegio.
—Bueno, viejo amigo, a que lugares llegamos, es algo realmente curioso ¿No te parece?. –Logan aún olía a cerveza como siempre, pero se notaba que ya no estaba ebrio, miraba al hombre herido que antes fue su amigo sentándose al frente de él.
Charlie lo miró curioso, ambos eran amigos cuando eran jóvenes, pero al menos ya no lo eran, no después de lo de Roger. –No somos amigos, ya no lo somos.
—Ese día, yo cometí un error, del cual hasta ahora me arrepiento, pero tú, mi viejo amigo, no cometiste ninguno y aquí estas, atado como un perro a un palo en la plaza, meterte con la hermana de Claude. –Empezó a reír al darse cuenta del hecho.
Charlie empezó a compartir un poco de la risa, pero paró. —¿Por qué lo haces?.
Entonces Logan paró de reír abruptamente. –No puedo aguantar mi conciencia, sabes lo que hice y apenas puedo soportarlo, yo, tengo un hermoso hijo y una bella esposa, pero no los disfruto, es mi culpa.
En ese momento Charlie tuvo la curiosidad de preguntar si es que se fue Isabela, pero prefirió creer que ella sabría diferenciar lo que sucedía y que ella jamás lo dejaría a merced de Amelia. –No debiste pisar suelo santo sin dar tus gracias.
Logan miró a su viejo amigo; quienes pisaban suelo santo sin dar sus gracias eran malditos por los dioses a los que les gustaba tener una excusa para jugar con sus víctimas predilectas. —Ya no importa.
Esa fue la primera vez que Charlie bebió licor junto con Logan y sería la última. Llegó el día de la ejecución, con esposas de madera atraparon las manos de Charlie en su espalda y con las mismas sus pies, frente a todo el pueblo fue inyectado, sus gritos de dolor eran escuchados, nadie hizo nada más que mirar, después de eso lo dejaron libre y Alejandro De Luca se pronunció. –Lamentablemente siguen existiendo criminales y ¡Esta es la única manera de reprimirlos.! A los próximos a quienes se les ocurra hacer tales tonterías les irá así de mal, ¡Es un castigo de los dioses.! Y nosotros somos sus mensajeros. –Se calmó acomodándose el cabello para atrás. –Lamentablemente me retiraré a Clemensa. –El pueblo clamó triste por la partida de Alejandro, él se acomodaba en la chaqueta una carta, una carta que era de Amelia para Isabela.
Amelia había ido a correo en la mañana cuando se encontró con Alejandro que la llevó a un rincón de su casa, claro ella lo siguió encantada. –Alejandro no creo que debamos estar solos, podría haber malos rumores sobre nosotros.
Él la miro riéndose por lo bajo. –No insinúes nada, mira que meterte con Jonás Rossi para incriminar al pobre Charlie, jamás nadie llegó tan lejos por mí. –Alejandro era un hombre joven de cabello negro que siempre trataba de ir bien arreglado, repudiaba a Charlie y su asqueroso hábito de ir siempre desarreglado, deseaba ser todo lo contrario a él; pero aun siendo mejor Isabela había elegido estar con Charlie, “Inimaginable, fantasioso, horrible, asqueroso.” Era lo que él pensaba.
—Así que lo sabes, sí, hice todo eso por ti ¿Qué harás con eso?. –Ella se acercó con una mirada que solo le daba asco a Alejandro, pero se obligó a sonreír frente a ella.
—Te daré las gracias por dejarme el camino libre. –Con un hábil movimiento le quito la carta dirigida a Isabela de las manos. –Pero fue trabajoso que Jonás se quedara callado para poder ejecutar a Charlie, así que no va a pasar nada entre nosotros. –Se alejó triunfante del costado de ella para salir de su casa dejando la puerta abierta, no tenía que preparar nada, nada en esa casa le preocupaba, ni los muebles, ni la ropa, ni Amelia, solo tenía que irse de improviso a Clemensa, ya estaba en tiempo para pedir un traslado urgente.
Y ahora estábamos en la función, de nada servía decir la verdad, solo sería más problemático, Amelia miró a la distancia como el plan se le estropeó, aunque Charlie fue ejecutado ya no iba a poder estar con quien deseaba. Alejandro lo sabía todo y ahora iba a buscar a Isabela para apoyarla en el duro golpe que había sufrido, pues en la carta decía que Charlie se había suicidado, aunque para eso faltaba algo de tiempo, ya que Charlie recién había sido ejecutado con el líquido, Alejandro se fue en tren esa misma tarde siendo despedido por todos en el pueblo. Mientras Charlie se arrastraba adolorido por las calles, el respirar dolía, la libertad en sus muñecas se sentía como un potente ardor que consumía sus venas, se arrastró como pudo, pero no llegaba, no llegaba donde Isabela, aunque estaba tan cerca; Claude salió de la librería corriendo cuando su hermana al estar frustrada le reveló sus planes fallidos, Claude vio a quien fue una vez su mejor amigo arrastrándose adolorido para ir donde Isabela, lo tomó del brazo y lo dejó apoyarse en su hombro. –Discúlpame, pase lo que pasé, discúlpame. –Lo llevó a la casa de Isabela que se encontraba deshabitada, Claude no podría delatar a su hermanita aunque lo deseara ya que la matarían –Por favor discúlpame.
Charlie solo suspiró profundamente herido, aunque ya no por aquel líquido, sino porque Isabela lo había dejado ahí, solo y sin salida, no pudo decirle nada a Claude, días después Charlie desapareció, solo encontraron sangre en donde él pasaba las noches que era un callejón algo arreglado y también Amelia había desaparecido, todos dijeron que fue por la tristeza de no vivir con quienes amaron y tal vez fue así, pero aún falta para revelar eso.–
Los cumpleaños pasaron, todos eran mayormente iguales, tal vez porque eran como un día cualquiera, aunque uno fue en específico el que más me gustó, era mi cumpleaños número diez, en ese día mamá parecía haberse dado cuenta de que yo también existo y aunque no preparó nada en especial se acercó a mí en la noche mientras yo me arropaba en las cálidas sabanas. –Sabes hijo, una vez tu abuelo me contó una historia, creo que es tiempo de contártela.
—Si es el de las abejitas ya me la contó papá, aunque fue algo explícito con el polen. –Dije mientras intentaba que pasara todo rápido.
Ella sonrió un poco, lo cual era mucho siendo ella. –No, esa no, es la historia de la oscuridad. –Dijo en un tono que ella trató de sonar misteriosa.
–Existen once dioses gobernados por Solarius, el resplandeciente Dios Supremo. Su luz iluminaba el universo, y bajo su guía, el orden reinaba. Sin embargo, la Diosa de los Sueños, Oneira, sintió envidia de la posición de otros dioses, especialmente de Eterion, el guardián del tiempo, y de Fortuna, aquella que teje el destino y da la suerte.
Ya en la iglesia hablaban de estas cosas, pero nunca habían contado estas cosas, nunca decían que Oneria había sentido envidia, ni que eran doce, si no diez.
–¿Por qué tenía envidia?.
—Tal vez la molestaban mucho o se sentía más dejada de lado por no ser tan importante, pero eso no importa, no por ahora. –Entonces se acostó a mi lado acomodándose mejor para contarme más.
–Oneira, astuta y maestra de los sueños, tejía visiones en la mente de Solarius. Le mostraba destellos de un futuro incierto, donde el tiempo y el destino se corrompían por no ser controlados por él, creando grietas en el tejido del cosmos. Convenció a Solarius de que era necesario tomar medidas para preservar la armonía, que era mejor que él destino la impartiera él y que el tiempo no fuera de nadie.
—De hecho, suena bien. –dije mientras escuchaba atento.
—Con semillas de desconfianza plantadas por las visiones, Solarius comenzó a cuestionar las acciones de Eterion y Fortuna. Oneira avivó las llamas de la incertidumbre, presentando eventos pasados de manera distorsionada. Solarius, tomó la decisión de desterrar a los dos dioses a la tierra prohibiéndoles usar sus poderes ¿Preguntas antes de seguir?. –Dijo mirándome tratar de no interrumpir.
—¿Ellos dejaron sus poderes? ¿Así como si nada?. –Pregunté con fija atención en su respuesta.
Entonces papá entró por la puerta, estaba algo dormido, pero por primera vez en su vida decidió no arruinarlo, puso una voz ronca mientras imitaba una voz aún más gruesa —"Para preservar la luz y el orden, debemos tomar medidas drásticas", proclamó Solarius, convencido por las visiones manipuladas de la malvada Oneira.
Jamás papá había sido tan decente en no vomitar en la entrada y pelear con mamá como habitualmente lo hacían, por un momento, por un segundo pude ver en él a un padre, pero pronto cayó dormido de cara mientras murmuraba algo de cervezas y pescados por lo que mamá siguió con su relato sola, mientras se nos pasaba el susto por la rara interferencia de papá que no había tenido ningún episodio de borracho por el momento.
—Los dos dioses no podían ir contra el que era su rey, solo bajaron la cabeza y asintieron para irse al mundo, retirarse voluntariamente. "El equilibrio es frágil", dijo Eterion con resignación. "Si nuestra partida preserva la paz, así sea" Dijeron ellos dos a su rey, pero le pidieron que los dejara conservar sus poderes, aunque ellos no los usarían pensaban que servirían mejor como recipientes de ellos para que nadie los use, se dice que si te encuentras con alguno de los dos dioses te pueden bendecir a cambio de alguna ofrenda mínima.
Después del cuento con mamá llevamos a papá a la cama para dejarlo descansar y pronto me sumergí en un grato sueño de mi único cumpleaños sin molestas peleas sin sentido que ya al día siguiente volvieron, pasaban los días tanto como las noches y al final mis recuerdos más gratos eran con Lian jugando despreocupados por todo lo demás.
Un día de verano a mis trece mamá me dijo que fuese a dejar unos panes que previamente había hecho, estaba tentado a comerme esos panes pero no debía, ese dinero era importante, aunque papá no hubiese dejado para que yo pruebe comida en un día entero, mamá estaría decepcionada si es que me comía esos panes, en el camino me encontré con Lian, dejamos el pan en la casa del carnicero donde su esposa nos regaló unos caramelos para que sigamos haciendo bien nuestro trabajo y para que no le digamos a su esposo que lo está engañando con el cartero nuevo del pueblo, pasamos por la iglesia del centro de la ciudad con algunos de los caramelos en la boca saboreándolos, yo tenía unos de limón mientras que Lian tenía los de sabor a fresa.
Antes de acercarnos más Lian y yo hicimos una reverencia donde correspondía, en cada iglesia existía una línea hecha por piedras rojas donde debías hacer una breve pausa antes de seguir, los sacerdotes decían que era por cortesía, pero siempre se debía de hacer, así nos acercamos viendo por la ventana de cristal de la iglesia a los niños del coro cantar, eran los hijos de las familias de los de clase media acomodada del pueblo, yo cerraba los ojos para escuchar la melodía, pero él en un momento me interrumpió diciendo.
–Ella es guapa ¿No?.
Abrí los ojos y lo miré con duda, él al darse cuenta de mi mirada me señaló a una niña pelirroja que cantaba con más entusiasmo, era Lea, a mí parecer más guapa era Sophie, una niña rubia de ojos avellana que su compañía me parecía más tranquila, Sophie era algo especial para mí, siempre me ayudaba en el colegio convidándome de su almuerzo, ella decía que le gustaba escuchar mi voz así que ella me dejaba hablar de lo que sea mientras callaba para escucharme, Lea era otro asunto, no me caía bien ni mal, simplemente existía para mí y yo para ella, si ella desapareciese no diría que bien pero tampoco me alarmaría más de lo que podría alarmarme la desaparición de una niña en el país vecino, simplemente seguiría con mi vida, yo solo me encogí de hombros. –Supongo que lo es, todas son guapas, solo creó que eres muy joven para esto.
Él me miró con ironía. –También tienes mi edad sabiondo.
–Soy mayor que tú por dos meses. –Me burlé.
Él volvió a mirarla suspirando sonoramente. –Si pudiera casarme con alguien sería con ella.
Imité su suspiro para decir. –Si pudiera casarme con alguien sería con nadie.
Yo la miré, esperando ver lo que él veía en ella, pero el amor era como Esteban el viejo amigo de mi abuelo, ciego; no vi en ella nada que me agradara, su voz era normal aunque ella intentase destacar, su cabello rojizo era parecido al de Antonieta, la hija del nuevo cartero, nada era especial a mi vista, supuse que ya estábamos entrando en la adolescencia, era algo normal que nos creciera la barba, que tengamos la voz más gruesa y que el gusto por las chicas se nos atrofiara, luego miré más arriba y conecte la mirada con Sophie que se sonrojó al mirarme y yo sonreí amablemente, guarde unos cuantos caramelos en el bolsillo de los que tenía en la mano, le invitaría después, Lian me miro y dijo. –Eh, no le hagas ojitos a ella.
Yo lo miré rápidamente y con cierto tono de indignación le pregunté. –¿Qué?.
–Tú y ella se miraron y se sonrojaron, yo la vi primero.
Estaba haciendo un puchero mientras sonaba algo desilusionado
—Lea siempre había sido una niña algo testaruda que se la pasaba muy triste porque la marginaban debido al trabajo de su madre, de su padre no sabía nada, pero casi todos los adultos del pueblo la trataban como una hija, tal vez porque existía una posibilidad de que fuera uno de ellos su padre biológico, pero las señoras la maltrataban por lo que ella aún con su rebeldía marcada en su carácter aprendió a comportarse de una manera más adecuada para que las señoras llenas de cólera no tuvieran oportunidad de maltratarla más y aunque Sean no recordara una vez Lea lo encontró en plena lluvia, la madre de Lea la estaba esperando en casa y Lea se había quedado dormida en la biblioteca por lo que se apresuró para ir a casa, aunque frente a la zapatería se encontró a Sean quien se encontraba sentado junto a una caja donde descansaba un cachorro negro con un lindo pelaje aprovechando el techo de la zapatería que los protegía, ella se acercó a ellos en silencio mirándolos.
—¿Quieres adoptarlo?. –Preguntó él mirando al cachorro que se hacía bolita para dormir.
Ella lo pensó, seguro que cuidarlo le iba traer muchos problemas. –No puedo, probablemente cuidarlo será difícil, además más que eso no quiero meter en problemas a mamá, ya sabes.
Él la miró, estaba algo empapada, así que sacó el pañuelo blanco con el que envolvía los panes que ya había enviado y se lo extendió –Es del hijo del carnicero, su padre ya no puede permitirse más perros, además dijo que la gente no distinguiría carne de cordero que la de perro, así que planeamos darlo en adopción, antes que lo maten, pero … Es difícil.
Ella se sentía mal, su estómago se removió con culpa por el cachorro. –Disculpa si no puedo ayudarte, sabes cómo terminará esto para mi si me meto en problemas.
Él entonces miró al suelo con decepción, tampoco deseaba obligarla, ella también sufría tanto o más que él, aunque ella tenía a su madre que la amaba, pero había visto cuan malas eran con ella las señoras que no podían ocultar sus ansiosos celos por su madre. –Tranquila, las señoras solo están celosas porque tu madre es más bonita tanto por fuera como por dentro, no como ellas que son feas hasta cuando hablan tan mal de alguien tan amorosa como tu madre. –Dijo él sacando ánimos para sonreírle.
Entonces la lluvia empezó a apaciguarse, él tomó la caja desde abajo para que no se rompiera por el peso del cachorro que se removió de su sueño por el movimiento de ser cargado con todo y caja, ella lo miró, pero no dijo nada, solo lo miró alejarse lentamente mientras ella sonreía, ciertamente su madre era la más bonita, Lea fue corriendo a su casa, aunque casi hubo un accidente y choca de cara contra el suelo, entró y su madre preocupada la abrazó. —¿Lea? ¿Dónde estabas? Me tenías preocupada.
Lea entonces pudo comprobar una vez más que sin duda alguna, las señoras que tanto la molestaban con regaños y algunos leves castigos estaban celosas de la belleza de su madre, que tan solo con su cara ya estuviese preocupada o feliz era hermosa y era tan hermosa que hasta sus sentimientos lo eran por otras personas. –Estaba en la biblioteca, mamá, me dormí, disculpa.
Su madre entonces sonrió con ternura. –Está bien, tranquila, la próxima ten más cuidado, te traeré ropa para que te cambies.
Lea entonces la miró con cautela mientras su madre iba a por ropa armándose de valor. –Sé que esto te puede molestar, pero ¿podemos adoptar un perro? Yo lo cuidaré, te lo prometo.
Su madre llegó con ropa. –Bueno, no te puedo regalar nada en tus cumpleaños ni en ninguna fecha, además últimamente me va bien y aunque estamos mejor, pronto tendré dinero para abrir una tienda, disculpa si no te puedo dar mucho mi niña, pero. –Entonces miró los ojos de decepción de su hija y por fin dijo. –No debiste ni preguntar, claro, puedes tener un perrito.
Lea después de cambiarse fue a por Sean que le había dejado el perrito a Lian para que lo cuide mientras él se iba a preguntar al bibliotecario, en ese momento Lea sin prestar atención a Lian tomó al perrito entre sus brazos y sonrió plenamente, justo en ese momento Lian se enamoró de ella, aunque a ella se le quedo cierto gusto por cierto niño de ojos heterocromáticos con quien su madre empezó a fastidiar oportunamente cada que podía.—
Yo miré de vuelta a ella y en efecto ella me miraba sonrojada, aunque yo estaba mirando a Sophie. –En primera yo estaba viendo a Sophie, en segunda seré pobre, pero eso no me hace tener mal gusto y tercera no es de quien la mira no es de nadie, a menos que nos salga como su mamá que ella es de todos. –Su mamá era una prostituta, todos lo sabían, a mí parecer todo trabajo es honrado y de hecho su mamá era una mujer muy agradable, más que las víboras esas que hablaban mal de ella a sus espaldas que eran las otras madres.
Él me miró tranquilizándose, me sonrió y cuando me quiso decir algo el coro había terminado, los niños habían salido rápidamente y mis ojos fueron a buscar a Sophie, le tenía que decir algo urgente, así que mire a Lian y dije. —Ve donde Lea, dile algo entretenido, no sé, mientras voy donde Sophie, necesito contarle algo.
–Bueno, pero hay de ti que no me invites a jugar. –Yo sonreí y asentí.
Fui a donde Sophie que estaba con Marie hablando tranquilamente, Marie era hija del bibliotecario, tenía cabello castaño y la piel morena parecida a su padre, su madre había muerto y habían rumores de que realmente no era hija de la esposa del bibliotecario si no de una amante del señor, ya que su esposa murió en extrañas circunstancias y ese día también dio a luz una prostituta que había llegado hace poco al pueblo en un bus donde solo venían la prostituta y el bibliotecario, pero el bebé de la prostituta se perdió misteriosamente, yo me acerque como un zorro se acercaría a su víctima y saludé. –Eh damitas, un gusto en verlas.
La clasista de Marie solo me miró de pies a cabeza, ella y yo ya teníamos historia, si ella me fastidiaba con mi clase social yo podría fastidiarla con su tono de piel, que se joda todo.
–Acabamos de dar limosna, así que hoy no, gracias.
Sophie solo río entre dientes, viéndonos pelear, ya era costumbre, no me ofendía, perdía quien se ofendiese, así era el juego.
–¿Quién le dio a la esclava permiso para hablar?.
Marie hizo una mueca de desagrado, ya se había ofendido, solo se limitó a darme la espalda y decir antes de irse. –Si el mugriento ese hace algo que te incomode me avisas, no va a salir sin recibir una buena patada en sus flácidas posaderas.
Sophie estaba riéndose, viendo todo, yo solo suspiré y le di algunos caramelos.
–Me los dio la mamá de Raphael, quería compensarte por la comida que me compartes, sé que es muy poco, pero algún día podré darte lo que sea que me pidas.
Le di los caramelos mientras caminábamos al árbol bajo la colina, ella se sentó bajo la sombra de este y saboreo el caramelo.
–Es más como un regalo, no tienes que compensarlo, pero acepto tus caramelos. –Desató sus rubios cabellos ondulados que cayeron hasta por debajo de sus hombros mientras me miraba y yo a ella.
–Claro que debo darte algo, dicen que tu padre fue ascendido, no te veré tal vez nunca, me parece obligatorio agradecerte, eres alguien muy especial para mí ¿sabes?. –Su padre era un científico, no había ido a la universidad, pero unos años en política y unos inventos después y ya lo habían llamado a la capital.
Ella sonrió levemente mientras se acomodaba el cabello, dejando de mirarme por un momento. –¿cómo soy tan especial para ti?. –Sentí que mis mejillas ardían en la vergüenza que sentía me abrumaba, pero tan solo me quedé en silencio hiperventilando por dentro y le di otro caramelo para dejar el tema de lado.
Ella suspiró mientras yo me sentaba a su lado mirando la colina. –Antonieta y Marie no se llevan muy bien, tú sigues siendo un desastre, te dije que le pusieras más ganas a estudiar, Rosse y Raphael, esos gemelos son unas bombas de tiempo, te digo que algún día por fin lograrán hacer lo que quieran y será un caos.
Yo dejé mi cabeza caer sobre su hombro. –Antonieta es nueva, tranquila, hará amigos, seguro se llevará bien con James, ambos son unos chismosos, ya estoy mejorando en los estudios, los gemelos seguro estarán bien, se tiene el uno al otro.
Apenas termine de decir eso se escuchó un grito lejano de la rectora del colegio gritando los nombre de los gemelos Rosse y Raphael, la rectora era una señora mayor que le alcanzaba la energía para correr tras de los niños problemáticos que les había tocado, sus canas muestras de su edad la acompañaban desde que tenía memoria, siempre llevaba recogido su cabello y sus lentes rojos característicos eran lo único que no le habían roto, sus ojos marrones casi negros que se agitaban ante la presión de unos niños tan revoltosos eran algo único, aunque decir ojos es demasiado, ella había sufrido un problema con una bacteria que se había comido parte de su ojos derecho, usaba un parche de vendas que a todos alguna vez nos había dado miedo, ambos gemelos hijos del carnicero o de alguna aventura de la esposa del carnicero pasaron como alma que lleva el diablo, mientras ellos huían pasaron enfrente nuestro con rapidez señalando con un dedo sobre sus labios que nos callemos, poco después la rectora sin cabello pasó siguiendo su rastro, al parecer le quitaron su peluquín que había tenido que usar desde que los gemelos la raparon dormida.
La rectora pasó sin preguntarnos porque los había visto, pero nosotros nos mantuvimos callados hasta que la rectora no se veía cerca y por fin soltamos la carcajada. –Creo que sí, estarán bien. –Dijo ella viendo la escena.
–Me parece que le tomaron el pelo a la rectora. –Sonreí.– Vamos a estar bien Sophie, todo va a estar bien, haré lo posible para encontrarte en la capital, pero ¿Por qué me ayudas tanto?.
Dejé mi cabeza caer sobre su regazo mirándola aunque ella miraba más allá, más allá de todo o al menos más allá de mí, ella suspiró tranquila como si pudiese morir en ese momento y ser feliz, ella pasó sus manos por mi cabello y cerré los ojos por un momento, tal vez no quisiera ser un monstruo, tal vez solo sería feliz si todo salía bien; pero a mi lado no sería feliz y sería un monstruo por hacerla llorar, al final el mejor final era conmigo muriendo, con un mundo sin conocer al monstruo que mi mejor amigo me había profetizado que sería y con una Sophie que me recordara con tristeza como el niño hambriento al que alguna vez ayudó, pero que por azares del destino murió trágicamente y que nunca olvidaría, si yo muriese todos serían felices, pero yo era tal vez de nacimiento un monstruo, uno que como todo ser no deseaba morir, uno que deseaba todo de todos aunque no sirviera de nada, que prefería el final más desastroso para todos que el más feliz.
Solo necesitaba un empujón, tan solo un poco más y trataría de evitar el cruel destino que me había insultado en la cara, pero ella en ese momento solo dijo. –¿Por qué no? Todos debemos ayudarnos.
Después de un rato acompañándonos la llamó su padre, era hora de irse, me dio un beso en la mejilla, una despedida breve, pero suficiente ¿Realmente hubiese cambiado mi destino por ella? Era algo egoísta, dejarle la culpa de las acciones a otras personas, pero también era más fácil que aceptar que todo es culpa nuestra, al final del día no es culpa más que de uno mismo y por ello el destino nos ayuda, porque después de todo todos estamos destinados a algo, podemos culpar al destino de todo aquello que pasé y hagamos, porque al final del camino somos una historia ya contada y si es así no hay porque luchar, tan solo aceptar nuestra culpa.
Al final me quedé un rato viendo al árbol, era tan hermoso, me recordó al mito de Aquiles que mi madre una vez me había narrado, como en un momento de la historia la madre de Aquiles le hace decidir entre tener una vida tranquila y pacífica o una gloriosa, pero dolorosa vida que jamás sería olvidada, tal vez yo era Aquiles y tal vez habían decidido por mi o tal vez siempre elegí una vida gloriosa siendo esta una mera excusa de mis actos tal como había dicho Lian, cada noche lo pensaba, siempre me preguntaba quién era yo, qué sería de mí.
Pasé por la zapatería, Lian se encontraba hablando con Lea, se veían bien juntos, pasé de largo, tal vez ese día algo hubiese cambiado si me hubiera detenido para hablar con ellos y no iba a casa tan temprano, cuando llegue apestaba a alcohol a lo lejos, pero algo era raro en todo, por un momento pensé que este momento seria decisivo, pero un grito desesperado que para mí era obvio que provenía de mi madre me hizo abrir la cerradura de la puerta sin pensarlo, aquella puerta con la pintura acabada, ya cayéndose, había ocultado la asquerosa escena que se presentaba adentro, mi madre en el piso, muerta, sus cabellos empapados en sangre, una botella de vidrio cayó al suelo, mi padre detrás de toda la escena se encontraba con la camisa fuera de lugar, desabotonada, con unos cuantos rasguños en la cara y con una expresión colérica que no podía indicar más que realmente mató a mi madre, sin importarle lo que yo pudiese ver tomó desde las rodillas el cadáver de mi madre y la arrastro hacía la cocina, no sentía mi cuerpo, era una sensación parecida a flotar, un estado en el cual sinceramente nada era más importante que el terror que tu cuerpo empieza a sentir, pero aun contra todo algo más allá de mi entendimiento respondió cuando mi padre me llamó desde la cocina y contra todo pronóstico mi cuerpo obedeció a su voz.
Papá tenía una mirada oscura, loca, sus ojeras pronunciadas por una sonrisa que no era oportuna después de matar a su esposa, él solo me señaló una silla donde me senté en silencio, miré con horror como aquel ser al que yo alguna contada vez había abrazado y dicho padre tomaba el cadáver de mi madre para despellejar, rebanar, diseccionar, con total calma y sin temor.
Él dejó el cuchillo con el cual cometió todo a un lado de la carne descubierta, miró los huesos, los músculos expuestos, la sangre que escurría hasta sus dañadas botas, todo como un trabajo bien elaborado, asintió con agrado, con una desagradable alegría se lamió los labios con un extraño deseo en su mirada. –Un día fui a la iglesia, le rogué a los dioses, no quería ser como mi padre, un pescador, le rogué al dios del mar que al menos me bendijera con una hermosa esposa, entonces apareció tu madre, ella salía con Roger, él en ese entonces era el único hijo de la vieja señora, dueña del teatro que visitan los ricos de la capital cuando desean mostrarnos que ellos pueden vernos, ellos pueden ver nuestra miseria, como esos ojos.
Aquel ser que ya no era humano contaba la historia mientras su mirada enfurecía en un rojo infernal. –No lo soporté, juro que en su momento fue un error, el imbécil no logro esquivar el golpe y cayó de las escaleras de la iglesia donde estábamos, limpié la sangre, nadie lo notó, solo una mirada. –Su tono cambio a uno más alterado mientras su mano derecha apretaba ansiosamente el cuchillo. –Esos ojos marrones, ellos vieron todo, todo, vieron como guardé su cuerpo en el bosque, vieron como no me pude deshacer de toda la evidencia, la carne llamaría la atención si alguien lo viese, me debía deshacer de todo, lleve la carne a la casa, mamá se equivocó, esa bolsa no era la carne de cerdo que compró, no era, no, no lo era, esos ojos lo vieron todo desde la ventana, yo los vi, no dijeron nada cuándo mamá cocinó la cena y se la sirvió a papá, esos ojos me miraban acusadoramente ¿Cómo se atrevían? Solo deseaba deshacerme de todo, papá probó la carne, esos ojos parecían felices, esos ojos nos vieron comer, no pude no comer, mamá dijo que costó caro, papá me molería a golpes por no comer. –Él empezó a llorar mientras con su mano se daba pequeños golpes en su cabeza. –¡Vomité! Lo juro, no soportaba la idea, pero cada día probaba un poco más, no sabía mal, cerdo ahumado, sabía igual que la carne que nos llega de la capital, lo juro, sabía igual, ¿Era carne humana? No lo sé, sabía igual, empecé a beber, tu mamá dijo que estaba loco, le conté a Charlie, dijo que no bebiera, que afrontara lo que hice, pero Claude dijo que estaba bien que nadie lo supiera, la madre de Roger no se daría cuenta, ella pensó que su hijo se fue a la capital, deseé estar loco, ella lo diría todo, ella me había escuchado, esos ojos me vieron, me están viendo, me vieron ir tras de tu madre, era hermosa, dijo que no quería, no sabía que lo decía en serio, creí que nos estábamos divirtiendo, ella dijo que le agradaba, creí que me había escuchado, si ella me había escuchado, no puedo estar loco, ese día le dije, ese día que me dijo que me amaba le dije, le dije que lo maté ¿Ella me amaba?, si eso dijo, ese día ¿Recuerdas? Si, ese día, pero ... Ella lloraba, le dije que no la forcé, nos casamos, creí que con eso dejaría de llorar, pero esos ojos también lloraron, tan tristes ¿Por qué lloras? Solo quería que me amarás, tan linda, esos ojos no me miran cuando tomo alcohol, pero ese día, yo le dije que la amaba, me besó lo juró, ella me besó, ese día ¿Cuándo fue? ¿Fue el día que salí a cazar jabalíes?.
Empezaba a entender su historia, mi padre era un loco, al parecer había matado al hijo de la ya muerta anciana que antes tenía el teatro a las afueras del pueblo cerca al cementerio, el cual ahora ya no funcionaba, ya nadie de la capital llegaba cómo cuando exiliaban a algunos a esta zona desde hacía años, así que dije en un susurro. –Eres pescador y en esta zona nunca han habitado jabalíes.
Él solo miró la carne, su mirada se horrorizó, las lágrimas siguieron bajando por sus mejillas.
—No hay jabalíes, Roger cazaba cuando iba a otros pueblos, un día trajo una piel de jabalí de la capital, estaba muerto de envidia, pero no tanto para matarlo, Roger siempre fue mejor, aun así vi como él besaba a Dánae, la prometida de Claude, éramos jóvenes, él estaba con tu madre, la estaba engañando, lo enfrente, me dijo que no me metiera, le di un golpe porque él me estaba apedreando, pero cayó, murió, sus ojos eran marrones, unos horribles marrones, intenté deshacerme del cadáver, iría preso, mi mamá confundió la carne, encontré la carne de cerdo intacta y la carne de Roger ya la habíamos comido, tu madre nunca me dijo que me amaba, seguía queriendo a Roger, ese imbécil que solo planeaba usarla e irse, intenté consolarla pero esos ojos marrones me vieron con desaprobación, cuando sentí que me volvía loco le dije que se alejara de mí, no me hizo caso porque estábamos discutiendo por Roger y se sintió ofendida, fue un momento de locura ... Decidí casarme con ella, su padre furioso no entendió porque, pero su hija solo estaba con miedo, me tenía miedo.
Solo se me ocurrió preguntar. –¿Por qué la mataste?.
Él miró el cadáver –Ella te planeaba matar, mi único hijo, al único al que no le persiguen los ojos marrones, ella te iba a dar lo mismo que me dio a mí. –Sus venas empezaban a notarse, empezó a sudar mucho, su cara se tornó blanca del pánico.
–Ella te iba a dar de tomar veneno en la sopa.
Yo solo solté un suspiro, me tembló la mano y el corazón se me aceleró a tal punto que podría haber jurado que se me saldría por la boca, mi estómago rugió, la imperiosa necesidad de dejar salir mi desayuno cruzó por mi cuerpo como un rayo, mis ojos dejaron de contener mis lágrimas, pero ya sabía que a papá no le gustaba mis lamentos e hice lo posible para acallar el dolor que mi cuerpo expresa en lágrimas y lamentos, no sabría qué es lo que mi padre haría ante el estrés de escucharme llorar ¿otro ataque de locura? Tal vez me mataría en una pesadilla a causa de su locura.
—Ella no sabe preparar sopa y el veneno es caro. –Me lloraron los ojos mientras mis manos temblaban más.
–¡No! Mira, la sopa. –Tomó la olla y me la mostró, solo había agua hervida, al darse cuenta se encontró en una crisis, pero ahora miró a la ventana.
–Los ojos, otra vez, está sopa, ellos vieron como ella puso veneno, si, si era veneno, no estoy loco, solo muy cuerdo, cerdo ahumado, debemos cenar, ya es tarde, tu madre desde haber salido a dejar algo al panadero, espero traiga el alcohol que le pedí, sino los ojos me miran –Él parecía haber dejado este planeta, dejo la olla en su lugar como si fuera tan fácil retroceder todo.
–Oh, mira, dejó carne, es como esa vez, mi mamá preparó la carne de Roger pensando que era de cerdo; ¿Sabrá igual que esa vez? Tu madre se demora mucho, así que te preparé algo, no le digas a nadie pero una vez mi madre era dueña del teatro, no, ese era Roger, sí, yo solo soy hijo de un pescador, si, solo eso, pero la carne sabía bien.
El seguía con su monólogo enfermo mientras cocinaba la carne, mi cuerpo y mente estaban en shock, para cuando por fin me paré para largarme corriendo, papá dejo la carne preparada de mi madre frente a mí.
–Tranquilo, los ojos marrones ya no te pueden ver si bebes, solo come, no les diré que es de ella, si no llorarían, vamos hijo, come.