01
En un bar de mala muerte, escondido entre las calles menos transitadas de Seúl, solían reunirse miembros de distintas mafias de Corea. Era el lugar perfecto para beber, relajarse después de una noche de negocios y, sobre todo, conseguir información que difícilmente se obtendría en cualquier otro sitio.
Había mafiosos por todas partes, tipos peligrosos que bastaba con mirar para saber que era mejor no meterse con ellos… y uno que otro iluso que se creía lo suficientemente inteligente como para fingir que pertenecía a ese mundo.
Ese era precisamente el caso de Park Keun Suk.
A sus cuarenta y tantos años, Keun Suk era un alcohólico empedernido, aficionado a las apuestas y experto en estafar a todo aquel que tuviera la mala suerte de cruzarse en su camino. No tenía grandes habilidades, ni contactos importantes, ni mucho menos el prestigio de un verdadero mafioso. Pero tenía algo que, según él, valía mucho más: una confianza desmedida en sí mismo.
Un amigo le había hablado de aquel bar y le aseguró que allí podría ganar dinero fácilmente haciendo lo que mejor sabía hacer: engañar a los demás.
Desde el instante en que cruzó la puerta, Keun Suk comenzó a recorrer el lugar con la mirada, analizando a cada cliente en busca de una víctima.
Demasiados hombres armados.
Demasiadas caras conocidas.
Demasiado riesgo.
Hasta que, al fondo del establecimiento, encontró exactamente lo que estaba buscando.
En una de las mesas se encontraba un grupo de ancianos vestidos con una elegancia que contrastaba por completo con el ambiente decadente del bar. Sus trajes eran impecables, sus relojes parecían costar más que el propio establecimiento y, sobre la mesa, descansaban varias botellas de licor junto a una baraja de cartas.
Keun Suk entrecerró los ojos.
Los observó durante unos segundos y una sonrisa de satisfacción apareció en su rostro.
—Bingo…
Ancianos elegantes, jugando al póker y bebiendo tranquilamente. Para él, aquello solo podía significar una cosa: dinero fácil.
Sin pensarlo dos veces, se acomodó la chaqueta, levantó la barbilla y caminó hacia la mesa con toda la seguridad del mundo.
Se detuvo frente a ellos.
—¿Les importa si me uno a la partida?
Los hombres levantaron la mirada.
Durante unos segundos, ninguno respondió.
Keun Suk interpretó aquel silencio como una señal de duda y no como una advertencia.
Uno de los ancianos finalmente tomó un sorbo de su bebida y señaló la silla vacía.
—Siéntate.
La sonrisa de Keun Suk se hizo más amplia.
Había encontrado a sus víctimas.
O, al menos, eso era lo que él creía.
—Eres nuevo aquí, hijo. Nunca te habíamos visto en este lugar —dijo uno de los ancianos.
—Sí, es la primera vez que vengo. Me recomendaron el lugar. Dicen que hay buenas chicas y, sobre todo, tragos… muchos tragos —dijo, viendo sonreír a los ancianos.
—Mi nombre es Jeon Min Soo, ¿y tú cómo te llamas, hijo?
—Es un gusto, señor Jeon. Mi nombre es Park Keun Suk, a sus órdenes.
—Muy bien, Park. Los señores aquí a mi lado son el señor Min Tae Yung y el señor Jung In Guk.
—Es un placer conocerlos.
—¿Qué te parece si jugamos un rato, Park?
—Yo encantado, señor Jeon, pero no traigo mucho dinero —fingió decirlo con pesar.
—Eso aquí no es un problema, hijo —dijo In Guk.
Con un simple chasquido de dedos, le fueron entregados 50,000 dólares.
Keun Suk quedó impactado. En su vida había visto tanto dinero junto.
—Es un préstamo. Depende de ti multiplicarlo, Park.
Al señor Park le brillaron los ojos y, por un momento, enloquecido por la emoción, apostó todo en una sola mano.
—Es una pena, chico. Parece que hoy no es tu día de suerte, pero aquí está tu padrino, Tae Yung, que te va a ayudar con eso —dijo el señor Min.
Al instante, le entregaron otros 100,000 dólares a Park para que jugara.
—¡Esto es mucho dinero!
—Eso no es nada. Solo diviértete, hombre. Si lo pierdes, podemos llegar a un acuerdo —dijo Tae Yung, sonriendo ladinamente.
El señor Jeon le indicó a una de las meseras que las copas de su mesa nunca debían estar vacías, dedicándole una mirada pícara a la chica, quien correspondió con otra aún más atrevida.
Las copas y el juego definitivamente no dejaban pensar con claridad a Keun Suk.
El señor Park siguió jugando durante toda la noche. Desafortunadamente para él, ya llevaba perdido alrededor de un millón y medio de dólares. Cuando finalmente quiso dejar de jugar, se disculpó con los señores, diciendo que iría rápido al baño y regresaría enseguida.
Entró al baño buscando una ventana por la cual pudiera escapar. Sabía que no podría pagar semejante cantidad de dinero y temía perder la cabeza por ello.
Mientras tanto, en el gran salón, Min Soo le hizo una seña a uno de sus hombres para que vigilara a Keun Suk por si intentaba escapar. No sería ni el primero ni el último en intentarlo cuando se encontraba con una deuda semejante.
En el baño, Keun Suk tenía el corazón a mil por los nervios mientras trataba desesperadamente de salir por una de las ventanas. Sin embargo, justo cuando estaba a punto de lograrlo, sintió que alguien lo tomaba del cuello y lo halaba nuevamente hacia el interior.
—¡Suélteme! —forcejeó Keun Suk.
El hombre lo sujetó con fuerza y, antes de que pudiera hacer algo más, un arma apuntó directamente a su cabeza.
Keun Suk se quedó paralizado.
—Será mejor que regreses al salón —dijo el hombre con frialdad.
Sin otra opción, Keun Suk regresó junto al hombre al gran salón, mientras sentía que el miedo comenzaba a apoderarse de él.
—¿Pensabas irte así como si nada, amigo Park? Ahora les debes dinero a los líderes de las mafias más grandes de Corea —dijo In Guk.
—¡Qué descaro, Park! Te vas sin pagar… Nosotros no damos caridad. Tendrás que pagarnos con lo que tengas de valor.
El señor Jeon susurraba al oído de In Guk y Tae Yung sin quitarle la mirada de encima a Park.
—Park, eres un tipo con suerte. Le caíste bien a Jeon y, gracias a él, no morirás como la rata que eres —dijo In Guk con una expresión de profundo desagrado.
—Sí, Park. Eso de querer estafarnos fue de estúpidos, pero tenemos que admitir que admiramos tu valor.
Park palideció ante las palabras de Tae Yung. ¿Cómo sabían que él había llegado precisamente a eso?, se preguntó.
—Ya no lo atormentes más, Tae Yung. Vamos a lo que interesa: ¿cómo vas a pagarnos, Park? —dijo In Guk mientras quitaba el seguro de su arma.
—Y... yo pagaré, lo juro. Pero, por favor, no me maten. Tengo un hijo y quedaría solo.
—¿Un hijo, dices? ¿Y aun así te atreves a bailar con el diablo? Hazme el favor de no intentar darnos lástima. Nosotros no somos hermanas de la caridad para tragarnos esa mentira —dijo Min Soo, molesto.
—Lo juro, señor Jeon. Mi pequeño no sabe a qué me dedico. Él no puede quedarse solo; no lograría sobrevivir en este asqueroso mundo sin mi ayuda —dijo, mientras sacaba una fotografía de su hijo.
El señor Jeon se mostró interesado. Le arrebató la fotografía de las manos y observó detenidamente al joven. Había algo en su belleza que llamó poderosamente su atención. Mil ideas pasaron por su mente al contemplar aquella imagen.
—¡Ya, Park, deja de lloriquear! Eso debiste pensarlo antes de entrar a un bar lleno de mafiosos e intentar estafarnos —dijo In Guk, visiblemente molesto.
—Nada sale como lo planeamos, ¿verdad, Park? —dijo Tae Yung con una sonrisa.
Tae Yung podía transmitir paz con su sola presencia, y su sonrisa era capaz de iluminar el día de cualquiera.
—Park, no sé por qué, pero me caes bien. No sé si es porque eres un idiota agradable o porque admiro tu valentía. Hagamos esto… Tráeme a tu hijo y yo me encargaré de él. Lo educaré en nuestro negocio; será uno más de mis hombres. Con eso, tu deuda con nosotros quedará saldada. Si te niegas, mueres en este mismo instante.
—Pero, señor Jeon… mi hijo es un omega. No mataría ni una mosca; su vida es el baile.
Un clic seco resonó en la habitación cuando quitaron el seguro del arma que apuntaba directamente a su cabeza.
Park cerró los ojos, esperando el impacto.
—¡Es bailarín! Eso es interesante… Si te digo que me traigas a tu hijo, no es una pregunta, es una orden. Y no me gusta que me cuestionen. Taemin, Jackson, acompañen a este caballero a su casa y traigan al hijo de este hombre. Por tu bien, Park, espero que sea un buen bailarín. De lo contrario, morirás y tu hijo será uno más de los hombres a mi servicio.
Escoltado por un grupo de jóvenes fuertemente armados, un tembloroso hombre caminaba mientras le pedía a la diosa Luna que su hijo no estuviera en casa. Rogaba que, por una vez, Jimin se hubiera quedado con su amigo Taehyung, como solía hacerlo la mayoría del tiempo.
Al llegar a casa, para su mala suerte, encontró a su hijo durmiendo plácidamente en el sofá de la sala.
Jimin había caído rendido después de una tarde extenuante en el estudio de baile de la universidad. Keun Suk se acercó a su hijo para despertarlo.
Jimin, aún somnoliento y con la vista borrosa, reconoció la voz de su padre. Llevó las manos a sus ojos para frotarlos e intentar enfocar mejor.
—Padre… ¿por qué vienes tan tarde? Mira la hora que es… ¿y quiénes son ellos?
—Hijo, necesito que me acompañes a un lugar. Es importante.
—Rápido, hombre, que no tengo todo tu tiempo. Gracias a ti, mi hora de descanso fue interrumpida, viejo —dijo Jackson, molesto.
—Hijo, apresúrate.
—Está bien, padre. Solo me cambio y nos vamos.
—No es necesario. Al lugar al que vamos me han pedido que hagas una demostración de baile.
Jimin estaba preocupado e incrédulo por lo que su padre le decía, pero aun así decidió acompañarlo a aquel lugar.
Al regresar al salón, Keun Suk se acercó al señor Jeon y señaló a su hijo.
—Señor Jeon, él es mi hijo, Jimin. Preséntate ante los señores —dijo, empujándolo suavemente hacia el frente.
—Buenas noches, caballeros. Mi nombre es Park Jimin. Es un honor conocerlos —dijo, haciendo una reverencia.
—¡Tienes un hermoso hijo, Park! ¿Estás seguro de que es tuyo? —dijo In Guk con sorna.
—Es muy hermoso y esos ojos… ¡wow! Si tuviera su edad, estaría pretendiéndolo ahora mismo —dijo Tae Yung mientras acariciaba el rostro de Jimin.
Jeon miró a Jimin de pies a cabeza, pensando que podría ser la compañía perfecta para su hijo. Además, por sus encantos, podría distraer fácilmente a cualquier alfa.
Aquel omega era la distracción perfecta que estaba esperando para llevar a cabo una serie de golpes a unos casinos a los que no había encontrado la manera de entrar sin levantar sospechas.
Ahora solo tenía que comprobar que, efectivamente, Jimin le sirviera para lo que estaba planeando.
—Joven Park, tome asiento, por favor. Te explicaré qué pasa aquí. Tu padre pretendió estafarnos y nos debe una suma importante de dinero —explicó Min Soo.
—¿Papá? ¿Es cierto lo que dice el señor Jeon?
—Sí, hijo… Lo siento.
—Park, toma este dinero y vete de aquí. Ahora tu hijo es de mi propiedad.
Jimin se levantó rápidamente de su asiento, tratando de escapar, pero Min Soo lo tomó por la cintura, impidiéndoselo. Mientras Jimin forcejeaba desesperadamente para liberarse, el señor Park aceptó el dinero que le ofrecían a cambio de su hijo y salió corriendo.
Jimin quedó en shock al ver que su propio padre lo dejaba en manos de aquellos hombres como si se tratara de un simple objeto. Sus ojos se cristalizaron y no pudo contener las lágrimas. ¿Cómo era posible que su padre lo hubiera entregado a unos desconocidos?
Min Soo golpeó a Jimin con sus feromonas para que dejara de forcejear, y él comenzó a debilitarse entre sus brazos.
—No… por favor —jadeó ante el golpe de feromonas.
El aroma a café recién molido lo había mareado rápidamente. El señor Jeon dejó a Jimin sentado en el sillón a su lado. El joven se veía un poco aturdido.
El señor Min lo tomó entre sus brazos y lo puso sobre su regazo, sometiéndolo para que dejara de luchar. El aroma a pomelo dejó aún más debilitado a Jimin.
In Guk admiraba la belleza del omega. Acarició sus labios y, de inmediato, se lo quitaron de su regazo.
Jimin fue tomado por el señor Jung. Él quería a Jimin para su hijo y, mientras lo sostenía entre sus brazos, acercó el rostro a aquel punto de su cuello donde su aroma era más intenso. Jimin tembló ante su cercanía e intentó alejarlo, pero él también lo doblegó con sus feromonas.
El aroma a chocolate terminó de desarmarlo, haciéndole perder toda la fuerza que le quedaba.
Tae Yung volvió a acercarse a aquel punto donde el aroma de Jimin era más fuerte. Era un aroma exquisito.
Poco después, el señor Jeon lo tomó nuevamente entre sus brazos y dejó a Jimin sentado en el sillón.
—¿Qué edad tienes, Jimin? —preguntó In Guk. Al igual que el señor Jeon, el señor Min estaba interesado en el omega para su hijo.
—Tengo 17 años, señor Min —sollozó.
—Jimin, no llores. Un chico tan hermoso como tú no debería llorar. Tu padre no merece tus lágrimas —dijo Tae Yung, acariciando su rostro y perdiéndose en sus bellos ojos. Él era el omega perfecto para su hijo.
—Estoy de acuerdo con Tae Yung. Tu padre no las merece. No quiero que nos tengas miedo, Jimin. En realidad, aunque fuimos los mafiosos más temidos de Corea, nosotros ya no estamos a cargo del negocio. Ahora son nuestros hijos quienes están al frente —dijo Min Soo, tomándolo del mentón y dejando pequeñas caricias sobre su rostro. Él también se perdió en su mirada, y sus labios comenzaban a convertirse en una gran tentación. Solo esperaba que su hijo sintiera lo mismo.
—Tenemos un trabajo para ti. ¿Sabes usar armas?
—Señor Min, yo en mi vida he tocado una de esas cosas, y prefiero que me mate antes que hacerlo. Yo no mataré a nadie por nada de este mundo —dijo con seriedad. Su labio inferior temblaba y su aroma se percibía débil debido al miedo.
—¡¡Tiene carácter el niño, ¿eh?! —sonrió Tae Yung.
—Tu padre nos dijo que eres bailarín y queremos ver qué tan bueno eres. Ve al escenario y haz una demostración —dijo, apuntándole con el arma para asegurarse de que no se negara.
Jimin se levantó con mucho miedo. Si continuaba así, seguramente terminaría desmayándose. Su lobo estaba estresado y chillaba de miedo.








