Bad Romance

Summary

El día de san valentín, aquel destinado a las parejas y al amor incondicional. No siempre es así. El día del amor puede ser uno de los más bonitos, pero este posee también un lado el cual pocos conocen. Todos los males pueden estar presentes en este día, pero quizás no los notamos a plena vista.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo Único

Entre los oscuros callejones de Japón ronda una extraña historia relacionada con un joven de melena rojiza. Algunos piensan que es un fantasma, otros afirman que es un demonio y unos cuantos creen que es un vagabundo. Cada quien tiene sus teorías, pero nadie puede negar que a donde sea que vaya ese joven la muerte lo sigue. Todo aquel que lo vea y hable sobre él muere a las pocas horas, siempre de maneras muy inexplicables.


Un joven caminaba por el parque tarareando alegremente, ese día tendría una cita con una chica que desde hace bastante tiempo lo tenía en las nubes. Hace unas semanas la chica y se habían conocido, pero realmente no había encontrado el momento ideal para invitarla a salir cómo se debía, hasta el día que ella asistió al consultorio donde trabajaba.

Tenía una cita programada con el doctor adjunto, pero este estaba algo ocupado atendiendo a otros pacientes un poco más urgentes. Ella estaba en la sala de espera sin hacer nada, así que el chico vio esto como una oportunidad que no quería desperdiciar, por ello, se sentó junto a ella.

Al principio fue un poco difícil entablar una conversación, pero poco a poco se fue rompiendo el hielo entre ambos.

—¿Entonces tú también eres doctor?

—No realmente, soy supervisor de enfermería.

—Suena bastante importante.

—Y lo es jaja -El chico sonrió divertido.- ¿Podemos quedar un día y así yo podría hablarte más del trabajo?

—Claro estaría bien.

Mirio sonrió con alegría, por fin tendría aquella cita que tanto había deseado con la joven. Ese pequeño recuerdo hacía que sintiera una calidez en su pecho.


El mito es tan popular que muchas personas evitan los callejones, pero si un chico ahogado en lágrimas pide ayuda no muchos se resisten.


Al doblar en una calle vio la figura de un chico, estaba en cuclillas con la cabeza entre las piernas, sus sollozos eran algo inaudibles, pero no lo suficiente para pasar desapercibidos por el hombre. Se acercó y se colocó frente a él en la misma posición.

—¿Qué sucede chico? -preguntó con amabilidad.- Deberías estar en clases o en tu casa.

El de cabellera negra levantó su rostro y miró al hombre, sus ojos estaban rojos y poseían unas ojeras bastante grandes. El mayor se levantó y le extendió la mano, este la aceptó y se colocó de pie junto a él.

—Vamos dime donde esta tu casa, puedo acompañarte a esta si quieres.

—Gra-gracias... ¿señor?

—Mirio, Mirio Togata -Sonrió con amabilidad.- No hay necesidad de que me digas señor, creo ser solamente unos años mayor que tu jaja.

El de cabellos negros mostró una leve sonrisa y seco sus lágrimas. Mirio se alegró de ver una sonrisa por parte del menor, sabía que por ayudar al antes nombrado llegaría algo tarde a su cita, pero quería que este llegara sano y salvo a su hogar.

—¿Dime cómo te llamas chico?

—M-me llamo Eijiro Kirishima.

—Bien, es un gusto conocerte Kirishima-kun —Sonrió con amabilidad.— ¿Dónde queda tu casa?, puedo acompañarte hasta esta si así lo deseas.

—Mi casa queda en esa dirección -El chico señaló hacia un callejón— pasando por hay se puede acortar camino y llegar enseguida, pero no es necesario que me acompañe, estaré bien.

—Quiero asegurarme de que estarás bien, vamos —El joven rubio sonrió al menor.

Ambos jóvenes empezaron una pequeña conversación, esta era no muy relevante pero era agradable. Se dirigían hacia el lugar a paso lento. El de oscuros cabellos sonreía con malicia.


Así, sin esperarlo, los buenos samaritanos son guiados a lo profundo de un callejón donde un alto hombre de pelo rubio los espera. Antes de poder siquiera entender la situación sienten el filo del cuchillo clavarse en su espalda, repitiéndose una y otra vez hasta que sus ojos pierden el brillo.


El callejón era bastante oscuro a pesar de estar en pleno día, el rubio no lograba ver muy bien, pero estaba seguro que frente a él estaba una figura alta, esto lo puso nervioso y se giró para comentarle esto al chico, pero antes de poder decir nada fue empujado en dirección a la figura.

¿Uno, dos o quizás tres?, no sabía cuántas puñaladas habían sido, pero estaba consciente de que quizás no saldría vivo de esta. Su cuerpo se colapsó contra el suelo, sintió el frío pavimento en todo su ser. Levantó su rostro para mirar a al chico que deseaba ayudar.


Es entonces cuando el hombre de melena rubia empieza a rezar con Rosario en mano y entre largas lágrimas, disculpándose por la prematura muerte de aquel desconocido.


Frente a él ya no estaba aquel chico lloroso, si no un joven de pelo rojizo con ojos bañados en un intenso tono escarlata brillante. Mostró su verdadera apariencia, la de un ser desalmado. Su vista se estaba tornando borrosa, las fuerzas que le quedaban las uso intentando pedir ayuda, algo inútil. Grandes cantidades de sangre salían por su boca, haciendo que se ahogara al hablar.

A espaldas de él se escuchaba la voz del rubio, aquel que lo atacó en un principio, este rezaba con lo que parecía ser un rosario, el cual acercó a su pecho. Su rostro mostraba arrepentimiento y tristeza, seguramente no quisiera hacer aquello.


Entre tanto el alma de la víctima es absorbida por el chico de la melena rojiza, devorando hasta la última gota de su fuerza vital antes de darse un pequeño banquete con algunos dedos del ahora difunto incauto.


El rubio que está desplomado en el suelo, cerró sus ojos completamente, dejando así que el pelirrojo disfrutara de su pequeño banquete.

—Gracias por la comida, mi hermoso ángel.

Susurra con una amplia sonrisa antes de levantarse y acercarse al de pelo amarillento, abrazándolo con fuerza mientras el otro se odia por sentirse feliz. Odia llevar a inocentes a la muerte, pero Eijirō siempre se ve tan feliz después de comer que no lo puede evitar. Ama demasiado a ese demonio.

Aunque la situación vaya en contra de todo lo que alguna vez le hayan enseñado.


Los curas habían hablado en innumerables ocasiones sobre las consecuencias de las invocaciones a seres malignos, los jóvenes cleros escuchaban y acataban todas las advertencias al pie de la letra, pero el rubio era alguien demasiado curioso.

Como se sabe, la curiosidad mato al gato. Pero esta vez la misma tuvo compasión.

Cuando Eijirō apareció, todo en su vida cambió. Su alma ya no le pertenecía, ahora era de él, todo era de él, así fue su contrato. El de cabellos rojizos no quiso devorar el alma del joven clero, al menos no aun, quería hacerlo sufrir, que se arrepintiera del solo hecho de haberlo invocado.

El tiempo pasó, pero jamás absorbió su alma, le gustaba de sobremanera torturarlo psicológicamente, era su más satisfactorio pasatiempo. Cuando el joven sufrió una gran enfermedad, hay estaba Eijirō, acompañándolo y torturándolo de diferentes maneras. Taishiro a pesar de estar enfermo controlaba como podía al demonio.

Una extraña relación se había formado entre ambos, era tóxica, pero a ninguno le importaba. Eijirō era excitante, diabólico y prohibido, Taishiro por el contrario era puro, angelical y lleno de bondad.


Eijirō es solo un mito, pero mientras exista no dejará que Taishiro esté solo, es su juguete predilecto y verlo llorar mientras reza es muy excitante.

Nunca podría dejar a tan lastimero humano.


En las noticias se transmite que otro asesinato había sido ejecutado, este sería el sexto en la semana. La joven escuchaba con atención todo lo que el aparato decía, preocupándose por su cita, la cual no se presentaba en el lugar. Miro por la ventana de la cafetería intentado encontrar entre las pocas personas que se hallaban afuera al rubio, sin éxito alguno, pero logro ver una figura en posición fetal cerca de un callejón.

Con un extraño presentimiento salió del lugar para saber qué le sucedía a aquella persona. Ya cerca del menor decidió hablar.

—¿Te encuentras bien?

Eijirō sonrió al escuchar la voz femenina, quería un pequeño postre después de aquella comida tan satisfactoria.