[1] El pozo
Era un día nublado, casi que no se notaban los rayos del sol. Había una gran construcción llamada "El palacio rosa" ese "departamento" se encontraba lejos de la ciudad; habían árboles y más árboles alrededor de ella.
Allí vivían personas un poco "peculiares" eran como cualquier otra persona pero a veces eran poco comunes a los demás.
Una familia acababa de mudarse al departamento. Primero llegaron ellos y luego llegó el camión de la mudanza, se podía ver que pasaban los muebles hasta la propiedad de aquella familia.
Luego habían acabado con la mudanza. Al parecer, una niña había salido de la propiedad para ver el lugar.
Su cabello azul era lo que más destacaba, llevaba puesto una capa de lluvia amarilla acompañada de unas botas para la lluvia del mismo color.
Caminó alrededor del departamento observándolo desde afuera. Las paredes eran rosas y las barandas y escaleras estaban pintadas de color blanco. Siguió caminando observando las flores marchitas, al parecer nadie se encargaba de la jardinería allí.
Se iba a dar la vuelta pero escuchó unos quejidos de irritación a lo lejos, le dió poca importancia a los sonidos pero su curiosidad le ganó.
Vió a su alrededor para ver si había alguien pero solo se encontraba ella sola, siguió escuchando los quejidos y decidió caminar hacia donde provenían los sonidos.
Dió unos cuantos pasos y se dió cuanta de que los sonidos provenían de al lado de su hogar. Con cuidado caminó para ver que o quién era y observó que era una niña.
Esta niña estaba sentada en las escaleras bajas de color blanco, tenía un cuaderno con la portada de color negro y tenía un bolígrafo en su mano derecha. Al parecer estaba concentrada en lo que hacía en el cuaderno.
La peliazul la observaba desde lejos, de pronto otro quejido de irritación salió por parte de la niña sentada en las escaleras; está ya irritada arrancó la hoja de su cuaderno, la hizo bolita y la tiró en dirección a la niña de la capa amarilla.
Esta al darse cuenta de que la nueva niña la veía hizo que un rubor se hiciera notable en sus mejillas. Se levantó de las escaleras avergonzada y caminó hacia la peliazul para luego agarrar la bolita de papel y guardarlo en el bolsillo de su overol.
—L-lo siento, no fue mi intención tirarlo hacia ti —dijo la castaña.
—No hay problema —dijo la peliazul, la verdad era que no le molesto la acción de aquella niña.
Un silencio incómodo se hizo presente en ese instante. La castaña iba a irse a su casa pero al parecer la otra niña decidió hablar.
—Soy Coraline, Coraline Jones —se presentó.
—Un gusto Coraline, soy Marianne Edwards —se presentó la castaña.
—¿Vives aquí? —preguntó Coraline señalando el departamento.
—Si... y tu... ¿también? —preguntó Marianne pero rápidamente volvió a hablar—. Perdón fue una pregunta tonta, ¿tu... eres la nueva? ¿Cierto?
Coraline solo asintió con la cabeza y empezó a caminar, Marianne solo se le quedó viendo como se iba alejando.
—¿Vas a venir? —dijo Coraline mientras seguía caminando.
Marianne se apresuró a caminar junto a ella, dieron unos cuantos pasos y llegaron hasta donde habían unos arbustos.
Coraline metió su mano entre los arbustos y arrancó una rama, le quitó las hojas y le dió la vuelta, agarró cada extremo con una mano y empezó a guiar la rama.
—¿Que haces? —preguntó Marianne al ver que Coraline cerraba sus ojos y se dejaba guiar por aquella rama.
—Busco algo —fue lo único que dijo y salió corriendo
Corrían atravesando el jardín por medio de un puente, luego salieron por la puerta de reja y siguieron un camino que guiaba hacia el bosque.
Siguieron el camino, parecía que la rama que tenía Coraline la guiaba. Marianne solo la veía y corría a su lado.
De repente escucharon el sonido de unas piedras cayendo. Ambas se detuvieron y vieron a su alrededor para ver si había alguien pero solo están ellas.
—¿Hola? ¿Quién anda ahí? —preguntó Coraline, luego de decir eso agarró una piedra y la tiró hacia unas rocas grandes que habían más arriba.
Solo se escuchó un carraspeo, Coraline se asustó y salió corriendo, mientras que Marianne identificó de quién provenía aquel sonido.
—¡Corre! —le gritó Coraline a Marianne cuando vio que ella se quedó quieta en el mismo lugar.
Marianne empezó a correr detrás de Coraline cuando la escuchó.
Corrió un poco más rápido y alcanzó a Coraline, ambas corrían por el pequeño camino. Habían árboles sin ninguna hoja, el tronco parecía que se veía negro en vez de su típico color café.
Ambas fueron disminuyendo la velocidad hasta que habían dejado de correr. Se detuvieron y miraron a su alrededor, Coraline tenía más miedo que Marianne.
De repente se escuchó un maullido raspado y ambas giraron a ver que era y se encontraron con un gato negro con grandes ojos azules.
Al parecer el minino era el que provocó esos carraspeos.
—¡Casi nos matas del susto animal sarnoso! —le gritó Coraline al minino.
—No le digas así —dijo Marianne tranquila—, solo es un simple gato haciendo... cosas de gatos —se acercó al gato negro y empezó a acariciarlo—. Por cierto, ¿qué es lo que buscas?
—Estoy buscando un pozo antiguo, ¿lo conoces? —cuestionó la peliazul
—Mmm, no estoy segura. Creo que si lo he escuchado pero no estoy segura —dijo Marianne tratando de recordar si había escuchado algo acerca de eso.
Pero Coraline notó que el gato asintió con la cabeza. No era para él la pregunta y aún así él la respondió.
—¿No contestas? ¿Ah? —le cuestionó Coraline al gato.
Marianne se quedó callada al ver que Coraline la hablaba al gato.
—Varita de zahorí, varita de zahorí, varita de zahorí... ¡muéstrame el pozo! —decía la de capa amarilla.
De repente se escuchó el sonido de una bocina y luego el sonido de una motocicleta. Ambas voltearon a ver que era y vieron que era una persona vestida de negro, llevaba puesta una extraña máscara.
El cielo se había tornado a un color gris oscuro, habían truenos que iluminaban en la oscuridad.
Por instinto ambas chicas se abrazaron cuando vieron a esa extraña persona; de repente el tipo de la máscara rara bajó a velocidad alta en su bicicleta, se diría hacia ellas.
Coraline agarró la rama y Marianne agarró una piedra que estaba a un lado de ella. Esperaron a que la persona se les acercara para luego lastimarlo con la rama y la piedra.
—¡Aléjate! —exclamaron ambas dándole a la persona un golpe con lo que tenían en sus manos.
Ambas se separaron y callaron al suelo mientras que el tipo de negro avanzó un poco más y luego frenó su bicicleta para luego bajarse de ella y a acercarse a las niñas.
Estas levantaron la vista asustadas y vieron que la máscara de la otra persona se movían unos extraños artefactos.
Este se quitó la máscara para luego mostrar a un niño castaño.
—No me digan, vienen de Texas o Utah. ¿Un clima árido y seco verdad? —preguntó animadamente mientras veía la rama—. Había oído sobre el rastreo de agua pero no suena muy lógico, hablo de que esto solo es una rama.
Marianne no sabía cómo era que el niño podía hablar con tanta confianza con un par de desconocidas.
Mientras tanto, Coraline estaba enojada por haber sido interrumpida—. ¡Es una varita de zahorí! —gritó la chica de capa amarilla para luego arrebatársela de las manos del niño.
Este se quejó al sentir un golpe por parte de la peliazul.
—Es incómodo ser espiadas por tontos locos y sus gatos —exclamó.
—En realidad el no es mi gato, él es silvestre. ¡Casi salvaje! Claro que lo alimento cada noche y a veces va a mi ventana y me da las criaturas que caza —explicó el niño mientras jugaba con el minino.
—El no es salvaje —defendió Marianne segura de sí misma.
—¿Como estas tan segura? —preguntó el niño mientras seguía jugando con el gato.
—Pues... no es mi gato pero él pasa la mayor parte del tiempo conmigo y no me ha hecho nada —dijo Marianne.
—Buen punto —opinó Coraline—. Escucha soy de Pontiac —dijo pero vio que el chico estaba un poco desentendido—. Michigan —ironizó—. Y si fuera una bruja zahorí ¿en donde esta el pozo secreto?
—¡Si pisas con fuerza caerás en el! —dijo rápidamente el chico al ver que la peliazul saltaba en donde estaba situada.
Ella al escuchar eso miró hacia abajo y se hizo a un lado. Y si tenía razón, al parecer ese era el lugar donde estaba aquel pozo.
Marianne caminó hasta quedar a un lado del pozo y se agachó, tocó esa área y si, ese era el pozo.
—Se supone que es tan profundo que si ves desde el fondo hacia arriba verás un cielo estrellado en pleno día —informó el chico.
Coraline caminó hasta quedar a la par de Marianne y para ver el pozo. Ambas se levantaron y vieron el cielo que ya estaba un poco más claro.
—Que raro que se hayan mudado, mi abuela es la dueña del palacio rosa. Y no le renta a familia con niños —dijo el muchacho mientras miraba el departamento.
—Que extraño, yo he vivido ahí desde los cuatros años —dijo Marianne confundida—. Además... ¿a que te refieres?
—Pues... se supone de que no debo comentarlo, me llamo Wybie Lovat —se presentó el chico mientras las saludaba con las manos.
Coraline hizo una mueca de asco al ver su mano llena de lodo; rápidamente se limpió la mano con su capa. Marianne solo vio su mano y sacó un pañuelo del bolsillo de su overol para luego limpiarse la mano.
—Soy Coraline
—A ¿Caroline que? —preguntó el chico mientras volvía a jugar con el gato.
—¡Coraline! ¡Coraline Jones! —lo corrigió la peliazul.
—No es nada científico pero dicen que un nombre ordinario como Caroline hace que la gente espere cosas normales de esa persona. ¿Y tú? ¿Cual es tu nombre? —le preguntó a la castaña.
—Marianne Edwards.
—Valla, Marianne deberías dormir más. Parece que no has dormido en días —dijo normalmente el chico.
Marianne solo frunció el ceño al escucharlo, iba a contestarle pero escucharon una voz a lo lejos.
—¡Wyborn!
—Creo que alguien te está llamando, Wyborn —dijo Coraline frunciendo más su ceño.
—¿Que? Yo no oí nada —dijo el niño mientras veía los árboles.
—Creo que te están llamando enserio, niño entrometido —comentó Marianne.
De pronto otra vez se escuchó que lo estaban llamando.
—La abuela —susurró preocupado, de la nada empezó a reír nerviosamente mientras agarraba su bicicleta y se subía a ella—. Bueno fue un placer conocerte bruja de Michigan zahorí y a ti también niña que necesita dormir —dijo finalmente para luego irse en su bicicleta.
Pero se detuvo por un momento y se dió la vuelta—. Yo que tú no tocaría eso —le dijo a Coraline mientras señalaba la rama.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque esa varita que tienes ahí... es venenosa —informó y se fue.
Coraline tiró la rama a un lado para luego observar su mano, le sacó a lengua al niño mientras veía como se alejaba. Luego fijó su vista en el gato, después miró el pozo.
—¿Que tan profundo será? —interrogó Marianne agarrando una piedrecita.
Coraline supo que era lo que iba a hacer y se puso a la par suya para luego poner su oído en la tabla que cubría el pozo.
Marianne tiró la piedrecita en un agujero y copió la acción de la peliazul. Ambas estaban escuchando con atención.
Luego de unos segundos supieron que la piedrecita había llegado hasta el fondo cuando escucharon como se estrellaba en el suelo o agua.
Ambas se vieron asombradas al saber lo profundo que era aquel pozo.
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¡Hola! Solo quería mostrarles que así es como se ve Marianne.
¡Adiós! Espero que les guste la historia.