Único
Phoenix Marco era un atareado secretario de una de las mayores empresas como lo era Moby Dick, dirigida por el hombre al que consideraba un padre, Edward Newgate. Siempre pasaba largas horas en su trabajo, apenas durmiendo y comiendo lo justo, era muy devoto a su trabajo. De esto se dio cuenta su buen amigo Thatch, que casi lo echó a patadas al ver que eran pasadas las once de la noche y seguía en su despacho cuando, prácticamente, todo el mundo se había ido. Thatch, como jefe de cocina de la empresa, tenía por obligación propia quedarse a hacer inventario de la comida y asegurarse que nadie se quedara pasada la hora de cierre, pero, como casi siempre, Marco rompió esa regla.
--Venga, Thatch, aún tengo trabajo --se quejó el rubio a su amigo al ver como recogía sus cosas y casi se las tiraba a la cara.
--Me da igual, apenas comes y creo que es el tercer día que no duermes, vete a casa y no vuelvas hasta que hayas dormido mínimo 8 horas --le espetó en la cara, cogiéndole de la camisa que en ese momento llevaba para casi estreyarlo contra la puerta del ascensor. --¿Ves? No puedes ni ir contra mí, y eres más fuerte que yo --volvió a hablar con mal humor, llamando al ascensor. --Te duchas, comes y a dormir directo --terminó para volver a empujarlo, esta vez al interior de la máquina y pulsando el botón que lo haría bajar.
Marco suspiró pesado, pero en algo tenía razón el castaño. Llevaba mucho sin dormir y una buena ducha no sonaba mal. Estuvo un buen rato pensando que la bajada se le pasó volando, llegando a la planta baja. Salió del lugar y comenzó a caminar hacia su hogar. Su casa no estaba muy lejos, por lo que podía llegar dando un tranquilo paseo, despejando la mente. Miró el cielo, el cual estaba cubierto de estrellas y apenas y se veía la luna por su estado menguante, iluminando la ciudad solo con las farolas. Pasó por el parque cuando una caja y un ligero llanto llamó su atención. No era humano, eso lo tenía claro, pero no sabría decir de que animal era. Se acercó con cierto cuidado por si no era precisamente amigable, y para su suerte, sí lo era. Dentro de la espaciosa caja, se hayaba un gato de pelo negro en su totalidad con un collar de cuentas rojas, donde llevaba dos caritas azules, una feliz y la otra triste. Era este pequeño animal el que estaba emitiendo el lloriqueo, estando enroscado sobre sí mismo. En su opinión, no hacía frío como para ponerse a llorar por estar en ese lugar, por lo que se extrañó. Se agachó hasta quedar de cuclillas, haciendo que sus rodillas crujieran ligeramente, llamando la atención del animal, que giró en su dirección, bufánfole. En los oscuros ojos del felino había un pequeño rastro de lágrimas, dando a conocer su anterior estado, aunque ahora fuera todo lo contrario. Esto puso curioso al Phoenix, que vio como el gato lo analizaba para relajarse un poco. Con cautela, acercó su mano al animal, quien retrocedió lo suficiente para oler la mano del hombre y, tras unos segundos, se dejó acariciar. Marco sonrió al ver como el pequeño se dejaba mimar. Lo cogió con cuidado, seguido del maletín que había quedado olvidado a un lado para volver a ponerse en pie con el minino ligeramente apretado contra su pecho, retomando su caminata, ahora con alguien quien le hiciera compañía.
--Puede que contigo mi horario vuelva a ser normal --le dijo al animal, que lo miró sin comprender, luego ignorándolo y acurrucándose en el cuerpo del humano.
El rubio llegó a su hogar, abriendo y entrando. Dejó al felino en el suelo antes de cerrar a su espalda, caminando a su despacho personal para dejar el maletín, luego dirigiéndose a su cuarto. Se retiró las gafas y las dejó encima de su cama. Iba a retirar su camisa cuando en la cama también apareció su nuevo compañero, viendo los lentes con curiosidad para luego mirar al dueño de estos.
--Si vas a vivir aquí debería ponerte un nombre --habló con nadie en realidad, luego fijándose en algo que había en la pata delantera del animal.
Lo cogió en brazos y se fijó en ese lugar, viendo que eran unas letras apenas entendibles por el pelaje.
--ASCE, pero la S parece tachada --leyó en voz alta. --Entonces es ACE, no es un mal nombre --sonrió al minino, que se miró la pata para luego maullar al que ahora sería su dueño. --Bien, ese será tu nombre, Ace --sentenció, volviendo a dejar al animal sobre su cama.
Se retiró al fin la camisa y fue hacia su armario, sacando un pijama y una muda de ropa interior, luego tomando dirección al baño que había en su habitación para ducharse.
Tenía que darle toda la razón a Thatch, una ducha era justo lo que necesitaba. Salió ya cambiado, con un pantalón largo de pijama y sin camiseta, todavía secando su cabello con una toalla. Recogió sus gafas para volver a colocárselas, viendo que el animal no estaba, por lo que salió al salón, viéndolo sobre el sofá de tres plazas que tenía. Tenía los ojos cerrados, pero al escuchar sonido, los abrió y dirigió al rubio, poniéndose en pie y bajando para sentarse delante de él y maullar repetidas veces.
--Debes tener hambre --supuso, dirijiéndose a la cocina a ver si encontraba algo para darle.
Abrió el frigorífico y pensó en qué darle y qué hacerse para cenar. Se decidió por una ensalada y un poco de pavo, compartiéndolo con su nueva mascota. No tardó mucho en terminar de cocinar, sentándose en la isla de la cocina para comer. En la silla de enfrente apareció Ace, apenas y sobrepasando con su cabeza para ver por encima de la isla. Cortó un trozo y se lo dio al animal, que terminó de subir al lugar y comenzó a comer con gusto. Marco lo vio divertido, siguiendo su ejemplo. No tardó el animal en acabarse el pequeño trozo y reclamar por más, haciendo reír al humano, que repitió la acción anterior. Entre ambos se terminaron el pavo y la ensalada se la comió solo Marco, ya que parecía que al minino no le agradaba. Metió los platos al lavavajillas y cogió un pequeño cuenco donde vertió agua. Alzó al animal poniéndolo bajo su brazo, luego agarró el cuenco y se dirigió a un lugar de la cocina, donde dejó el recipiente con agua y al animal a un lado, quien empezó a beber con gran velocidad. Acarició su lomo con tranquilidad y luego se alejó, dando un bostezo involuntario.
--Será mejor dormir si no quiero a Thatch detrás de mí --fue hacia su habitación, comenzando a acomodar todo.
No pasó mucho para que Ace saltara encima de la cama cuando estaba a punto de meterse en ella, acercándose a la almohada y tumbándose en ese lugar. Acarició al animal, notando y escuchando el ronroneo que emitió, riendo por eso, luego apagando la luz y tumbándose para dormir, tardando poco en conseguirlo.
(...)
Al día siguiente, cuando despertó, lo primero que hizo fue mirar la hora en su móvil, viendo que eran pasadas las nueve y que tenía un mensaje. Al ver la hora se enderezó de golpe, llegaba tarde al trabajo por más de una hora. Miró el mensaje y vio que era de Thatch, por lo que lo abrió.
(Mensaje)
--He hablado con el jefe, dice que puedes tomarte hoy libre, también estaba preocupado por ti, maldito pajarraco.
Al leer esto dejó el móvil en la mesilla y se dejó caer de nuevo contra la almohada, queriendo seguir durmiendo un rato más. Un quejido a su lado lo sacó de su somnolienza, girando apresurado para encontrarse con un chico de cabello negro y pecas que se tapaba la cara para que no le llegara la luz del sol, únicamente vistiendo un pantalón negro corto. La sorpresa fue tan grande que le impidió hacer o decir algo, pero tras ver con más detalle, vio en su cuello el mismo collar de cuentas con las dos caritas que tenía su gato.
--¿Ace? --dudó en preguntar, notando al chico moverse ligeramente, únicamente para ocultar más su cara bajo su brazo.
--Deja dormir, anda --murmuró con voz durmiente.
--Pero qué... --susurró todavía sin creerse que donde ayer estaba aquel gato hoy estaba aquel chico.
El pelinegro giró sobre sí mismo, quedando tumbado sobre su costado derecho y dándole la espalda al otro, dejando al descubierto su brazo izquierdo, donde un tatuaje se podía ver claramente, una A, una S tachada, una C y una E, todo en negro y albergando la parte exterior de su brazo superior.
--Ace... --confirmó esta vez en el mismo tono.
--¿Qué pasa? --habló todavía sin girarse a verlo.
--¿Qué es esto? --se atrevió a cuestionar.
--¿Qué es qué? --elevó un poco el tono, cada vez más despierto al ver que no lo dejarían dormir en paz.
--Tú, ¿qué eres? ¿No eras un gato? --se sentó como indio en la cama, perdiendo por completo el sueño.
--¿Gato? Creo que no --retiró el brazo de su cabeza y dejó que la luz lo terminara de despertar para responder las preguntas de "su dueño".
--¿Entonces? --interrogó con más seriedad el rubio.
--Soy un dios --se sentó en la cama, dándole la espalda a Marco para estirarse cual gato.
--¿¡Un dios!? --se exaltó por esto, no creyéndolo del todo. --¿Qué clase de dios es un gato que se puede convertir en humano? --inquirió con desconfianza.
--Mi hermano y yo --respondió sin problema, ahora girando y adoptando la misma posición que el otro.
--¿Hermano? --ahora mismo lo único que tenía eran dudas y más dudas.
--Sí, mi hermano, a él se lo llevaron antes que a mí, nosotros no podemos permanecer en soledad, o estamos en familia o estamos con algún humano, por eso me encontraste como me encontraste --explicó y recordó con cierta vergüenza.
--Llorando --aclaró con determinación, recibiendo un gruñido, a lo que levantó las manos en muestra de paz.
--Ni una palabra --amenazó con los colmillos al aire. --Somos familiares, realmente no somos dioses, es un término medio entre dios y demonio, más demonio --se relajó para continuar explicando. --Somos peligrosos si estamos solos, pero en compañía lo somos aún más --sonrió arrogante, tanteando el terreno.
--No entiendo, se supone que en compañía deberíais ser más tranquilos --mostró su inconformidad.
--Y lo somos, con quien es nuestro compañero enlazado, si creemos que hay alguna amenaza podemos llegar a ser demonios completos por defender a nuestros compañeros, cualquier peligro para nuestro compañero y nosotros saltaremos a defenderlo sin pensarlo mucho, pero con ellos somos tranquilos, como pequeños ángeles, o dioses --sonrió orgulloso.
--Vaya, eso parece... Irreal --se sinceró, todavía asimilando la información.
--Y si alguien nos traiciona, se puede dar por muerto --añadió como si nada, volviendo a tumbarse en la cama y cruzando las piernas.
--¿Por qué me cuentas esto? --preguntó una vez asimilado todo.
--Para ver si eres digno de ser mi compañero o si me dejaras donde me encontraste, no te preocupes, no te considero nada, por lo que tu vida está asegurada ya que desde un principio creí que me echarías al saber la verdad --movió la pierna que tenía arriba de manera desinteresada.
Se formó un raro silencio mientras Marco terminaba de analizar toda la información dada. A quien tenía delante era un semidiós (por así decirlo) que lo estaba poniendo a prueba para saber si enlazarse con él. Lo pensó lo más rápido que su cerebro pudo, dividiéndolo en pros y contras lo que cuidar de ese chico podía llegar a traerle. Si lo que decía era verdad, tendría algo así como un guardián en su espalda todo el tiempo, que a saber cómo era de sobre protector con su compañero. Si lo meditaba bien, lo más peligroso es que matara a alguien por intentar hacerle algo, y desde una perspectiva positiva, eso no era realmente malo. En lo económico no había problema, ganaba de sobra para vivir y solo compraba lo justo, por lo que tenía bastante dinero ahorrado. El chico tampoco parecía desagradable, era bastante lindo y si podía adoptar su forma gatuna cuando quisiese, con las visitas no habría problema, aunque apenas y tenía.
--No veo el problema para que te quedes --habló de repente, consiguiendo la total atención del chico, que volvió a tomar la posición de antes.
--¿No me vas a echar? --cuestionó con gran intriga y sorpresa en su voz, con los ojos abiertos en gran medida.
--No, no veo el porqué debería hacerlo --aclaró con media sonrisa.
A Ace se le comenzaron a aguar los ojos, pero limpió con rapidez estos antes de que nada descendiera de ellos, aunque no lo pudo evitar y una lágrima traicionera descendió por su mejilla.
--¿Ocurre algo? --se preocupó el Phoenix al ver en que estado estaba el pelinegro.
Negó con la cabeza, obligándose a calmarse para hablar con normalidad.
--Es la primera vez que me aceptan --aclaró, aguantando el agua que seguía acumulada en sus ojos. --Siempre, después de ver lo que era, me echaban a la calle, a esos sí que los maté --volvió su mirada fría y una fina línea sustitulló su pupila.
Esto llamó la atención del humano, pero decidió no preguntar.
--¿Cuál es tu verdadero nombre? --cambió de tema para evitar que el chico volviera a aquellos recuerdos.
--Ace, Portgas D. Ace --acarició el brazo donde estaba su tatuaje. --¿El tuyo? --devolvió la pregunta.
--Así que sí es tu nombre --habló con tranquilidad para no alterarlo. --Phoenix Marco --respondió poco después.
Ace asintió de acuerdo con lo primero dicho.
El Phoenix volvió a mirar la hora en su móvil, viendo que ya eran casi las diez de la mañana.
--Será mejor desayunar, se hace tarde --sugirió, poniéndose en pie y estirándose.
El pelinegro lo siguió hasta la cocina, donde se sentó en una silla y vio a Marco hacer su rutina de la mañana, preparando un café.
--¿Qué quieres para desayunar? --preguntó con educación al ver como el chico no se movía.
--Si tienes, con un vaso de leche voy bien --respondió.
Asintiendo, fue a servir lo pedido y luego entregándolo. Ace bebió con tranquilidad.
--Si vas a ser mi compañero hay algo que tenemos que hacer para sellarlo --habló tras dar su primer trago y ver al otro servirse su bebida.
--Y ¿qué sería? --curioseo dando el primer sorbo.
--Nosotros lo usamos para marcar o ser marcados, pero creo que los humanos lo llaman sexo o hacer el amor, no sé cual es la diferencia --elevó los hombros y dio otro trago.
En cambio, ahora mismo, Marco se estaba ahogando con su café, tosiendo con fuerza para intentar pasar el líquido por el lugar correcto. Cuando se tranquilizó y ya podía respirar con mayor normalidad miró al chico con gran interrogación en la mirada, todavía creyendo que escuchó mal.
--¿Podrías explicarlo mejor? --pidió con cierto enojo al ver que si no preguntaba no iba a optener respuesta.
--Está bien --suspiró, dejando el vaso a medio beber encima de la mesa. --A la hora del marcado, se hace de esta manera para confirmar que el enlace es mutuo, y para nosotros el acto que vosotros conocéis como coito, es algo muy simbólico, debido a que es un intercambio mutuo, el que marca está diciendo que lo acepta y el que se deja marcar es porque está de acuerdo con lo que sucede --fue con pausas para que el rubio lo entendiera.
Tras largos minutos que parecieron horas, donde el café se enfriaba y Ace terminó su vaso de leche, Marco pudo dejar que toda esa información se clavara en su cerebro como estacas.
--Y... ¿tú marcas o te dejas marcar? --por fin habló, volviendo a tomar su taza antes de que se terminara de enfriar.
--Depende del humano, pero esta vez me dejaré marcar, al hacerlo, tú recibirás otra marca pareja a la mía --apoyó sus brazos sobre la isla.
--¿Cómo? --no entendió esa parte.
--Si me marcas en el hombro, por poner un ejemplo, en el hombro que me marcaste saldrá la marca correspondiente y a ti una en el mismo lugar que tenga relación con la mía --le estaba poniendo de mal humor tener que explicar tanto.
--Vale, ya entendí --vio al pelinegro suspirar agradecido por esas palabras. --¿Cuándo sería? --y volvió a ver la mueca irritada.
--Cuanto antes, mejor, así sabrán que tienes un enlace y por ende, ningún ser podrá tocarte --se retiró hacia el sillón, donde se tumbó.
Marco se tranquilizó un poco, respirando hondo y dejando que el amargo sabor de su café lo calmara tras tanta información de golpe. Cuando acabó su taza, no fue suficiente y se sirvió otra para aumentar sus niveles de cafeína y terminar de relajarse.
No fue posible hasta que se terminó la tercera. Puso ambos vasos en el lavavajillas y fue con el chico, que estaba profundamente dormido. Suspiró y se retiró a su habitación a por su móvil y sus gafas, volviendo más tarde y tomando asiento a los pies del pecoso. Miró que tenía un mensaje, por lo que lo abrió y leyó.
(Mensaje)
--Puedes tomarte el fin de semana libre, órdenes del jefe, y espero que comas en condiciones --se leía en el mensaje.
--Thatch siempre igual --sonrió al ver que su amigo no cambiaría.
Vio la hora, pasadas las 10, luego vio al Portgas, completamente dormido. Volvió a suspirar sin saber qué hacer. Miró discretamente su despacho personal.
--No dijo que no pudiera trabajar en casa --sonrió ante su pensamiento, tomando rumbo hacia aquel lugar y poniéndose a revisar papeles.
Tras varias horas que no contó, sintió algo posarse en su hombro, por lo que dio un pequeño salto en su lugar y giró rápido en esa dirección, notando al pelinegro que ahora viviría con él.
--Marco, tengo hambreee --se quejó por su falta de alimento.
Extrañado, revisó su móvil y con sorpresa vio como estaban a punto de dar las dos y media de la tarde.
--Voy a hacer la comida --se levantó de su sitio y fue a la cocina para preparar algo para ambos.
--¿Qué estabas haciendo? --curioseó Ace, sentándose donde antes en la isla.
--Trabajando un poco --contestó sin apartar la vista de lo que hacía.
--¿Un poco? Llevas ahí desde esta mañana, ni Sabo trabaja tanto --reprochó con un bufido.
--¿Sabo? --fue su turno de preguntar.
--Es el enlazado de mi hermano, me contó que trabaja mucho pero siempre juega con él --aclaró sin mucha importancia. --¿Has pensado en lo del enlace? --cambió de tema a uno que de verdad le interesaba.
--No mucho --se sinceró, ganándose otro bufido. --Pero... como tengo el fin de semana libre podría ser esta noche --se detuvo un momento para luego continuar.
--Sin problema --aceptó sin darle muchas vueltas, para él, cuanto antes, mejor.
Ante él una hamburguesa fue posicionada, luego Marco tomando asiento delante de él con la suya propia. Ambos comieron en un extraño silencio que no sabrían como definir.
Cuando cada uno acabó volvieron a lo mismo de antes, Marco a trabajar y Ace a dormir y no despertar hasta que su estómago volvió a reclamar alimento, repitiendo el proceso de antes de el pelinegro tener que llamar al otro por estar tan concentrado en su trabajo que ni se fijó en la hora. Cenaron, pero esta vez, el pecoso evitó que volviera a entrar en aquella habitación que hacía de despacho, tomándolo de la mano.
--Es hora --pronunció con cierta seriedad.
El Phoenix tragó en seco, solo pudiendo llegar a asentir con lentitud y ser arrastrado a su habitación y luego tumbado sobre su cama boca arriba, con el contrario sentado en su cadera.
--Eres tú quien me tiene que marcar, pero puedo ayudarte a empezar --sonrió divertido y con cierta coquetería que le quitó momentáneamente el aire.
Ace se agachó y comenzó a lamer con cierta lentitud la piel del cuello a su alzance, saboreando en su totalidad todo lo que encontraba a su paso. Al rubio le recorrió un escalofrío placentero al notar la cálida lengua y aliento contra la zona de su cuello, junto a la ligera aspereza que la primera tenía, suspuso que por sus cualidades de gato. Con renovada confianza, colocó ambas manos en la cadera del chico sobre él, ascendiendo al mismo tiempo que disfrutaba de la suavidad de la piel expuesta. Llegó hasta la nuca y lo retiró de su cuello para besarlo con profundidad, siendo correspondido en poco tiempo con la misma intensidad. Los brazos del Portgas pasaron por el cuello ajeno, profundizando un poco más aquel candente beso. Cuando el aire hizo falta se separaron, el humano pudiendo contemplar la dilatación en las pupilas del otro. Tumbó el cuerpo sobre él en la cama y fue su turno de besar la piel expuesta, eligiendo el mejor lugar para esa marca. Los jadeos proviniendo de la boca del pecoso aumentaron sus ganas de ir más allá. Abrió el cinturón que el otro llevaba junto al cierre de su pantalón para retirarlo sin dejar de besar el cuerpo ajeno, jugando con los pezones del otro. Al morder uno de esos botones rosas un gemido se escapó de los labios del pecoso, que colocó una mano sobre su boca mientras la otra se aferraba a las sábanas. Ese sonido había hecho que los sentidos de Marco se agudizaran para poder captar con más intensidad cada cosa que saliera de su boca o cada parte de piel que sus manos acariciaban. Dio vuelta al cuerpo del chico y elevó sus caderas mientras la cara y sus brazos permanecían tendidos. Un ronroneo pudo escucharse de parte de Ace ante la nueva posición, abriendo más las piernas en una invitación silenciosa. Sin poder más, el rubio retiró sus pantalones seguido de la única ropa que le quedaba al pelinegro, contemplando su entrada que se encogía pidiendo ser llenada. Deslizó una mano desde el cuello por toda la espalda, haciendo que se arqueara de placer junto a otro ronroneo más fuerte y parte de un gemido. Realmente nunca se esperó estar así, sí era verdad que había tenido otros encuentros tanto con hombres como mujeres, pero este chico lo estaba haciendo delirar en gran medida y perder la paciencia de la que tan orgulloso estaba. Retiró su prenda interior y dirigió tres dedos a la boca del pelinegro, quien los comenzó a lamer como si fueran comida. No dejó de acariciar la extensión de la espalda a su alcance, siguiendo escuchando el dulce ronroneo que se sentía tan irreal viniendo de un cuerpo humano. Cuando sus dedos estuvieron bien lubricados los retiró y no tardó en adentrar uno en la entrada que pedía ser llenada, escuchando el gemido de placer que se escapó de la garganta del pecoso. No tardó en adentrar los otros dos, únicamente escuchando los sonidos del contrario que estaban haciendo que se deje llevar por la lujuria. Se colocó y penetró de una a Ace, que soltó un potente grito de éxtasis, rasguñando las sábanas y arqueando la espalda a todo lo que daba, acercando más su parte trasera al rubio, quien no tardó en empezar a moverse con fuertes pero lentas estocadas, consiguiendo tocar ese punto que hacía al minino retorcerse de gozo.
--¡Más, ahí, ahí! --exclamó de puro éxtasis ante las fuertes penetraciones que iban justo a aquel lugar que lo llevaba a perder la cordura.
Como si fuera una orden aumentó el ritmó, viendo al Portgas estirar los brazos y comenzar a apretar con más fuerza las sábanas.
--Mu... Muerde --soltó entre gemidos, girando los ojos para ver al Phoenix, dejándole ver su mirada completamente dilatada por el placer. --Maaaah... Marcameeeeh --consiguió volver a decir, tumbando la cabeza en el colchón.
En un momento de lucided, Marco hizo caso antes de llegar a su orgasmo, mordiendo la curva entre el hombro y el cuello del pelinegro, apretando con fuerza. Las paredes de Ace se contrageron contra su hombría a la vez que se corría en la cama, él no tardando en hacerlo dentro del pecoso sin parar de morder el lugar que había elegido para marcar. Cuando terminó de correrse y el cansanción de tal acto llegó a su cuerpo salió del otro, dejando de morder y tumbándolos a ambos en el colchón, tapándolos con las sábanas que mañana tendría que cambiar. Vio como el chico tenía la respiración agitada y los ojos cerrados. Se fijó en el lugar donde había marcado, viendo como, del tamaño de su mordida, comenzaba a formarse una llama de fuego de color azul y amarillo, con la parte más estrecha hacia la zona del cuello y la otra hacia el hombro. No quiso darle más vueltas, ya mañana vería la que se le formó a él. Ace no tardó en dormirse seguido del rubio.
(...)
Cuando despertó no supo que hora era, pero tampoco quería saberlo. Miró al chico a su lado, que seguía profundamente dormido. Recordó que tenía el fin de semana libre, agradecido al máximo con su jefe, ya que lo último que quería hacer era trabajar en ese momento. Vio de nuevo la marca en el cuello del otro y la acarició con cuidado de no despertarlo, notando el ligero ronroneo que hizo aún durmiendo. Sonrió divertido para luego levantarse y dirigirse al baño. Se vio en el espejo y notó con asombro el gran pájaro azul con toques amarillos que ahora surcaba su cuello y hombro. Tenía las alas desplegadas hacia ambos lados y la cola albergando su hombro junto a las patas encogidas. Acarició con lentitud las alas, de donde se emitían los toques amarillos como fuego.
--Un fénix... --pronunció con asombro.
Ahora entendía la marca formada en el cuello de Ace de una llama azul y amarillo. No quiso darle más vueltas y entró a la ducha para quitarse lo pegajoso del sudor de anoche. Salió y se puso únicamente ropa interior y fue a preparar su desayuno, ya que dudaba que el pecoso despertara en poco tiempo. Se hizo su café y lo bebió al mismo tiempo que volvía a acariciar aquella marca.
--Cuando Thatch la vea se va a burlar, me va a llamar pajarraco durante toda mi vida --pensó con diversión al recordar a su amigo castaño, pero luego cayó en otra cosa, perdiendo la diversión. --¿Toda la vida? --pensó con duda, no sabiendo si eso era verdad.
Terminó su taza y se sirvió otra, cuando escuchó un bostezo acercarse a donde estaba.
--Buenos días --dijo el pelinegro cuando terminó su bostezo.
--Buenos días --devolvió el saludo. --¿Lo mismo de ayer? --preguntó con una ligera sonrisa.
El Portgas solo asintió aún con los ojos cerrados.
El día pasó ameno, con Marco por fin con un descanso completo con Ace durmiendo en su regazo.
(...)
Llegado el lunes el Phoenix debía volver al trabajo, y se lo dijo a su compañero, que se convirtió en gato y agitó la cola.
--¿Ace? --se extrañó por esto, agachándose hasta la altura del felino.
Antes de poder reaccionar, el gato saltó a sus hombros y se tumbó como bufanda.
--Tengo que estar contigo, o si no no podré cumplir mi función como guardián --escuchó en su cabeza la voz del chico.
--No sé si me dejarán llevar animales --le contó con cierta duda.
--Me esconderé, pero no puedo alejarme --concluyó.
Marco suspiró, pidiendo que entrara en su maletín sin arrugar nada. Este lo hizo y entró. No lo cerró del todo para que el aire pudiera entrar y marchó en dirección a su trabajo.
Una vez en el gran edificio cogió el ascensor y subió a la planta correspondiente, luego yendo a su despacho, donde dejó salir al minino.
--Mantente debajo de la mesa y no salgas --mandó con su mirada aburrida de nuevo en su rostro.
Ace hizo caso y se quedó durmiendo en una de las esquinas debajo de la mesa.
Comenzó su trabajo sin inconvenientes, hasta que a la hora de comer apareció su gran amigo por la puerta con una gran bandeja.
--Espero que comieras bien en estos días --lo miró en amenaza, luego notando el pájaro en el cuello del rubio. --¿Te has hecho un tatuje? ¿Sin decirme? Que malo... Ahora te voy a llamar pajarraco con razón --rio con fuerza ante sus propias palabras.
--Lo sabía --suspiró con cansancio, acariciando el supuesto tatuaje. --Y no es un pájaro cualquiera, es un fénix --corrigió, comenzando a comer de la bandeja que le había traído.
--Vale, vale, no me pegues --levantó las manos en son de paz, luego escuchándose un pequeño gruñido. --¿Qué fue eso? --miró a todos lados.
Marco se tensó y miró disimuladamente hacia debajo, viendo como Ace quería salir al mismo tiempo que enseñaba las garras y los dientes. Colocó el pie para impedir su avance.
--Habrá sido el estómago de alguien --mintió sin quitar su rostro aburrido.
--Entonces tengo que seguir, hasta luego --se despidió, dejando al Phoenix comer.
--¿Por qué no me dejaste salir? --se quejó el Portgas, subiendo al regazo del humano.
--Thatch es un buen amigo, no una amenaza --refutó con la verdad.
--Tiene un enlace --aseguró con desagrado, luego viendo la comida. --Dame --exigió más que pidió.
--¿Un enlace? ¿Con quién? --dejó a Ace comer de la bandeja.
--No lo sé, pero lo tiene, puedes buscar su marca --habló tras comer y volver a su posición.
Marco se quedó pensando, pero no le dio muchas vueltas. Terminó de comer, le dio la bandeja a otro de los encargados de la comida cuando pasó y volvió a su trabajo.