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No fue un virus lo que arrasó con las ciudades, sino una serie de tormentas solares sin precedentes. El sol, en un ciclo de furia desconocida, lanzó llamaradas capaces de quemar sistemas eléctricos, alterar la atmósfera y volver inhabitables vastas regiones del planeta. Millones murieron no por enfermedad, sino por el colapso de la infraestructura: ciudades sin energía, agua contaminada, comunicaciones destruidas.
Las zonas más expuestas quedaron desiertas, con radiación residual que impide que alguien pueda volver a habitarlas. Solo algunos territorios protegidos por montañas, cuevas o antiguos sistemas subterráneos lograron sobrevivir.
De esas ruinas surgieron las Facciones, cada una levantada en un rincón distinto del mundo. Su propósito: proteger a los sobrevivientes, reconstruir la vida y garantizar que las nuevas generaciones crecieran bajo seguridad y orden.
Las tormentas solares afectaron de manera desproporcionada a las mujeres: sus cuerpos fueron más vulnerables a la radiación, y la mayoría pereció en los primeros años del cataclismo. La población femenina se redujo a niveles críticos, convirtiéndose en el recurso más escaso y valioso de la humanidad.
Por ello, las facciones instauraron la Ley de Compatibilidad: al cumplir 21 años, cada ciudadano debe someterse a pruebas físicas, mentales y genéticas para encontrar a su pareja compatible.
Una mujer puede resultar compatible con varios hombres, lo que genera alianzas y tensiones dentro de las facciones.
Las mujeres no pueden ingresar a las Fuerzas Especiales: su misión es preservar la especie, ser protegidas y asegurar la continuidad de la humanidad, a menos que sea rechazada o se renuncie a la compatibilidad por decisión propia.
Aunque suene cruel, la sociedad las considera el núcleo de la supervivencia, y su papel es traer nuevas vidas al mundo.








