Capítulo 1
Otro año en Hogwarts había llegado.
Aurora terminó de empacar, guardando todas sus pertenencias en el baúl con ayuda de su varita: espino, núcleo de pelo de unicornio y 35 centímetros.
Había vivido momentos mágicos y descabellados desde los once años, enfrentando peligros codo a codo tras la llegada de Harry Potter al colegio. Harry, su mejor amigo, junto a Hermione Granger y Ron Weasley, habían luchado contra cada enemigo que se interponía en su camino. Por supuesto, no faltaban las peleas verbales —y alguna que otra riña física— con Draco Malfoy, quien se encargaba de molestarlos todo el tiempo.
Puso los ojos en blanco al pensar que tendría que aguantar a Malfoy un año más. ¿Alguna vez cambiará su carácter?, se preguntó.
Aurora era una chica de estatura promedio, piel clara con un matiz cálido, ojos color miel y labios gruesos. Su cabello, negro y largo, le caía en cascada lleno de rizos.
Al bajar las escaleras de su casa, se detuvo a contemplar los cuadros de la pared: fotografías de ella junto a su madre en los distintos viajes que habían hecho juntas. Soltó un suspiro.
—Voy a hacerte sentir orgullosa, mamá —susurró, tocando con yema de los dedos la foto del día de su cumpleaños, donde ambas se abrazaban y ella llevaba un pañuelo en la cabeza.
Unas luces parpadeantes en la ventana de la sala la distrajeron. Sonrió.
—¿Lista, Frida? —le preguntó a su lechuza.
Abrió la puerta principal y recibió a Harry, a Hermione y a la familia Weasley.
—¡Aurora! ¡Qué alegría verte! Te extrañé mucho durante las vacaciones —dijo Hermione, envolviéndola en un cálido abrazo.
—Yo también, Hermione. ¡Hola, Harry! ¡Familia Weasley!
Abrazó a todos e invitó al grupo a pasar un momento a la sala. Los visitantes observaron cada rincón; en especial el señor Weasley, siempre fascinado por los objetos muggles.
—¿Empacaste todo, cariño? —preguntó la señora Weasley, acariciándole el brazo con ternura.
—Sí, señora Weasley. Tengo todo listo —intentó sonreír.
—Niños, lleven las cosas de Aurora al auto, por favor. Yo me aseguraré de cerrar bien la casa. ¡Ah! Harry, lleva a Frida.
—Gracias, señor Weasley.
Aurora observó su hogar una última vez antes de subir al vehículo. Vio a los señores Weasley murmurar hechizos de protección alrededor de la propiedad. Se sintió afortunada de tener amigos y familia que se preocupaban por ella tanto como lo hacían por Harry, haciéndoles saber que no estaban solos. Harry entendía perfectamente su dolor; lo habían hablado mucho por carta. Ron incluso le había propuesto mudarse con ellos, pero ella no podía abandonar el único lugar lleno de sus recuerdos familiares.
Atravesaron el andén 9 ¾ en la estación de King’s Cross, en Londres. Aún había alumnos subiendo al tren y despidiéndose a prisa de sus familias.
—¡Rápido, niños! ¡Suban, suban!
—Aurora, sé fuerte. No estás sola, aún tienes gente que te quiere —le dijo Molly con voz dulce—. Puedes escribirnos cuando quieras. Intenten venir en Navidad si deciden pasarla con nosotros.
Aurora asintió con una sonrisa. Abrazó a la señora Molly y luego al señor Arthur antes de abordar.
Siguió a Hermione por el pasillo, mientras Ron y Harry buscaban un compartimiento libre más adelante. Finalmente encontraron uno al fondo. Aurora se acomodó al lado de Hermione justo cuando el tren comenzaba a avanzar. A través de la ventanilla, los estudiantes agitaban las manos hacia sus familias.
Durante el trayecto, algunos alumnos practicaban hechizos sencillos y otros le compraban golosinas a la bruja del carrito. Harry compró ranas de chocolate para todos y le ofreció una a Aurora, quien aceptó con una leve sonrisa de agradecimiento.
—Aurora... ¿cómo estás? —preguntó Harry, tragando saliva.
Ella suspiró y bajó la mirada mientras se encogía de hombros, guardando silencio. Los tres amigos se miraron entre sí con rostro preocupado. Aurora se jaló las mangas de la sudadera para cubriéndose las manos y se abrazó el estómago.
—Nada bien —susurró con la voz ronca. Frunció el ceño, parpadeando para contener las lágrimas, pero fue en vano.
Hermione se acercó de inmediato a abrazarla, seguida por Harry y Ron. Aurora rompió a llorar con fuerza durante un buen rato.
—Perdón, ya vuelvo —dijo finalmente, secándose el rostro—. Olvidé ponerme la túnica; recién noto que ustedes ya se la pusieron —intentó sonreír.
—¡Espera! Te acompaño —se levantó Hermione.
—No, está bien. Gracias. Volveré rápido.
Caminaba de regreso limpiándose las lágrimas con la manga cuando, por ir con la cabeza baja, chocó de frente con alguien. Fue un choque extraño: al tropezar, sus manos se rozaron y una especie de descarga eléctrica los recorrió a ambos.
Aurora frunció el ceño y maldijo para sus adentros al ver de quién se trataba: la última persona que deseaba encontrarse.
—¡Oye! Fíjate por dónde caminas, torpe —dijo el rubio, disimulando el sobresalto mientras se acomodaba la túnica.
—Lo siento —murmuró apenas.
No tenía ánimos de discutir. Intentó seguir de largo, pero sintió un tirón firme en la manga. Se giró confundida. Draco la sujetaba con el ceño fruncido y la mirada fija en sus ojos azules. Parecía esperar una disculpa mirándolo a la cara. Sin embargo, antes de que ella pudiera protestar, Malfoy la arrastró hacia el baño del vagón, la metió y cerró la puerta tras de sí.
¿Debería gritar?, pensó Aurora, asustada.
—¿Estás bien? Tienes los ojos rojos —preguntó él.
—Eso no te incumbe, Malfoy.
—Solo pregunté si estás bien, no hay necesidad de tanto drama.
—Como si te importara. Tampoco tengo por qué contarte nada para que luego vayas a divulgarlo por ahí —escupió ella.
Lo hizo a un lado para abrir la puerta y alejarse, aferrándose a la ropa de cambio que llevaba doblada en los brazos.
Al regresar al compartimiento, prefirió omitir el encuentro. Se cambió, guardó su ropa y se sentó intentando prestar atención a la conversación, aunque tuvo la mente en otra parte durante el resto del viaje, recordando la extraña expresión de Draco al preguntarle si se encontraba bien.
El cielo nocturno estaba oscuro, iluminado únicamente por la luna y un manojo de estrellas dispersas.
Al bajar del tren, Hermione caminaba tomando a Aurora del brazo hacia Hagrid, el semi-gigante y guardabosques.
—¡Vamos! ¡No se atrasen! ¡Hermione, Aurora! Bienvenidas de vuelta —saludó Hagrid con una sonrisa triste dirigida a la joven.
Aurora se detuvo de golpe al ver a las criaturas que tiraban de los carruajes. Miró a Hermione para preguntarle qué eran, pero al notar que su amiga mantenía la mirada al frente sin inmutarse, se mordió la lengua. ¿Acaso ella no podía verlos?
Subieron las escalinatas hasta el Gran Comedor, donde las cuatro mesas comenzaban a llenarse. Cuando Aurora estaba por avanzar, sintió un ligero empujón lateral: Draco chocó su brazo contra el de ella al pasar en dirección a la mesa de Slytherin. De cerca, notó que estaba algo más alto que el año anterior. Iba escoltado por sus habituales acompañantes.
Tras la Selección de los nuevos alumnos por parte del Sombrero Seleccionador —que cantó su habitual melodía antes de recibir los aplausos del público—, Aurora observó la Mesa Alta. Dumbledore vestía su túnica gris y llevaba la larga barba recogida con una cinta.
—... La felicidad puede hallarse hasta en los momentos más oscuros, si somos capaces de usar bien la luz —concluyó el director su discurso.
Aurora frunció el ceño. ¿Sería posible para ella salir de las sombras en las que se encontraba? No le deseaba a nadie sentir semejante vacío a los dieciséis años.
Al finalizar la cena, la voz de Dumbledore resonó hacia ella:
—Aurora, ven un momento, por favor. No, señorita Granger, espérela afuera —añadió el director con una sonrisa amable hacia Hermione, Harry y Ron.
La joven observó cómo el resto de los estudiantes abandonaba el salón. Al cruzar la mirada con Draco, notó que él la observaba fijamente, sin expresión alguna, hasta cruzar las puertas. ¿Por qué la miraba tanto?
Cuando el salón quedó vacío y los profesores se retiraron, solo quedaron ellos dos.
—Buenas noches, director Dumbledore.
—Buenas noches, señorita Morey. Discúlpame por quitarte un minuto.
—Para nada. ¿Ocurre algo?
—Solo quería preguntarte cómo estás.
—Oh... —Aurora tragó saliva y se aclaró la garganta—. Estaré mejor pronto. Sigo asimilándolo.
—Entiendo... Mi más sentido pésame. Tu madre fue una gran bruja y te crió de manera excepcional. Heredaste su belleza, su talento y su inteligencia. Eres la imagen viva de ella a tu edad.
Aurora suspiró. Solo deseaba honrar su memoria.
—Haber sido amados tan profundamente, aunque la persona que nos amó ya no esté, nos protegerá para siempre —continuó Dumbledore—. No lo olvides, Aurora. No dejes que el dolor le gane al amor.
—Gracias, director.
Con un nudo apretado en la garganta, se despidió y caminó hacia la salida procurando no echarse a correr.
Los pasillos estaban desiertos. En lugar de ir hacia su sala común, sus pies la llevaron en dirección opuesta. Echó a correr mientras las lágrimas comenzaban a brotar, rogando no topársela con ningún profesor. Solo quería esconderse en algún baño a llorar a solas.
Lamentablemente, no llegó lejos antes de chocar torpemente contra alguien.
—Oye... —la voz de la otra persona se apagó.
Aurora levantó la vista y rodó los ojos al ver de nuevo a Draco. Intentó esquivarlo, pero él la sujetó del brazo.
—Aurora... ¿estás bien? —preguntó.
—Sí, Malfoy. Estoy bien —respondió, intentando zafarse.
—Es la segunda vez hoy que te veo llorar. ¿Qué pasa?
Ella se giró para encararlo, al borde de una risa amarga.
—Como te dije antes, no te incumbe.
—Solo trato de ayudar. Llevas así desde el tren. Si no sueltas lo que tienes atravesado, te va a comer por dentro.
—No es tan fácil superar algo así de un día para otro. Ahora, si me disculpas, quiero irme a mi habitación.
Dio tres pasos para alejarse, pero una voz fatídica resonó en el corredor:
—¡Estudiantes fuera de la cama! ¡Una Gryffindor y un Slytherin merodeando! Quedan castigados.
Filch emergió de las sombras acompañado por la señora Norris.
Al día siguiente, Aurora despertó de pésimo humor. Filch los había llevado ante la profesora McGonagall, quien, inflexible, no quiso escuchar excusas. La habían castigado por culpa de Malfoy por estar apenas un par de minutos en el pasillo.
En la clase de Cuidado de Criaturas Mágicas, Hagrid tomó la palabra:
—Bueno, me avisaron que tengo un par de castigados. Morey, Malfoy... ustedes trabajarán en pareja hoy. Al finalizar la clase, recogerán todo el material.
Aurora le lanzó una mirada asesina a Draco, quien se reía al fondo junto a sus amigos. Frustrada, camión hacia él, lo tomó de la manga y lo arrastró hacia uno de los escarbatos, ignorando sus quejas.
—¡Suéltame, Morey! ¿Qué te pasa? —protestó él con el ceño fruncido mientras los demás observaban.
Aurora intentó atrapar al pequeño escarbato, pero la escurridiza criatura se le escapó de las manos. Para colmo, Draco no movía un dedo.
Disimuladamente, sacó de su túnica un collar dorado y se lo enseñó al animalito. El escarbato corrió de inmediato y trató de guardárselo en la bolsa marsupial con todas sus fuerzas.
—No tan rápido —murmuró ella con una leve sonrisa.
—Es absurdo cómo enloquecen por cualquier cosa brillante —comentó Draco, observando la escena.
—Es una criatura maravillosa —lo defendió Aurora sin mirarlo—. Aliméntalo.
Draco, con gesto de disgusto, tomó unos insectos y los acercó. El escarbato los aceptó gustoso. Sin embargo, al retirar la mano, rozó accidentalmente los dedos de Aurora. La misma descarga de la tarde anterior saltó entre ambos, haciendo que Draco apartara la mano de golpe.
Ella se contempló la palma, extrañada.
—¿Me echaste una maldición? —pensó en voz alta.
—¿Estás demente? —escupió él.
—Me hiciste algo. Sentí un chispazo fortísimo.
—¡Yo también lo sentí! A lo mejor fuiste tú intentando lanzarme un hechizo mental para enamorarme.
Aurora jadeó, indignada ante la arrogancia de Malfoy, con ganas reales de lanzarle una maldición para hacerlo escupir babosas.
Al sonar la campana, Aurora se alejó de él tan rápido como pudo para reunirse con Hermione, quien de inmediato le preguntó la razón de la discusión. Aurora solo se encogió de hombros.
En Defensa Contra las Artes Oscuras, los pupitres estaban apartados hacia un costado. El profesor Lupin los esperaba junto a un armario que albergaba a un boggart, exactamente como en tercer año.
—¡Profesor Lupin! ¡Volvió! —exclamó Harry emocionado.
—Hola, Harry, Ron, Hermione... Aurora —saludó el profesor con una calurosa sonrisa.
—Ay, no... ¿el boggart otra vez? —se quejó Ron—. Me niego a ver a la araña.
—Puedes hacerte a un lado y dejarnos el turno a los demás, Ron —sugirió Hermione.
—Gran idea. ¡Hagan una fila! Señorita Granger, usted primero —indicó Lupin, poniendo música suave de fondo.
El boggart emergió del armario adoptando la forma de la profesora McGonagall, quien miró fijamente a Hermione.
—¡Fallaste en todos los exámenes! —gritó la figura.
—¡Riddikulus! —exclamó Hermione con firmeza.
La figura de McGonagall se transformó en la misma profesora dándole golpecitos cómicos en la cabeza a Draco con un pergamino enrollado. La clase rompió a reír.
—Ah, ah... Si dice algo, les quitos puntos. Va para todos —intervino Lupin al ver que Draco daba un paso al frente molesto.
—Sigue usted, señorita Morey.
Aurora dio un paso al frente y desenfundó su varita. Se concentró.
¿A qué le tenía miedo realmente?
El boggart comenzó a mutar. La estancia pareció oscurecerse alrededor de la figura de una chica sentada en el suelo con el rostro oculto entre las manos. A su alrededor surgían siluetas queridas que se desvanecían como humo, una a una. Con cada pérdida, del pecho de la joven emergía una sombra oscura y helada, similar a un dementor.
—Señorita Morey... —murmuró Lupin con preocupación.
—¡Riddikulus! —logró pronunciar Aurora.
La escena se transformó en una caja de sorpresas gigantesca de la que brotó un muñeco de dos cabezas bizcas y sonrientes; un brazo mecánico salió del costado y le estampó un pastel de crema en la cara a la otra mitad.
Los alumnos rieron, pero Aurora se quedó estática, mirando el suelo con el pecho agitado.
—¡Bien hecho! Siguiente —anunció el profesor.
Aurora retrocedió en silencio con el corazón desbocado. Notó que Draco la observaba con el ceño arrugado, pero no dijo nada.
Al terminar la clase, salió a toda prisa.
—¡Aurora! ¿Estás bien? Tu boggart... ¿eras tú? —la alcanzó Hermione en el pasillo.
—Estoy bien. Yo... lo siento, debo ver a un profesor —mintió con la garganta cerrada.
Escapó entre la multitud hasta llegar a la Torre de Astronomía, vacía a esa hora. Se apoyó contra la barandilla del balcón y dejó salir todo el aire contenido. Las lágrimas finalmente cayeron sin control mientras contemplaba el atardecer dorado.
Sacó la fotografía con su varita y la contempló.
—Te extraño, mamá —susurró.
—¿Aurora? —dijo una voz a sus espaldas.
Aurora se volvió rápidamente, con el corazón latiéndole a mil por hora. Con los ojos muy abiertos, observó la silueta que aguardaba cerca de las escaleras. El cabello platinado del chico brillaba bajo la tenue luz del lugar.
—¿Malfoy? —frunció el ceño mientras se ponía de pie a toda prisa, sujetando con fuerza la varita y la fotografía de su madre—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Vine a ver cómo estabas.
—¿Y por qué te importa tanto? —Aurora puso los ojos en blanco—. Llevas acosándome todo el día.
—¿Por qué lloras? —preguntó él en tono serio—. El año pasado eras la chica más alegre y bromista del colegio. Ahora tienes la mirada completamente apagada.
—Repito... ¿por qué te importa? ¿Para ir corriendo a contárselo a tus amigos y burlarte de mí?
Draco soltó un largo suspiro y, rodando los ojos, dio un par de pasos hacia ella. De cerca, no pudo evitar fijarse en la mirada de Aurora: estaba llena de un dolor y una tristeza profundos. Toda la luz y la vida que solían caracterizarla se habían evaporado.
—Tu boggart... eras tú misma, ¿cierto? Fue un poco fuerte verlo.
Aurora guardó silencio. No tenía por qué darle explicaciones a él. Sintió cómo la ansiedad comenzaba a carcomerla y sus dedos, inquietos, empezaron a dar golpecitos nerviosos contra sus muslos. Estar en la misma habitación con Draco Malfoy —el chico que había dedicado años a molestarla a ella y a casi todos sus amigos— la ponía a la defensiva. Siempre había sido cruel con sus palabras y su actitud; envidiaba abiertamente a Harry Potter por ser “el niño que sobrevivió” y jamás le perdonó que rechazara su mano la primera vez que se cruzaron en las escaleras del Gran Comedor.
Sin decir una palabra más, intentó pasar por su lado para marcharse, pero se detuvo en seco en el último escalón para evitar chocar de frente con la persona que aparecía en el pasillo.
—Aurora... —dijo la profesora McGonagall al verla, antes de desviar la mirada hacia atrás—. ¡Oh, señor Malfoy! Por fin lo encuentro. ¿Qué hacen ustedes dos solos aquí arriba?
Antes de que Aurora pudiera inventar una excusa, la profesora continuó:
—El director Dumbledore lo está buscando en su oficina, señor Malfoy. Acompáñeme, por favor. Señorita Morey, diríjase al Gran Comedor.
Draco arrugó la frente. Era de lo más extraño; Dumbledore jamás lo llamaba a él. Siempre era a Potter. Solo a Potter.
Salió del trance cuando Aurora pasó por su lado en dirección al comedor. La profesora McGonagall le indicó con la cabeza que la siguiera y Draco no tuvo más remedio que obedecer; de lo contrario, estaba seguro de que le restaría puntos a Slytherin. «¡Vaya! Ahora entiendo cómo se sienten las demás casas cuando el profesor Snape les quita puntos sin motivo», pensó con amargura.
Se detuvieron ante la gárgola de piedra que custodiaba la entrada del despacho del director. La profesora McGonagall hizo un gesto rápido con las manos.
—Pastel de limón —pronunció con firmeza.
La gárgola cobró vida y comenzó a girar sobre sí misma mientras la escalera de caracol ascendía como si tuviera vida propia. Al llegar arriba, Draco avanzó hacia la puerta de madera, pero antes de que pudiera llamar, esta se abrió de par en par. Dumbledore lo aguardaba sentado tras su imponente escritorio.
—Señor Malfoy, pase. Tome asiento, por favor.
Aún desconcertado, Draco caminó despacio mientras observaba los retratos parlantes colgados en las paredes y al majestuoso fénix que descansaba en su percha. Tragó saliva y se sentó frente al anciano mago.
—Veo que se siente incómodo de estar aquí, así que iré directo al grano —comenzó Dumbledore entrelazando los dedos—. Dígame, ¿conoce la antigua leyenda de las “almas gemelas” de nuestro mundo?
—¿La leyenda de la pareja que juntas poseen un poder capaz de vencer casi cualquier mal?
—Exacto. Esa misma. ¿Y qué más sabe al respecto? —preguntó el director, bajándose ligeramente las gafas de media luna.
—Que es un vínculo que dura para siempre. Que cuando fallecen, sus almas renacen en otra era y vuelven a encontrarse mediante casualidades imposibles, sin importar cuánto tiempo les tome cruzarse.
—Excelente, señor Malfoy. Veo que está muy bien informado.
—Profesor Dumbledore, ¿qué tengo que ver yo con todo esto? ¿Por qué estoy aquí realmente? —inquirió Draco arrugando el ceño, haciendo un esfuerzo por no sonar despectivo.
—Verá, la leyenda no es una simple historia. La bruja y el mago de los que habla la mitología existieron, y sus almas han renacido a lo largo de los siglos. Su amor trasciende el tiempo y es más poderoso que el miedo. Y esas almas reconocen a su otra mitad mediante un chispazo... una corriente mágica que se desencadena con el más mínimo contacto físico.
Draco abrió los ojos de golpe, helado.
—¿Comprende a dónde quiero llegar, señor Malfoy?
—Pero... es imposible —negó con la cabeza rápidamente—. Aurora y yo... no nos soportamos.
—Créame que lo he notado —comentó Dumbledore con tranquilidad—. Sin embargo, de ustedes depende traer el equilibrio a nuestro mundo.
Draco guardó silencio durante unos minutos, intentando asimilar la locura que acababa de escuchar. Quería convencerse de que el director desvariaba.
—¿Morey sabe algo de esto? —preguntó finalmente, con un hilo de voz.
Dumbledore negó lentamente con la cabeza.
—No. No puedo decírselo... no ahora, con la pérdida tan reciente que acaba de sufrir.
Draco frunció aún más el ceño, sin comprender del todo.
—¿A quién perdió?
—¿No lo sabe? —Dumbledore pareció sorprenderse un instante—. Bueno, me temo que no me corresponde a mí revelarlo, señor Malfoy. Si decide acercarse a ella y conocerla mejor, con el tiempo lo sabrá. Y quizás... acaben juntos.
«¿Conocerla mejor? ¡Como si eso fuera posible!», pensó Draco con sarcasmo.
El director le explicó que necesitaba que ambos hicieran funcionar ese vínculo por el bien del colegio y del mundo mágico. Mientras escuchaba, a Draco le dio un vuelco el estómago al pensar en su padre. Lucius Malfoy era un mortífago; jamás creería en leyendas sobre el amor y el equilibrio, y mucho menos aceptaría algo que no encajara en su obsesión por la pureza de la sangre.
—Hablaré con el profesor Snape para que los ponga juntos como pareja en la clase de Pociones, y haré lo mismo en Defensa Contra las Artes Oscuras con el profesor Lupin —añadió Dumbledore.
Al oír ese nombre, Draco recordó algo importante.
—Profesor... ¿el profesor Lupin le contó lo que ocurrió con el boggart de Aurora?
Antes de que Dumbledore pudiera responder, unos golpes resonaron en la puerta. El director hizo una seña a Draco para que guardara silencio y dio el pase. La puerta se abrió para revelar a Remus Lupin.
—¡Oh! Veo que está ocupado —dijo el profesor de DCAO con sorpresa—. Lo siento, volveré más tarde.
—Justo quería hablar con usted, Remus —dijo Dumbledore tranquilamente—. Estábamos comentando lo sucedido con el boggart de la señorita Morey.
Lupin pareció ponerse un poco nervioso al notar la presencia de Draco, pero tras tragar saliva, se adentró en la oficina.
—El boggart de Aurora... era ella misma —explicó Draco tras un breve silencio, sintiendo la extraña necesidad de detallarlo—. Estaba sentada en el suelo y a su alrededor había siluetas de personas que se desvanecían como humo, una por una.
Dumbledore escuchó con atención y pareció llegar a una amarga conclusión.
—Entiendo... Ella se siente completamente sola. Aurora acaba de perder a la persona más importante de su vida y eso está haciendo que su corazón se encoja. Si el dolor termina por consumir el amor que lleva dentro, la oscuridad ganará terreno. Necesita sentirse querida aquí en Hogwarts —el anciano miró fijamente a Draco—. Y ese vacío solo podrá llenarse del todo si se une a su alma gemela.
Draco negó con la cabeza en un gesto de absoluta incredulidad.
—¿Yo? ¿Yo soy su alma gemela? ¿Cómo están tan seguros?
—Sé que ambos sintieron una chispazo al tocarse las manos en el tren —reveló Dumbledore con una tenue sonrisa—. Y no ha sido la única vez.
Draco tragó saliva. La oficina quedó sumida en un tenso silencio mientras él intentaba procesar todo. ¿Qué pasaría si sus padres se enteraban? Los Malfoy siempre habían exigido linajes de sangre pura para sus futuras generaciones, y Aurora era mestiza; lo sabía desde el primer año.
—Por favor, Draco... el futuro de nuestro mundo depende de ustedes. Y, por supuesto, de lo que Harry Potter deba enfrentar cuando llegue el momento.
—Yo... no sé cómo hablarle sin terminar discutiendo. Jamás nos hemos llevado bien.
—¿Y qué tal si intenta ser un poco más amable?
—Pensará que me lanzaron un Confundus—respondió él, rodando los ojos.
Dumbledore soltó una pequeña risa.
—Buen punto, señor Malfoy. Les pediré a los profesores que los asignen juntos en algunas actividades para no levantar sospechas. Nadie más debe enterarse de esto.
Draco salió de la oficina del director sumido en un mar de dudas, repitiéndose una y otra vez la misma pregunta: «¿Aurora y yo, almas gemelas?».
Caminó hacia el Gran Comedor, donde el resto de los estudiantes cenaba animadamente. Su mirada buscó de inmediato la mesa de Gryffindor y se posó en Aurora. Se la veía ausente, jugando con la comida en su plato sin haber probado un solo bocado. A su lado estaban Hermione, Ron y Harry, conversando entre ellos.
—Draco —dijo Pansy Parkinson a su lado, haciéndolo dar un ligero salto—. ¿Qué tanto miras?
—Nada —respondió él tajante, dándole la espalda para evitar más preguntas.
En la mesa de Gryffindor, Hermione pasó su brazo por el de Aurora, quien le agradeció el gesto con una sonrisa triste. Se sentía afortunada de tenerlos cerca.
Camino a la sala común, Aurora se detuvo en medio del pasillo.
—Los alcanzo luego, voy al baño.
—¿Quieres que te acompañe? —se ofreció Hermione con preocupación.
—No, está bien. Vayan, las veo allá arriba.
Sus amigos asintieron, respetando su espacio, y continuaron el camino.
Aurora entró al baño y suspiró al comprobar que estaba completamente vacío. Se acercó a un lavabo, se miró al espejo y, con un gesto de pura frustración, se quitó la corbata y la tiró al suelo. Apoyó las manos contra la losa de mármol y rompió a llorar. Llevaba todo el día —y toda la semana— conteniendo el dolor punzante de su pecho. Recordó lo sucedido en la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras y se recriminó a sí misma por haber dejado al descubierto su miedo más profundo.
Se dejó caer de espaldas contra la pared hasta quedar sentada en el suelo frío, cubriéndose el rostro con las manos mientras sollozaba.
Perdió la noción del tiempo hasta que la calma volvió a su respiración. Se dio cuenta de que era muy tarde y de que Filch podría atraparla en cualquier momento. Salió del baño con cuidado, observando a ambos lados del corredor desierto.
Para su mala suerte, no dio ni diez pasos cuando chocó de frente contra la última persona que deseaba ver esa noche. Habría preferido mil veces topárselo a Filch.
—¿Qué haces aquí afuera tan tarde? —preguntó Draco con el ceño fruncido.
—¿Y tú qué haces aquí? Baja la voz —susurró ella mirando frenéticamente a su alrededor.
—No te incumbe, Morey.
—Entonces tampoco te incumbe a mí.
De pronto, el eco de unos pasos pesados resonó al final del pasillo. Sabían que venían a atraparlos.
Antes de que Aurora pudiera echar a correr, Draco le tomó la mano. La misma descarga eléctrica volvió a sacudirlos, pero antes de que ella pudiera protestar, el entorno se volvió un borrón de movimiento instantáneo. Un segundo después, se encontraban en lo alto de la Torre de Astronomía.
Ambos bajaron del hechizo jadeando. Aurora soltó la mano de Draco de golpe y dio un paso atrás.
—De nada, Morey.
—Yo no te pedí ayuda —replicó con el ceño fruncido.
—Si no fuera por mí, Filch y la Sra. Norris ya te habrían atrapado. Así que... de nada.
Aurora se mordió la lengua. Sabía que él tenía razón, pero su orgullo le impedía admitirlo.
—¿Por qué me sigues, Malfoy? Últimamente apareces en todas partes.
—Pura coincidencia. No te creas tan importante, no sueño contigo.
—Como sea —lo fulminó con la mirada—. ¿Por qué cada vez que nos tocamos siento esa corriente?
Draco tragó saliva y apartó la vista. Recordó la advertencia de Dumbledore: no podía decirle absolutamente nada.
—Qué sé yo —evitó su mirada—. Seguro también te pasa con Potter o con Longbottom...
—No. Claro que no. Esto no es normal.
—Escucha, no tengo tiempo para tonterías. Ve a tu sala común y yo iré a la mía.
Draco intentó darle la espalda para marcharse, pero las palabras de ella lo detuvieron:
—Si me enteró de que me estás echando algo raro...
Él se giró bruscamente, soltando un bufido de molestia.
—¡Ya te dije que yo no estoy haciendo nada! ¿Acaso no te entra en la cabeza? —escupió irritado.
Aurora apretó los labios, furiosa por la interrupción de su noche, pero no dijo nada más.
—De acuerdo. Me voy a mi habitación. Buenas noches.
Pasó por su lado dejándolo solo en la torre.
Al llegar a su dormitorio y ponerse la pijama, Aurora se sentó en la cama de Hermione y le contó de manera resumida lo sucedido, rogándole que no dijera nada a Harry ni a Ron para evitar un conflicto innecesario. Hermione escuchó con sospecha; esa actitud protectora no se parecía en nada al Draco Malfoy que ellas conocían.
Aurora acarició a Frida antes de acostarse, pero el sueño no llegó fácilmente. Las constantes apariciones de Draco la tenían confundida. Antes de intentar dormir de nuevo, sacó de su mesita de noche la fotografía en movimiento de su madre. La imagen de la mujer le devolvió una sonrisa idéntica a la suya. Aurora acarició el retrato con nostalgia antes de guardarlo.
A la mañana siguiente, se dio una ducha rápida para despejarse. Tenía entrenamiento de Quidditch temprano con Harry y Ron. Como cazadora del equipo de Gryffindor, necesitaba estar al cien por ciento si querían ganar la Copa este año.
Terminó de ajustar su uniforme y se recogió el largo cabello rizado en un moño alto, rogando que ningún mechón se le soltara durante el vuelo.
—¡Aurora! ¿Estás lista? —saludó Harry al verla llegar.
—Más que lista, Harry —sonrió, intentando infundirse ánimos—. ¿Sabes contra quién nos toca el primer partido?
—Contra Slytherin —respondió él rodando los ojos.
Aurora abrió los ojos de par en par.
—¿Qué? ¿En serio?
Harry la miró con extrañeza.
—¿Por qué te sorprende tanto? Siempre jugamos contra ellos.
—Cierto... lo siento —se apresuró a corregir.
—¿Segura que estás bien? ¿Puedes jugar hoy? —preguntó Harry con preocupación sincera.
—Claro que sí, Harry. Puedo hacerlo.
El capitán asintió no muy convencido. Sabía por lo que estaba pasando su amiga y quería cuidarla, pero como capitán también debía asegurarse de que estuviera enfocada en el juego.
Ya en el campo, Ginny se acercó a Aurora mientras estiraban.
—Amo tus rulos, Aurora —le sonrió la menor de los Weasley.
—A veces me darían ganas de jugar con un gorro de ducha para dominarlos —bromeó ella, haciéndola reír.
—Podrías hacerte unas trenzas pegadas, así no se te desarmarían con el viento.
—Es que no sé hacérmelas sola.
—Ven, siéntate frente a mí y te hago unas rápido —dijo Ginny al ver que Harry y Ron aún repasaban jugadas a un lado del campo.
Aurora se sentó en el césped y sintió los diestros dedos de Ginny trenzando su cabello con rapidez desde la frente hacia atrás. Al terminar, tocó el peinado y le dirigió una sonrisa de agradecimiento.
—Te pediré el mismo favor el día del partido oficial.
—¡Hecho! Oye, tu pelo está casi tan largo como el de Luna.
—¡Ja! Ya encontré a mi melliza de peinado —bromeó Aurora.
Se dividieron el equipo en dos grupos usando camisetas de entrenamiento sobre la túnica para practicar las jugadas de pase. Aurora logró concentrarse al máximo, demostrando una agilidad increíble en la escoba y dejando de lado las distracciones.
Al finalizar la práctica, el equipo regresó a los vestidores para ducharse. Aurora se entretuvo cambiando sus cosas y cuando salió al pasillo, notó que se había quedado atrás. Dedujo que Ron ya debía estar en el Gran Comedor devorando la cena mientras Hermione lo regañaba y Harry intentaba calmar las aguas. La simple imagen le sacó una sonrisa.
—Hola, Aurora.
Ella se congeló y se giró lentamente con el ceño arrugado al reconocer la voz.
—Hola, Malfoy.
—Dime Draco.
—No somos amigos, Malfoy —respondió rodando los ojos.
—Podríamos intentarlo —propuso él, dando un paso en su dirección.
Aurora miró a ambos lados del pasillo, desconfiada. «¿A este quién le echó un Confundus?», pensó.
—¿Vas a hacerme alguna broma de pesado? ¿Qué estás planeando?
—No estoy planeando nada —dijo Draco. Echó una mirada rápida a su alrededor antes de fijar sus ojos grises en los ojos miel de ella—. ¿Podemos hablar un momento a solas? En privado.
Aurora alzó una ceja. Definitivamente, esa amabilidad no era normal en él.
—Si intentas algo raro, no dudaré en lanzarte un hechizo.
—Hecho —aceptó él rodando los ojos—. Vamos a un lugar más tranquilo.
Sin estar del todo convencida, Aurora lo siguió. Se alejaron del bullicio del Gran Comedor y salieron hacia los terrenos del castillo, deteniéndose en la ladera que descendía hacia la cabaña de Hagrid. De la chimenea de la pequeña casa de piedra salía un humo denso, y las calabazas gigantes del huerto destacaban bajo la luz del atardecer.
Aurora se distrajo observando el paisaje y chocó torpemente contra la espalda de Draco cuando este se detuvo de golpe.
—Veo que sigues bastante distraída —comentó él con una leve sonrisa.
Aurora sintió que las mejillas le ardían y cruzó los brazos.
—Dime de una vez para qué me trajiste aquí.
Al estar tan cerca, Draco percibió un sutil aroma a pintura al óleo que emanaba de ella, preguntándose si pintaba en su tiempo libre.
—Ya te lo dije. Quiero que intentemos llevarnos bien.
—¿Y pretendes que me lo crea así sin más?
—No tiene sentido que nos odiemos solo por culpa de Potter.
—Bueno, si hubieras sido un poco más amable desde el primer día que pisamos este colegio, la historia sería distinta.
Draco soltó un largo suspiro y se mordió el labio.
—Lamento cómo te he tratado todo este tiempo, Aurora. Fui un idiota.
«¿Draco Malfoy acaba de disculparse?», pensó ella, completamente impactada.
Aurora lo miró fijamente a los ojos. Draco le sacaba casi una cabeza de estatura, y al acercarse un poco más, notó cómo él tragaba saliva, nervioso. Olía realmente bien, a una loción cara y elegante que contrastaba con su túnica verde de Slytherin.
—De acuerdo... —cedió ella dando un paso atrás—. Acepto tus disculpas.
—¿En serio?
—Sí, pero... no estoy segura de si realmente vas a cambiar o si mañana volverás a molestarme a mí y a mis amigos.
—Aurora, solo quiero que estemos bien. Que las cosas entre nosotros funcionen —dijo él con la voz algo tensa.
—Bien —consintió ella cruzándose de brazos—. ¿Eso significa que vamos a intentar ser... amigos o algo parecido?
—Que tus amigos no se enteren por ahora, o van a sacar conclusiones absurdas —aclaró él rodando los ojos.
—Trato hecho. Ya veremos si hay algún progreso —sonrió Aurora.
Fue una sonrisa sincera, luminosa y auténtica. Hacía tiempo que no sonreía así.
Sin saber exactamente por qué, al contemplar la calidez de su rostro, el corazón de Draco comenzó a latir con una fuerza desmedida contra su pecho.








