0.
¿Cómo se puede ser tan tonto? La pregunta resonaba en mi mente, pero mi voz, en cambio, se quebraba.
—Solo... solo llegué y lo encontré. Estaba... en la bañera.
Mis manos, unidas en mi regazo, estaban tensas. Las había clavado con fuerza contra mi pantalón para ocultar que no temblaban. Me obligué a que mis ojos se humedecieran, a que el nudo en mi garganta fuera más creíble. El silencio en la sala de interrogatorio era pesado, solo roto por el suave sonido del aire acondicionado.
El oficial que me había traído, un hombre robusto con una mandíbula cuadrada, me observaba sin decir nada. Sus ojos, en cambio, lo decían todo: sospecha.
—No entiendo... ¿cómo alguien pudo hacer algo tan horrible? —Mi voz se hizo más fina, casi un suspiro, y por un instante sentí una punzada de orgullo por mi actuación.
El oficial se inclinó sobre el escritorio. Su voz era un gruñido bajo.
—Te ves tranquilo.
No respondí. Me lo repetí a mí mismo: no te inmutas.
Fue entonces que la voz del otro oficial, un hombre más joven y de pelo rubio, me sacó de mi simulación. Me recordaba a alguien.
—Dime, ¿dónde estabas a las ocho de la noche? Y, sinceramente, ¿sospechas de alguien? ¿Alguien que pudiera querer herir a esa persona?
Mis ojos se fijaron en la grabadora, esa luz roja que parpadeaba sin parar. Una y otra vez.
—Quizas...
.
.
.
.