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Beham

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Summary

Su apariencia era intimidante y peligrosa, pero él no me haría daño, no a mí. ¿Quién hubiera pensado que de un momento a otro mentiras del pasado saldrían a la luz? Y menos aún, ¿quién habría imaginado que ese chico serio y misterioso sería una pieza tan importante en mi vida? Mi vida dio un tambaleo de un momento a otro al descubrir todo lo que me habían estado ocultando por años, desestabilizándome por completo. Por fortuna sus manos estaban ahí para evitar que cayera. 𓆈 La vida de Sasha se vio obligada a cambiar cuando un extraño chico la salvó una noche cualquiera. Secretos de cuando era niña salieron a la luz. Recuerdos que había borrado de su mente. Ese chico extraño ¿Quién es ese chico y por qué la salvó?

Status
Ongoing
Chapters
21
Rating
4.8 5 reviews
Age Rating
18+

Capitulo 1

Debemos irnos.

Lágrimas corren por mis mejillas y mi corazón palpita veloz por el esfuerzo que me vi obligada a hacer sumado a la adrenalina y el miedo.

¡No! Ellos no han salido.

Ya saldrán.

Es mi culpaMi voz sale con dificultad, ahogada con mi propio llanto.

No digas tonterías. Debemos irnos.

Los músculos de mis piernas arden por el tiempo que llevaba corriendo y siento una presión en la cabeza, tal vez por el esfuerzo, o tal vez por mi llanto que no cesa, al contrario, aumenta al oír sus últimas palabras.

Tengo miedo.

La persona alza mi rostro y me obliga a mirarla, pero su cara es un borrón para mí.

Yo te protegeréSu voz suena segura, a pesar del miedo que también está sintiendo. Intento interrumpir pero su voz se superpone a la mía. No te va a pasar nada porque yo siempre me encargaré de protegerte ¿entendido?

Mis ojos enfocan los suyos, a pesar de que son solo un manchón para mí, y con voz temblorosa pregunto:

¿Lo prometes?

Te lo juro.

La seguridad en su voz me calma un poco. Sus manos me toman de la cintura y me alza sobre su hombro.

Debemos irnos ya.

Dicho eso, empieza a correr a través del denso bosque. Intentando huir. Intentado evitar que suceda algo peor. Algo de lo que se vaya a arrepentir más adelante.

Yo siempre te protegeré...

Abro los ojos de golpe con el corazón latiendo a mil por hora y la respiración agitada. Me levanto de la cama temblando.

Una vez más he tenido ese sueño ¿O pesadilla? No me siento segura de si catalogarla así, nunca sucede nada más allá de esa escena, pero siempre despierto asustada, como si mi inconsciente intuyera que pasaría algo malo más adelante, a pesar de nunca haberlo vivido.

En el momento que suelto un sollozo ahogado es cuando me doy cuenta de mi rostro empapado por las lágrimas.

―Basta, Sasha ―me susurro a mí misma tratando de controlar el temblor en mi voz ―, basta.

Inspiro hondo varias veces, interrumpida de vez en cuando por algún espasmo de llanto, hasta que logro calmarme lo suficiente.

―Todo está bien ―susurro, intentando convencerme de eso como si no lo supiera ya.

La última luz del atardecer se cuela por la ventana de mi habitación dando bienvenida a la noche. No sé en qué momento me quedé dormida, pero ya no tengo sueño, aunque sospecho que la pesadilla tiene algo que ver en esto ultimo.

Enciendo la luz de mi habitación y cierro la ventana. Tomo mi toalla y me encierro en el baño para darme una ducha que me ayude a relajar lo tenso que siento los músculos.

Bajo la ducha, mientras el agua corre por mi cuerpo mi mente viaja al sueño de hace unos minutos. Desde que tengo recuerdos he soñado con eso y siempre es la misma escena. Siempre está esa persona a la que no le puedo ver la cara diciéndome que nos debemos ir y yo llorando por no querer dejarlos a ellos, nunca logro descifrar quiénes sonellosy por qué no los quiero dejar, pero en el sueño son alguien importante. Al despertar, el miedo que corre por mis venas es demasiado tangible.

Antes mi abuela era la que llegaba a consolarme y decirme que todo estaba bien, que solo había sido un mal sueño, pero desde que estoy sola me toca ese trabajo a mí misma. El lado bueno es que ya no me estoy despertando tan asustada a comparación de antes que me levantaba gritando cosas como “no quiero dejarlos” o “todo es mi culpa”, quiero pensar que es una mejoría.

Despego la mirada de la pared cuando vuelvo otra vez en sí, cierro la ducha y salgo del baño. Me visto y bajo a la cocina con intención de prepararme algo de cenar. Antes procuro cerrar las puertas con llave, trancar las ventanas y encender todas las luces, estar sola en una casa tan grande a oscuras me provoca repelús, bueno, no es tan grande pero a mí me resulta inmensa sin compañía.

Cuando estoy segura que todo está bien cerrado sí me meto en la cocina a prepararme algo, si es que recalentar un poco de sopa del día anterior cuente como “prepararme”. Me siento sobre la mesa a esperar ―si mi abuela me viera hacer eso ya me habría lanzado un chancletazo―, mientras tanto reviso la galería de mi celular, es lo único que me queda porque no tengo internet, señal y mucho menos alguien con quien hablar.

La mayor parte de mis fotos son tomadas a cualquier cosa que se me haga linda, una flor, un gato que andaba chismoseando por los alrededores de la casa, la mancha en la pared de mi habitación que parece una cara observándome, o atardeceres, admito que tengo una seria obsesión con fotografiar estos últimos. Otras cuantas son fotos que me tomé con mi abuela.

Se me estruja el corazón al observar la foto donde estamos ella y yo sonriendo a la cámara, ella con su piel arrugada, sus ojos grises opacos a causa de las cataratas, sus labios finos estirados en una amplia sonrisa que hacía achicar sus ojos formándole más arruguitas alrededor, su cabello más grisáceo que blanco; y yo a su lado, sosteniendo el celular y abrazando sus hombros, ignorante de que esa sería la última foto que nos tomaríamos juntas.

Una lágrima rueda por mi mejilla sin que lo pueda evitar, la limpio con rapidez y dejo el celular sobre la mesa. Tomo una gran bocanada de aire intentando despejar mi mente, pero como esto no funciona me concentro en revolver la sopa, tal vez así me convenza a mí misma de que los ojos aguados es por el vapor que lanza a mi cara.

Unos golpes en la puerta me sobresaltan, mi corazón se dispara de golpe y dejo caer el cucharón con el que estaba revolviendo la sopa.

Son casi las 8 de la noche ¿A quién se le ocurre aparecer a esta hora?

Los golpes vuelven a sonar, con rapidez, como si quien sea que esté detrás estuviera muy apurado. Me acerco a la puerta tratando de no hacer ruido, con el corazón en la boca me asomo por la mirilla para ver quién está del otro lado.

Nadie.

Intento no darle importancia y me doy vuelta para regresar a la cocina. Y un frío recorre mi cuerpo justo en el momento que lo hago pues vuelven a golpear la puerta.

Tres golpes. Firmes. Pausados.

Respiro hondo y me giro nuevamente hacia la antigua puerta de madera de ébano, con intención de asomarme una vez más. Antes de llegar a hacerlo algo tapa mi boca y me arrastra hacia una habitación a la cual juraría haber dejado la luz encendida, al mismo tiempo la puerta sale disparada hacia dentro de la casa.

Ladrones. Es lo primero que pasa por mi cabeza.

Trato de patalear o gritar pero me resulta imposible, la persona que me tiene agarrada lo hace con mucha fuerza, tanta que me duele la cintura por la presión de su brazo rodeándome.

―Silencio ―susurra una voz ronca en mi oído.

En un movimiento me obliga a agacharme. Intento golpearlo pero solo hace que me apriete con más fuerza. Se me escapa un quejido que se ahoga en la palma de su mano.

―Que te quedes quieta ―susurra el hombre con agresividad.

No estoy dispuesta a morir así de fácil, me preparo para seguir pataleando pero mi acción se ve cortada cuando un hombre pasa por la puerta que segundos antes salió volando. No es el hecho de que entre alguien lo que envía un escalofrío por mi espina dorsal, es su apariencia: más de dos metros de altura, cabello largo que cae hasta sus hombros, ojos amarillos que parecen brillar en la oscuridad, una cicatriz a lo largo de su cara y otras más por todos sus brazos. El pastel de la cereza lo coloca cuando se relame los labios dejando ver una larga lengua bífida igual a la de una serpiente.

―¿Dónde estás, Sashita? ―Su voz es áspera y fuerte, resuena por toda la casa.

Y sí, entonces le hago caso al hombre que me tiene agarrada y me quedo quietecita.

El hombre cierra los ojos e inspira con fuerza, sus fosas nasales se abren e infla su pecho.

―¿No pretenderás jugar a las escondidas o sí? porque te advierto que soy muy buen buscador ―Saca de nuevo su lengua y la esconde. Igual a como lo hacen las culebras.

El hombre feo fija su vista en la habitación donde estoy y sonríe. El hombre detrás de mí suelta un gruñido bajo y ronco, no lo podría identificar como el gruñido de un felino sino más como el de... ¿un lagarto?

―Que mal escondite.

El hombre corre hacia donde estamos, con una velocidad espeluznante. El que está detrás de mí gruñe mucho más fuerte y, sin soltarme, de un salto se pega en el techo.

¡¿En el techo?!

Al saltar libera mi boca y el grito que emito cuando el hombre feo también da un salto y roza mi pierna me aturde hasta a mí misma. Lo único que se encuentra evitando que caiga al suelo es el brazo en mi cintura, y tal vez en él no, pero la gravedad en mí sí hace efecto y mis extremidades se encuentran guindando.

El hombre salta de nuevo y esta vez sí logra agarrar mi pierna, siento un tirón en mi pantorrilla y de inmediato el dolor se expande por toda mi pierna.

El que me tiene agarrada se deja caer del techo y corre escaleras arriba llevándome como si fuera una simple muñeca de trapo. Entra en mi habitación y cierra de un portazo.

―¡¿Por qué esa cosa me persigue?! ―chillo.

El hombre abre la ventana y se lanza. Conmigo en brazos.

Y sí, otro grito sale de mi garganta, cierro los ojos esperando sentir el golpe pero este nunca llega. Al abrirlos de nuevo estamos subiendo hacia el techo.

―¡¿Creen que subiendo paredes van a lograr escapar?!

Llegamos arriba y el hombre me suelta.

―No hagas nada tonto ―dice.

¿Qué pretende qué haré? ¿lanzarme desde el techo?

Voy a responderle algo pero me callo cuando el hombre feo ―creo que ese será mi nuevo apodo para referirme a él― aparece también en el techo.

―Vamos, entrégame a la chica y no te haré daño.

En respuesta el otro suelta un gruñido y me oculta con su cuerpo.

―Tienes mucha fe en que me puedes hacer algo ―responde, burlón.

El hombre feo se lanza sobre el otro, enzarzándose en una pelea a puño limpio. El impacto hace que se echen hacia atrás, tumbándome en el proceso y casi siendo pisoteada. El hombre que me tenía agarrada logra dar un golpe que lo lanza lejos y se acerca a él para seguir golpeándolo.

Aprovechando su distracción, busco una manera de bajar del techo sin partirme una pierna en el proceso. Recuerdo la trampilla que tiene el desván de la casa y que da acceso a la azotea, esta se encuentra esquina del techo, y corro hacia allí, solo para descubrir que está trancada.

Un golpe en mi espalda me hace perder el equilibrio y caer del techo. Mi abdomen choca contra la baranda del balcón de una de las habitaciones de la casa sacándome todo el aire de golpe, intento agarrarme pero no lo logro y el peso de mi cuerpo hace que caiga hacia adelante, para mi fortuna, o desgracia, las ramas del pequeño árbol creciendo debajo del balcón frenan un poco mi caída, pero no la evitan por completo y paso de largo cayendo como un racimo de plátanos en el suelo.

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Good Writing

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Compelling Plot

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Great Character

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Strong Dialog

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