To catch an Heir

Summary

Hasta que llegue a la mayoría de edad, Louis Tomlinson vive a merced de Oliver Prewitt, su codicioso tutor, y de su repulsivo hijo Percy. Y justo cuando está a punto de alcanzar esa tan ansiada libertad, Percy intenta seducirlo violentamente. Louis le dispara y huye. Asustado, decide esconderse hasta la fecha en que pueda tomar legítima posesión de sus bienes. Pero no le será tan fácil; el apuesto Harry Styles lo confunde con una espía de Prewitt y lo secuestra. Al darse cuenta de la equivocación, ofrecerá refugio al joven hasta que pueda regresar a su finca. No es fácil la convivencia entre un omega temperamental y un alfa que está acostumbrado a que sus órdenes se cumplan. Pero las aparentes diferencias no impedirán el inevitable surgimiento de la pasión, que tal vez se convierta en un amor para toda la vida.

Status
Ongoing
Chapters
24
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Contubernial (sustantivo):

1. Persona que comparte el mismo alojamiento.

2. Camarada.

«La idea de Percy Prewitt como mi contubernio me provoca urticaria».


Del diccionario personal de Louis Tomlinson.



Hampshire, Inglaterra. 3 de julio de 1814.


Louis Tomlinson no había tenido la menor intención de disparar a Percival Prewitt, pero lo hizo, y a consecuencia del disparo él había muerto. O al menos eso creía Louis, pues había la suficiente sangre para creerlo. Chorros de sangre bajaban por la pared y formaban charcos en el suelo, y la ropa de cama estaba manchada sin remedio. No sabía mucho de medicina, pero estaba seguro de que una persona no podía perder tanta sangre y continuar viva.

Pues sí que estaba en problemas.

—¡Maldición! —masculló.

Aunque era un omega de buena familia, no había recibido la educación que se habría esperado, por lo que a veces su lenguaje dejaba mucho que desear.

—Estúpido —le dijo a Percy, aunque este estaba inconsciente en el suelo⁠—. ¿Por qué tuviste que lanzarte sobre mí? ¿Por qué no pudiste dejarme en paz? Le dije a tu padre que no me casaría contigo. Le dije que no me casaría contigo ni aunque fueras el último idiota que quedara en Gran Bretaña.

Golpeó el suelo con el pie por la frustración. ¿Por qué nunca le salían las palabras como él quería? A pesar del silencio de Percy, que no resultaba sorprendente, añadió:

—Lo que quiero decir es que eres un idiota, y que no me casaría contigo ni que fueras el último alfa que quedara en Gran Bretaña y, en fin, ¿por qué estoy hablando contigo? Estás muerto.

Lanzó un gemido. ¿Qué demonios podía hacer? Oliver Prewitt, el padre de Percy, volvería a casa en dos horas, y no hacía falta haberse sacado un título en Oxford para saber que no se alegraría cuando encontrara a su hijo muerto en el suelo.

—Tu padre también es un pesado —⁠gruñó⁠—. Todo esto es culpa de él. Si no se hubiera obsesionado con que atraparas a un heredero…


Oliver Prewitt era su tutor, o al menos lo seguiría siendo durante las seis semanas que faltaban para que cumpliera los veintiún años. Desde el 14 de agosto de 1813, día en que cumplió los veinte, había contado los días que faltaban para llegar al 14 de agosto de 1814. Solo faltaban cuarenta y dos días. Dentro de cuarenta y dos días tendría, por fin, el control de su vida y de su fortuna. No quería ni imaginar cuánto se habrían gastado los Prewitt de ese dinero.

Dejó la pistola en la cama, se puso las manos en las caderas y miró a Percy.

Y justo entonces, él abrió los ojos.

—¡Aaaah! —gritó Louis, dando un salto, y agarrando de nuevo el arma.

—¡Arpía…! —masculló Percy.

—No digas nada. Todavía tengo la pistola.

—No la usarías —resopló él, tosiendo y apretando la mano contra el hombro, que estaba sangrando.

—Pues parece que los hechos indican todo lo contrario.

Él apretó los labios formando una línea recta. Soltó unas cuantas maldiciones y luego le dirigió una furiosa mirada.

—Le dije a mi padre que no deseo casarme contigo —⁠siseó⁠—. ¡Por Dios! ¿Te lo imaginas? ¿Tener que vivir contigo el resto de mi vida? Me volvería loco. Si antes no me has matado, claro.

—Si no querías casarte conmigo, no deberías haber intentado tocarme.

Él se encogió de hombros y aulló por el dolor que le provocó el movimiento. Lo miró indignado.

—Tienes mucho dinero, pero ¿sabes?, creo que no el suficiente para que valga la pena aguantarte.

—¡Ah! Pues entonces ten la amabilidad de decirle eso a tu padre —⁠espetó él.

—Me dijo que me desheredará si no me caso contigo.

—¿Y no podrías enfrentarte a él aunque sea una vez en tu patética vida?

Percy gruñó al oírse llamar «patético», pero en su debilitado estado no podía hacer mucho ante el insulto.

—Podría irme a Estados Unidos —⁠masculló⁠—. Seguro que entre las salvajes hay mejores opciones que tú.

Louis no le hizo el menor caso. No se había llevado bien con él desde el instante en que se mudó con los Prewitt, hacía un año y medio. Percy estaba dominado por su padre, y en las únicas ocasiones en que demostraba tener algo de carácter era cuando su padre estaba ausente. Por desgracia, ese carácter se manifestaba en forma de crueldad y mezquindad, y, en opinión de Louis, también era bastante aburrido.

—Supongo que tendré que salvarte —⁠gruñó⁠—. La verdad es que no mereces que vaya a la horca por tu culpa.

—¡Qué amable!

Louis sacó la funda de una almohada y la dobló hasta formar un tapón, observando que era de un lino de la mejor calidad, probablemente comprada con su dinero, y se la aplicó a la herida.

—Tenemos que detener la sangre —⁠dijo.

—Parece que ya sale menos —⁠contestó él.

—¿La bala te atravesó?

—No lo sé. Me duele muchísimo, pero no sé si duele más si te atraviesa o si se queda atascada en el músculo.

—Imagino que es doloroso de las dos formas —⁠dijo él, apartando la funda para examinar la herida. Lo hizo girarse con suavidad y le observó la espalda⁠—. Creo que ha salido por el otro lado. Tienes un agujero en la espalda.

—Típico de ti eso de herirme por los dos lados.

—Tú me trajiste aquí con el pretexto de tomar una taza de té para aliviarte el catarro, ¡y entonces intentaste tocarme! ¿Qué esperabas?

—¿Por qué demonios llevas una pistola?

—Siempre llevo una pistola. La tengo desde que…, bueno, no tiene importancia.

—No habría seguido hasta el final —⁠masculló él.

—¿Y cómo iba a saberlo?

—Bueno, sabes que nunca me has gustado.

Louis le presionó el improvisado tapón en el hombro herido con más fuerza de la que era necesaria.

—Lo que sé es que a ti y a tu padre siempre les ha gustado mi herencia.

—Creo que mi aversión por ti supera lo que pueda gustarme tu herencia —⁠gruñó Percy⁠—. Eres demasiado mandon, ni siquiera eres bonito y tienes una lengua de víbora.

Louis apretó los labios hasta formar una línea recta. Si hablaba con tanta mordacidad, no era culpa suya. No había tardado en comprender que su ingenio era su única defensa ante los tutores que había tenido que soportar desde que su padre muriera cuando él tenía diez años. El primero había sido George Liggett, primo hermano de su padre, que aunque no era un mal hombre, no sabía qué hacer con un niño pequeño. Así que le sonrió una sola vez para decirle que estaba encantado de conocerlo y lo dejó en una casa de campo con una niñera y una institutriz, desentendiéndose de él desde ese momento.

Pero resultó que George murió, y la tutoría pasó a un primo hermano de él, que no tenía ningún parentesco ni con su padre ni con él. Niles Wickham era un viejo avaro que vio en su pupila un buen sustituto de un empleado, y al instante le dio una lista de quehaceres más larga que su brazo, por lo que tuvo que cocinar, planchar, barrer, quitar el polvo, abrillantar y fregar. Lo único que no hacía era dormir.

En todo caso, Niles se atragantó con un hueso de pollo, se puso todo morado y se murió. Entonces, en los tribunales no supieron qué hacer con él, un muchacho de quince años al que no consideraban apropiado enviar a un orfanato por ser rico y de buena familia. Fue en ese momento cuando le dieron la tutoría a un primo segundo de Niles, Archibald Prewitt. Archibald era un hombre lascivo que lo encontraba tan atractivo que lo hacía sentirse incómodo, y eso lo llevó a adquirir la costumbre de llevar siempre un arma encima. En todo caso, Archibald tenía un corazón débil y solo tuvo que vivir seis meses con él, hasta asistir a su funeral y hacer las maletas para irse a vivir con su hermano menor, Albert.

Albert bebía demasiado y le gustaba usar los puños, por lo que tuvo que aprender a correr rápido y a esconderse. Y así, mientras que Archibald había intentado manosearlo en toda ocasión, Albert, que era un borracho cruel, lo golpeaba y le hacía daño. Por lo tanto, también se convirtió en un experto en detectar el olor a licor desde el otro extremo de una habitación; Albert jamás le levantaba una mano para golpearlo cuando estaba sobrio.

Por desgracia, rara vez lo estaba, y en uno de esos arrebatos de borracho le dio una patada a su caballo con tanta fuerza que el animal le correspondió con una coz en la cabeza. Para entonces, Louis ya estaba tan acostumbrado a mudarse, que en cuanto el cirujano cubrió la cara de Albert con una sábana, hizo la maleta y esperó a que los tribunales decidieran adónde enviarlo.

Muy pronto se encontró viviendo en la casa de Oliver, el hermano menor de Albert, y su hijo, el Percy que en esos momentos estaba sangrando. Al principio le pareció que Oliver era el mejor de todos los tutores que había tenido, pero no tardó en darse cuenta de que nada le importaba tanto como el dinero. Cuando se enteró de que su pupilo traía consigo una fortuna considerable, decidió que no podía dejarlo escapar de sus garras, ni a Louis ni a su dinero. Percy era unos cuantos años mayor que él, así que Oliver anunció que se casarían. A ninguno de los dos le gustó el plan de formar pareja, y así lo expresaron, pero a Oliver no le importó lo más mínimo. Insistió a Percy hasta que este aceptó la idea, y entonces se dedicó a intentar convencerlo de que se convirtiera en un Prewitt.

La tarea de «convencerlo» consistía en gritarle, darle de bofetadas, dejarlo sin comer, encerrarlo en su habitación y, finalmente, ordenarle a Percy que lo dejara embarazado para que Louis tuviera que casarse con él.

—Prefiero tener un bastardo que a un Prewitt —⁠masculló.

—¿Qué has dicho?

—Nada.

—Vas a tener que marcharte, ¿sabes? —⁠dijo él, cambiando bruscamente de tema.

—Eso lo tengo muy claro.

—Mi padre me dijo que si no te dejaba embarazado, él se encargaría de hacerlo.

Louis casi vomitó.

Incluso Percy era preferible a Oliver.

—¿Disculpa? —dijo, con la voz temblorosa, lo que no era nada propio de él.

—No sé adónde podrías ir, pero necesitas desaparecer hasta el día que cumplas veintiún años, que será… ¿cuándo? Creo que pronto.

—Faltan seis semanas —murmuró Louis—. Seis semanas exactas.

—¿Puedes?

—¿Esconderme?

Percy asintió.

—Tengo que poder, ¿no? Pero voy a necesitar fondos. Tengo un poco de dinero para pequeños gastos, pero no tendré acceso a mi fortuna hasta el día de mi cumpleaños.

Percy hizo un gesto de dolor porque él le quitó el tapón con que le tenía presionada la herida.

—Yo puedo prestarte algo de dinero —⁠dijo.

—Te lo devolveré. Con intereses.

—Estupendo. Tendrás que marcharte esta noche.

Louis paseó la mirada por la habitación.

—Pero este desastre… Tengo que limpiar la sangre.

—No, déjala. Es mejor que te deje marchar porque me has disparado a que yo haya desbaratado el plan.

—Algún día tendrás que enfrentarte a tu padre.

—Será más fácil cuando tú no estés. Hay una muchacha muy agradable a dos pueblos de distancia a la que quiero cortejar. Es callada y sumisa, y no tan delgada como tú.

Al instante Louis compadeció a la pobre muchacha.

—Espero que todo te vaya bien —⁠mintió.

—Sé que no lo deseas, pero no me importa. No me importa lo que pienses mientras te vayas de aquí.

—¿Sabes, Percy, que eso es lo que yo pienso sobre ti?

Curiosamente, él sonrió, y por primera vez en los dieciocho meses que llevaba viviendo con esos Prewitt, Louis sintió una especie de afinidad con ese muchacho que casi tenía su edad.

—¿Adónde vas a ir? —le preguntó él.

—Es mejor que no lo sepas. Así tu padre no podrá sonsacártelo.

—Buen argumento.

—Además, no tengo ni idea. Como sabes, no tengo ningún pariente, por eso acabé con ustedes. Pero tras diez años defendiéndome de mis atentos tutores, debería ser capaz de arreglármelas solo durante seis semanas.

—Si algun omega puede hacerlo, ese eres tú.

Louis arqueó las cejas.

—Vamos, Percy, ¿eso ha sido un cumplido? Me has dejado pasmado.

—No ha sido un cumplido ni de cerca. ¿Qué tipo de alfa querría un omega capaz de arreglárselas sin él?

—El tipo de alfa que podría arreglárselas sin su padre —⁠replicó él.

Percy lo miró con el ceño fruncido y giró la cabeza en dirección a su cómoda. Louis fue hasta el mueble.

—Abre el cajón de arriba. Ese no, el de la derecha.

—¡Percy, esta es tu ropa interior! —⁠exclamó Louis, cerrando el cajón asqueado.

—¿Quieres que te preste el dinero o no? Ahí es donde lo escondo.

—Bueno, seguro que nadie querría mirar aquí dentro —⁠masculló—. Tal vez si te bañaras más seguido…

—¡Maldición! —estalló él—. No veo la hora de que te largues. Tú, Louis Tomlinson, eres el hijo del diablo. Eres todas las plagas. Eres la peste. Eres…

—¡Vamos, cállate!

Volvió a abrir el cajón, fastidiado por lo mucho que le dolieron esos insultos. Percy le caía tan mal como Louis a él, pero no le gustaba que lo compararan con plagas de langostas, garrapatas y sapos, o con la Peste Negra, o con ríos convertidos en sangre.

—¿Dónde está el dinero?

—En una de mis medias. No, la negra… No esa negra… Sí, ahí, al lado de… Sí, en esa.

Louis alcanzó la media, la sacudió y cayeron varios billetes y monedas.

—¡Por Dios, Percy! Tienes cien libras. ¿De dónde has sacado tanto dinero?

—Llevo un buen tiempo ahorrando. Y robo una o dos monedas del escritorio de mi padre cada mes. Mientras no tome demasiado, él no lo nota.

A Louis le costó creérselo. Oliver Prewitt estaba tan obsesionado con el dinero que era un milagro que su piel no hubiera tomado el color de un billete de una libra.

—Puedes quedarte con la mitad —⁠dijo Percy.

—¿Solo la mitad? No seas estúpido, Percy. Necesito esconderme durante seis semanas. Podría tener gastos inesperados.

—Yo podría tener gastos inesperados.

—¡Tú tienes un techo sobre la cabeza!

—Podría no tenerlo en cuanto mi padre descubra que te he dejado marchar.

Louis tuvo que estar de acuerdo con él. Oliver Prewitt no iba a sentirse satisfecho con su único hijo. Devolvió la mitad del dinero a la media.

—Muy bien —dijo, metiéndose su parte en el bolsillo⁠—. ¿Ha dejado de salirte sangre?

—No te van a acusar de asesinato, si es eso lo que te preocupa.

—Puede que te resulte difícil creerlo, Percy, pero no deseo tu muerte. No deseo casarme contigo y no lamentaré no volver a verte, pero no deseo tu muerte.

Percy lo miró con una expresión extraña, y él tuvo la impresión de que le diría algo agradable, pero simplemente lanzó un bufido.

—Tienes razón, me cuesta creerte.

En ese momento Louis decidió dejar de lado todo sentimentalismo y se dirigió a la puerta con paso decidido. Cuando puso la mano en el pomo, dijo:

—Será hasta dentro de seis semanas. Entonces vendré a recoger mi herencia.

—Y a pagarme.

—Y a pagarte. Con intereses —⁠añadió, antes de que lo dijera él.

—Estupendo.

—Por otro lado —continuó Louis, aunque más bien hablando consigo mismo—, tal vez pueda llevar mis asuntos sin tener que volver a verlos. Podría hacerlo todo a través de un abogado y…

—Mejor aún —lo interrumpió Percy.

Enfadado, Louis lanzó un fuerte suspiro y salió de la habitación. Percy no cambiaría jamás. Era grosero, egoísta y, aunque era algo más agradable que su padre, de todos modos seguía siendo un patán.

Caminó con sigilo por el oscuro pasillo y subió el tramo de escalera hasta su habitación. Resultaba curioso que todos sus tutores le hubieran dado una habitación en el ático. La de Oliver había sido la peor de todas: un polvoriento cuarto en una esquina con techo bajo y aleros anchos. Pero si con eso su intención había sido someterlo, no lo había conseguido. La verdad es que le encantaba su acogedora habitación, que estaba más cerca del cielo. Oía el sonido de la lluvia sobre el tejado y veía las ramas de los árboles con nuevos brotes en primavera. Los pájaros hacían sus nidos fuera de su ventana y de vez en cuando pasaban ardillas por el alféizar.

Mientras ponía sus pertenencias más preciadas en una bolsa, se asomó a mirar por la ventana. Había sido un día despejado, y en ese momento el cielo aparecía extraordinariamente luminoso. En cierto modo encontraba apropiado que la noche fuera estrellada. Eran pocos los recuerdos que tenía de su madre, Cassandra Tomlinson, pero recordaba muy bien las noches de verano en que se sentaba fuera con ella sobre su falda y miraban juntos las estrellas. «Mira esa —⁠le susurraba⁠—. Creo que es la más brillante que hay en el cielo. Y mira hacia allá. ¿Ves la Osa Mayor?». Y siempre, antes de entrar en casa, Cassandra le decía: «Cada estrella es especial, ¿lo sabías? Todas pueden parecer iguales, pero cada una es diferente y especial, como tú. Tú eres el niño más especial del mundo. Nunca lo olvides».

Él era demasiado pequeño entonces para darse cuenta de que su madre se estaba muriendo, pero siempre recordaría con cariño y gratitud ese último regalo que le hizo, por muy desolado que se sintiera. Durante los diez últimos años de su vida había tenido muchos motivos para sentirse triste, pero solo tenía que mirar al cielo para recuperar cierto sosiego. Si una estrella titilaba, se sentía a salvo, tal vez no tanto como ese niño sentado en el regazo de su madre, pero por lo menos las estrellas le daban esperanza. Ellas resistían, por lo que él también podía hacerlo.

Echó una última mirada a su habitación para asegurarse de que no dejaba nada, metió unas cuantas velas de sebo en la bolsa, por si las necesitaba, y salió.

La casa estaba silenciosa. A todos los criados les habían dado la noche libre, sin duda para que no hubiera ningún testigo cuando Percy lo atacara. Típico de Oliver ser tan previsor. Lo que lo sorprendía era que no hubiera usado antes esa táctica. Pero claro, tal vez al principio pensó que lograría casarlo con Percy sin recurrir a la violencia, y al ver que estaba más cerca el día en que él cumpliría los veintiún años, le había entrado la desesperación.

Y a él también. Si tenía que casarse con Percy se moriría, por melodramático que eso pareciera. La única cosa peor que tener que verlo todos los días del resto de su vida, era tener que escucharlo todos los días del resto de su vida.

Mientras atravesaba el vestíbulo en dirección a la puerta principal, se fijó en el nuevo candelabro que se alzaba majestuosamente en una mesita. Oliver no había dejado de presumir sobre la nueva adquisición durante toda la semana; plata de ley, decía, artesanía de la mejor.

Se le escapó un gruñido. Seguro que no había podido comprar candelabros de plata antes de que lo nombraran su tutor.

Resultaba irónico, pues le habría encantado compartir su fortuna, incluso regalarla, si hubiera encontrado un hogar con una familia que lo quisiera y se preocupara por él. Personas que vieran en él algo más que una cuenta bancaria.

De forma impulsiva, sacó las velas de cera de abeja del candelabro y puso en su lugar las de sebo que llevaba en la bolsa. Si necesitaba encender una vela durante su viaje, deseaba sentir el agradable olor de la cera que Oliver se reservaba para él.

Salió corriendo, murmurando una corta oración de agradecimiento por el buen tiempo que hacía.

—Menos mal que Percy no decidió atacarme en invierno —⁠masculló, echando a andar por el camino de entrada.

Habría preferido cabalgar o usar cualquier tipo de vehículo que le permitiera salir más rápido de Hampshire, pero Oliver solo tenía dos caballos y en esos momentos los dos estaban enganchados a su carruaje, que siempre usaba para ir a su partida de cartas semanal en casa del terrateniente.

Intentando mirar la situación por el lado positivo, se dijo que le resultaría más fácil esconderse si iba a pie. Iría más lento, eso sí, y si se encontraba con un bandolero…

Se estremeció. Un omega solo llamaba mucho la atención, y su pelo castaño claro parecía atrapar toda la luz de la luna, pero lo llevaba cubierto bajo la papalina. Habría sido más inteligente haberse vestido de alfa, pero no le había dado tiempo de hacerlo. Tal vez debería dirigirse a la costa y continuar por el litoral hasta el puerto más cercano y concurrido. No estaba tan lejos y desde ahí podría subirse a un barco que lo llevara adónde Oliver no pudiera encontrarlo en las seis semanas siguientes.

Sí, le convenía seguir una ruta hacia la costa, pero no podría tomar ninguna carretera principal; seguro que alguien lo vería. Giró en dirección sur y comenzó a atravesar un campo. Portsmouth solo estaba seca y esponjosa, y los árboles la ocultaban de la carretera principal. No había mucho tráfico a esa hora de la noche, pero no estaría de más ir con cuidado. Continuó avanzando rápido, mientras el único sonido que oía era el de sus propias pisadas. Hasta que…

¿Qué había sido eso?

Se giró a mirar rápidamente, pero no vio nada. Se le aceleró el corazón. Juraría que había oído algo.

«Tiene que haber sido un erizo —⁠se dijo en silencio⁠—. O tal vez una liebre. —⁠Pero no vio ningún animal, así que no se tranquilizó⁠—. Continúa caminando. Tienes que llegar a Portsmouth por la mañana».

Reanudó la marcha, caminando tan rápido que comenzó a agitársele la respiración, hasta que casi empezó a resollar, y de pronto…

Se volvió a girar, llevando la mano a la pistola por instinto. Había oído algo sin duda alguna.

—Sé que estás ahí —dijo en tono desafiante, con una valentía que no sentía⁠—. Da la cara o continúa escondido como un cobarde.

Crujieron unas ramas y un hombre apareció por entre los árboles. Vestía de negro, desde la camisa hasta las botas. Alto y de hombros anchos, era el hombre de aspecto más peligroso que había visto en toda su vida.

Y le apuntaba con una pistola al corazón.