JUICIO

Summary

La traición toca a la puerta de Marco arrebatándole la poca felicidad que le quedaba en su vida. Llevado a rastras a un bar por sus hermanos, encontrará una salida a sus problemas en una pecosa cara sonriente. Despecho + Alcohol + Motocicleta + Ace : ¿Qué podría salir mal?

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Capitulo Único: Juicio

Habían pasado veinte minutos desde que Marco despertó, sus ojos seguían clavados en el techo desconocido frente a él. Miró de reojo la mata de cabello negro que descansaba en su pecho y volvió su mirada al estucado techo blanco intentando procesar la situación.

—¿Cómo carajo termine así?

Para responder a eso, la memoria de Marco viajó entre la densa niebla de sus recuerdos hasta el día anterior cuando sus hermanos derribaron la puerta de su apartamento y lo arrastraron a un club nocturno en el centro de la ciudad intentando salvarlo de la depresión que lo aquejaba.

Hacia una semana, su relación de tres años con Marie, su colega y amiga de la infancia, se fue a la mierda luego encontrarla en la sala de descanso medico fornicando con Muchana, un doctor del mismo hospital. Poco le faltó para matar al tipo a golpes, pero sí logró ser despedido de la clínica donde trabajaban juntos.

Quería tanto a esa mujer, Marie irrumpió en su corazón con su sonrisa amable y personalidad encantadora. Era dulce y siempre preocupada por los demás; aunque Marco debió importarle tan poco si terminó engañándolo con su compañero de labores.

—Marco, no puedes echarte a morir por una mujer así, no lo vale —animó Thatch sacando dinero de su billetera para pagar al taxista. Marco se cruzó de brazos con expresión aburrida.

—¿Y tener sexo casual sí?

—No, pero al menos se sentirá bien. Perderse en el placer y no pensar en nada, eso es lo que necesitas.

—Aunque con esa cara de zombi dudo que alguien se le acerque —bromeó Vista intentando animarlo. Marco solo suspiró como se le había hecho costumbre los últimos días.

Un par de billetes al guardia fueron suficientes para entrar al local tras la pesada puerta de metal. La música estridente retumbó en los oídos de Marco, las luces de colores centellaron en sus ojos encegueciéndolo por un instante. Faltaba poco para las 10:00 pm, así que el lugar estaba a reventar; las masas se aglomeraban eufóricas y sudorosas en la pista de baile, agitando sus cabezas y retorciendo sus cuerpos al ritmo de DJ Altín.

Encontraron lugar en la barra y pidieron un par de tragos. Con un brindis inundaron su sistema de alcohol para entrar en ambiente y empezar la cacería. Thatch y Vista eran el dúo de casanovas entre sus hermanos, si alguien tenía problemas amorosos, ellos eran los indicados para ayudarle. El vistoso trío pronto llamó la atención de un grupo de mujeres en una mesa de la esquina. Las bebidas seguían llegando, al igual que las coquetas miradas e insinuaciones en la distancia.

—Creo que es hora de invitarles un trago —habló Thatch pidiendo una ronda de cocteles para las damas.

—Andando, es nuestra oportunidad.

—Olvídenlo, vayan ustedes-yoi —se negó Marco tomando un nuevo shot de vodka. Vista entornó los ojos.

—Vamos, hermano, para esto vinimos.

—Ustedes vinieron para esto, yo solo vine a beber gratis. —Miró de reojo a las mujeres con sus vestidos ajustados y excesivo maquillaje, no le gustaban de ese tipo, tampoco tenía ganas de algo más—. Vayan ustedes. Yo los veré desde aquí.

—¿Seguro?

—No soy un niño pequeño, estaré bien-yoi.

El par de hermanos se miraron con duda antes de asentir, alejándose de la barra.

—Ok, no tardaremos.

Marco los observó en la distancia deshacerse en risas y coqueteos con las chicas. Un nuevo suspiro abandonó su boca tras otro trago.

—Que agradable la vida del soltero.

—Te ves decaído, amigo. —Una voz juvenil y fresca se escuchó a su derecha en medio de la música. Marco observó de reojo la figura que se aproximó a él y tomó asiento a su lado. Con una tenue sonrisa continuó—. Si sigues suspirando así se te va a escapar toda la felicidad. ¿Puedo sentarme?

—La pregunta sobra cuando ya lo hiciste.

—Soy alguien educado, así que tenía que preguntar. Aunque no iba darte oportunidad de mandarme a volar.

—Lo siento, pero no bateo para ese lado-yoi —replicó ignorándole, el pelinegro solo sonrió aún más.

—Mientras sea una charla no debería haber problemas, ¿cierto? Soy Ace Portgas —se presentó extendiendo su mano. El rubio dudó unos segundos antes de estrecharla.

—Marco Newgate.

—Entonces, Marco, brindemos por nuestro encuentro. ¡Salud!

Ace chocó su botella de cerveza con la copa del rubio y dio un largo tragó sintiéndose refrescado.

—Ah, como me hacía falta una de estas. Y bien, Marco, ¿qué te pasa?

—No tiene caso hablarlo. No es la gran cosa-yoi.

—Podía ver las nubes negras sobre tu cabeza desde el otro lado del club. Anda, dime. Desahogar las miserias de tu vida con un extraño y descubrir que está peor que tú te puede hacer sentir mejor.

«Así que me ha estado mirando», pensó. Marco lo consideró un instante, no tenía nada que perder; ya ni orgullo le quedaba. Bebió de golpe el trago en su mano resoplando con desgano.

—Mi novia me engañó con un buen amigo.

—Wow, ¿a ti también? —exclamó Ace sorprendido. Marco lo contempló con curiosidad.

—¿También te engañaron?

—No, pero a mí hermano le pusieron unos cuernos del tamaño de Everest hace unos días. Cielos, no sabía que el Cheating challenge estaba de moda.

—Las masas y sus retos de porquería-yoi.

—¿Cuánto tiempo tenían?

—De novios 3 años, de conocernos casi toda la vida.

—Amiga de la infancia, eh, esas son las más difíciles de olvidar. Con razón te quieres beber todo el bar, pero ahogar tus penas en alcohol no te servirá de nada. Solo te dejará sin dinero, con una resaca del infierno y sintiéndote como la mierda mañana.

—Pues no se me ocurre nada más que hacer. ¿Tienes alguna sugerencia?

Una sonrisa traviesa cruzó los labios de Ace y Marco tragó en seco. Su pregunta pareció invocar a un particular diablillo dentro del pecoso.

—Esperaba que lo preguntarás. ¿Estarías dispuesto a seguirme, Marco?

—¿No me drogaras para robarme y vender mis órganos?

—¿Qué cosas dices? ¿Tengo cara de ser alguien así? —replicó Portgas usando su mejor cara de angelito haciendo reír al rubio.

—No tienes cara de ser alguien normal.

—En eso tienes razón —asintió sonriente con una mirada astuta y su mano extendida hacia el mayor—. Puedes estar frente a la persona que cambiará tu vida por completo, pero nunca lo sabrás porque no quisiste venir conmigo. Así que piénsalo bien, Marco. ¿Vienes o no?

Newgate se lo pensó por varios minutos sopesando sus opciones; si el chico intentaba sobrepasarse aún estaba lo bastante sobrio para frenarlo de un puñetazo y regresar a casa. Miró hacia la mesa donde estaban aquellas chicas, Vista parecía el rey de un harem con una mujer a cada lado de su brazo y no había rastro de Thatch; de seguro estaría haciendo de las suyas en el baño.

Irse con un extraño estando medio borracho no parecía una buena idea, de hecho, era algo que nunca haría, pero por una vez en su vida quiso mandar al carajo su juicio y dejar todo a la suerte. ¿Qué era lo peor que podía pasar?

—Será mejor que me devuelvas entero antes del amanecer —advirtió sujetando su mano. Ace sonrió complacido, enseñando una hermosa línea de blancos dientes.

—Llegaras a casa completo y feliz de haberme conocido.

Salieron del club hasta el parqueadero un par de calles abajo. Una moderna motocicleta negra encadenaba dos cascos negros. Ace los soltó y le lanzó uno al rubio.

—Oye, ¿vas a manejar ebrio-yoi?

—No estoy ebrio, solo tomé dos cervezas contigo. Necesitas 10 barriles para intentar emborracharme.

—Eso no le importara a la policía.

—Descuida, esta belleza se encargará de perderlos —habló rebosante de confianza palmeando el tanque de gas.

«Esta juventud…», pensó Marco entornando los ojos empezando a arrepentirse de seguirlo. Subió al vehículo y con un feroz rugido del motor arrancaron a toda velocidad. El pelinegro tarareaba una canción agitando su cabeza haciendo sonreír a Newgate. Podía notar su cuerpo atlético bajo la chaqueta de cuero negra y jeans oscuros. Solo le faltaban unas gafas de sol y Marco se sentiría secuestrado por un motociclista de los 70.

Hicieron una breve parada en un súper mercado. Ace entró dejándole a cargo de cuidar la motocicleta y no tardó en salir cargado con dos docenas de huevos y un bate de beisbol.

—¿Y eso es para?

—Podrías huir si te lo digo.

Volvieron a embarcarse en el vehículo recorriendo las solitarias carreteras. El aire frio empezó a calar en su cuerpo y el aroma del mar impregnó su nariz trayéndole nostalgia y algo de preocupación. El puente Brooklyn brillaba imponente atravesando el rio Este de Manhattan. Marco tragó en seco.

«Creo que de verdad va lanzarme al rio».

El joven doctor pudo respirar más tranquilo cuando aparcaron en el parque del puente Brooklyn, Ferry Empire Fulton, y caminaron hasta la gran explanada de verde césped. La brisa salina inundó los pulmones de Marco con una gran inhalación sintiendo como su mente se aclaraba. Los días de picnics y paseos familiares llegaron a su mente haciéndole sonreír. Sentía pasaron siglos desde la última vez que estuvo allí.

Las luces de las estrellas fueron devoradas por el brillo de los edificios alrededor, sobre todo por el magnífico carrusel en el centro del parque. Era justo como lo recordaba, parecía hecho de oro con esas hermosas luces doradas sobre él. Había gastado muchos de sus fines de semana de niño girando en los caballos blancos de aquel juego.

Se dio la vuelta al escuchar pasos tras de sí queriendo agradecer al pelinegro por traerlo a despejarse, pero lo encontró bateando con fuerza probando el bate antes de extendérselo.

—Nunca me dijiste porque compraste esto.

—Vamos a batear huevos.

Marco soltó una risilla, incrédulo.

—¿Qué?

—Los cuartos de bateo están cerrados a esta hora, así que lo haremos a la antigua. Ya sabes, para liberar la tensión.

—Eso es ridículo, no voy a hacerlo-yoi —se negó cruzándose de brazos con una seriedad mortal—. Los guardias nos echaran a patadas antes que arruines el césped.

—Las cascaras de huevo son un abono natural, además estamos lejos de los puntos de vigilancia. Necesitas sacar toda esa ira que llevas dentro, ese dolor que te agobia, esa…

—No estoy enojado.

—No me jodas, Marco —bufó Ace entornando los ojos—. Tu novia y compañera te engaño con tu colega que, además, era un gran amigo. Es imposible que no estés enojado.

—Me descargué lo suficiente cuando le partí la nariz.

—¿Enserio? Ahora cuéntame uno de Chespirito —replicó el pecoso cruzándose de brazos, sarcástico; Marco desvió la mirada en silencio—. Claro, quien estaría enojado con una encantadora chica que se burló de ti, de tu familia, de tus amigos. Que te vio la cara de idiota mientras tú hacías planes para ella. ¿Cuánto tiempo crees que llevaban juntos? ¿Días, meses, años, quizás los mismos que tenía contigo?

Marco apretó los puños con impotencia sintiendo capas de rabia empezar a bullir en su interior. Ace se acercó a él y colocó el bate en su mano. Esa endemoniada sonrisa seguía en su boca antes de acercarse a su oído y susurrar:

—¿Has pensado que mientras tú estás aquí culpándote ella está teniendo sexo con tu amigo y lo último en lo que piensa eres tú?

¡Plop! Ace casi pudo escuchar la tapa de la botella dispararse. Los dientes de Marco crujieron con ira.

—¡Esa mujerzuela!

—¡Oh, aquí viene! —gritó Ace emocionado alejándose al otro lado del parque a una distancia segura. Marco agarró el bate con fuerza posicionándose para golpear.

—¡Lánzalo!

El pecoso lanzó el huevo, cual pitcher profesional, y este explotó en mil pedazos en el bate de madera. La primera docena se acabó con prontitud y parte de la segunda fue destrozada en medio de maldiciones y gruñidos exasperados.

—¡Le compré un bolso Chanel por su cumpleaños! ¡Gaste mil dólares en la tina de hidromasaje porque no quería que estuviera estresada cuando me visitará!

—Al menos no la instalaste en su apartamento.

—¡De seguro la estaría usando con su amante! —bramó bateando un nuevo huevo, importándole poco quedar bañado en claras y yemas—. ¡Le presente a toda la familia, la complacía cada vez que quería algo, le iba a pedir matrimonio en la cena de Navidad!

—Wow, que romántico.

—Lo es, ¿pero crees que le importó? ¡¿Qué fue lo que conseguí?! ¡Que me engañara con el imbécil de Muchana y que perdiera mi empleo! —gritó cabreado golpeando el huevo con fuerza.

—Una desalmada sin duda.

—No creo que sea un mal partido —continuó Marco jadeando agitado, apoyándose en el bate con cansancio. Ace asintió alzando el pulgar.

—No, estoy seguro que no lo eres.

—Soy un buen doctor, ganó 350.000 dólares al año, no fumo, bebo poco, en un par de años tendré mi propia casa y tal vez no sea muy atractivo, pero...

—No estoy de acuerdo con eso, eres muy atractivo —replicó Ace haciendo énfasis—. Bastante, créeme.

—Confiare en tu buen gusto —agradeció con una sonrisa que poco a poco se fue desvaneciendo con una triste exhalación mirando al cielo nocturno—. Soy fiel y cuando me enamoró me entrego por completo. ¿Acaso eso ya no tiene valor estos días?

Marco se sentía devastado, su corazón era apretujado por el dolor y su alma sacudida por la tristeza. Pensaba en lo estúpido que debió verse a los ojos de Marie mientras él le contaba los planes que tenía para ambos, imaginando como serían sus hijos o cuanto se desvivía por cumplir sus caprichos.

Tanto esfuerzo y tiempo perdido por nada, ahora solo quedaban malos recuerdos y una terrible soledad. Se sentía más solo que nunca.

—Esa chica es una idiota —espetó Ace sacándolo de sus cavilaciones—. Solo alguien tan estúpido dejaría ir a una persona como tú. Creo que me siento un poco celoso.

Marco le contempló atónito, conmovido por sus palabras. En ese momento las necesitaba demasiado.

—Gracias, Ace.

Las luces del parque iluminaron su figura y el rubio logró distinguir los rasgos que pasó por alto en el bar debido a la escasa luz. Era joven, mucho más que él, quizás estaba en sus 24; su cabello azabache ondeaba en el viento cual bandera pirata. Sus ojos explotaban como supernovas destellando vida y alegría.

Y esa sonrisa, oh cielos, Marco no había visto una tan honesta hace mucho; estaba seguro que una lluvia de estrellas sucedía en algún lugar del mundo cada vez que Ace sonreía. Era bastante apuesto, demasiado. Al distinguir las infantiles pecas que salpicaban sus mejillas, se preguntó si estas seguirían hacia el resto de su cuerpo.

Carraspeó incomodo ante tal pensamiento y tomó una enorme bocanada de aire, dejándolo escapar con lentitud. Su estallido de ira consiguió aliviar su pena un poco.

—¿Mejor?

—Sí, eso se sintió bien.

—Y aún no termina —habló motivado sacándose la ropa y zapatos ante la conmocionada mirada del médico—. ¿Qué esperas? Desvístete.

—¿Estás loco, que pretendes?

—Darnos un chapuzón.

—¿A esta hora? ¿Quieres morir congelado?

—Solo será un momento. El agua salada se llevará lo malo y saldrás como un hombre nuevo.

—No tengo ganas de bautizarme de nuevo.

—¡Deja de ser tan racional y disfruta la vida! Solo se vive una vez, Marco.

—¡Ah, mierda! Estás loco, Ace —se quejó apresurando a desvestirse. Newgate miraba de un lado a otro con nerviosismo evitando mirar el cuerpo desnudo del pecoso.

—Saltaremos allí, en el muelle cerca del carrusel —indicó el pecoso señalando con su dedo. Miró de soslayó a Marco y sonrió—. ¿YOLO?

El rubio le siguió la sonrisa.

—YOLO.

La pareja desnuda corrió a toda velocidad hasta el muelle y dio un gran salto cayendo a las profundidades del rio Este. El agua fría entumeció el cuerpo de Marco, su visión era nula siendo rodeado solo por la oscuridad, las amorfas figuras de luz sobre su cabeza le indicaron la superficie.

—¡Maldición, que frío! —gritó tomando aire al salir a flote. Ace estaba frente a él riendo a carcajadas.

—¡Diablos, de verdad te lanzaste! Pensé que te detendrías a la mitad.

—Ya estoy viejo para estas locuras —bromeó riendo con su corazón latiendo acelerado por la adrenalina. Se sentía renovado y feliz—. Fue demasiado para alguien de mi edad.

—Para ser un viejo tienes demasiada energía —animó Ace sonriente, lanzándose hacia él para abrazarle. Las manos de Ace recorrieron los torneados brazos y se deslizaron hasta la amplia espalda antes de envolver su cuello. Sus pechos chocaban, sus mejillas se frotaban calientes y húmedas.

«Cielos, en verdad no entiendo que estaba pensando esa chica», pensó Ace cerrando los ojos, susurrando con suavidad en el oído de Marco, deslizando sus dedos por los rubios mechones.

—Eres genial, Marco. Cada vez le tengo más envidia a esa ex novia tuya.

El calor que se apoderó del cuerpo de Newgate le hizo pensar que había transmutado a una braza ardiente.

El toque de Ace era cálido a pesar del frío, incinerando su piel a su paso, erizando sus vellos con excitación. Se atrevió a acariciar su fuerte espalda, caminando por su columna con sus dedos hasta aprisionar su cintura sintiendo chocar sus miembros ligeramente. La nariz de Marco repasó la piel trigueña del cuello de Portgas apabullado por el leve olor a colonia que se filtró por su nariz, extasiando sus sentidos.

Nunca en su vida se imaginó estar en tal situación con un hombre; él no era gay, ni siquiera bisexual, pero el pecoso frente a él era tan exótico y lleno de una vivacidad que envolvía su ser. Lo encantador de su sonrisa lo seducía, su espontanea personalidad le hechizaba.

Igual que una sirena sus ojos absorbían su raciocinio, su voz meliflua se escabullía por sus oídos nublando su juicio siendo atraído por los carnosos y húmedos labios del pecoso.

—Salgamos de aquí o terminaremos congelados —habló Portgas alejándose con lentitud nadando a la orilla. Marco le siguió en silencio contrariado por el abrupto cambio.

—¡Oigan, ustedes! ¡¿Qué están haciendo allí?! —La luz de una linterna los iluminó en la distancia cuando terminaban de cambiarse y el grito los alertó. Un par de guardias corrían hacia ellos con cara de pocos amigos.

Una mirada bastó para tomar el bate, los huevos restantes y correr como poseídos hasta las afueras del parque en medio de sonoras risotadas.

Ace sonrió aliviado de que la incomodidad entre ellos se disipara al recuperar su motocicleta. Marco era un buen tipo, pero no se iba a hacer ilusiones. Podía ver su heterosexualidad a kilómetros y no quería complicarse la vida intentando conquistar a un hetero. Aquella aventura de una noche era más que suficiente.

—¿Y bien? ¿Dónde queda tu casa? Te llevaré.

—Antes de eso, vayamos por algo de beber. Yo invito.

—¿Qué, ahora?

—Sí, siento que disfrutaré el alcohol ahora. También déjame manejar —indicó quitándole las llaves y subiendo a la moto.

—Wow, ¿sabes conducir? —Marco sonrió confiado.

—Agárrate fuerte, pecas sexys.

Un fuerte carmín abofeteó las mejillas de Ace mientras se aferraba a la cintura del rubio doctor. Con un rugido la motocicleta arrancó a toda velocidad sacando fuego a las carreteras de Manhattan, la noche era joven y el tiempo estaba de su lado.

La primera parada fue un Subway donde se conocieron más a fondo mientras mataban el hambre con un sándwich BBQ y Cola de dieta. Familia, amigos, trabajos, estudios, gustos y anécdotas animaron con risas su mesa.

—¿Maestro?¿Enserio? ¿Estudias para ser maestro? —preguntó Marco boquiabierto al conocer las aspiraciones del pecoso.

—Sí, sí, lo sé, suena imposible de creer.

—Por supuesto. Nadamos desnudos en el rio hace media hora.

—Admítelo, será una buena anécdota para contar a mis alumnos algún día.

—Ciertamente, serás un maestro de arte muy liberal.

—Solo vivo mi vida como quiero —respondió encogiéndose de hombros. Marco asintió con una sonrisa.

—Creo que eso es justo lo que necesito. Dejar de pensar y solo vivir.

—¿Quieres que te enseñe?

—Me encantaría-yoi.

Marco apenas recordaba lo que hicieron luego de salir del restaurante. Recordaba sus pies hundidos en la arena de la playa, en sus manos recorriendo el cuerpo sudoroso de Ace al bailar contra él, en su garganta desgarrándose al cantar a todo pulmón con el pecoso Don´t stop me now mientras manejaba a toda velocidad por la autopista y todas las maniobras que tuvo que hacer para eludir la patrulla de policía que empezó a perseguirlos después.

Los huevos restantes terminaron hechos trizas en la casa de su ex y no estaba seguro de que pasó con el bate. Una breve parada en un mall para atiborrarse de botanas y alcohol antes de llegar a casa de Portgas.

El licor se acabó con prontitud, pero los ánimos entre ambos subían como la espuma, al igual que la cercanía. Un beso robado iniciado por el médico hizo reír al pecoso.

—¿Estas tan ebrio que me confundes con una mujer? No aguantas nada, Marco.

—¿Ebrio? Caerías tres veces antes de lograr embriagarme.

—Ni tú te crees eso. De todas formas, no me aprovecharé de un borracho por más que me guste. Incluso yo tengo un límite.

—Wow, incluso el intrépido Portgas tiene límites.

—Así es, deberías estarme agradecido —enfatizó Ace dando un sorbo a su lata de cerveza—. No pasara nada de lo que tengas que arrepentirte mañana.

—De lo que en verdad me arrepentiría sería terminar esto aquí e irnos a dormir. ¿Qué dices, te atreves o no? —retó Marco extendiendo su mano hacia el pecoso.

Ace lo observó por largo rato antes de gatear hasta él y tomar su mano, sentándose a horcajadas sobre sus piernas. Los largos y bellos dedos de Portgas se enredaron en las doradas hebras y junto sus frentes.

—Si te detienes a la mitad te drogaré, te robaré y venderé tus órganos al mercado negro.

—Dudo que te vayan a quedar fuerzas para intentarlo —se burló Marco cerrando la ínfima distancia entre sus labios, cerrando la puerta de vuelta atrás.

Solo en ese momento, mientras embestía con ansias locas contra el cuerpo de Ace, se dio cuenta de lo insatisfecho que estaba con el sexo vainilla que tenía con Marie. Tan insípido y aburrido como ella.

Ace era un hombre, pero podía saciar su deseo como ninguna mujer lo había hecho hasta ahora. Podía chupar, morder, lamer tanto como quisiera, incluso ser un poco duro.

Su lujuria se desbordó hasta el punto de no reconocerse. Pero es que ver al trigueño jadeando sonrojado debajo suyo, con ojos nublados por el placer, con su cuerpo retorciéndose en éxtasis y pidiendo por más, mató todo raciocinio y ahogó a Marco en un mar de deleite del que sabía, no sería capaz de salir de nuevo.

La mañana llegó y Marco contempló atontado el rostro durmiente de Ace, sus dedos trazaron líneas imaginarias a través de sus pecas, acariciándolas.

—Una, dos, tres, cuatro… —contó haciendo cosquillas en la nariz del pecoso que se revolvió incómodo abrazándose más al doctor.

—Mmm… Ven a dormir, Marco… —balbuceó escondiendo el rostro en su cuello y entrelazando sus piernas—. Quédate conmigo un rato más.

Marco soltó una suave risa ante su infantil reproche abrazándolo con suavidad. Con un beso a los mechones azabache se dispuso a dormir. Que la incomodidad, la lógica y lo que pasaría con ellos en el futuro se fueran al carajo por ahora. Estar en esa pequeña burbuja de felicidad era suficiente.

Si analizará todo lo ocurrido como siempre, se abofetearía y estrangularía por hacer semejante locura, pero al ver a la belleza de ojos negros y pecas coquetas que se aferraba a él solo podía decir:

—Está bien perder el juicio de vez en cuando.

Notas de la autora:

¡Hola a todos! ¿Cómo los trata la vida? ʕ•́ᴥ•̀ʔっ

Apenas llegando a esta plataforma y quise estrenarla con esta ship (que amo demasiado❤(ˆ‿ˆԅ)) y que es de lo poco que se salvó de un fictubre que nunca publique. (ㆆ_ㆆ)

De antemano, gracias por leer y ojala les guste. Un abrazo y feliz fin de semana.(ɔ˘ ³(ˆ‿ˆc)

Nanamy (✿◠‿◠)