౨ৎ
«Despídete de mí con un beso».
Murmuró. Y Jake jura que su corazón se detuvo en un instante después de haberlo escuchado.
Aprisionado entre un par de brazos y un cálido pecho, no había mucho que pudiera hacer. Su cuerpo sujetado con firmeza se sentía como la pieza de un rompecabezas que finalmente había encontrado su sitio, y cualquier pensamiento que vagara por su mente en ese momento había tomado un rumbo lejos de su cabeza en cuanto fue arrojado a la cama con una tierna agresividad repentina.
Extrañamente, un sentido de pertenencia hizo acto de presencia dentro de sí cuando encontró un par de ojos brillantes viéndolo de cerca después de que reclamara un espacio junto a él. Nunca fue fan del contacto físico, pero la idea de tener su persona así de cerquita con el aliento acariciándole la piel cada madrugada no le había resultado desagradable en lo absoluto, e inconscientemente se encontró esperando más noches como esa a su lado.
Su respiración era tranquila, no había nervios ni temores, naturalmente aceptó el tacto dejándose hacer. Guió cuidadosamente una de sus manos hasta el rostro ajeno, comenzando con un tacto suave para después terminar depositando un piquito en la punta de su pequeña nariz. Una descarga eléctrica recorrió sus labios, y no pudo evitar sonreír antes de rozarla esta vez con la suya en un beso esquimal.
Una sensación de ardentía que no reconocía si surgió por la manta que cubría de ambos o por la cantidad de emociones queriendo explotar en su interior se apoderó de su semblante, calentando su piel. Y sin más, obedeciendo acercó sus labios hasta acariciar los contrarios en un delicado beso que cerró sus ojos al instante, limitando su mente a pensar únicamente en lo dulce que resultaba el contacto.
Sabía que en otro momento habría muerto de vergüenza antes de hacer algo como eso, tal vez habría escapado o ahogado su rostro contra la almohada. Pero por alguna razón no pensó en nada de ello cuando ocurrió, y solo se dejó llevar. Tenía en claro que no había tiempo para la timidez cuando solo anhelaba mantenerse así, sumergido en esa burbuja exclusiva de seguridad que empezaba a formarse solo para ellos dos.
«Duerme bien».
Susurró, rodeando con los brazos su cintura mientras acurrucaba la cabeza plácidamente en el espacio entre su hombro y su cuello, enlazando sus piernas con las de él. Con el deseo de que la noche fuese eterna, y que nunca más hubiera una distancia que atormentara su comodidad.