PROLOGO: LA ESTRELLA
⭒ ⁎✬~ Kept walking on the wild side~✬⁎⭒

Aquella noche era maravillosa, con estrellas brillantes y una luna resplandeciente. La delicada silueta de su cuerpo estaba bañada ligeramente por la luz del ambiente. ¿Había algo más que pudiera pedir? Tal vez, solo tal vez, que ese momento durara para siempre, pero eso última era imposible o, por lo menos, hasta que se pudiera repetir. Se veía tan apacible, tan dulce. No pudo resistirse a acomodar sus rizos rubios, despegándolos con delicadeza de su rostro para pasarlos detrás de su oreja. Deseaba poder ver esos hermosos ojos azules una vez más, pero se le hacía tarde y había cosas muy importantes que debía hacer.
No había tiempo para despedirse, pero como siempre dejó una carta y flores a su lado, para que su angelito siempre se sintiera amado. Dejó el lugar como estaba, asegurándose de no olvidar nada. Acomodó su escopeta sobre su hombro y se fue rumbo a su destino. Iba con el paso apresurado, dando grandes zancadas, pero a la vez daba un aire de relajación, por su infaltable sonrisa y el tarareo de esa pequeña canción que le compuso. Tanto que parecía que estaba dando un paseo por el parque en vez de una emergencia.
De pronto, se detuvo en seco. Había una trampa a sus pies— qué desagradable—. Estaba harto de siempre la misma rutina. Parecía que al viejo no le importase cuantas veces le destruyera sus trampas, siempre colocaba una nueva al poco tiempo. Le encantaría tener una larga charla con el viejo, pero se terminaría delatando como aquel se encargaba de la destrucción de las trampas— aun así, planeaba solucionar ese asunto más pronto que tarde— Suspiro agotado, mientras pensaba en como algunas personas ni siquiera aprendían a las malas. Y con un guijarro, acciono la trampa.
Se dispuso a seguir con su camino, esta vez acelerando un poco más el paso. Ese pequeño percance le había costado valiosos minutos y debía llegar a tiempo. Esa era una urgencia en la que cada segundo de retraso contaba.
Al llegar a su destino, esa pequeña cabaña escondida, se detuvo en seco, dejando de caminar y de tararear. Aprovechando la arboleda del lugar, se escondió tan pronto como pudo y desde su escondite se dedicó a observar. Dio una pequeña mirada a su reloj, verificando si había llegado a tiempo. En efecto, todo estaba saliendo conforme a lo calculado; solo debía esperar el momento adecuado para actuar.
Tal y como lo había planeado, él salió de la cabaña. Era la hora en la que salía a dar una pequeña vuelta por los alrededores, el único momento en que salía de esa casucha y podría actuar sin temor a ser descubierto. Su aspecto era deplorable, con el cabello largo, mugriento y desordenado, la ropa que parecía estar esperando a que se desintegrase para quitársela, de la misma estaban sus zapatos, una casi inexistente suela, costurados a más no poder y como Dios le dio a entender. Casi sintió lastima por ese sujeto— tanta como para dejarlo vivir en esas condiciones por el resto de su vida—, pero debía pagar por lo que hizo. Además, no se había esmerado tanto en seguirle la pista durante tanto tiempo para dejarlo ir, así como así. Por lo que se dispuso a seguirlo, el sujeto en cuestión debía de estar a una distancia optima de la cabaña. Una vez estaban a lo suficientemente lejos de ese lugar para que él pudiese actuar sin problemas — además el sujeto no debía llegar al límite del área por donde solía pasear—tomo su escopeta, cerciorándose de tenerla cargada antes de siquiera apuntar—en efecto, lo estaba— y espero pacientemente a tenerlo en el lugar que quería, debía ser un tiro limpio y justo a la cabeza. No había margen de error, era eso o volver a perderlo y esta vez sabe por cuánto tiempo, pero una vez acabase, se habría quitado un peso enorme de los hombros y podría estar en paz después de tantos años de seguirle la pista. Por ende, apunto el arma, esperando valiosos instantes para tenerlo en la posición perfecta y cuando el momento llego, tiro del gatillo.








