Epilogo
El corazón de Bakugou latía a mil por hora. Sentía la constante vibración en sus tímpanos y cómo, poco a poco, todas las voces se opacaban. La camilla se movía a través de los pasillos blancos; su cuerpo no respondía. Sus ojos vagaban a su alrededor, tratando de identificar alguna cara además de la de los enfermeros y héroes profesionales que lo rodeaban.
Logró divisar la cabellera bicolor, la misma que había recibido el golpe de gracia del villano. Lo vio escupiendo sangre y tocándose con desesperación la garganta. Le pareció una eternidad, pero en realidad duró milésimas de segundo, y en ese tiempo ambos cruzaron miradas llenas de confusión y desesperación, que fueron interrumpidas por la puerta del quirófano, por donde entraba el cenizo.
Ambos perdieron el conocimiento luego de esa intervención. Todoroki quedó permanentemente mudo y en cuidados intensivos. Por otro lado, Bakugou estaba en riesgo de perder la audición.
Pasaron horas para que Bakugou saliera del quirófano, completamente sedado por la anestesia. Tenía demasiadas heridas y huesos rotos.
La camilla salía cuidadosamente, mientras que los doctores, con sus ropas manchadas de sangre, se acercaban a los familiares del cenizo.
—¿Aizawa? ¿Familiares de Bakugou Katsuki? —nombró la enfermera con desánimo.
La madre del chico se levantó de su asiento de manera rápida, alterando al padre, y siendo seguida por un pelinegro que aparentaba haber salido recién de una batalla.
—¡Aquí estoy, doctor! ¿Dígame cómo está mi Katsuki?
—¿Usted es la madre? —el doctor entristeció y bajó la cabeza.
—Sí, doctor, dígame cómo está —los nervios de Mitsuki y Masaru volaron.
—Hicimos todo lo que pudimos respecto a heridas internas. Está estable.
Ambos padres suspiraron agradecidos, pero su expresión cambió al oír a la enfermera.
—Pero… el joven sufrió un trauma acústico que destruyó su oído interno. La reconstrucción de este es médicamente imposible. Ya probamos con varios dones, pero cada vez que tenía contacto con uno, el trauma empeoraba. Tememos que, si volviésemos a intervenir… podríamos causar daño en la masa encefálica —explicó de manera nerviosa y triste.
Mitsuki hundió la cara en el hombro de Masaru, quien agradeció a los médicos.
Por otro lado, Endeavor no sabía cómo reaccionar. Con Shoto en cuidados intensivos, los médicos optaron por regeneración a base de dones sanatorios. Mala idea. Apenas le pusieron un dedo encima, comenzó a convulsionar, escupiendo sangre y gritando, hasta que en cierto punto su voz se dejó de oír y solo se escuchaban gruñidos.
—¿Pero qué carajos…?
Nadie, ni los doctores ni los especialistas, daba una respuesta clara. Lo único que tenían claro era que el don había afectado a dos personas al mismo tiempo, y que, al parecer, los daños no eran reversibles ni tratables. Los médicos daban por perdidas las carreras de héroes de ambos adolescentes. Los padres no sabían qué pensar. Lo único que quedaba por hacer era esperar las reacciones y cómo se lo iban a tomar.
Aizawa se había mantenido callado. Se preguntaba a sí mismo cómo iba a darles la noticia a sus alumnos, cómo hacerlo menos chocante, menos traumático.
Entre sus manos llevaba una libreta para el cenizo. En su cabeza, las palabras que le diría al bicolor, y con esas mismas pidió que ambos estuvieran en una misma habitación. Era más fácil que lo asimilaran juntos que por separado. Entonces él también pasó los tres días y cuatro noches que tardaron en despertar. A veces lloraba por no haberlos protegido o simplemente maldecía a todos los villanos por su maldita existencia.
Shoto despertó unas dos horas antes que Bakugou, y vaya que despertar fue. Sus ojos se abrieron con pesadez y lo primero que vio fue la silueta del cenizo, iluminada por la luz artificial que creaban los focos amarillentos. Se veía tan tranquilo y, a la vez, era extraño. Tenía la parte de las orejas rellenas de algodón y envueltas en gasa. Su expresión de dolor era palpable, su cabello estaba alborotado y su respiración era difícil.
En cambio, él estaba vendado en el cuello. Su cuerpo se sentía cansado y maltratado. Extrañaba las voces alborotadas de su hermana y lo que seguramente sería la madre de Bakugou. A los minutos, la puerta de la habitación se abrió y lo único que vio fue a su profesor entrar. Por su apariencia, era obvio que él había estado durmiendo en ese mismo cuarto. Quiso hablarle y preguntarle el porqué, pero el simple hecho de hacer el esfuerzo le costó una punzada muy fuerte en la garganta.
—No te esfuerces, Todoroki.
El tono de voz era áspero y típico. El héroe se sentó al lado de su cama, lo miró a los ojos y notó la duda en el chiquillo.
—Al parecer, el ataque del que salvaste a Bakugou los afectó de manera irreversible.
Todoroki recordaba muy bien haberse lanzado hacia Bakugou para apartarlo de la mira del villano, pero aun así recibieron el impacto. Luego de ello, siguieron luchando, hasta que en un punto despertó en el hospital.
—Ya sé… al parecer ese don causó un efecto rebote en sus cuerpos.
La cara de incredulidad de Shoto hizo suspirar al mayor.
—Lo que quiero decir es que ni un don ni tratamientos lograrán devolverte el habla.
El menor no se lo creía. Era imposible. Negó repetidas veces para sí mismo mientras trataba de procesarlo. Volteó su mirada hacia el cenizo con preocupación.
—Él se lleva la peor parte —el mayor suspiró y se levantó de su lugar para ir donde el cenizo y acariciarle el cabello, todo bajo la atenta mirada de Shoto—. No podrá oír nada.
Eso lo hizo sentir inútil. Él intentó salvarlo y lo único que logró fue desastre.