Capítulo 1
Era Sengoku
Su pecho quemaba, ardía, y por más que inhalaba y exhalaba sentía que se asfixiaba; era como si estuviera en lo más profundo de una piscina y, por más que quisiera salir, no podía. En ese momento, era difícil borrar los breves vislumbres de recuerdos que se movían sin cesar a través de la brumosa nada que parecía ser su mente; y las lágrimas, esas estúpidas lágrimas, no hacían más que recordarle lo insignificante que era al lado de ella, de Kikyo, la mujer que, a pesar de estar muerta, todavía tenía el corazón de ese inu- hanyō en sus manos.
Y precisamente ella era la razón por la que en ese momento Kagome quería con desesperación salir de esa pesadilla, pues hacía apenas unos instantes había visto a Inuyasha, el amor de su vida, en los brazos de Kikyo.
Si no fuera por la enorme distancia que había de ese lugar al pozo que la llevaba a su hogar, ya se hubiera ido. Por un instante pensó en pedirle a Sango que le prestara a Kirara para llegar al pozo, pero eso sería muy egoísta de su parte. En ese momento, sus amigos estaban exhaustos por la lucha que habían tenido con uno de los monstruos de Naraku, lucha que había dejado a Sango y al monje Miroku con heridas leves. Además, estaba consciente de que pedirle a Sango que le prestara a Kirara significaría decirle a su amiga lo que había visto, y también significaría demostrar que era demasiado estúpida al seguir esperanzada en que ese idiota la amara; algo que, hasta ese momento, ya había entendido, jamás sucedería.
En ese instante, una estrella fugaz atravesó el cielo estrellado, y fue cuando Kagome, apretando el puño sobre su pecho y cerrando los ojos, pensó:
“Deseo ya no sentir este dolor, deseo ser feliz”.
Cuando abrió los ojos, la estrella había desaparecido.
Se limpió las lágrimas y, a pesar del inmenso dolor en su corazón, tomó una decisión: ya no lloraría por esa mitad bestia y, como pudiera, juntaría los pedazos de su corazón destrozado. Con ese último pensamiento, caminó de regreso al pequeño campamento donde sus amigos permanecían aún dormidos. No le sorprendió no ver a Inuyasha allí, aun así, se preguntó hasta cuándo la seguiría lastimando de esa forma.
Pronto desvió la mirada del árbol donde se suponía que Inuyasha estaría haciendo guardia, y nuevamente se adentró en su bolsa de dormir junto a Shippo, quien se acurrucó en su pecho. Sus brazos lo apretaron con delicadeza y, sumergiéndose en el aroma del pequeño Kitsune, se entregó al profundo sueño.
Siglo XXI
Su mente giraba en torno a esos recuerdos que, a pesar de esforzarse, no podía borrar de su memoria. No faltaba mucho para que se cumpliera el primer año luctuoso de su hermano, y el primer año desde que había dejado de ver el rostro de aquella joven por la que había hecho y sacrificado todo, ¿y a cambio de qué? De nada, de absolutamente nada, pues después de esa dura pelea contra Rido Kuran, ella lo había abandonado para irse junto al que era su hermano y prometido, dejándolo a él con el corazón destrozado.
Lo que menos le dolía a Zero en esos momentos era sentirse traicionado, no solo por la mujer con la que había crecido y compartido tanto, a quien llegó a considerar su pequeña hermana, sino también por el hombre que se autoproclamaba como su padre y que siempre supo la verdadera identidad de Yuuki Cross; sino el hecho de haber sido él quien le había arrebatado la vida a su propio hermano.
La culpa que tenía lo destrozaba día a día.
Había sido utilizado con el único propósito de protegerla a ella... su princesa...
Y a pesar de la gran ayuda que recibía de su maestro y de Kaito, su actitud hacia todos había empeorado. Si antes lo consideraban hostil y frío, después de que Yuuki se fuera con Kaname lo era aún más, y sabía que esa actitud empeoraría, pues Kaien Cross le había dado una noticia: dentro de dos días ellos regresarían a la academia.
Esa noticia había sido la causante de que esos recuerdos que se había esforzado en encerrar comenzaran a salir. El doloroso recuerdo de los últimos días conviviendo con Ichiru rápidamente fue reemplazado por la vida de su hermano esfumándose a causa suya. No solo eso, las imágenes de aquellas noches que había compartido con el sangre pura aparecían una tras otra...
Y sin que pudiera evitarlo, esas lágrimas que hasta ese momento no se había permitido sacar salían sin que pudiera detenerlas, quemando su alma como si de ácido se tratara. Lo peor de todo era que ellos regresarían, y ese hombre que se autoproclamaba su padre lo había permitido.
En ese momento sus ojos se abrieron de la sorpresa, pues una estrella fugaz atravesaba el cielo. Él no creía en supersticiones, y se le hacía absurdo que una estrella fugaz cumpliera un deseo; pero si los vampiros existían...
Zero cerró los ojos, sus manos apretaron el metal frío donde estaba recargado.
“Deseo ya no sentir este dolor, deseo ser feliz”.
Y para cuando abrió los ojos, la estrella fugaz había desaparecido.
“Tonterías”, pensó antes de dar media vuelta y entrar a su habitación.
Se sentó en el borde de la cama, limpió las lágrimas que aún salían, y su vista se posó en Bloody Rose, su inseparable arma. La tomó del lugar donde descansaba y, acostándose, cerró los ojos.
“No volverás a hacerme daño”, se prometió a la vez que apretaba el metal frío en sus manos, mientras la imagen de aquel vampiro aparecía en su mente.
Y antes de que Zero pudiera hacer algo, el sueño lo invadió por completo