¿A qué sabe el amor? (Radioapple)

Summary

Después del extermino, el demonio de la radio tuvo la dicha de comer aquella carne tan jugosa y exquisita que tenían los ángeles exorcistas. Un bocadillo de primera clase que pensó nunca más tendría el privilegio de consumir. Entonces venia Lucifer a intentar hacer un trato con él. Si la carne de los exorcistas sabía bien, ¿Cómo sabría la carne de un serafín?

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Oneshot

¿Cómo olvidar la primera vez que saboreo aquel liquido carmesí?


Fue cuando sintió el impacto de aquel puñetazo que dio su progenitor en su mejilla derecha. El sabor y olor peculiar del oxido no tardo en invadir sus sentidos.


Un infante de no menos de seis años siendo remetido por la furia de un hombre que no mostraba piedad.


Los gritos retumbaban en su mente y paralizaban su cuerpo. En ese entonces, el pequeño Alastor vivió en carne propio lo que era un verdadero infierno. Su vida cotidiana era lejana a lo que uno podría llamar "normal"


Su cuerpo estaba más que acostumbrado al dolor constante de nuevas heridas. Las cicatrices que recordaban su martirio adornaban su piel, siempre acompañadas por los hematomas que parecían ser un rasgo eterno de sus extremidades.


Nunca se dio el lujo de sentir lo que era el amor de un padre, un amor negado desde el momento que nació e incluso antes.


No todo era obscuridad. Toda tonalidad negra podía estar salpicada de tonos tanto grisáceos, como blancos. Su madre una mujer amorosa y maternal, que en todos esos años le dio esperanza. Le enseño lo que era ser querido, lo que era ser importante y especial para una persona. Ella era un amor, era su único faro de luz en aquel obscuro lugar.


El día que su padre le había arrebatado a su madre, su luz y su mundo. Toda esperanza se había esfumado, su alma desquebrajada termino por romperse.


Sentir como la vida de su ser más amado desaparecía entre sus manos. Un dolor tan inmenso que no logro entender en ese momento, que no le permitió pensarlo, fue en ese instante que se guio por su instinto. La furia e ira se apoderaron de su ser. En todos esos años hizo lo impensable, algo que creía estaba fuera de su alcance, arremetió contra su padre.


A pesar de todavía ser un adolescente, flacucho y sin masa muscular prominente, se las arregló para estar a la par de aquel hombre.


Su padre a pesar de ser un borracho y sedentario hombre, su fuerza era considerable e incluso en ese momento a ojos del menor, era inmensa. Ambos estaban empapados tanto de adrenalina, como de rabia.


No duro mucho la batalla, Alastor se as arreglo quedando como el vencedor. No fue una victoria limpia, su cuerpo mallugado lo podía testificar.


Sudoroso y manchado con la sangre de sus padres, se quedó hincado, observando e intentando de asimilar lo que acababa de suceder. Las primeras lagrimas se hicieron presentes, recorrieron el rostro del moreno, al gotear e impactar contra el suelo, sacaron de su trance al menor.


Como si apenas empezara atender lo que sus ojos le mostraban, su cuerpo reacciono. Su respiración se aceleraba, su pecho no dejaba ese latir tan frenético, queriendo casi salir de su lugar. Sus irreales pensamientos fueron interrumpidos por un malestar empezaba a surgir en su cabeza.


La desesperación se apodero de él. Un grito desgarrador salió de su garganta.


¡¡NOOOOOOOO!!


"¿Qué había hecho?"


"Esto no podría estar pasando"


-No, no, no- Se repetía una y otra vez el moreno. Sus manos jalaron su cabello, queriendo arrancar el cuero cabelludo en el proceso.


La angustia que experimentaba en ese momento nunca lo había sentido antes.


-¡¡Qué hice!!- Nuevamente otro grito se apodero de la habitación.


Las manos cada vez tomaban más protagonismo en la escena, recorriendo y golpeando su cuerpo en el proceso. En cada manotazo se aumentaba la fuerza de impacto. Quería despertar, salir de aquella pesadilla que estaba ante sus ojos.


La misma desesperación ocasiono que llevara las manos a su boca.


Un fuerte mordisco fue quien recibió a sus dedos. No había medido la fuerza y realmente no le importaba. Solo quería sacar ese dolor, silenciar sus alaridos. En el proceso sus dedos sangraron a borbotones, su lengua sintió como la sustancia recorría su cavidad bucal. Fue en ese momento que saco los dedos de su cavidad bucal.


Miro fijamente su mano, estaba echa mierda.


Sin poder explicar su actuar. Nuevamente paso su lengua por sus dedos, haciendo una vez más el trabajo de recolectar aquella sustancia tan vital.


Tomo el cuchillo con el cual había puesto fin a la vida de su progenitor y lamio la hoja con cuidado. Nuevamente su paladar se deleitó con ese exquisito sabor.


Sabía que no era normal disfrutar aquello, pero su cuerpo exigía más de aquel sabor tan placentero.


"Qué diablos estaba haciendo"


Se cuestionaba mientras miraba el cuerpo recién fallecido de su padre. Las lágrimas nunca dejaron de acompañarlo, sin embargo, su expresión era diferente. No parecía que reflejara alguna emoción de tristeza, pero si una mezcla de miedo, culpa, sorpresa y sobre todo curiosidad.


Estaba curioso de saber que iba a pasar una vez llegara al cuerpo masculino, ¿Qué estaba pensando hacer? ¿Por qué no había soltado aquel cuchillo?


........ ....... ......


El recuerdo de aquella noche invadía su mente. Los inicios de sus retorcidos gustos por la carne fresca eran tan claros, tan vividos. Un hecho difícilmente de olvidar.


Fijo su vista en sus dedos, como aquella vez estaban manchados de sangre, la diferencia era que no era la suya, y tampoco se debía a una cacería suya.


El líquido amarillento estaba seco, sin embargo, esto no lo detuvo de lamer los restos de esta.


La sangre se mezclaba con el sabor de aquel otro fluido blanquecino. No estaba dispuesto admitirlo nunca, pero esta combinación inesperadamente le sabía bien, se había convertido en su bebida preferida.


Decidió voltear su vista a la persona que dormía a su lado, aquel ser angelical con el que hace poco había fornicado.


No podía sacar de su campo visual a ese cuerpo tan pecaminoso, ese ser que le invitaba una vez más hacer tocado. Todo esto había iniciado debido a la desesperada necesidad de ambos hombres.


Lucifer un hombre sumido en la soledad desde que su esposa lo había abandonado, aislándose del mundo y siendo consumido día a día por la depresión, siendo esta su eterna acompañante. Por otro lado, Alastor estaba tan desesperado por su libertad, deseoso por el derecho del cual le habían privado, que estaba dispuesto hacer todo lo que fuera necesario.


El trato que habían pactado era simple. El rey del infierno le ayudaría recuperar su alma al moreno, a cambio, Alastor llenaría aquel vacío que le había dejado Lilith. En aquel entonces el pelirrojo detestaba no solo el toque del contrario, si no que su presencia no le era para nada grata, por ello, agrego otra condición.


Después del extermino, el demonio de la radio tuvo la dicha de comer aquella carne tan jugosa y exquisita que tenían los ángeles exorcistas. Un bocadillo de primera clase que pensó nunca más tendría el privilegio de consumir. Entonces venia Lucifer a intentar hacer un trato con él. Si la carne de los exorcistas sabía bien, ¿Cómo sabría la carne de un serafín?


La propuesta fue echa y para su sorpresa el rey del infierno le pareció bien, no puso excusas y acepto de primera mano.


Alastor no tuvo piedad y devoraba como un animal la ración de carne que se le daba cada cierto tiempo. Aunque también esos retorcidos gustos que se daba debían ser pagados, un tema el cual no le hacía gracia.


Cuando empezó a tener intimidad con Lucifer su inexperiencia fue su escudo para limitar un poco las locas fantasías llenas de deseo, morbo y placer producto del rey.


Claro que solo le funciono las primeras veces que compartieron cama. Una vez se hubiera acostumbrado a la rutina, vio de manera diferente al cuerpo ajeno. Inconsciente su mente le recordaba una y otra vez que la piel que estaba lamiendo podría ser parte de su almuerzo de la mañana siguiente.


Pensamientos tan morbosos que rodaban en su mente, y que su cuerpo no pudo controlar.


La primera mordida que le había dado en el acto no había asustado a Lucifer, todo lo contrario, pareciera que su libido había aumentado.


No lo separo, es más, lo había incitado a que lo repitiera e inclusive había expuesto más su cuello para que tuviera donde mordisquear.


la nívea y tercia piel del ángel caído, se encontraba ahora destrozada y manchada. Nunca llego a pensar que Lucifer le permitiera profanar su cuerpo de aquella manera.


Claro que él no era el único que se estaba divirtiendo, el rey del infierno le había regresado cada atención recibida por Alastor. Al pelirrojo le encantaba morder, desgarrar y marcar a su compañero, pero nunca se imaginó que el sentimiento fuera mutuo. Le gustaba sentir como los colmillos de Lucifer de igual manera atravesaba su piel, como la lengua bífida de el rubio pasaba por su piel. un dolor tan placentero que no pensaba pudiera aburrirse nunca de tal ritual.


Desde ese momento dejo de exigir la carne del soberano. Intercambio aquella condición por una nueva. Quería tener libre movimiento a la hora de fornicar, quería experimentar todo lo posible con el cuerpo de su acompañante, saber hasta donde sus perversiones se podían hacer realidad. Y una vez más Lucifer no se negó.


Desde entonces no hubo vuelta atrás, un verdadero frenesí de emociones se desbordaba en cada encuentro, un nuevo mundo se abría. El demonio de la radio se estaba cuestionando como era posible que él mismo se había estado privando de tales placeres.


Nunca tuvo interés por tal acto tan sucio como era el sexo, por ello, en vida, solo unas cuantas veces había tenido que recurrir a tal acto tan repugnante.


Ahora en estos momentos, estando a lado de Lucifer estaba más que claro el error que había cometido. No era que el sexo no le gustara, si no que nunca había encontrado a la persona adecuada para poder disfrutar del acto.


El tiempo transcurrió, había pasado seis meses desde que habían hecho aquel trato.


Alastor nunca se hubiera imaginado que ese tiempo su vida cambiaria tan drásticamente. Ahora era él quien buscaba al rubio, era él quien no esperaba a la noche para proponerle actividades indecentes.


Pero no todo era sexo, lamentablemente ya se había acostumbrado a la presencia del diminuto soberano. El Oompa Loompa era el culpable de olvidarse por completo de su plan inicial.


Desde la muerte de su madre, Alastor no había sentido lo que era el querer a otra persona, nunca se había preocupado ni amado a alguien más.


Las amistades que mantenía eran tan falsas que realmente no le importaban en lo más mínimo. Mimzy era un caso diferente, no la podía llamar una amiga verdadera pero tampoco le era tan indiferente. Le generaba ciertas emociones que no podía clasificar, pero definitivamente no era amor lo que le provocaba.


Al llegar al infierno, por primera vez sintió lo que era tener una verdadera amistad. Rosie era la única mujer que había ganado ese título. Una confidente digna de escuchar sus más recónditos y profundos pensamientos. Estaba feliz de tener a esa mujer a su lado, ella era todo lo que necesitaba, pero nunca se esperó que nuevamente se estuviera equivocando.


Alastor no imagino que el amor tocara a su puerta, nunca lo había invitado y mucho menos lo esperaba.


Cuando dejo de padecer el tener que convivir con Lucifer, no le molesto más su presencia, sus besos eran los pequeños detalles que hacían su día. Cada día esperaba con ansias el poder toparse con el enano para poder tener el más mínimo contacto con el cuerpo ajeno.


Él que odia el contacto físico, ahora rogaba por eso y más. Le gustaba sentir cada centímetro de su amado más cuando pasaban a la intimidad, escuchar los dulces gemidos de su boquita y lamer sin piedad cada fluido de su cuerpo mientras lo llenaba de su esencia.


Volviendo al presente, el demonio quedo mirando fijamente al rubio que estaba profundamente dormido a su lado.


Nunca había sentido un temor tan grande como lo fue la pérdida de su madre. Ahora en estos momentos, una angustia similar lo asechaba.


Podría ser exagerado comparar escenas tan diferentes, pero su persona no había presenciado la desesperación en un largo periodo de tiempo. Incluso cuando perdió su alma, lo que su ser albergaba era enojo. Una colera enorme por dejarse engañar tan fácilmente.


En estos momentos, Alastor había encontrado su complemento, la pieza que le faltaba para poder sentirse realizado, para sentirse feliz.


Ahora que tenía todo lo que necesitaba el universo nuevamente quería verlo destrozado, verlo infeliz. Él realmente no quería perder nuevamente a su luz, a su mundo.


Pero era consciente que cuando Lucifer consiguiera su alma, se iba deshacer de él, conseguiría a otro demonio que ocupara su lugar y seguramente él quedaría en el olvido.


"No quería que eso pasara"


Su mano se atrevió a tocar el hombro descubierto de Lucifer, se preguntaba cómo podría vivir sin la presencia del cuerpo contrario. Estaba seguro de que sus días de gloria estaban por terminar, sus sentidos se lo advertían. Él sabía que muy pronto no podría gozar del privilegio de la piel ajena.


Sin pensarlo dos veces se acercó lo más posible al cuerpo del rey, abrazo con fuerza moderada a su compañero.


"No quería soltarlo, no quería dejarlo"


Alastor estaba seguro de que moriría sin la calidez que aquella piel le ofrecía.


Lucifer sintió el acercamiento del moreno y se dejó llevar. Sentir el contacto piel a piel le reconfortaba. Los abrazos del pelirrojo prohibían la bienvenida a nuevas pesadillas, aun así, no podía evitar que la tristeza se apoderara de él. Muy pronto tendría que revelarle al demonio de la radio que tenía su alma en sus manos, por ende, por fin otorgarle su anhelada libertad.


Antes de que el trato se efectuara él ya era poseedor de dicha alma. Era consiente que su amor nunca sería correspondido, por ello, mintió con el fin de poder sentir una vez más el contacto de los brazos de la persona que él amaba.


Lucifer sabía que Alastor lo odiaba, aun así, quería ser egoísta, quería ser caprichoso.


El tiempo que estuvo con Alastor fueron los mejores de su vida, pero la mentira no podía ser eterna, ya había disfrutado unos seis meses maravillosos, era tiempo de dejar libre a su amor y enterrar los sentimientos unilaterales que tenía.


Esta noche era la última que podía permitirse gozar la calidez ajena. Lo había decidido, mañana sería el día en que todo volvería a la normalidad.