Prólogo
La noche en la que ella desapareció fue un 18 de diciembre. El clima era frío y, a la vez, cálido. El sol se filtraba entre las nubes grises. El viento movía las hojas de los árboles en una danza llena de nostalgia y tristeza; aun así, había algo más, algo que ella no lograba descifrar. Algo que muchos decían percibir, pero que ella no notaba. Joselyn caminaba por el parque, sintiendo la brisa pasar por su cabello, alborotándolo.
Esa mañana había decidido dar una pequeña caminata, despejando su mente y centrándose en lo que sus cinco sentidos le permitían. Sin embargo, ese día su mente no la dejaba en paz. La voz de su cabeza seguía dando esa misma instrucción, repitiéndola una y otra vez como una grabadora que no tenía el botón de apagarse. Se preguntó si había alguien en su vida que la extrañaría y si un día desaparece, ¿quién sería el primero en darse cuenta?, ¿su familia?, ¿sus amigos? O simplemente esperarían hasta una semana después de haberse ido. No lo sabía. Siempre se preguntó, ¿qué tan importante era?, ¿qué tan amada era?, ¿y si fue feliz alguna vez?
Las horas pasaron. El reloj corría junto a las personas que disfrutaban el día. Era un fin de semana, un sábado. La mayoría descansaba de su horario laboral, haciendo que las plazas comerciales, parques, restaurantes y cafeterías sean abrumadas por tanta gente, como si fuera una invasión apocalíptica.
Mientras el mundo seguía su curso, ella se quedaba atascada en un hoyo negro. Sin un final claro y vacía.
El bolsillo de su suéter había estado vibrando durante varias horas. Alguien la estaba contactando, buscándola con tanta desesperación. Pero ella seguía ahí, en esa banca. Inmóvil, como una estatua. La noche cayó de golpe, como un relámpago reflejando un rayo de luz entre las nubes, sobrepasando la velocidad, siendo invisible ante el ojo humano. Sin moverse, observó las estrellas brillantes reflejadas en el cielo azul-oscuro. Suspiró, soltando lo que nunca pudo decir, lo que nunca pudo gritar.
De manera automática. Se levantó de la banca, comenzando a caminar a pasos lentos. A su alrededor todo era sombrío. El ruido de las calles era opacado por un sonido agudo, que impedía escuchar lo que pasaba a su alrededor. Siguió caminando, sin contar los minutos, las horas y sin mirar por donde iba.
Su mente era la que guiaba ahora, ella no tenía el control de su cuerpo ni de sus pensamientos. Era como si su alma hubiera sido consumida por algo oscuro. Los carros pasaban a su lado con tanta velocidad que podría arrancar alguna extremidad del cuerpo. Se detuvo abrumada. El ruido de los autos, le regreso la poca conciencia que tenía, sin embargo, eso no detuvo sus planes. Se acercó a la orilla del puente, mirando el agua pasar por debajo de él. Su cuerpo se recargó completamente al barandal, mirando, de nuevo, al cielo.
Por un momento, se detuvo a pensar en lo que estaba pasando. En las consecuencias que tendría. Y de nuevo, se preguntó, ¿qué habrá después de la muerte?, ¿por fin descansará en paz?, ¿seguirá sufriendo? Sin esperarlo, las lágrimas resbalaron por sus mejillas, como el agua del rio desesperada por llegar al mar. Con un último suspiro, subió el barandal, quedando a orillas del puente. Ahora, el ruido de los carros se oía muy lejano, ajeno a lo que estaba por suceder. Cerró los ojos. Se inclinó un poco sin soltarse. La brisa y el olor a tierra mojada le golpeó el rostro, como una bienvenida al otro lado. Sus dedos se sujetaban con fuerza en el tubo, impidiendo que se resbalara. Por un momento, tuvo miedo. Por un momento, dudo. Y sin pensarlo, se soltó. Sus manos dejaron de sujetarse en el barandal. Sus pies dejaron de tocar la orilla. Esperaba con ansias tocar el rio y sentir sus pulmones llenándose de agua al buscar un poco de oxígeno.
Cada momento, la noche se volvía más fría. Más oscura, aunque las estrellas estuvieran en su máximo esplendor, aunque la luna brillara más que la ciudad. De pronto, el agua le entró por los oídos, impidiendo escuchar algo más que el eco distante de los coches sobre el lago. Tal como lo había imaginado, su cuerpo buscaba el oxígeno que ya no tenía. El miedo llegó a ella como un imán atraído por el metal. Impaciente, trató de nadar a la superficie, pero ya era tarde. El tiempo siguió corriendo, mientras su reloj se marcaba en ceros.
Su última vista fue la luna reflejada en el agua y su último pensamiento fue: "Por favor, en la siguiente vida... sálvame"
Su vista se tornó oscura. Su mente se apagó como un enchufe que fue desconectado. Su respiración se detuvo y finalmente... cayó en un profundo sueño del que no volvería a despertar.
Joselyn murió el 18 de diciembre de 2025, el mismo día en el que había nacido.
En otra parte, muy alejado de aquel puente, de aquel lago. Estaban ellos. La luna, ahora brillaba en lo más alto, iluminando la gran ciudad. El viento revoloteaba sus cabellos generando un gran escalofrió. La ansiedad recorría cada parte de sus cuerpos y la preocupación era evidente ante sus expresiones. Una de ellos marcaba con desesperación, tratando de ubicarla. Sin embargo, como era de esperarse, la llamada entró al buzón.
—¿Respondió?
—No. Me manda directo a buzón.
—Fui a la casa de sus padres, pero no están.
—Tampoco está en su departamento.
—¿Y si le pasó algo?
—Dama, no es momento de pensar en eso. Necesitamos encontrarla. ¿Les comento algo o les dijo que iba hacer hoy?
—Nos dijo los mismo de siempre, Valeria. Que está ocupada en el trabajo.
—Es su cumpleaños, ¿por qué desaparecería?
—No lo sé. Separémonos y busquémosla. Hay que encontrarla.
—Josué y yo buscaremos en la biblioteca.
—Bien. Entonces, Jenny y Alex vayan a la universidad. Deborah y Erik, al puente atirantado y Damaris y yo a su oficina.
—Llamaremos si la encontramos, ¿está bien?
—Sí, vayan con cuidado.
—Igual ustedes.
Al separarse, sintieron ese nudo en el pecho. Esa preocupación, esa ansiedad que recorría en ellos se hacía más chica, dando paso a la tristeza, al presentimiento de que ella ya no está. Valeria y Damaris, llegaron al edificio. Entraron como si estuvieran todos los días ahí. Corrieron por el elevador, pero este tardaba en bajar. Así que, con el corazón en la mano, subieron las escaleras e ingresaban a cada oficina que encontraban mientras gritaban su nombre. La sala de juntas, vacía. Su oficina, vacía. La cafetería, vacía. Los baños, vacíos.
Vació. Vació. Vació. Vació. No había rastro de ella en ese edificio. El pecho les dolió, sintiendo un hueco.
—¿Dónde estás? ¡Joselyn...!
Damaris seguía buscando en cada rincón, en cada espacio que podía. Se acercó a la recepción, preguntado por ella.
—La señorita García, no vino a trabajar. Desde hace tres días está ausente. —fue lo que respondió aquella chica.
—Carajo...
Damaris y Valeria se alejaron del edificio mientras arrastraban los pies, como si no quisieran irse. De pronto, el celular de Valeria timbro.
—Es Erik.
—¿Habrá encontrado a Joselyn?
—Espero que sí —dijo antes de responder la llamada. —Erik...
Las luces de la biblioteca se encuentran apagadas y el letrero en la puerta decía «cerrado». Ambos sintieron un nudo cerrándose en el pecho. ¿Cómo lo habían olvidado? En diciembre siempre cerraban temprano, siempre. El silencio pesaba demasiado. Sin detenerse, rodearon el edificio, buscándola. Gritaban su nombre, una y otra vez, como si al pronunciarlo pudieran traerla de vuelta. Pero no había respuesta. Se miraron entre sí con una evidente preocupación. ¿Dónde estará? No podía desaparecer así, no tenía por qué desaparecer. La ansiedad les carcomía el pecho, llevándose consigo un dolor en el corazón. Como un hueco vacío.
—No hay nadie.
—Le marcaré a los demás. Tal vez, ellos ya encontraron algo. —Sara marcó al número de Damaris, y espero a que le respondiera —Dama...
El viento revoloteaba los árboles. Jenny y Alex se removieron entre escalofríos al bajar del taxi. Frente a ellos está la universidad que asistía Joselyn, con las luces apagadas y cerrado durante los fines de semana. El edificio contaba con 4 pisos, una librería y una biblioteca.
—Buscaré en el parque de enfrente. Tú busca por aquí. Llámame si encuentras algo —dijo Alex, a lo que Jenny asintió.
Ambos se separaron. Buscaban y buscaban mientras gritaban su nombre. Y de nuevo, no había rastro de ella. La luna y la noche parecía burlarse de ellos, mientras suplicaban por encontrarla, porque estuviera bien. Aunque esa luz de luna que brillaba ayudo a encontrarla, pero no como esperaban.
Alex buscó a su novia y al encontrarla le dijo: —Es Erik... la encontró.
Corren. Corren lo que sus piernas podían dar. Corren sin importarles los demás. Corren hasta que los huesos de sus rodillas truenen. El corazón les palpitaba como un correcaminos. El frío de la noche, la ansiedad por saber que estaba bien y el miedo por no encontrarla. Todo eso creo algo que nunca habían sentido. El alma se les había ido, pensando lo peor. Pero esto, les creo una mínima esperanza. Una fe que no se encontraba en sus posibilidades.
Pero, eso cambió. Cambió en cuanto llegaron al puente. Había dos ambulancias, tres camionetas de la policía y dos blancas. Personas bajaban de esas camionetas, pero algo les llamó la atención: hombres con un traje blanco como un impermeable. Sentían que les faltaba el aire. Sentían sus ojos húmedos, llorosos. Deborah y Erik se acercaron a ellos, y sin dudarlo se abrazaron.
Esa noche. Ese día fue una pesadilla. Habían perdido a uno de ellos. Habían perdido a una amiga. A su familia.
El aire se volvió más frío, el viento más agresivo y la luna se apagó escondiéndose entre las nubes grises. La lluvia poco a poco fue cayendo. Pero, ellos seguían ahí. Estáticos. Atrapados en un bucle sin un final.