PRÓLOGO
Japón 1850
"¿Quién soy?".
Se preguntó mientras se detenía un minuto a verse a través del reflejo del espejo.
"¿Cómo llegué aquí?"
No recordaba nada, solo oscuridad y luz, y en la fina ranura que iluminaba sus recuerdos, estaba él, los dorados ojos de su amo mirándola... antes de hundirse de nuevo en sombras.
— Kagome, apresúrate.
— Si—. Respondió a la otra sirvienta antes de continuar con su labor.
Kagome... Ese era su nombre, pero además de eso, ¿qué más había?
A veces durante las noches frías, soñaba con estar en otro lugar, lejos muy lejos de donde estaban sus pies clavados ahora. Algunas veces, imaginaba que un gran amor la esperaba con los brazos abiertos, con la ilusión de volverse a ver. Pero... ¿Cómo encontrarlo si ni siquiera sabía quién era ella?
Sabía que fue encontrada en las aguas del mar que arremetía con furia contra la costa en días de tormenta. Rescatada por el gran amo Sesshomaru Taisho.
Él le había regalado su nombre, reclamandola como su pertenencia y negándole la posibilidad de marcharse.
En alguna ocasión, cuando aún vivía dentro de ella el espíritu de libertad, lo arremetía a preguntas. Sin lograr comprender porque no la dejaba marcharse, pero no habían palabras... únicamente silencio.
— Te conserva por tu color de ojos—. Le había dicho Jaken, el sirviente personal del amo. —Los ojos de lluvia son buen augurio para los navegantes.
Eso era Sesshomaru, un navegante dedicado al comercio, pero parecía más un pirata. Kagome nunca había visto uno, o al menos no lo recordaba, pero estaba segura que así deberían de verse.
— El amo quiere que le lleves la cena.
Las palabras de la joven Rin le dieron escalofríos, pero escondió muy bien sus sentimientos con una sonrisa.
— ¿Por qué esta noche no se lo llevas tú?, siempre has querido entrar a su despacho.
Rin, una joven de apenas trece años, negó rápidamente con la cabeza, un sonrojo delató el porqué de su negación.
— Tiemblo solo de tenerlo cerca—. Rápidamente le tendió la bandeja de plata.
Kagome entendió. Así que con todo y platillos se dirigió al despacho a ver a su señor.
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La grave voz pareció que le acariciaba la piel.
Eso le provocaba, un escalofrío que le enchinaba los vellos más finos de su cuerpo.
Kagome abrió con delicadeza ambas puertas del despacho, madera pulida y manijas de oro. Dentro parecía como si hubieran dibujado en fino lienzo las maravillas de oro y seda más exquisitas del mundo.
Y él, parecía el protagonista del cuadro, con su largo cabello platinado suelto, sentado en el suelo con la espalda derecha y fumando mientras miraba al fuego encendido frente suyo.
Parecía un ángel.
Por un momento, se quedó hipnotizada queriendo ver sus ojos igual al fuego, pero él le negó la dicha.
Kagome lo despreciaba por provocarle pensamientos de ese tipo.
En silencio, se arrodilló, y se dedicó a poner la mesa.
Se negó a mirarlo, una forma de venganza por el trato.
— Pareces cansada.
Aquello la sorprendió, tanto que tiró parte de la infusión sobre la mesa y su kimono. Al mirarlo, él seguía con la vista en otro lugar, lejos de ella.
No supo qué responder, así que se limitó a limpiar.
— Kagome...
Entonces, él ya la estaba mirando.
— Te has manchado.
— Enseguida me cambio—. Dijo poniéndose de pie, pero antes de que se diera cuenta, él la tenía sujeta de una muñeca.
Él nunca la había tocado, pero para ese punto, el agarre era tan firme que parecía querer hundir sus pálidos dedos dentro de su piel, y no contento con eso, su mirada fría y dorada como el sol parecía querer adentrarse en su cuerpo.
— Por favor, suélteme.
Pero no lo hizo.
Kagome estaba de pie, y Sesshomaru observando su alma desde abajo. Fue un duelo que parecía ser llevado a más allá del infinito.
Los ojos dorados destellaban calientes y magníficos.
Y así, nada más, la soltó, haciéndola trastabillar.
— Es todo, te puedes ir.
Kagome hizo una pequeña reverencia y salió casi volando del lugar, cerrando las puertas tan fuerte para ver si de esa forma, su corazón dejaba de escucharse tan alborotado.
Lo odiaba... y aun así, no entendía porque lograba hacerla sentir de esa manera.
Esa noche, no pudo dormir, intentando descifrar lo que había pasado con el amo.
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Sesshomaru deslizó su mano, de arriba hacia abajo sobre su duro falo.
Imaginando que bebía el té directo del cuerpo de Kagome, mientras el caliente líquido se deslizaba entre los pliegues femeninos.
Y cuando se corrió, la maldijo... pero, se maldijo más a sí mismo por conservarla.
Continuará...
Historia publicada en wattpad con el mismo nombre.
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