Naruto Uzumaki: Jedi Rebelde.

Summary

Naruto Uzumaki murió como Hokage, habiendo alcanzado todo lo que un shinobi podía soñar. Pero el destino —o algo más antiguo— le ofreció una segunda vida. Renace en el planeta Lothal, en un universo dominado por el Imperio, sin chakra, sin aliados y atrapado en el cuerpo de un niño abandonado. Allí descubre una energía distinta, profunda y silenciosa, que no se deja dominar… pero que parece observarlo. Solo, hambriento y perseguido, Naruto sobrevive usando lo único que conserva: la disciplina, la astucia y la voluntad de un ninja forjado en la adversidad.

Genre
Erotica
Author
Skull94
Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1.


La muerte no fue dolorosa.

Naruto Uzumaki, Séptimo Hokage de Konoha, no recordaba gritos ni sangre. Solo el peso de una vida completa cayendo sobre sus hombros como una capa que finalmente se desprendía. Había vivido mucho. Había amado, luchado, protegido. Había cumplido su nindo.

Y aun así…

Cuando abrió los ojos, el cielo no era azul.

Era infinito.

Un cielo profundo, ajeno, tachonado de luces blancas que no titilaban como estrellas, sino que parecían observarlo de vuelta. Naruto inspiró con fuerza y un dolor punzante le recorrió el pecho. Su cuerpo se sacudió, y el frío del metal bajo su espalda le confirmó algo imposible.

Seguía vivo.

Se incorporó de golpe, jadeando. Sus manos eran pequeñas. Demasiado pequeñas. Sus brazos delgados, su ropa gastada, rota en varios puntos. No llevaba el manto del Hokage, ni la banda frontal. Solo una chaqueta vieja, pantalones ajustados y botas claramente remendadas más de una vez.

—…¿Eh?

Su voz era aguda. Infantil.

Naruto se quedó quieto. No, esto no estaba bien. Cerró los ojos, concentrándose por puro instinto, buscando ese flujo familiar, esa calidez que siempre había estado ahí desde que era un niño odiado por todos.

Nada.

Absolutamente nada.

No había chakra.

Abrió los ojos de nuevo, esta vez con más calma. Estaba en un callejón estrecho, flanqueado por edificios altos y oxidados. A lo lejos se escuchaban motores, voces en idiomas extraños, el zumbido constante de una ciudad que nunca dormía.

Recuerdos.

No los suyos… no del todo.

Imágenes comenzaron a surgir sin permiso: calles polvorientas, soldados con armaduras blancas, un símbolo negro y angular pintado en muros, miedo, hambre.

Y dos rostros.

Un hombre de barba descuidada y una mujer de mirada firme, ambos hablándole en susurros, diciéndole que fuera fuerte, que se escondiera, que no dijera nada.

Luego… gritos. Puertas golpeadas. Luces rojas.

Y soledad.

Naruto apretó los dientes.

—Así que… ¿también aquí?

Un año. Ese cuerpo —su cuerpo— había sobrevivido solo durante un año entero, robando comida, escapando de patrullas imperiales, durmiendo donde pudiera. No era difícil para Naruto entenderlo. No necesitaba simpatía ajena; él había sido ese niño.

El Imperio.

No sabía cómo lo sabía, pero lo sabía. Esa palabra traía consigo una opresión distinta, más fría que cualquier Kage autoritario. Un poder que no buscaba gobernar, sino aplastar.

Y sus padres… estaban vivos.

Llevados por hablar en contra de ese régimen.

Naruto bajó la cabeza, respirando hondo. La rabia estaba ahí, vieja y familiar, pero ya no era un niño impulsivo. Había sido Hokage. Había aprendido que la furia sin dirección solo destruía.

—Los voy a encontrar —murmuró—. Cueste lo que cueste.

Primero, sobrevivir. Segundo, entender este mundo.

Se puso de pie con agilidad. El cuerpo era distinto, pero no inútil. Más liviano. Más rápido. Probó un salto corto: aterrizó sin problemas. Giró sobre sí mismo, evaluando el entorno. Sus reflejos seguían intactos.

Taijutsu.

Eso sí lo tenía.

Durante las siguientes horas, Naruto se movió como sombra entre sombras. No necesitaba chakra para eso. El sigilo no era solo una técnica; era disciplina, observación, paciencia. Se subió a tejados, escuchó conversaciones desde ventanas abiertas.

Aprendió nombres.

Lothal.

Imperio Galáctico.

Rebeldes —susurrado como una mala palabra por algunos, como una plegaria por otros.

Y algo más.

Una energía.

No chakra. No exactamente. Pero estaba ahí. Una presencia que rozaba su piel como una corriente invisible. Cuando cerraba los ojos, podía sentir… no poder, sino intención. Como si el universo respirara.

—Esto es… raro —admitió.

Intentó concentrarla, moldearla como hacía con el chakra.

Nada.

La energía no respondía a la fuerza de voluntad directa. No era un río que pudiera desviar, sino un océano que solo se movía si uno aprendía a flotar.

Frustrante.

Pero Naruto no era de rendirse.

Si no podía usar eso todavía, usaría lo que conocía.

Información.

Y entonces, recordó una risa grave, una mano pesada sobre su hombro, y una voz burlona.

“Escucha, mocoso. Si alguna vez necesitas información de verdad… ve al barrio rojo. Nadie sabe más que una mujer hermosa a la que nadie toma en serio.”

—Jiraiya…

Naruto sonrió con melancolía.

Si esa regla funcionaba en un mundo de ninjas, tal vez también funcionaría entre las estrellas.

Encontrar el barrio rojo no fue difícil.

No porque fuera obvio, sino porque la ciudad misma parecía desviarse hacia él. Luces de neón en colores imposibles, música que vibraba en el pecho, aromas dulces y especiados mezclados con el olor metálico del aire urbano.

Naruto se detuvo al borde de la calle principal y observó.

Mujeres —y algunas criaturas que apenas encajaban en lo que él entendía como “humanas”— conversaban, reían, caminaban con seguridad. Algunas tenían piel azul, otras verdes, otras con marcas luminosas que recorrían sus brazos. Vestían telas elegantes, provocativas, diseñadas para llamar la atención en un mundo que devoraba a los débiles.

Naruto tragó saliva, fasimado por el despliegue de sensualidad frente a el.

—Este mundo… no se parece en nada al mío, pero estoy seguro que a él sabio pervertido le habría gustado.

Se ajustó la chaqueta y avanzó con paso decidido, pero sin llamar la atención. Aquí, un niño de la calle no era raro. Invisible, incluso.

Escuchó.

Un comerciante borracho hablando de cargamentos imperiales. Una mujer de piel púrpura que se quejaba de un oficial que había preguntado demasiado. Otra, humana, que mencionaba en voz baja un centro de detención “temporal”.

Naruto memorizaba todo.

Cada palabra. Cada gesto.

No preguntó directamente. Nunca era buena idea. Solo se dejó ver lo suficiente para que lo notaran, para que lo subestimaran.

—Oye, pequeño —dijo una mujer de piel azul y ojos dorados, inclinándose un poco—. No es lugar para niños.

Naruto levantó la vista, fingiendo inocencia.

—Solo busco comida —respondió con sinceridad suficiente para no ser mentira—. Y respuestas.

La mujer lo observó con más atención. Sus ojos se suavizaron.

—Las respuestas cuestan.

Naruto asintió.

—Lo sé. Pero no siempre en créditos.

Silencio.

Luego, una risa baja.

—Eres listo —dijo ella—. Demasiado para este lugar.

—Tengo que serlo —contestó—. Si no, te quitan todo.

Algo en esas palabras resonó.

—Ven —dijo finalmente—. Hay cosas que no se dicen en la calle.

No era una victoria. No aún.

Pero era un inicio.

Mientras se alejaban del bullicio, Naruto sintió de nuevo esa energía invisible, observándolo, como si el universo hubiera decidido prestar atención.

No sabía qué era la Fuerza.

No sabía cómo usarla.

Pero sabía algo con absoluta certeza.

Este mundo había cometido un error.

Y Naruto Uzumaki no pensaba dejarlo pasar.