Capítulo único
Disclaimer: Los personajes de «Naruto» pertenecen exclusivamente a Masashi Kishimoto.
Aclaración: Este one-shot participa en la dinámica #FortunaMusical de la página de Facebook SasuSaku: “Éternice Moi”.
Inspiración: «All about you», Taeyeon.
«En todas las temporadas pasadas mi corazón no cambió, ¿lo sabías? Con tan solo una mirada tuya, me hace sentir como si tuviera todo en el mundo. Incluso si llega el día en el que las flores se marchitan, solo recuerda que... mi corazón es tuyo».
Era el día de la boda de Sasuke y Sakura. Un día verdaderamente especial, pues la pareja quería sellar su amor en el altar acompañados de sus familiares y amigos más cercanos.
Sasuke se encontraba en la habitación del hotel donde se celebraría la ceremonia y la recepción. Él se estaba preparando para el encuentro con el amor. Con la mujer que le robó por completo la razón.
No obstante, en esa misma habitación, sobre la cama, descansaba una pequeña caja que su amada le había entregado —varios días antes de la fecha de la ceremonia—, la cual le pidió que guardara, hasta que, la boda se celebrara. Así que, así lo hizo.
Uchiha se sentó en el lecho y con cuidado cogió la caja. Lentamente la abrió y lo primero que percibió fueron las notas dulces del perfume de su novia; el aroma lo embriagó por completo, e hipnotizado suspiró. Luego sacó lo que había en su interior, encontrándose con una carta que estaba perfectamente doblada y que le indicaba que leyera antes de sacar el diminuto obsequio que se hallaba al final de la caja.
Sakura era extremadamente detallista; así que, haría todo lo que le pedía, siguiendo al pie de la letra su instrucción. Desdoblado el papel para leer lo que escribió.
Sasuke se concentró y con todo su amor prosiguió con la lectura…
Amor de mi vida.
Nos conocimos cuando apenas éramos unos niños. Unos pequeños infantes que jugaban y se divertían con sus amigos; pero quienes también estudiaban y se encargaban de sus responsabilidades.
Recuerdo el día que conocí tu casa; estaba nerviosa y muy asustada, pues era la primera vez que iba a otro hogar que no fuera el mío. Tus padres y mis padres siempre fueron muy buenos amigos y eso ayudó a que mi confianza se fortaleciera contigo. Ese día teníamos que hacer una maqueta, lo recuerdo perfecto porque debíamos exponerla en ciencias. Tu madre y la mía pasaron toda la tarde preparando comida, mientras nuestros padres hablaban de la vida.
Conversaban sobre qué nos depararía el futuro, pues ambos estaban preocupados por nuestro destino. ¿Futuro? ¡¿Puedes creerlo?! En ese momento nuestra única preocupación era sacar una buena calificación, y por suerte así fue. Tú siempre te caracterizaste por ser el mejor. Un magnífico estudiante a quien desde pequeña le tuve admiración.
Admiración que poco a poco se convirtió en amor.
Siempre pensé que guardaría en el fondo de mi corazón los sentimientos que tenía por ti, ya que nunca creí que tú llegases a sentir lo mismo por mí. ¡Qué ingenua! Pero en mi caótico mundo de una pequeña niña de diez años así lo creí. No obstante, en mi mente, mi cuento de hadas se hacía realidad gracias al príncipe encantado en el que te convertí —y vaya que eras uno—. Así que, soñaba despierta, imaginando que, quizá, algún día, te fijarías en mí.
Y el día llegó. Cuando menos lo esperé sucedió…
Esa vez me tomaste por sorpresa, pues; aunque siempre me acompañabas hasta la estación de autobús que me llevaba a casa. Nunca me habías hecho una invitación hasta esa ocasión. Recuerdo que te vi asombrada y tartamudeando respondí que sí aceptaba el helado.
Bendito helado que se convirtió en el primer aliado de lo que pronto sería nuestra relación.
De allí en adelante mi mundo cambió, pues tú me mostraste lo que realmente sentía tu corazón. Poco a poco comprendí que cada gesto y detalle era para conquistarme. Fue ahí donde entendí que tu forma de actuar y tu excesiva protección conmigo no se debía a un sentimiento de hermandad sino de amor. De un genuino y correspondido amor.
Tu declaración siempre la recordaré como algo hermoso que solo nos pertenecía a los dos, pues fue en mi cumpleaños cuando tú me propusiste que tuviéramos una relación y sin pensarlo te dije que sí. Probando por primera vez el sabor de tus labios, esos hermosos labios que sabían a vainilla y nuez; gracias al helado que estábamos compartiendo. Sellando con un casto beso nuestro noviazgo.
Noviazgo que alegró muchísimo a nuestros padres, pues tú no quisiste esperar que pasara el tiempo para contarles. Así que, aprovechaste la cena de mi cumpleaños para informarles. Mostrándoles a todos, pero en especial a mí, lo seguro que estabas de querer estar a mi lado.
¡Ay, Sasuke, cuánto te amo!
Los años pasaron y nosotros junto a ellos. Creando y atesorando en nuestra historia momentos especiales que por siempre quedaron guardados en nuestras memorias. Las que con cariño serán recordadas, pues marcaron una etapa soñada. Nuestros días como jóvenes se acababan y nuestro paso a la adultez se encontraba a nada de ser una realidad.
Una pareja de adultos responsables que se amaban y se respetaban, se cuidaban y se preocupaban el uno por el otro cada día y cada noche. Aun viviendo en casas separadas.
Porque sí, tú me respetaste y me cuidaste como una muñeca que no debía ser sacada de su caja para que nada le pasara. Para que nadie la tocara. Sin embargo, esa muñeca anhelaba ser acariciada por el hombre que la resguardaba. Fantaseaba y añoraba el momento exacto en el que sus manos se posaran en su piel para ser reclamada como suya.
Deseo sublime que sobrepasó los estándares de los sueños que se imaginó, ya que la realidad fue mejor de lo que soñó.
Una noche que jamás se me podrá olvidar, pues en ella firmamos nuestro pacto de amor, entregándonos al fuego de la pasión.
Ambos por primera vez hicimos el amor. Ambos por primera vez recorrimos nuestros cuerpos que teníamos a nuestra disposición. Envolviéndonos en un juego que inició con besos y sutiles caricias que encendieron el fuego que había en nuestro interior.
Una pequeña llama se avivó, luego de acumular tantas sensaciones guardadas que se dejaron escapar en el momento preciso que tuvieron que estallar.
Y vaya que estalló para despertar a ese volcán que nunca más se volvería a quedar sin actividad.
Tus manos recorrieron mi cuerpo, mientras tu boca marcaba mi piel con sus besos. Reclamando con cada gesto cada rincón de mi ser que te iba a pertenecer. Porque, Sasuke, desde ese instante me convertí en tu mujer.
En ese preciso instante en el que me entregué a ti y con amor te recibí; permitiendo que te llevaras la prueba fehaciente de que solo tú habías estado dentro de mí. Cuando te enteraste en mi interior y entre lágrimas de felicidad me aferré a tu espalda, fue para también marcarte como mío. De mi propiedad. Perteneciéndonos los dos hasta la eternidad.
Recuerdo que delicadamente me besaste y me preguntaste cómo me encontraba, pues te preocupaba mi bienestar. Respondiéndote entre jadeos que estaba bien, ya que poco a poco me iba a acostumbrando a tenerte así. Unido a mí.
Relajándome por completo, hasta lograr disfrutar del acto sublime que nos estaba llevando al más allá. A un mundo de sueños que se hizo realidad. Una entrega perfecta que nos fundió y nos consagró a amarnos sin control.
Desde esa noche todo cambió, ya que cada momento a solas que teníamos lo aprovechábamos para hacer el amor. Dándole rienda suelta al fuego que vivía en nuestro corazón. Perdiendo la razón y entregándole el control a esa lujuria que no conocía el pudor.
Pero, ¿cuál pudor? Si llegamos a conocer cada parte de nuestro ser. Volviéndonos unos perfectos amantes que se amaban más de lo que pudieron creer.
Una relación que creció, se solidificó y construyó cimientos fuertes de confianza, respeto, lealtad y amor. Muchísimo amor.
Por ello, no pasó mucho tiempo para que me llevaras a ese viaje —cumpliendo otro de mis sueños—, y allí, en una cena romántica, acompañados de un exquisito vino, me propusisteis formalmente que recorriera la vida contigo. Añadiéndole más y más páginas a nuestro libro para seguir escribiendo en él nuestro destino.
Un futuro juntos que compartimos desde que nos conocimos, porque en todas mis etapas tú estuviste a mi lado. En cada temporada de mi vida me has acompañado y de la mano me has tomado. Recordándome que estamos destinados a encontrarnos y a amarnos como no lo haríamos con nadie más que hubiese llegado.
Nuestras almas se pertenecieron y juntas decidieron formar un hogar y una familia que esperábamos pronto iniciar.
Ahora nuestro encuentro será en el altar. En el que delante de Dios, de nuestros padres y de nuestros seres queridos; vamos a jurar ser uno solo, hasta que, la muerte nos intente separar. Porque ni ella lo podrá lograr, ya que hasta en el más allá te voy a amar.
Ve, mi amor. Ve y termínate de arreglar para que me esperes en el lugar especial que será testigo de la unión que vamos a profesar.
Te amo…
Con amor.
Sakura Haruno.
Sasuke apretó contra su pecho fuertemente la carta que le obsequió su amada. Su futura esposa. Su esposa en la práctica, porque desde que descubrió que la amaba se juró llevarla al altar para que un día formaran un hogar.
Su sueño ese día se haría realidad, pues después de pronunciar sus votos matrimoniales estarían unidos para toda la eternidad. Reafirmando un contrato que firmaron y sellaron la noche que por primera vez hicieron el amor.
Uchiha recordó que en el interior de la caja aún había algo más que debía apreciar. Así que, rápidamente la tomó y sacó el pequeño objeto que se encontraba al final de la pequeña caja.
Él con mucho cuidado lo abrió y cuando lo apreció sonrió. Era un juego de mancuernas que tenían grabadas las iniciales de los dos. Las cuales ocuparían el lugar de las que compró con su traje para darle ese toque especial que Sakura le dio el día más importante de su vida.
El hombre se paró frente al espejo y, luego de colocarse las mancuernas, se observó una última vez antes de salir de la habitación.
El momento con el tanto soñó por fin llegó. Así que, se apresuró a llegar al sitio donde se celebraría la ceremonia y la recepción.
El altar donde se reuniría con el amor de su vida.
«Gracias por aceptarme y dejarme caminar a tu lado, Sakura. Prometo amarte y respetarte hasta mi último respiro, mi amada. La mujer de mi vida, la única capaz de llenar de alegría mi corazón. La dueña de mis sueños y mis pensamientos, señora Uchiha…» pensó Sasuke, repitiendo para él mismo los votos matrimoniales que le iba a profesar cuando se los jurara delante del ser divino que iba a aprobar su unión.
Ese era un día especial. Una hora en la que el amor se iba a manifestar para demostrar que no había sentimiento más puro y real que hiciera desbordar felicidad y satisfacción como lo hacía él.
Los minutos comenzaron a avanzar, llegando al punto exacto en el que se abrieron las puertas del salón. Los invitados se pusieron de pie para recibir a la mujer que acababa de llegar. Deslumbrando como una preciosa estrella que el firmamento acababa de enviar para irradiar dicha y felicidad.
Los presentes no perdieron ni un instante de la procesión nupcial. El coro comenzó a cantar una melodía celestial. Un sueño hecho realidad. Un sueño que se cumplió cuando el hombre al final del camino la esperó y con lágrimas en los ojos la recibió, extendiendo su mano para que la tomara como lo hizo desde que era una niña enamorada.
Una pequeña que anhelaba a un príncipe azul que ahora la esperaba para hacerla su esposa.
—Te ves preciosa —musitó, antes de darle un casto beso en la frente—. Estás lista.
—Sí, lo estoy —espetó, segura. Afianzando el contacto del hombre que le robó por completo la razón.
La pareja se unió en una ceremonia que no tuvo comparación. En la que lo que se desbordaba era el amor. El más sincero y verdadero amor.
Fin.