One
—Tienes suerte de que tenga libre justo ahora, Jin —decía su mejor amigo—. Ven mañana por la tarde y creo que estará como nuevo, pero sabes que lo mejor que puedes hacer es comprarte un 0km o al menos uno usado, pero más moderno —mencionaba con una mueca.
—Gracias SoMun, te debo una —decía besando la cabeza de su amigo. Era unos quince centímetros más bajo que él—. Llámame por cualquier cosa.
—Suerte llegando tarde —decía su amigo como saludo final.
El autobús, había sido un caos y estaba pidiendo disculpas por mensaje debido a su retraso. SeokJin odiaba llegar tarde y detestaba la impuntualidad, por ende estaba demasiado cabreado consigo mismo. Y para colmo, ah maldita sea, el semáforo no andaba. Los autos apenas se detenían y parecía ser un "corre o muere" para llegar al otro lado.
Suspirando ajustaba su chaqueta y su bolso a un lado, estaba listo para cruzar, pero frente a él y de espaldas notaba a un señor parado en la orilla de la calle con un bastón blanco de guía. Claramente era un señor mayor que estaba siendo olímpicamente ignorado por los internautas que cruzaban siendo arrastrados por el corto tiempo de sus agendas y que carecían de una empatía nata al ver que un no vidente estaba esperando poder cruzar y nadie le había avisado que el semáforo no andaba, sino podría tranquilamente oírlo para no tener que depender de otro ser humano.
Suspirando otra vez, SeokJin miraba su reloj, estaba corto de tiempo, pero sus padres lo habían criado bien. El anciano frente a él llevaba un pantalón color beige, con una camisa blanca y chaleco verde. El clima era cálido para usar tales prendas, SeokJin hubiera optado por algo más fresco. El anciano también llevaba una boina que combinaba con sus zapatos negros.
Le rompía el corazón como esperaba pacientemente algún ser humano apiadarse de él y le ayudará a cruzar.
— Permítame aquí, señor —mencionaba estirando su brazo y buscando una de las manos del anciano para que se sostuviera de él—. El semáforo no anda —las manos eran demasiado jóvenes.
—Oh, eso explica porque llevo más de media hora aquí parado y el tráfico no se detenía —decía la voz grave, bastante jovial y masculina.
Cuando SeokJin alzaba la vista, aquel hombre no era un anciano. Era un joven de piel trigueña, ojos grandes color miel y labios carnosos de un tono rosado. Brillantes y atractivos. Sus pestañas eran largas y caían sobre sus ojos suavemente. Su rostro era demasiado etéreo. Su ojo izquierdo tenía doble párpado y cuatro lunares más pintaban su rostro.
Había un lunar en su ojo derecho en la parte inferior donde estaba la línea de agua, otro en su pómulo derecho. Uno más en la punta de su nariz y el último en su labio inferior.
—¿Ya podemos cruzar? —susurraba el chico sin mirar directamente a su rostro.
Por supuesto, él no lo haría. Era no vidente y muy joven. SeokJin parpadeaba aturdido ante la belleza inesperada que había descubierto en el rostro del chico en cuestión de segundos.
El mundo parecía detenerse mientras sus corazones latían al unísono, como si el simple acto de cruzar la calle los hubiera llevado a un lugar donde el tiempo no tenía poder. Y en ese instante, SeokJin supo que este encuentro no era casualidad, sino algo más profundo y mágico.
El chico sonrió, como si hubiera leído sus pensamientos. Sus ojos, aunque ciegos, brillaban con una luz interior que SeokJin no podía describir. No necesitaba saber más de él para saber que había algo especial en el joven, algo que trascendía las palabras y las limitaciones físicas.
—Vamos —ordenaba SeokJin, extendiendo su mano hacia el chico para entrelazar su brazo al suyo— . Cruzaremos juntos.
Cuando lo hacían a una velocidad que lograba atrasarlo más de su compromiso, no podía importarle menos, el chico tenía una sonrisa rectangular preciosa en el momento en que llegaban al otro lado.
—Gracias. Fue muy amable de su parte —decía mirando por encima del hombro de SeokJin.
El sol besaba la piel trigeña del joven y su vestimenta no quedaba con la edad que seguramente tenía. Era precioso. Era increíblemente hermoso, pero vestía como un hombre de unos sesenta años.
—No hay por qué agradecer ¿Sabés a dónde ir? —preguntaba con incertidumbre, siempre le había parecido increíble ver personas no videntes tan independientes, él nunca podría.
El joven reía con una risa grave, pero llena de dulzura—. Oh, sí. Sí lo sé, no se preocupe. Muchas gracias por haberse detenido, tengo un compromiso al que llegar. Que tenga muy buen dia.
El joven se inclinaba, y SeokJin hacía lo mismo, aunque no pudiese verlo y se despedían con un suave "Adiós". Luego, SeokJin observaba al joven caminar decidido y cuidadoso en la dirección contraria a la suya. ¿Cómo podía un ángel moverse sin alas y solo por las calles descuidadas de Seúl?
La ciudad parecía más vibrante de repente y el sonido de los pasos apresurados se mezclaba con el latido de su corazón. Se preguntaba si aquel encuentro había sido una casualidad o si el destino había tejido los hilos invisibles que los unían.
El joven, con su cabello oscuro y su porte elegante, pero indefenso había dejado una estela de misterio a su paso. SeokJin había recordado a ese jove un poco más y como sus ojos brillaban con una intensidad que no podía explicar. Un fugaz encuentro que había mejorado su humor a pesar de que iba tarde a su compromiso.
— No debiste haber salido por tu caminata diaria. No hoy —decía su hermana mayor, Taeri.
—No sabía que el semáforo estaría dañado —decía TaeHyung, sentándose en su cama y quitándose su boina para depositarla cuidadosamente a su izquierda donde se encontraba su mesa de noche—. Estuve media hora por reloj parado, nadie se ofreció a ayudarme a cruzar —decía con un puchero.
Taeri hacía un puchero y peinaba el cabello de su hermano—. ¿Y como llegaste? Alguien tuvo que ofrecerse si no moriste en el intento por cruzar.
TaeHyung sonreía—. Pues un hombre con la voz más dulce que había oído. Creo que pensó que era un anciano —decía con otro puchero y un rostro lleno de dudas—. ¿Que ropa me elegiste hoy? —cuestionaba.
Taeri apretaba sus labios—. Dijiste que querías estar cómodo. Llevas un pantalón color beige, camisa blanca y chaleco verde.
TaeHyung hacía una mueca—. ¿Otra vez luzco como anciano de ochenta años?
Taeri hacía una mueca y se sentía mal—. No te gusta vestirte de sport, si te busco jeans ajustados no te gustan que apreten y luego dijiste que te gustaba la tela de los pantalones similares al abuelo... Es tu culpa que parezcas de ochenta.
TaeHyung entrecerraba sus ojos y reía—. Nunca voy a conocer el amor si me vistes como el abuelo Chu —exclamaba sacudiendo su cabeza.
Taeri sonreía—. Oh, la ropa sólo es un extra. Tu rostro sigue siendo bonito, porque eres bonito y saliste tan hermoso como eomma. Yo me parezco a appa, él no era atractivo.
TaeHyung reía y agachaba la cabeza—. Sí, algo puedo recordar —susurraba.
Taeri mordía su labio inferior, a veces su bocota era más rápida que su cerebro. TaeHyung había sufrido un desprendimiento de retina en el mismo accidente que se había llevado la vida de sus padres hacía diez años atrás cuando venían a Seúl de visitas. Era en época escolar y TaeHyung tenía una actuación especial con los de la banda. El chico no era tan bueno en ese entonces con el piano, pero lo intentaba de todas formas, ella ya estudiaba en Seúl para ese entonces, en sus últimos años de carrera. Recordaba estar entusiasmada por ver a su familia, pero solo había terminado en el hospital llorando junto al único familiar que quedaba con vida.
Desde entonces, y con solo dieciocho años de edad, TaeHyung tuvo que acostumbrarse a su nuevo y miserable estilo de vida, como él solía decirle. Había perdido su pasión por continuar con la música y no tenía gana alguna de seguir viviendo. Sin sus padres y sin algo tan valioso como su vista, el chico había estado varios años con psicólogos para tratar con su depresión. La verdad era que TaeHyung solo podía percibir apenas la luz y algunas sombras, pero nada más. En ocasiones se levantaba más estresado y no podía ver absolutamente nada, cosa que era peor para su estado anímico. Y no había sido fácil salir adelante, pero en la actualidad con veintiocho años de edad y una vida por delante, TaeHyung era alguien diferente.
A veces tenía días malos, pero él intentaba ser positivo, de una forma u otra seguía vivo. Y su estado actual no le prohibía vivir de lo que anhelaba. Aunque las clases de piano eran difíciles en ocasiones, había decidió comenzar nuevamente hacía un año atrás, pero había sido complicado. Había avanzando bastante, pero podría haberlo hecho más si su temperamento no hubiese sido tan picante en ocasiones y si hubiera tenido profesores más pacientes y menos sensibles, hubiera logrado avanzar otro poco.
Cómo sea, tenía una clase a la que asistir y cosas nuevas que aprender todos los días antes de decidir deprimirse otra vez. Su abuelo era un hombre adinerado que le había dado la mejor vida y había sometido a TaeHyung a los mejores tratamientos y cuidados en todos esos años. Incluso estaba en lista de espera para un transplante ocular, pero no era algo en lo que TaeHyung pensaba constantemente, porque podría darse o podría no suceder nunca. Y si lo hacía su cuerpo podría rechazarlo y había muchos pros y contras, pero no se obsesionaba al respecto. Agradecía el amor de su abuelo y sus cuidados, porque su vida podría ser más miserable si no fuera por él y por Taeri.
A veces olvidaba que Taeri también sufría la perdida de sus padres, pero pocas veces había dicho algo porque claro, él era la peor víctima de todo eso, pero no tenía derecho a quitarle su momento de duelo a su hermana mayor. Era amado, era muy amado y era lo único que importaba.
— ¿Me veo decente? —decía poniéndose de pie y estirando su bastón para caminar a la sala de ensayo.
—Te ves hermoso, pero lo importante es que tengas buen humor y trates bien a tu nuevo profesor —decía entrelazando su brazo con el de TaeHyung para caminar juntos.
—Aish, te juro que no quiero ponerme insoportable. Pero el último era un imbécil y estaba creído que podía salir conmigo ¿Qué le pasaba? —decía con otro puchero.
—No tendrías que haberle dicho que eras gay. Algunas personas parecen amables, pero no lo son —decía Taeri entre dientes—. Tuviste suerte de que ese día estaba en casa.
TaeHyung resoplaba—. Es que tenía un rostro amable y supuse que sólo buscaba un amigo, no chuparme la polla —soltaba con sarcasmo.
Taeri forzaba una risa y golpeaba a su hermano mientras entraban a la sala de ensayo. La casa era enorme y elegante. La sala de ensayo tenía suelo de marmol negro y un piano hermoso de color blanco en el centro con unos ventanales preciosos dónde la brisa y los rayos del sol se colaban. TaeHyung recordaba la sala, pero sabía que su abuelo había hecho unos cambios cuando había decidido retomar sus clases, como agregar más ventanales ya que TaeHyung podía vislumbrar las luces y sombras y quería que el espacio estuviera lo más iluminado posible.
—Bien, aquí me quedo yo —decía Taeri, besando su mejilla—. Sé amable, pero no tanto. O mejor, me voy a presentar para asegurarme que sea decente —decía con seguridad abriendo la puerta.
—No es necesario, pero como gustes —mencionaba TaeHyung—. Si el abuelo lo aprobó siendo hombre es porque debe ser amable y decente. Y posiblemente heterosexual, sino hubiera contratado a una mujer —decía con una mueca—. Aish, voy a morir virgen —se quejaba.
Taeri reía y golpeaba su brazo otra vez—. Tu hermana preferida te regalo juguetes, pervertido. No eres tan virgen —se mofaba.
TaeHyung reía—. Pero virgen de uno de carne y hueso —se mofaba. Taeri lo empujaba y anunciaba que abriría la puerta.
Cuando lo hacían, TaeHyung sentía colarse la luz que entraba por los ventanales. La brisa era fresca y la habitación siempre era más fría que el resto, en una día cálido como hoy, era su habitación favorita. Y podía notar una leve sombra parada frente a los ventanales. Se veía alto, y eso era todo, no podía vislumbrar, percibir ni entender nada más. Taeri en cambio notaba a un hombre de metro ochenta con cabello negro, girando sobre sus talones con una sonrisa amable que estaba formada de labios carnosos, rojos y tentadores. Acompañada de los ojos más nobles que había visto y si no fuera por sus renombradas cejas, quizás no tendría un tinte intimidante, pero lo hacía.
Sus hombros vestían con una camisa azul cielo a rayas que estaba dentro de su pantalón negro de vestir y unas zapatillas blancas para relajar más su vestimenta. Se veía joven, demasiado, podía tener su edad como ser más joven que ella y tener la edad de TaeHyung.
—Dios mío —susurraba la pelinegra.
TaeHyung vacilaba en su sonrisa de presentación—. ¿Qué? ¿Tiene cara de psicópata? Por favor no me digas que tiene cara de psicópata.
—Sabes que no me gusta burlarme de tu discapacidad, pero no tienes idea lo que te pierdes por ciego —susurraba.
TaeHyung había dicho a Taeri, muchos años atrás que, dejara de ser tan delicada con él. Que fuera como siempre había sido, esa hermana protectora y burlona que TaeHyung adoraba, por lo que en ocasiones si se mofaba de su falta de visión. Ahora el chico quería golpearla por hacerlo sentir tan ansioso.
— ¿Está bueno?
—Shhh, está viniendo hacia nosotros —decía.
Gracias al cielo la sala de ensayo era inmensa, así que cuando su futuro profesor estaba cerca, TaeHyung finalmente oía su voz:
—Mi nombre es Kim Seok-... ¡Oh! —exclamaba señalando a TaeHyung.
Taeri fruncía el ceño—. ¿Kim SeokOh? Tus padres no pensaron bien tu nombre
— ¡Taerissie! —decía TaeHyung empujándola.
—Yo te ayude a cruzar —decía SeokJin. TaeHyung cambiaba sus facciones y agudizaba su oído—. El semáforo no andaba —mencionaba SeokJin con una sonrisa que TaeHyung no podía contemplar, pero que sospechaba por la forma en que sus palabras sonaban más abiertas.
La voz era grave, pero dulce... Masculina y con unos susurros al final de cada oración.
—Oh, tú ayudaste a mi hermano a que no se quedará esperando como una hora para cruzar —decía Taeri—. Un gusto, soy su hermana mayor, Kim Taeri —la chica extendía el brazo y sonreía coqueta. Había soltado a TaeHyung para saludar a su nuevo profesor e inclinarse antes de darle la mano.
SeokJin saludaba con una inclinación grácil—. Mucho gusto, Kim SeokJin. Entonces tú eres Kim TaeHyung —exclamaba en dirección al azabache y pronunciaba su nombre con una suavidad que parecía acariciar el aire.
TaeHyung, respondía con una sonrisa que iluminaba su rostro—. Mucho gusto —decía, su voz cálida como un abrazo—. Y sí, mi nombre es Kim TaeHyung —Extendía su mano en dirección a esa dulce voz y SeokJin la tomaba de inmediato con dos de las suyas. La piel del chico era suave, y para TaeHyung, las manos de su nuevo profesor eran cálidas y grandes, como un refugio en medio de un mundo desconocido.
El tiempo parecía detenerse en ese encuentro, dos almas entrelazándose en un instante de promesas silenciosas y posibilidades infinitas. TaeHyung se.preguntaba si estaba alucinando la tensión.
—Gracias por haber ayudado a este anciano a cruzar —se mofaba TaeHyung.
SeokJin se ponia de todos los colores y Taeri se reía.
—Lo atrapaste —decía empujando a TaeHyung suavemente.
—Lo siento es que... Yo pensé que eras... —SeokJin balbuceaba nervioso.
TaeHyung sonreía—. La culpa es de mi vestuarista —decía señalando con su cabeza a su derecha donde estaba su hermana mayor.
—En mi defensa, a él le gusta vestirse cómodo —decía la chica, luego su teléfono sonaba—. Oh, me disculpo. Tengo que llegar a la oficina —decía para ambos, luego miraba a SeokJin—. Por favor cuida bien de mi hermano —decía inclinándose, luego se acercaba a TaeHyung y besaba su mejilla para susurrar un mensaje—. Una lástima que sea hetero. No seas zorra y comportate. Te amo —decía besando su mejilla.
TaeHyung estaba seguro que se había puesto de todos los colores, pero era la ansiedad al no ver el rostro y expresión de su nuevo profesor. Poco le importaba en los últimos años conocer algunos rostros, pero el de este hombre dueño esa voz "aterciopelada" definitivamente era un rostro que le hubiera gustado conocer. Hacía a TaeHyung sentirse algo divertido ante la sensaciones que su voz enviaba a sus tímpanos y al resto de su cuerpo.
Taeri teni razón, no debía de ser una zorra.
—Bien, TaeHyung.
¿Por qué tenía que sonar como si sus cuerdas vocales acariciaran cada una de las letras que conformaban su nombre?
—Señor Kim —respondía con una sonrisa amable. Pero de repente sentía el tacto del hombre en su brazo y luego en su espalda baja.
—Ven —susurraba llevándolo en dirección al piano de cola blanco.
TaeHyung sonreía como imbécil porque él sabía dónde estaba el piano de cola, conocía de memoria esa habitación, pero su nuevo profesor olía como a los dioses, y era dulce cuando hablaba. Bueno, él podría dejarse guiar y no creer que su profesor lo creía un imbécil. Seguramente el otro hombre estaba siendo amable y creía que TaeHyung era una cosa frágil.
—Bien, aquí estamos —mencionaba con dulzura.
TaeHyung quería morder sus mejillas aunque no sabía si tenía unas magras y regordetas o un rostro carente de carne. Mmm, nunca lo sabría a menos que tocará su rostro para hacerse una idea. Cuando tomaba asiento, desarmaba su bastón y lo ponía al costado de sus pies y sentía el cuerpo de su profesor sentarse a su lado. TaeHyung aspiraba por aire.
—Tengo todo el material de lo que estabas practicando con tu anterior profesor —mencionaba, por los ruidos que TaeHyung oía, el joven profesor estaba buscando en su bolso, seguramente partituras y su historial—. No comenzaste hace mucho a retomar tus clases, ¿Cierto?
TaeHyung sacudía su cabeza—. Estaba enojado con el mundo así que dejé pasar mucho tiempo —mencionaba.
Era una respuesta automática. Todos comenzaban igual, haciendo alusión que hacía un buen tiempo no tocaba y básicamente había vuelto a dar pasitos de bebé. Casi nueve años entumecido en su dolor y dejando a su poco talento agarrar telarañas.
— ¿Por qué estaba enojado con el mundo? —decía la voz de su profesor.
Eso era nuevo, ninguno había preguntado el por qué cuando decía eso. Así que parpadeaba y relamía sus labios torciendo su cabeza en dirección a su profesor.
—Porque deje de practicar cuando perdí la vista —respondía.
SeokJin se quedaba en pausa, TaeHyung no podía verlo, pero los ruidos y movimientos habían cesado.
— ¿Perdiste la vista en un accidente? —susurraba.
TaeHyung torcía su cabeza, este tipo de interés nacía en sus profesores, probablemente en el décimo encuentro o nunca. Pero jamás al inicio.
—Lo siento. No quise sonar metiche —se disculpaba—. Es que creo que sí me hubiera sucedido a mí, sería completamente inútil sin mi vista ¿Sabes? —mencionaba sonriendo tímidamente, TaeHyung no podía veo, pero estaba seguro que sonreía con timidez.
—Pasaron diez años ya —decía TaeHyung encogiendose de hombros—. Tenía dieciocho en ese entonces —sonreía como si nada.
— ¿Dieciocho? —la voz de SeokJin sonaba sorprendida y vulnerable, estaba teniendo lástima de TaeHyung.
—Quita ese rostro. Ya lo superé —susurraba cerca.
SeokJin se encontraba en un torbellino de emociones. El misterio que rodeaba a TaeHyung, su nuevo alumno ciego, lo intrigaba y atraía de una manera que no podía explicar. El hecho de que no pudiera ver su rostro solo aumentaba la fascinación.
—No sabes qué expresión puse —murmuraba SeokJin, su voz cargada de una mezcla de sorpresa y deseo.
Queria evitar mirar más de cerca al chico, como si temiera que su propia vulnerabilidad quedara al descubierto. TaeHyung no era cualquier hombre, pesnaba SeokJin, sintiendo cómo su pulso se aceleraba. Es tu nuevo alumno. Carajo. Las palabras resonaban en su mente, una contradicción entre la razón y la atracción irresistible. ¿Qué secretos ocultaba TaeHyung tras esos ojos cerrados? ¿Qué historias se escondían en la oscuridad?
—Me tienes lástima —decía TaeHyung con suavidad—. No lo hagas, estoy bien. Era mi destino en ese entonces y ahora... Bueno, soy esto.
—No es lástima. Y creo que es increíble, si fuera tú con tan sólo diez años de haber perdido la vista, créeme sería totalmente inútil y tú estás aquí retomando tus clases de piano, lo encuentro increíble —mencionaba mientras acomodaba las partituras con la nueva canción que TaeHyung estaba aprendiendo.
Debía de mirarlo lo menos posible.
—No deberías creer que es increíble —decía el chico sonriendo con la mirada perdida—. Hay ciegos más increíbles que yo... A mí todavía se me enredan los dedos —mencionaba.
SeokJin reía y TaeHyung reía con él.
—Entonces evitemos que se te enreden ¿Qué dices? —mencionaba SeokJin con suavidad, se había inclinado apenas en dirección al joven y se recuperaba cuando su nariz picaba con el aroma de TaeHyung colándose en su nariz. TaeHyung lo había sentido cerca y su cuerpo había vibrado positivamente.
Tambien experimentaba esa extraña conexión con el desconocido que era SeokJin. Cada palabra compartida, parecía tejer un hilo invisible entre ellos. Aunque su mente le recordaba que debía mantener la distancia.
SeokJin, por su parte, luchaba contra la atracción que lo envolvía. Como profesor, debía mantenerse enfocado en su tarea: enseñar a TaeHyung. Pero el deseo de conocer más sobre el chico, de descubrir los secretos que escondían sus ojos, era extrañamente abrumador.
Carraspeando su garganta se concentraba—. Tengo entendido que ya pasaste por la ensañanza de nociones básicas de solfeo en el sistema braille musical ¿Correcto?
TaeHyung asentía, sumergiéndose en la rutina de la clase. Sin embargo, la cercanía de su profesor, SeokJin, se volvía un fuego que lo envolvía. Costaba olvidar que aquel hombre había sido su guía esa mañana, ayudándolo a cruzar la calle. Costaba olvidar que su voz había sido un susurro dulce y melodioso, como una canción que vibraba en su pecho.
SeokJin, era ahora su profesor y nada mas, aunque repetirse eso parecía desarrollar un deseo prohibido. Pero TaeHyung debía concentrarse, alejar los pensamientos que se colaban como rayos de sol a través de las persianas. Debía ignorar cada detalle que percibía: el roce de la manga de SeokJin, la calidez de su aliento al explicar conceptos abstractos.
"Solo es una clase más," se repetía TaeHyung. "Solo un profesor más." Pero había quedado sutilmente fascinado con su dulce voz aquella mañana, y ahora, en la sala de ensayo, el tiempo se detenía. Las palabras de SeokJin eran un hechizo, y TaeHyung se dejaba atrapar.








