Destruido.
Entre los escondidos y repugnantes pasillos, después de pasar por la bochornosa entrada y atravesar el disfraz del bar de mala muerte, junto al barril de basura con líquido goteante y la puerta malgastada, casi muerta. Ahí está.
Shōto está ahí. Atrapado, humillado y desesperanzado.
Todo era un desastre
Era asqueroso.
Repugnante, hediondo y horrible.
El pene salía y entraba por su boca, follándosela. Los vellos púbicos chocaban contra su nariz provocando un amargo cosquilleo, su garganta dolía, ardía y quemaba por cada detestable embestida. Lo odiaba. Lágrimas gruesas recorrían sus mejillas y sus pulmones exigían dar un respiro, sus manos estaban sujetas a la correa, alzadas y entumecidas. Todo dolía.
Aunque la pistola estaba en su sudorosa frente, cargada y amenazando disparar para terminar con su vida, Shōto lo sabía, era solo un barato adorno; no lo matarían, nunca lo han hecho.
—Chupa todo, lame y traga todo, maldita perra. —La polla golpeó fuertemente, provocando arcadas en Shōto. Quería vomitar. Sin embargo, el golpe en su mejilla ardió por un nuevo impacto—. ¡Oh, sí! Tan apretado... Agh.
Shōto sintió repulsión, sus dedos temblaron y batallaron intentando liberarse. Forcejeo e intentó inútilmente liberarse de las apretadas ataduras, arañando las caderas del hediondo hombre. Todo intento era inútil, y nuevamente quería llorar. Otro golpe.
—Tan bueno, mhm...
Los gemidos de aquel hombre eran el peor sonido que el joven de cabello bicolor quería escuchar. Era amargo. Su boca estaba amarga y era follada duramente. Lo odió. Odiaba que su boca fuera follada así. Odiaba ser tratado así. Y cansado, llegó un hilo de valentía en su quebrada voluntad, era un temerario terco. Shōto mordió.
—¡Ah! —el hombre gritó fuertemente, dolorido y agonizante. Espantos recorrían su cuerpo y desesperado golpeaba el rostro del bicolor.
Shōto se mantuvo inmóvil, mordiendo lo más fuerte que podía hasta sentir el metálico sabor de la sangre junto a la apestosa esencia de ése hombre. Y de pronto, la puerta se abrió, aparecieron varios hombres, más fuertes e intimidantes.
—¡Maten a ése puto bastardo! ¡Golpearlo hasta la muerte! —ladró.
Más golpes.
Su piel se llenó de moretones, sintió ardor y dolor en cada lugar maltratado. El líquido caliente y vital comenzó a salir de sus labios por los golpes en el estómago y se retorció cuando sus piernas fueron bruscamente agarradas para ser abiertas.
Muchos golpes.
Tocaron todo de él. Escupieron y orinaron su cuerpo, manchando y ensuciando más de él.
Pero, seguía vivo.
Todo era una mierda, ¿por qué no acababan directamente con su sufrimiento?
[...]
Ya habían pasado años, muchos años atrapado en este infierno. Lo sabía porqué su cabello había crecido mucho, cubriendo sus hombros y llegando a su espalda. Sus manos eran más grandes de cuando ingreso aquí, sus piernas también y voz había cambiado. Ya no era un niño, pero su percepción del tiempo era vaga.
¿Quizás eran ocho años, o quizás más?
Se hizo ovillo y cubrió su rostro entre sus piernas, escondiéndose. Se suponía que debían de haberle encerrado en una de las mugrientas habitaciones, sin medicamentos para sus lesiones y estar agonizando de hambre hasta que se acordarán de él. Ese debía ser su castigo más generoso después de lo que hizo. Pero no, estaba ahí.
Atrapado en una jaula de barrotes, siento una de las tantas atracciones del lugar. El lugar afuera de él era un desastre; alcohol, dinero y risas hipócritas, la música sensual y putas bailando mientras él era un adorno puesto ahí, junto a otros en las esquinas del prostíbulo. Un maldito adorno.
Era un lugar despreciable, y Shōto no entendía todavía cómo su cuerpo se aferraba a la vida en estas condiciones. Ignoró todo a su alrededor y a los ojos curiosos sobre él, lamentando la ineptitud de su cuerpo para morir. Varias prostitutas habían muerto así, ¿por qué no él?
¿Por qué se aferra a la vida cuando ya no había motivos para vivir? Quería desaparecer.
Él no dudaba, desde hace mucho tiempo renunció a la posibilidad de que alguien lo rescatará. Los cuentos de hadas y el final feliz solo es una ilusión, una idea idiota. Shōto ya no soñaba con qué un día milagroso, las puertas se abrieran y policías armados llegarán para liberar a todos, matando a los malos y rescatarlo para ir corriendo a los brazos de su padres y llorar hasta cansarse mientras era consolado en el regazo de su madre.
Además, si algún día los volvía a ver de nuevo, ¿qué les podría decir?
"Mamá, debí esperar a Fuyumi para irnos juntos a casa. Lo siento."
"Viejo, tu preciado hijo perfecto es una vergüenza; a pesar de tus estrictas enseñanzas no puedo defenderse y fue violado incontables veces. Un completo inútil."
¿Qué cara tenía para presentarse nuevamente ante sus amigos?
Todo de él estaba perdido, roto y podrido. Su dignidad y honor no existían, ya no existían. Se quebraba más y más en cada momento, se ensuciaba mucho más al seguir respirando este aire y seguramente ya no debía ni considerarse un ser humano.
Shōto estaba destruido.
Con solo la posibilidad de rogar, dormir y no despertar, sumergirse en un sueño eterno para navegar en los opacos y efímeros recuerdos llenos de felicidad que tenía y que eran crueles con él: los momentos donde pudo expresar una sonrisa genuina, reír y enojarse con libertad y soñar con el futuro.
Apretó los puños y mordió su labio inferior para esconder los sollozos, esconder el llanto y no vieran su debilidad, pero al contrario a su intención, su imagen parecía más patética de lo que ya era. Sus hombros descubiertos temblaban y exponían el maltrato que vivía, se veía tan vulnerable. Tan pequeño. Y para el ambiente sádico en el cuál estaba, se veía tan excitante.
Shōto no se atrevió a levantar la mirada y alejó sus piernas cada que sentía el toque áspero de alguien, se arrinconada y se apegaba a la pared como si quisiera fundirse en ella, alejado de las miradas lujuriosas. Después de todo, nunca podría eliminar la emoción del miedo y el rechazo.
Seguramente le golpearan por ser tan poco amable con los clientes.
—Hey, tú —escuchó a alguien llamarlo, se negó a levantar la mirada, ignorando al sujeto—. ¿Eres Todoroki Shōto?
Japonés.
Él hombre estaba hablando japonés. Shōto casi quiso llorar al escuchar su idioma natal, y rápidamente levantó la cabeza al escuchar su nombre completo. Nadie en ese lugar hablaba japonés. Un detalle inútil, pero Shōto había estado tanto tiempo como para saber qué había tantas personas de diferentes lugares aquí, pero ningún japonés.
—No respondas. ¿Acaso no puedes hablar o qué? —El rubio frente a él tenía una mueca enojada, casi con irritación mientras se posiciona delante de él—. Parpadea si me entiendes, eres un bastardo feo, ¿qué cosa te ven?
Shōto parpadeó solo una vez.
No se permitió estar confundido, la situación era tan extraña e irreal; sin embargo, Shōto estaba tan desesperado que se aferró a la pequeña pizca de luz esperanzadora.
—Te sacaré de aquí, quédate callado. Sin duda, mal amante.
El rubio cenizo se iba a alejar fingiendo decepción, pero Shōto se acercó y estiró la mano lo más que podía, todo lo posible a través de los barrotes, intentando alcanzarlo. No importaba el ardor de su piel, atrapó el cuello de su camisa y lo jaló hacia él.
—¡Qué coño, suéltame! —lo escuchó rugir colérico.
No le importó, no importaba nada más que esto. ¡Al diablo todo! Ya no tenía miedo a las consecuencias. Por un momento pensó que lo correcto. Capturó una de las fuertes manos del cenizo entre sus delgados dedos y lo jaló hacia dentro de la jaula de acero y se lo puso en su cuello, específicamente, en su garganta.
—Por favor, mátame...
Shōto estaba tan desesperado.