Meet Me in the Afterglow
❝Hey, todo es mi culpa, solo no te vayas. Veámonos en el resplandor❞.
El calor del mediodía parecía acariciar las hojas del viejo roble, debajo del cual el par de enamorados reposaba tras una mañana de vuelo explorando los alrededores.
Merida jugueteaba con la trencita de Hipo. La cabeza de su novio vikingo se encontraba recostada en sus piernas, mientras que ella recargaba su espalda en el viejo roble en el que meses atrás el castaño había grabado las iniciales de ambos, como gesto romántico. Y se negaba admitirlo, pero la había conmovido ese detalle, pero no lo diría en voz alta.
—Rapunzel llegará esta tarde al reino —comentó la princesa de DunBroch—. No para de hablarme sobre la boda y lo feliz que está de que haya aceptado ser su dama de honor.
—Entonces somos dos —respondió Hipo con una sonrisa—. Jack viene a hablarme de los últimos detalles y cosas que debo hacer como padrino de la boda.
Ambos rieron. Merida observó a su novio con dulzura, esta vez acariciando una de sus mejillas. Cuando admiraba al joven vikingo sentía como su corazón latía desesperadamente y como cada centímetro de su piel ardía ante su tacto.
— ¿Sabes? He pensado que podríamos decirles a mis padres que estamos juntos —dijo la pelirroja con un poco de timidez, pero tratando de sonar lo más segura—. Mi padre no tiene problemas contigo, y mi madre ya ha cambiado de actitud...
Hipo se levantó lentamente sin expresión en el rostro. Tenía un nudo en el estómago, no sabía cómo decirle a su novia lo que pasaba en realidad, mucho menos con esa sonrisa dibujada en esos labios que amaba besar, y aquella chispa que iluminaba ese par de luceros celestes que le encantaba apreciar.
Delicadamente tomó sus manos, observándola fijamente a los ojos.
—Mer... Yo-yo aún no rompo el compromiso con Astrid —el castaño habló con una mirada de culpa.
La sonrisa de la pelirroja desapareció poco a poco, al mismo ritmo que soltaba las manos del joven de ojos verdes. Bajó la mirada sintiendo como su corazón parecía oprimirse en lo profundo de su pecho. Si fuese otra persona se habría mostrado tan cual, vulnerable. Pero no estudiaba las lecciones de su madre en vano, y se mostraría firme, aunque fuera con él.
El futuro jefe de Berk lo notó, la conocía mejor de lo que creía.
—Yo creí que tú... —comenzó a hablar la princesa.
—No es lo que piensas, mi lady —dijo Hipo tratando de volver a tomar las manos de su novia en un esfuerzo de componer lo dicho—. Claro que te amo y estoy dispuesto a casarme contigo...
Con suavidad acaricio una mejilla de la pelirroja, intentando recuperar su mirada. Pero ella le huía, observando el horizonte.
—Es solo que toda la aldea ha puesto sus expectativas en ese matrimonio que no sabemos aún como deshacerlo... Y sobre todo decirle a mi papá —habló el joven vikingo con sinceridad.
La princesa de DunBroch retiró suavemente la mano que él mantenía en su mejilla y soltó un suspiro de decepción. Recogió su arco y carcaj antes de ponerse de pie.
—Está bien, chico dragón, lo entiendo... —aunque intentó que su tono fuese neutro, Hipo pudo percibir cierta irritación en la voz de Merida.
La pelirroja caminó hacia su caballo con paso firme sin mirar atrás. No podía permanecer ahí un rato más, porque sabía que explotaría si lo hacía.
El futuro jefe trató de incorporarse rápidamente, pero la joven ya se encontraba sobre Angus.
—Meri, espera Meri... —Hipo intentó detenerla llamándola. Sabía que la había herido, pero él realmente esperaba que lo entendiera, le frustraba que no hubiese sido así.
La joven cabalgó lo más rápido que pudo en dirección a su castillo. El castaño llevó sus manos hacia su cabello con una expresión de desesperación.
Chimuelo parecía observarlo con una expresión de crítica. Parecía que él ya había escogido un bando.
—Oh vamos, ahora yo soy el culpable de todo —Hipo respondió hacia el furia nocturna, el cual rugió como si contestara con un sí.
El jinete se golpeó e insultó mentalmente, y se dirigió a Chimuelo para irse.
Las cosas en Berk parecían de lo más normales. No había ninguna emergencia, salvo uno que otro incendio provocado por alguna cría de dragón.
— ¡Hipo! —una voz familiar le habló e inmediatamente el castaño acudió al encuentro. Era su mejor amigo desde hace cinco años.
— ¡Jack, cuánto tiempo sin verte! —el joven vikingo abrazó efusivamente al albino.
—Sólo fueron unos meses, nos vimos en Snoggletog.
—Pareció una eternidad —Hipo observó a su amigo con felicidad—. Agradezco que me hayas considerado como tu padrino.
Jack rio y despeinó al castaño para después codearlo. Se sentían como familia desde hace algunos años.
—Punzie y yo confiamos en ti, así que estuvimos de acuerdo en que tú y Merida fuesen nuestros padrinos —declaró Jack con una sonrisa—. Por cierto, ¿Dónde está Mer?
Los ojos de Hipo parecieron entristecer y suspiró.
— ¿Pasó algo? —preguntó Jack notando el pequeño cambio de actitud en su mejor amigo.
—Tuvimos un problema en la mañana... —respondió Hipo con cierta irritación.
— ¿Tiene que ver con tu compromiso con Astrid?
El castaño le observó con sorpresa.
—Me comentó tu padre... Está muy emocionado con eso —explicó el albino—. Me imaginé que tú y Hofferson estaban dispuestos a cancelarlo...
—Claro, ella y yo ya habíamos hablado tiempo antes para cancelarlo... —explicó el castaño—. Ambos dijimos que estábamos enamorados de otras personas y planeaba explicárselo a Merida, pero no me dio la oportunidad...
—Tiene sentido, sabes que ella ha desafiado mucho a sus padres para que lograran aceptarte como amigo. Y estaría dispuesta a hacer lo necesario porque te acepten como su esposo.
—Lo sé, pero...
—Hicc, Merida ha demostrado muchas veces que es capaz de dejar su orgullo atrás por ti... —habló el joven de ojos azules colocando una mano en el hombro de su amigo con comprensión—. Creo que ella esperaba que al menos confiaras en ella para decirle desde antes... ¿No has pensado que en realidad hay más contexto detrás de esto?
El castaño bajó la mirada con su corazón encogiéndose, tal vez no había actuado de la mejor manera con la pelirroja. Estar con ella era tan sencillo, lo comprendía en tantos sentidos, sentía como aportaba mucho a su vida, y potenciaba lo mejor de él.
—Quizá ella no lo ve como tú, y necesitas saber qué es lo que molesta en realidad, puede que haya ciertos fantasmas del pasado que le afecten —comentó Jack.
— ¿Crees que podría perderla? —preguntó Hipo, notándose agobiado al hablar.
El joven de ojos azules palmeó su espalda con una sonrisa divertida.
—Ha hecho mucho por ti, que me sorprende que lo preguntes.
—No lo creerías, mamá me trae de un lado a otro para ver todos los detalles de la boda —comentó Rapunzel mientras ella y Merida pasaban tomadas del brazo al comedor del enorme castillo del clan DunBroch—. Llamó a un montón de personas, fue tan agobiante...
Rapunzel se detuvo al observar que su mejor amiga tenía la vista perdida en el vacío.
—Mer... —comenzó a hablar la rubia un poco confundida—. ¿Ocurre algo?
La pelirroja sabía que no podía ocultarle nada a ella, y menos después de conocerse durante casi seis años. Después de su familia, ella era la persona en la que confiaba más.
—Es Hipo.
— ¡Santo cielo! ¿Le pasó algo? —preguntó la princesa de Corona con preocupación.
—No, no. Nada de eso. Él se encuentra bien... —respondió Merida para calmar a la joven de ojos verdes—. Es sólo que tuvimos un mal momento.
Rapunzel tomó la mano de su amiga, viéndole con compasión, como si así intentara brindarle una pizca más de valor para hablar.
— ¿Quieres hablar de ello? —preguntó la única heredera al trono de Corona.
Merida llevó sus manos al rostro mientras lanzaba un bufido frustración.
— ¡Agrh! ¡Es que odio sentirme así, Punzie! —exclamó la princesa de DunBroch—. Amo a Hipo y demasiado, como no tiene idea...
La pelirroja respiró hondo, su amiga esperó a que terminara de hablar.
—Pero ahora comienzo a preguntarme... ¿él me ama del mismo modo? —la princesa de DunBroch sonaba abatida. Le costaba admitir que aquella noticia le había afectado más de lo que pensaba—. ¿Y si no está seguro de lo nuestro?
Rapunzel esperó que se desahogara por completo, la primogénita del clan DunBroch lo necesitaba.
Merida se dejó caer en uno de los asientos del comedor con la mirada perdida.
— ¿Y si... después de todos estos años, aun siente algo por Astrid? —soltó la pelirroja finalmente.
—Bueno... —comenzó a hablar la rubia de ojos verdes— Te conozco y conozco a Hipo desde hace tiempo, Mer. Y nunca, te lo puedo asegurar, nunca vio a Astrid como te ve a ti.
Merida no pudo evitar sonrojarse, y aunque no quería admitirlo, una pequeña sonrisa surcó sus labios.
—Tú más que nadie lo conoce y sabes que es sincero —añadió la princesa de Corona—. Luchar contra las expectativas de su padre siempre ha sido difícil para él, ir en contra de Estoico ha sido un reto. Además, por favor Merida... tú cambiaste su vida.
La joven pelirroja suspiró mientras clavaba su vista en el fuego de la chimenea. Rapunzel la abrazó con fuerza.
Astrid colocó su equipaje en la montura de Tormenta y se volvió hacia Hipo.
— ¿Seguro que puedes hacerlo tú solo? —preguntó la joven Hofferson un poco dudosa.
El castaño asintió con seguridad.
—Sí, estoy completamente seguro. ¿Tú a dónde irás?
—Iré a buscar a Heather... —declaró la rubia sonriendo—. Ya es hora de hacerle saber lo que yo siento.
Hipo pudo notar un brillo de esperanza en los ojos azules de su amiga y antes de despedirse la abrazó con fuerza.
Finalmente Astrid partió, entonces Hipo supo que había llegado el momento de hablar con su padre.
Aunque en el fondo se sentía un poco preocupado por la reacción que el Jefe de Berk tendría, sabía que no podía postergar más la situación y era necesario hablar seriamente.
Con paso firme, Hipo caminó hacia su casa donde su padre parecía analizar algunos mapas de las zonas cercanas a la isla.
El gran hombre alzó su mirada con una sonrisa, además de saludar con un gesto a su hijo.
—Ah, mi hijo se digna a verme —habló Estoico con una sonrisa dejando a un lado lo que hacía—. Cualquiera creería que me has estado evitando esta semana.
Hipo se sentó en frente del jefe y le sonrió levemente.
—He estado algo ocupado, ¿recuerdas que te dije que ayudaría a mi amigo Jack? Vino hoy a la isla —dijo el castaño de ojos verdes tanteando el terreno
—Sí, me lo encontré esta mañana, habló de su boda y le dije que pronto Astrid y tú se casarían —respondió Estoico riendo satisfactoriamente.
El joven jinete respiró hondo, tratando de tomar valor, como si el aire pudiese brindárselo. Aclaró su garganta.
—Papá... quería hablarte de ello —la mirada de Hipo estaba fija en el Jefe de Berk. Finalmente soltó la noticia—. No me casaré con Astrid.
La sonrisa en el rostro de Estoico desapareció lentamente al ver que no era una broma de su hijo. Se encontraba estupefacto ante esa nueva información.
— ¿Pero por qué? ¿Es que acaso tú y ella pelearon? —preguntó el hombre mayor tratando de buscar una razón congruente.
El castaño negó con la cabeza.
—No tuvimos ninguna pelea. Todo fue un acuerdo mutuo —dijo el jinete de dragones con seguridad.
— ¿Entonces? ¿Qué sucede? —Estoico volvió a preguntar completamente perplejo—. Todo el pueblo de Berk se está preparando para esta boda, Hipo. La fecha está señalada, los detalles de la celebración...
Hipo no pudo contenerse más, cada excusa ahora ya le parecía una inútil atadura y estaba agotado de intentar seguir con las expectativas de todos sobre sus hombros sólo por ser el hijo del Jefe. Y sobre todo, tener que ocultar sus sentimientos al resto del mundo, comenzando por su familia.
— ¡No estoy enamorado de Astrid! —el joven alzó la voz enfurecido pero después trató de contenerse un poco. Hasta su propio padre estaba impresionado de su cambio de actitud— Ni ella de mi —añadió con un poco más de calma.
Estoico no sabía que decir, y cuando finalmente quiso decir algo Hipo lo interrumpió con un gesto.
—Papá, no he sido sincero contigo... —el joven suspiró apenado—. Hace tiempo que yo salgo con alguien...
Estoico abrió sus ojos enormemente con sorpresa. Quería preguntar más pero esta vez espero que el joven prosiguiera. Y así fue.
—Estoy muy enamorado de esa chica...—Hipo habló con sinceridad mostrando por fin una pequeña expresión de felicidad—. Desde hace tiempo lo estoy y ella de mí, y puedo jurar que ella me ama de verdad.
El rostro de Estoico mostró una sonrisa de alegría al ver como hablaba su hijo. Sus ojos parecían brillar del mismo modo que lo hacían los de él y Valka cuando se miraban. Eso sin mencionar su sonrisa al hablar de la joven.
—Es que ella es perfecta, papá. Es preciosa, valiente, leal... —Hipo suspiró mientras sentía como su corazón se aceleraba de la misma forma que lo hacía al volar—. Además me comprende y me apoya, papá. Ha hecho muchas cosas por mi, incluso desde antes de ser pareja.
—Entiendo, ¿pero quién es esa chica? —preguntó el Jefe con curiosidad.
Fue entonces que Hipo se mostró un poco preocupado.
—Es Merida...
El rostro de Estoico volvió a contraer, mostrando una mezcla de estupefacción e irritación.
— ¿La princesa de DunBroch? No lo puedo creer Hipo —habló el hombre grande llevando sus manos a su rostro.
—Lo sé, sé que no es precisamente lo que tú esperabas de mí. Pero es ella a quien realmente amo y eso no va a cambiar aunque lo intente...—respondió el joven jinete con desesperación—. Y he hecho lo posible por ganarme su amor y la aprobación de su familia.
El rostro de su padre no cambió de expresión, sólo alzó una ceja. Hipo entonces le observó con determinación y cierta molestia.
—Ya te he dicho lo que tenía que decir. Amo a Merida y no me casaré con Astrid. No me importa si ya no seré el Jefe de Berk, pero no pienso perder a la mujer que yo amo por tu capricho. Ella ha luchado por mí y yo haré lo mismo.
El joven castaño tomó su casco dispuesto a ir tras su adorada pelirroja y caminó con paso decidido hacia la puerta.
—Hijo…
La voz de Estoico le hizo voltear hacia él y no creyó lo que vio, pero la calidez que se apoderó de su corazón le dio aún más valor.
—Buena suerte... —le deseó su padre con una mirada de orgullo y sonrió.
No podía creer que pronto anochecería, el tiempo había pasado rápido entre las pruebas de vestidos que su madre y Rapunzel le habían obligado a hacer, sumando los últimos detalles acerca de la celebración.
Contempló los colores del cielo. Para ella era una de sus partes favoritas del día, ver como el atardecer poco a poco cedía su paso al anochecer, creando un hermoso matiz de tonos.
Suspiró profundamente mientras el viento mecía sus rizados y salvajes cabellos.
Escuchó un fuerte aleteo y sintió una pequeña ráfaga en su espalda. Inmediatamente se dio vuelta para encontrarse con Chimuelo e Hipo.
El joven vikingo se quitó el casco.
—Hola —Hipo saludó tímidamente comenzando a acercarse.
Merida sonrió levemente, imitando su acción.
—Hola.
Ambos quedaron frente a frente. Merida no pudo evitar recordar como hace unos años era apenas unos centímetros más grande que Hipo. Las cosas habían cambiado bastante desde entonces, incluidos ellos.
El joven de ojos verdes buscó sus manos para tomarlas con dulzura, la princesa accedió.
—Mer, yo quería... —la pelirroja lo calló colocando con suavidad un dedo sobre sus labios.
—Creo que yo debí ser más comprensiva —declaró la joven con cierta vergüenza—. Me dejé llevar bastante y exageré las cosas en mi mente. Temí perderte.
El jinete de dragones acarició el rostro de la princesa con ternura.
—Sé que todo esto para ti es muy difícil, pero por un momento me cegué —admitió Merida, mientras lo observaba con arrepentimiento—. Creí que algún momento tú dudabas de lo que sentías por mí, y yo...
Esta vez fue Hipo quien le interrumpió con una mirada llena de amor, al momento que dirigía ambas manos a sus mejillas.
—Yo debí actuar mejor, mi lady...—habló el futuro jefe de Berk con dulzura, mientras sus manos descendían a la cintura de la pelirroja para estrecharla aún más contra él—. No me detuve a pensar cómo te sentirías con todo esto y no hablé antes porque no quería herirte... Aunque terminé haciéndolo.
Merida subió una mano acariciando el cabello del vikingo, mientras que la otra palpaba con suavidad su mejilla.
— ¿Podrías perdonarme? —preguntó el joven mientras se perdía en aquellos encantadores ojos azules, como si viera a través de un vuelo en el cielo. No podía verse con otra compañera de vida que no fuese ella—. Necesito que saber que todo estará bien entre nosotros, aunque sucedan las peores desgracias, Mer...
La princesa de DunBroch sonrió con libertad, deseando permanecer por siempre cerca de él, para así poder refugiarse en sus brazos siempre y acariciar sus labios, su piel, todo de él. Estaba dispuesta a resolver cualquier malentendido que surgiera entre ambos con tal de conservar aquel sentimiento que poco a poco había crecido entre ellos.
—Si tú me perdonas a mí, haré lo mismo —respondió la princesa acercándose con seguridad— No quiero perderte, jamás... —añadió uniendo sus labios en un beso cargado de amor y deseo.
Hipo correspondió estrechándola mucho más contra su cuerpo, como si así pudiera asegurarse de que no se alejara nunca de él y expresarle que era la única que quería. Se escuchó un suave suspiró de parte de la pelirroja, y ella pasó sus brazos alrededor de su cuello para demostrarle cuan cerca lo quería.
Chimuelo observó a lo lejos la escena cubriéndose con sus alas sus ojos, alejándose poco a poco.
El beso entre los enamorados se tornó más profundo mientras tanto el sol terminaba de ocultarse, como si así sellase aquel amor en un juramento.