『✧U N O✧』
『✧J U N G K O O K✧』
Apoyé mi cabeza sobre la silla, suspirando de placer después de un día ajetreado, la televisión estaba encendida en un bajo tono de luz para no dañar la sensibilidad de los ojos, sin llamar la atención, aferrada a la pared en lo alto de una esquina, y hoy definitivamente puedo decir, que es uno de esos días, sí, uno de esos días de mierda.
Mis labios se cerraron entorno al borde de la taza de té caliente que había sobre la mesa de la gran cafetería.
Mis ojos se dejaron llevar por las descoloridas caricaturas en la televisión, estaban dando un capítulo de Tom y Jerry, de esos viejos, muy viejos, de los que veía con mi hermana sentados en el mullido sofá viejo y descolorido que la abuela regaló a mamá, en los días que nevaban en la montaña y no podíamos salir porque eramos demasiado pequeños, nos quedábamos en casa y nos arropábamos con esas suaves y peludas mantas, desteñidas de color de tantas veces las usábamos, envolviéndonos a ambos, acurrucándonos uno con el otro, con los ojos abiertos como los de pequeños ciervos y las mejillas gordas y sonrojadas por el cálido calor.
El mismo capítulo que una vez dieron hace mucho tiempo, volvía a aparecer en la televisión delante de mis ojos, y me di cuenta de que cuando era pequeño ni si quiera me había parado a pensar por qué Tom se sentaba sobre los raíles de un tren, segundos después, acompañado del pequeño ratón. Por que para mí, en ese momento, no era más que una escena de muchas que no entendí pero que ni tampoco se me pasó la cabeza preguntármelo. No lo entendía como el final, porque después de ese, siguieron dando capítulos, y ahora que soy mayor me doy cuenta de qué era el sonido de fondo del tren acercándose al ratón y al gato.
Tom estaba felizmente enamorado, intentando conquistar a la gatita de sus ojos, sacando dinero de su hucha de cerdito, usando el dinero que tenía guardado en el banco, y el que tenía guardado para su futuro, se lo gastó en un simple y bonito anillo de oro coronado por un pequeño diamante y muy ilusionado se lo dio a ella, pero no fue suficiente, alguien más le había dado uno más grande, y más brillante.
Y aun así no desistió, fue a un concesionario de coches usados, y como no tenía dinero, se vio obligado a firmar y pactar todo tipo de papeles en los que acordaba perder una pierna, una mano e incluso firmar un contrato de esclavitud por veinte años con tal de conseguir el coche con el que iba a conquistar a su gatita.
Y estaba muy feliz cuando salió con su coche nuevo, era viejo y pequeño, pero lo había conseguido con mucho amor. Pero cuando fue a mostrárselo a ella, ya había alguien más con un coche más grande, más bonito, y más brillante que el suyo, era totalmente nuevo. Y él no era lo que ella quería.
Entonces Tom, destrozado y con el corazón roto y partido, cayó en la tristeza de la soledad sin la chica que le gustaba, bebió vaso de leche, tras vaso de leche, tras vaso de leche mientra Jerry intentaba impedir que siguiese igual, aunque poco pudo hacer, porque cuando llegó a su límite, Tom se dejó ir por la lluvia de ese triste día, y a punto estuvo de perder la vida ahogado en el fondo de las alcantarillas, si no fuese de nuevo por Jerry, que lo salvó de ahogarse.
Pero Tom, a pesar de casi perder la vida, seguía sintiéndose demacrado y muerto por dentro. Jerry no lo entendía, y no podía hacer nada por él, pero él tenía a su ratoncita. La tenía, hasta que ella también se fue con otro pequeño ratón, olvidándolo a él. Jerry entendió cómo se sentía Tom.
Estaban enamorados, y les rompieron el corazón en pedazos.
Cuando Tom le hizo espacio a Jerry en ese puente, entendí que ellos no se apartarían de los raíles por muy cerca que llegara el tren a ellos.
—¿Se suicidaron? —murmuré ido, escuchando el sonido de fondo que anunciaba la llegada del tren, pero la pantalla ennegreció; the end.
Me quedé empanado viendo la pantalla, esperando que algo sucediera, una explicación, una escena extra.
—¡No puede ser! —grité para que todos los que no habían acabado su turno en la cafetería me oyesen, de todos modos, nadie me hizo caso porque cada uno se iba a su casa a disfrutar de su vida, mientras yo me quedaría aquí atendiendo clientes, no sé en qué momento siquiera me ofrecí para hacer esto.
De hecho nunca me ofrecí en primer lugar, levanté el culo de la silla dándome cuenta. Pero me lo tengo merecido, por buscar pelea.
Primero me despierto para entrenar con el viejo Señor Entrenador, no entiendo por qué simplemente no podemos llamarlo por su nombre, este hombre ha nacido en la era de los dinosaurios y tengo pruebas de ello. Si no es suficiente tener una sesión de entrenamiento con él junto a mis compañeros de manada, después tocó comerme sus sermones de la juventud y sus consecuencias, y para terminar me castigaron por que a HoSeok no se le ocurrió mejor momento para comerse su bocadillo que en el momento en el que el Entrenador salía de ver su partido de fútbol, claro, como le di un mordisco, me tuve que zampar con patatas; ¡cien vueltas al campo con Hoseok! Y medio grupo que se había puesto a comer también, poniéndose detrás de mi, empezaron a quejarse de que el Entrenador había decomisado su comida y se la estaba zampando mientras miraba el fútbol sentado en su sillón viejo y roído rodeado de comida gratis. En fin, que la autoridad apesta.
—¡Jungkook! —gritaron mi nombre desde la cocina mientras apagaban la televisión, esa cosa plana me entretenía demasiado.
—No estoy, no existo, deja un mensaje después de oír la señal. —murmuré medio muerto contra la encimera intentando ignorar la presencia de Bashir.
—Tengo que irmeeeeee. —ella se meneó alrededor alegremente palpándome la espalda.
—No puedes estar hablando en serio. —lloriqueé como el macho alfa que era.— Esto es una injusticia. —protesté enfurruñado.
—¡Dale a esta noona un descanso, cachorrito, tengo una cita! —casi saltó encima de mí, sus labios estirados con alegría, rozando el éxtasis de la felicidad.
—¿Te hago la fiesta ahora, o cuando estéis juntos? —fui a tomar agua, me muero de sed, me muero casi literalmente, pero a nadie le importa.
—¡Por supuesto cuando estemos juntos, querido! —cogió aire envalentonada.— ¡Ese hombre será mío!
—¿Cómo dices que se llama? Por si las dudas prepararé un té y unas galletas. —por si la rechazan y viene llorando como todas las semanas.
—¡No llames al mal tiempo! —me cogió de la cara y me dio un beso en los cachetes que me dejó la piel pegajosa.— ¡Te amo, te he dejado la lista de las principales tareas!
—¡Dios, tienes que parar de ponerte tanto gloss, esta pegajosidad asquerosa no es normal, soy un chico, no un condón durex! —me froté la mejilla intentando quitarlo, pero es que era imposible. Agh, ni siquiera escuchó lo último.
—¡Me voy! ¡Cuidadlo todo! —se escapó del apretón que le di a su brazo entrecerrando los labios mandandome más besos.
—¡Te dije que no me dejaras! —me quejé sin remedio, pretendía que me quedase a cargo, ¡no quiero!
—Cuando quieras ir a alguna cita, sabrás lo que se siente.
—¿Yo? ¿Una cita? —me quedé viendo una mosca volando alrededor de la puerta.
—Pues claro que sí, mírate, que guapetón eres —masajeó mis hombros apretando esas pequeñas manos calmando mis nervios, volvió a apretujarme las mejillas sonriendo pletórica—, ¡eres una cosilla preciosa!
—¡Noona! —balbuceé sintiendo sus uñas clavarse en mis mejillas abultadas.
—Me voy, ¡no me rompas nada, por favor! Ya lo sabes, si alguien necesita algo, llámame, vendré rapidisimo. El botiquín lo he llenado de nuevo, y si no basta, en el armario ya sabes que hay lo que necesite tu padre si es que llega a pasarse por aquí. —sus labios se estamparon de nuevo contra mis mejillas en un sonido viscoso del que no pude librarme. Ni siquiera pude volver a quejarme, ¡se había escapado!
Este lugar sin ella será un desastre en el momento en el que los jóvenes cadetes lo pisen. Un desastre horrible.
La puerta se azotó con fuerza contra los marcos y sus pasos entusiasmados se alejaron con duros y enérgicos golpes. Me da pena el dominante que tenga que soportar toda esa energía. Me canso de solo pensarlo. O tal vez es un alfa. Sería una batalla de titanes.
—¿Bashir ya se ha ido? —asomó HoSeok la cabeza del mostrador.
—A-ha, ya podéis salir. —todos mis amigos salieron de los baños de hombres, uno detrás de otro sin parar. Nadie quería recibir sus mil y un besos, porque su gloss se pega a tu piel y no sale hasta el año que viene.
—Pobrecita, y si la dejan plantada de nuevo. —murmuró uno de ellos tristemente.
—Un monumento que se pierden.
—¡Exacto! ¡Nuestra noona es un cielo! ¡Que le den si la rechaza!
—Le haremos la cruz. —hicieron muecas moviendo las manos como si fueran predicadores. Agh, estos tontos.
—Woah, —me hice el sorprendido, la rosada punta de mi lengua se restregó contra la tierna carne interna de mi mejilla.— de repente la animáis, después de evitarla.
—Lo siento pero hasta que no encontremos la marca de gloss que usa, no dejaremos que nos bese, intentaremos regalarle uno que sepamos como se quite, ahí sí dejaremos que nos de de besos.
—Eso ha sonado cruel. —se arrepintió HoSeok rascándose el cabello castaño.
—Es que sois crueles. —afirmé rotundamente.
—No. —murmuró YoonGi apoyándose sobre la barra al lado del castaño.
—¿No? —miró a YoonGi con los ojos como nueces sintiéndose culpable—. Ah, no. —negó como un juguete roto.
—A callar, ¿a quién le toca hoy conmigo en la cafetería? —saqué el delantal. Todos hicieron silencio abruptamente.— Me voy a cambiar, que venga al que le toque.
Di pequeños golpes a mis muslos para animarme a darme prisa, me quiero ir a casa ya de una vez por todas.
Aprovecho el dinero que consigo de esta especie de trabajo que no era más que la tapadera a la que recurrían nuestros mayores para disciplinarnos si hacíamos algo mal.
Y sí, yo la cagué la última vez, no debí empezar esa pelea con mis amigos contra los del equipo de básquetbol, esos pijos me caen tan mal, nunca nos hemos llevado bien. A la mínima están tocándome las intocables pelotas de oro.
Quiero conseguir ese ordenador para jugar al Overwatch sin que se me buguee todo. Bueno, por otra parte no me quiero comprar un buen ordenador por que si no me vicio, y si me vicio me voy a comer unas palmadas en el culo más fuertes que las cachetadas de un jugador de volley. Mi madre no me paga lo suficiente como para que pueda comprar como un millonario, cuando lo éramos, sí, soy rico, en gilipollez, pero tengo que trabajar, ya veis el sentido de la vida, es lo que pasa cuando cumples la mayoría de edad, si no aportas, te sacan a la calle. Decía que lo que quería, se ganaba.
Y también porque era una tacaña.
Acabé de vestirme y salí de nuevo a la cafetería.
—Qué hijos de puta. —murmuré a la cafetería vacía. Todos se habían ido, todos y cada uno de ellos. La amistad apesta.
Tiré la toalla contra la barra, debería desgarrarlos a todos cuando los vuelva a ver, mi lengua frotó agresivamente la tierna carne de mis mejillas. Me quedé parado en mi sitio, esto está muy sucio, y solo estoy yo aquí...
Cogí aire con fuerza e hice lo único que un lobo grande y fuerte como yo puede hacer; apreté los labios, las facciones de mi cara se arrugaron como las de un bebé y liberé mis frustración pataleando contra el suelo mientras lloriqueaba como un cachorro, ¡no quiero hacerlo!
Me dejé caer sobre la silla frustrado mientras ojeaba el reloj esperando a que apareciese alguien como la hada madrina de Cenicienta y recogiera todo con magia.
Bueno, pestañeé, soñar es gratis, gracias a Dios.
Encendí la televisión que colgaba de una esquina de la cafetería intentando entretenerme mientras recogía y hacía las tareas que me habían encomendado.
No viene nadie por aquí a menos que fueran lobos, pocos humanos se acercaban, si es que no se habían perdido en su camino por la montaña, y sé que ningún lobo vendrá porque tendría que ayudarme. Dejé las noticias de fondo enfocándome en empezar con todo lo que tenía que hacer.
—Según la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género veintidós mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas en nuestro país en lo que va de año.
Una de estas víctimas mortales fue Ana Mónica, de 29 años, asesinada hace una semana junto a su hija Amanda, de cinco años, por su expareja y padre de la pequeña. Las investigaciones siguen en curso después de hallar el cuerpo sin vida de la expareja al suicidarse tirándose por la ventana.
—Sí, así es, y lo más extraño para los vecinos es que dicen nunca haber oído ninguna queja o presenciado algún signo de violencia que pudiera alarmar a los escasos 3.000 habitantes del pequeño pueblo en el que vivían y todos conocían. De echo, todos lo conocían como un hombre tranquilo, amable y maduro.
Las noticias seguían murmullando de fondo mientras los tic tac del reloj seguía dando vueltas sin parar.
Media hora después dejé caer el culo sobre una silla, ya he limpiado todos esos platos que me dejaron los vagos de mis amigos en el lavaplatos porque sabían que yo tendría el turno de la tienda esta tarde.
Hijos de... Os odio. Suspiré.
Ser el camarero, el de la caja, el que limpia, el que prepara comandas, el que... espera, me di cuenta, estoy básicamente a cargo de esta cafetería yo solo. Sí que soy gilipollas. Me estoy comiendo el castigo yo solito. Me voy a chivar.
Claro, Bashir se ha ido de citas, mi compañero de hoy se ha escaqueado y los demás han aprovechado que nadie viene a esta cafetería, a menos que fueran lobos, para irse a hacer cosas de chicos guays, como romperse la cara jugando al voleibol.
Me levanté de inmediato al oír la campana de la puerta principal, clientes.
Cogí mi bloc de notas y un bolígrafo, no eran necesarios porque estoy seguro que me acordaré de un pastel y un zumo, pero quién sabe, a veces se me cruzan las neuronas y no hago sinapsis.
Por la puerta entraron tres personas tranquilamente sin hacer ruido, me dio escalofríos, estaba acostumbrado a los bramidos de mis amigos. Los tacones de la mujer que se hallaba en medio resonaban al dirigirse hacia la mesa y su caminar era elegante y tranquilo, seguro, si titubeos o segundos entorpecidos entre uno y otro, acompañada por dos personas, caminando detrás de ella, ambos silenciosos, muy silenciosos, que ojeaban su alrededor curiosos.
Los pelos de mi nuca se erizaron de solo percibir su olor, era un olor peculiar, suave.
Le sonreí a la mujer que saludó al entrar, eran humanos, no los conocía de la manada, la de enmedio se giró a sus acompañantes y les habló alegremente.
—Sentaos. —ordenó moviendo la silla para poder sentarse. Ambos se sentaron en silencio a ambos lados de ella.
—Buenos días. —Sonreí saludandola—. ¿Desean ordenar ya?
Ella se quitó las gafas mostrando unos ojos grandes, con las gafas parecían mucho más pequeño. Era mi primera vez viendo a estas personas, de hecho, no solía ver humanos por esta zona. La cafetería solían frecuentarla los lobos después de largos entrenamientos, o para tomar algo, charlar amenamente.
—Si, quisiera... —murmuró observando la carta durante unos segundos—. un té negro, caliente, y un pedazo de ese pastel de café para mí, y dos zumos de manzana para ellos —ojeó los pasteles detrás de la vitrina de cristal—, ah, y dos de esas tartaletas. —señaló los que quería con las manos. Ambos de sus amigos, creo que son sus amigos, ni idea, pero no dicen ni mu, no hablaron ni rechistaron su elección, en cambio seguían mirando el decorado de la cafetería, ambos tenían libros entre sus manos.
—¿Desean algo más? —Pregunté por cortesía.
—Una botella de agua de litro, por favor. —Sonrió mientras se cruzaba de piernas. Yo asentí y me retiré a prepararlo todo.
Es extraño que alguien como ella, tan elegante, esté en una cafetería tan modesta como lo es esta, que estaba a las afueras del pueblo, la gente elegante estaba por la ciudad, los que pasaban por aquí iban en chándal o ropa de deporte. A estas horas solía tener clientela humana, sí, pero esta era realmente escasa, era como si los primitivos instintos humanos reconociesen que este territorio no tenía nada que ver con ellos, por lo que pasaban de largo, si entraba alguien, era porque estaba de camino a subir la montaña a pie a hacer senderismo, a esconder un cuerpo, o Dios sabe qué.
Sacó una tablet, unos documentos y un bolígrafo con el que estuvo apuntando cosas mientras su mirada iba y venía de la pantalla al papel, ambos compañeros la imitaron murmurando simples palabras, ella les estaba explicando algo. Se había puesto de nuevo sus gafas por lo que se veía concentrada en su labor. Sus gafas resbalaban del puente de su nariz, obligándola cada cierto tiempo a volver a colocarlas en su sitio.
Me acerqué con el pedido en mis manos mientras seguían concentrados en lo suyo.
—Aquí tienen su pedido. —Aclaré mi garganta interrumpiendo su charla y sonreí dejándolo todo sobre la mesa.
Respiraban igual.
—Oh, gracias. —Entrecerró los ojos pasándole los platitos a sus compañeros, que estaban trabajando concentrados en su tablet sin mirarme, ¿serán universitarios?
Sus corazones latían igual.
Una suave y deliciosa esencia de azahar paseó bajo mi nariz burlándose de mi olfato, olía bien. Era uno de los clientes. Inhalé suavemente, en realidad es el olor de alguien más que no está aquí, es el olor que se pega a las personas de una a otra mediante el contacto directo. Como cuando se abrazan.
Me gusta el aroma del azahar.
En cambio, también el agudo y punzante almizcle del alcohol etílico, a profundamente limpio, raspaba como lija mi sensible nariz.
—No hay de qué. —Le sonreí cortés y me retiré a la barra. Como no vino mucha gente, no había mucho que hacer además de limpiar y tal vez hornear algo para cuando viniese la manada de los entrenamientos, eso se lo dejaré mejor a Ria, me parece raro que no esté aquí, básicamente era su casa la que estaba sobre esta cafetería.
Ambos pelinegros me miraron fijamente durante un espontáneo y finito momento que no me pasó desapercibido, estaban sincronizados como muñecas.
Suspiré y dirigí mi mirada a la mujer. Su cabello, rubio, se encontraba atado en una especie de moño con un lápiz dejando algunos mechones de pelo sueltos. No era muy largo, pero al parecer la molestaba, además de rizado parecía esponjoso. Su piel tenía un color bastante pálido, no era un tono blanco duro y rígido como el papel, más bien un suave blanco que destacaba bajo la ropa que llevaba. Su vestimenta era simple pero impoluta, profesional. Bata blanca, supuse que era bioquímica o doctora en algún hospital cercano. Sus tacones rosa pastel contrastaban con sus pantalones de tiro alto, con una camisa blanca metida dentro de los pantalones.
Blanco, todo. En cambio ambos de sus acompañantes iban vistiendo vaqueros y sudaderas a juego de color negro, sus colores contrastaban.
¿Cuántos años debían tener? ¿Tres o cuatro más que yo? ¿O cinco? No sé.
Agarré el móvil, encontrando un mensaje de una ex-compañera que no me dejaba en paz de una vez por todas. Abrí el chat, cliqué en los tres puntitos y bloquear.
Hala, sin leer el mensaje, esta chica me tiene harto, se ha hecho cincuenta cuentas y números diferentes para hablarme. Al parecer soy del tipo que catalogan como más de
Usar y tirar. Y la verdad es que yo quería algo serio, si fuera a empezar con alguien algo, por lo menos no preocuparme de que me esté jugando una broma con su grupo de amigos o algo, y eso es exactamente lo que hacía esta chica, tenía un maldito súper oído, literalmente puedo escuchar su maldito corazón, ¿cómo no iba a oír la apuesta con sus amigos? Simplemente asqueroso, por muy juego que fuera, ni siquiera era mi tipo. Pesada.
Aún me quedaba tiempo para entrar a la Universidad, si es que decidía ir, y estaba intentando disimular que tenía una novia para que mi madre se diese cuenta de que tengo la suficiente responsabilidad de elegir a la persona correcta para mí.
Resoplé cansado y exhausto. Qué día más largo, quiero ir a molestar a mi hermana pequeña, comer y dormir, dormir dos años como mínimo.
—Perdona. —llamó la mujer mi atención poniéndose delante del mostrador, ¿ya había acabado? ¿O es que me había llamado y yo ni caso le había hecho?
—¿Sí? —levanté la mirada.
—No he visto un horario fuera, ¿abrís temprano por la mañana? —preguntó curiosa señalando la entrada de la cafetería. Sus compañeros estaban esperándola fuera de la cafetería como si fueran guardaespaldas encapuchados. Qué miedo.
—¿Eh? Ah, sí, abrimos a las 6 de la mañana. —respondí notando como sonreía alegre.
—¿Cerráis por la tarde, a las dos, o así? —volvió a preguntar acomodándose las gafas.
—No, abrimos a las 6 de la mañana, y cerramos a medianoche. —porque los entrenamientos de mi grupo acababan a las once y esto más que cafetería, era una enfermería para los palizones que me comía después de entrenar con mi madre.
—Oh, bien, es perfecto. —miró alrededor, observando el decorado simple y acogedor de madera y cristal.
¿Perfecto para qué? De todos modos no pregunté, no me importaba mucho.
—Quiero la cuenta. —¿ya? Pero si acababa de venir, ¿cuánto habían quedado aquí sentados? ¿veinte minutos?
—De acuerdo. —asentí calculando todo lo que consumió en la caja registradora ya pasándole el tíquet con la cuenta—. Aquí tiene.
—Gracias, ¿puedo pagar con tarjeta? —rebuscó en su bolso.
—Sí, un segundo. —saqué la máquina de debajo del mostrador y la encendí, prográmandola y pasándosela para que pasase la tarjeta y teclease el pin.
—Bien, ya nos veremos, gracias. —me sonrió dando media vuelta mientras hablaba—. Hasta otra.
—A usted, adiós. —respondí cortés. Son las respuestas de manual, que si no iba y soltaba, hasta nunca, chao bacalao.
Los que entraban una vez no volvían, no solía estar cerca de sus casas o trabajos, así que, adiós muy buenas, hasta nunca noona.
Bufé mirando la mesa sucia, a recoger y a limpiar los platos. Otra vez.
Escuché atentamente las agujas del reloj temblar una tras otra, moviéndose sobre los números sin cesar, pronto se hará de noche.
Mi turno terminaría alrededor de las ocho, hoy. Mis turnos son irregulares, como los de cualquier miembro de la manada, porque son castigos, hoy tenemos entrenamiento de caza nocturno. Así que salgo antes.
La caza nocturna era un entrenamiento comandado por nuestro mentor, la loba que nos entrenaba cuando no le tocaba al Viejo Entrenador, Damaris. Damaris es mil veces mejor que el viejo, que siempre se queja y nunca nos guía.
Puedo saborear el aire frío contra mi lisa y suave piel, puedo sentir las orejas frías mientras escucho atentamente, oír las pisadas de los demás y percibir la esencia de la presa moviéndose nerviosamente entre los árboles, sin saber quién la acecha.
Era un juego de placer. Mis amigos vendrían en cualquier momento a buscarme.
A pesar de no poder liberar al lobo, disfrutaba de la emoción de cazar y correr montaña adentro. Adentrarme en la espesura del bosque y, de vez en cuando, cuando hacia más calor, bañarnos en los lagos escondidos junto a mis amigos.
Ansío estar fuera, moviéndome entre la frondosa maleza del bosque, pronto empezará a nevar.
La puerta se abrió perezosamente, y los tintienos de las campanas resonaron alrededor de toda la cafetería, inspiré, Ria.
—Jungkook. —murmuró a duras penas entre ambos labios apenas entreabiertos, sus pasos eran cortos, perezosos, cansados.
—Noona. —dejé de limpiar los vasos y me apoyé sobre la encimera, estaba decaída—. ¿Qué pasa?
—Nada, estoy cansada, unos dominantes estaban entrenando entre ellos y uno dio un paso en falso al intentar hacer demostraciones para los jóvenes, se rompió la clavícula. He tenido que atenderlo y ayudarlo a sanar.
—¿Quién? —eran cosas tan normales, pero ¿la clavícula? Que brutos—. No, espera, déjame adivinar. JiYoung hyung. —señalé
—Hoy ya estaba tan cansada, —se frotó la cara arrastrando las manos contra la piel de su rostro bostezando—, así que no he acabado de sanarle el hueso del todo, espero que esté cansado durante unos días antes de volver a hacer demostraciones. Se lo tiene bien merecido. —murmuró en un grueso hilo de voz ronco que vibrara sobre mis oídos.
Ria estaba cansada porque últimamente ha estado estudiando muchísimo para conseguir graduarse de la escuela de medicina, estaba todo el día ocupada, por lo que Bashir o mi propio padre se encargaban de aligerar su trabajo encargándose de la sanación para los lobos que entrenaban como locos. Los oscuros surcos casi le corroían la morena tez, evidenciando el agobio que suponía el peso de los estudios y la manada.
Los sanadores no sólo cuidan el cuerpo de los lobos, sino sus mentes, sus almas, pero Ria estaba sobrecargada. Apenas podía respirar tranquila.
—Toma, noona. —acaricié su mano intentando consolarla mientras le tendía un vaso lleno de zumo de pomelo y manzana. Sus cejas caían pesadas sobre sus ojos
hundidos.
—Gracias. —no rechistó la colorida bebida a pesar de que sabía que no tenía hambre o sed—. ¿Tienes caza esta noche?
—Sí, —salí de detrás del mostrador y me acerqué a ella por detrás, la sanadora era una mujer madura, casada con un teniente de la manada. Se desvivía por la manada, tenía dos hijos, un par de gemelos muy juguetones que se escapaban de vez en cuando de la guarida y salían por libre, a los que al final teníamos que buscar como locos cuando incluso se pierden en sus emociones y olvidan que tienen que controlarse y volver a nosotros. Cachorros.
Las puertas se abrieron anunciando más personas entrando ruidosamente. Los ignoré recogiendole el pelo a Ria en una simple coleta, se iba a dormir ahí mismo, su compañero se va a poner muy furioso como la vea así, a veces los sanadores se olvidan de sí mismos si alguien no está pendiente de ellos.
Algunos se acercaron a charlar con Ria y otros se sentaron en grupos en las diferentes mesas, sillas y sofás repartidos alrededor de toda la gran cafetería.
—Jungkook, ¿estás listo? —gritaron desde la barra mi grupo de caza de esta noche.
—Hoy toca. —se abalanzaron sobre él un par de cuerpos enbusca de juegos.
—Hoy es nuestra noche.
—Eres una mierda de amigo. —contesté desoyendo sus vitoreos cuando atravesé la puerta de las cocinas, el entrañable deseo de masticar su cabeza como un chicle acarició mis fauces.
—Y por eso soy un amigo. —sonrió el castaño guiñándome el ojo mientras se sentaba en uno de los sofás pegados a los cristales. La sonrisa de HoSeok brilló como un sol en la cafetería.
—¿Me haces un té frío? —su mano tamborileó sobre la encimera con alegría, creando un ritmo del que todos hicieron eco. Estaban emocionados porque hoy es noche de caza.
—Háztelo tu.
—No sé como, y a ti te salen muy bien. —se hizo el demente.
—Gracias por la oferta, pero paso, suerte con ese té. —le guiñé el ojo.
—Tener amigos para esto. —se quejó arrugando los labios.
—Y por eso soy un amigo. —repetí lo que dijo él hace dos minutos—. No tenemos tiempo para que te hagas de comer, vamos o no participamos. —dejé el delantal sobre la
encimera y me uní al grupo reunido en la barra.
—Damaris ha dicho que vendría después de revisar perímetros, últimamente están muy activos vigilando los bosques. —se metió HoSeok una rebanada de pan en la boca como si fuera agua.
—Sí, yo también me he dado cuenta. —contestó cuchicheando Sana—. Han reforzado mucho los horarios de cambio de turnos, se lo oí decir ayer a mi hermano. No me dice por qué.
—No tiene nada que ver con nosotros, si no os mantenéis al margen de los asuntos de los tenientes, no se van a fiar de nosotros y no nos tomarán en serio como aspirantes a tenientes, seremos cadetes toda la maldita vida, parad ya de ser unos cotillas. —les di dos sopapos en la nuca a ambos glotones.
—Pero si tu eres el primero en cotillear.
—Sí, pero yo disimulo. —señalé hacia atrás—. No puede ser que no os hayáis dado cuenta de que Seo Joon está justo detrás de vosotros, ¿verdad?
Ambos giraron las cabezas como si fueran búhos ahogados tragando saliva. El compañero de Ria estaba subiendo a increíbles zancadas las escaleras de la cafetería para ir a verla después de estar casi todo el día sin verse. Los ojos del teniente se deslizaron fugaces sobre ambos cadetes provocando pánico. Los tenientes eran soldados de carácter muy dominante, entonces, infundir miedo o respeto no era un arduo trabajo para ellos, eran protectores y leales al clan. Ambos sanadores y tenientes eran muchos de los pilares del clan.
HoSeok dejó salir el aire de sus mejillas lentamente comunicando oficialmente un; que cagada. Mientras Sana agachó la cabeza para beber de un vaso lleno de aire.
Sí. Estos son mis amigos. Y los que aún faltan por venir.








