Capítulo único
Disclaimer:
Rise of the Teenage Mutant Ninja Turtles (2018) © Kevin Eastman/Peter Laird / Nickelodeon.
Las Crónicas de la Media Luna de Venus © Adilay Vaniteux/Reine Vaniteux
【Omegacember. Día 1: Autocontrol.】
Día 1: AUTOCONTROL.
No ship.
Protagonistas: Donatello, Raphael, Leonardo.
Cuando se es el hermano mayor, uno tiene que ver por los hermanos menores cuando papá no estaba para aconsejar o guiar. Cabe mencionar que en estas fechas, Splinter no era el ser más paternal; usualmente sólo llegaba a comer o/y recuperarse de algunas poquísimas heridas que pudiese tener gracias a su descontrol de la temporada; ni pensar que hoy estaría de vuelta para dormir.
Era de noche, y desde hace media hora, algo se azotaba de forma repetitiva en el laboratorio de Donatello. Seguramente su cabeza contra las paredes.
Raphael y Leonardo se encontraban en la cocina, sentados el uno frente al otro. El mayor mirando a ninguna parte y Leonardo entretenido con una consola de videojuegos.
—Pobrecito —se burló Leonardo, presionando botones con rapidez—, ayer pasó horas haciendo eso. A ver si hoy se rompe la cabeza.
En desacuerdo con eso, Raphael alzó una ceja.
—Querrás decir; “a ver si hoy no se rompe la cabeza”, ¿verdad?
—No, lo dije bien la primera vez —respondió sin quitar su atención del juego.
—Leo…
—No lo retiro.
La buena parte de ser yōkais de clasificación: sangre carmesí (es decir: enigma, delta, y alfa) era que la temporada de apareamiento no les afectaba demasiado, a menos que estos ya tuviesen una pareja, o un vehículo afectivo y/o instintivo con alguien que su “lado primitivo” considerase una futura pareja aceptable. Michelangelo, Raphael y Leonardo formaban parte de ese grupo tan respetado, temido y famoso; no así su hermano, Donatello, que, aunque fuese el gemelo de Leonardo, había nacido con la desgracia de ser… un yōkai zeta. Una parte del escalón inferior. La clasificación: veneno de jade (o sea, los: Zeta, Beta, Theta, y Epilson).
—Debería alegrarse. Al menos no es un omega —siguió burlándose la tortuga de azul; otros golpes resonaron, como si su gemelo hubiese podido oírlo hasta su cuarto—. ¿En serio cree que eso va a funcionar? —chasqueó la lengua—. ¿Qué tanto le cuesta salir, aparearse por unos días y volver?
Los yōkaiszeta eran tan escasos, incluso dentro de la misma Hidden City, que se les podía contar con los dedos de las manos, por ende, su información también era bastante poca. Pero por lo que los hermanos veían en Donnie, los yōkais zetas no se dejaban llevar tanto por sus instintos en esta época, es más, Donatello parecía repudiar sentirse así. La posibilidad de que aquello fuese algo característico de todos los yōkais de su tipo o no, era algo de lo que se podría hablar en la próxima cena familiar.
—Iré a verlo —dijo Raphael, cansado de oír tanto alboroto; además de que estaba preocupado.
—Dale mis saludos.
—Deja de burlarte de él —exigió Rapha, con severidad.
Aunque ambos perteneciesen a la misma clasificación, la más dominante, el instinto de Leo respetaba al de su hermano Raphael, y eso era porque aun estando los dos en esa clasificación, el mayor tenía un rango superior. Mientras Leonardo era un yōkaidelta, Raphael era un yōkaienigma, sorprendentemente al igual que Mikey.
—Bien, pero recuérdale que nos está enloqueciendo a todos —pidió serio—. Qué se aparee, se masturbe, o lo que sea, pero debe dejar de hacer ese infernal ruido.
—Veré qué puedo hacer —susurró en respuesta.
Raphael caminó sin prisas al cuarto de Donnie, por fin, la joven tortuga se había rendido con eso de golpearse a sí mismo, y ahora se encontraba debajo de sus sábanas hecho un ovillo.
—Hola, amigo —trató de hablar con animosidad.
No era fácil para Rapha acercarse a sus hermanos (sobre todo en estas fechas) desde que su clasificación se descubrió; especialmente Leo, él no solía verlo como una amenaza, pero era obvio que su lado instintivo le decía a su hermano que tuviese cuidado con el yōkai enigma, aún si este era su hermano mayor bonachón.
Muchas cosas entristecían a Rapha, y una de ellas era sentir que sus hermanitos le tuviesen miedo… o demasiado respeto. Muchas cosas habían cambiado desde que fueron dejando atrás su adolescencia.
—Lárgate, Raphael —gruñó Donnie, sin sacar por lo menos la cabeza.
—¿Interrumpo tu hora feliz? —murmuró, un poco más sereno, sabiendo que su hermano no estaba haciendo nada sexual; por eso el mal humor.
De estar Donnie complaciéndose a sí mismo, Raphael, por muy incómodo que le resultase… lo sabría. Si Rapha pudiese dejar de hacer eso, lo haría, pero era imposible.
Eso de haber nacido con el olfato súper privilegiado, le parecía más una maldición en la mayoría de las ocasiones, era el primero en enterarse cuando algún miembro de su familia estaba desesperado por aparearse. De verdad, a Rapha lo último que le interesaba era saber si sus hermanos (o incluso su propio padre) habían tenido sexo o no, o si querían tenerlo o no. Y siempre acababa enterándose aunque metiese la cabeza en un bote de basura o se pasease por ahí con calcetines sucios en el cuello como corbatas. Ya había pensado desde antes el alejarse de todos ellos cuando esta temporada de locura iniciase, sin embargo, bastante pronto comprendió que aún no era momento para separarse de sus hermanitos cuando pensaban únicamente con las pelotas de sus entrepiernas. Podrían salir lastimados o peor, podrían lastimar a alguien.
—¿Por qué no sólo sales y aceptas tu naturaleza? Y… ya sabes, te diviertes un poco —preguntó, en un tono paternal—. ¿Eso en serio sería tan malo?
No recibió respuesta; más bien, Donnie pareció contraerse más sobre sí mismo, con evidente dolor.
No le gustaba ver a sus hermanitos de este modo. Le recordaba mucho a cuándo él pasó por eso mismo… y Splinter no estuvo ahí para ayudarlo. Tuvo que aprender solo. Quería evitarles eso a sus hermanos menores, pero no sabía cómo acercarse a ellos sin que estos lo percibiesen como un peligro.
—Si quieres… puedo acompañarte allá afuera, ya sabes, para que… puedas… tú sabes…
Soltando un suspiro, Donatello sacó las sábanas de su cabeza y le miró mal.
—¿Cuántos años te crees que tengo? ¿Te parece que quiero un niñero o algo así? ¡No soy Mikey! —se levantó irritado y le encaró—. ¡Puedo estar agonizando! ¡Pero me niego a unirme a esa manada de perdedores que cada año busca saciar sus más bajos y asquerosos instintos con desconocidas, en lugares oscuros, malolientes y carentes de cualquier tipo de salubridad, intimidad o seguridad!
De pronto, como si hubiese oído todo y hubiese esperado su momento para aparecer, Leonardo interrumpió, luciendo su perfecta sonrisa coqueta.
—Rapha, Mikey y yo iremos a un lugar abierto al público, asqueroso y carente de salubridad a descargar nuestros más bajos instintos con algunas bellezas yōkais como los solteros con sana vida sexual que somos, ¿vienes?
—Eres… repugnante —murmuró Donnie hacia su gemelo, que le veía de regreso con esa mueca burlona.
—Pues sí. Mira, por como yo lo veo, prefiero revolcarme sobre una linda yōkai que sobre mi patética y solitaria cama, en mi triste y oscuro cuarto, y al lado de mi patético hermano virgen. Nos vemos, amigos —se despidió en perfecto español, burlándose hasta el último segundo.
Donnie gruñó con molestia, justo como Leo había planeado.
—Voy a matarlo un día de estos.
—Pero tiene razón —dijo Raphael, un poco cansado.
—¿Qué? —rezongó.
—Somos yōkais, Donnie —insistió Rapha—. No sé qué pretendes, pero te estás lastimando a ti mismo y torturándonos a nosotros cada vez que te golpeas a ti mismo contra algo; eres demasiado ruidoso. ¿Y para qué? Estás más amargado y volátil de lo usual, lo cual es más molesto con cada noche que pasa —entonces dio su ultimátum en gruñidos—. Así que, basta ya, o buscas la forma de satisfacerte solo, o buscas una compañera… o compañero, sabes que nosotros no te juzgaremos…
Rapha cerró los ojos, haciendo una mueca de cansancio por lo que no vio a Donnie frunciendo la nariz con desagrado ante la idea de buscar a un hombre.
—Pero hagas lo que hagas, esto debe cambiar. Te veré después, debo alcanzar a Mikey y Leo, no puedo dejarlos sin mi supervisión. La última vez que lo hice casi se meten por sí mismos a la Batalla del Nexus de Gran Mamá…
Y como si los recuerdos le diesen escalofríos, murmuró como último.
—Ay, no, mejor me doy prisa.
Sin decir media palabra, Donnie lo vio salir de su alcoba.
Y como si el estar solo por fin le diese algo de calma, soltó un suspiro de cansancio al mismo tiempo que dejaba caer su cuerpo desnudo hacia atrás.
—Creí que nunca se irían —bisbiseó.
Aguardó un poco en lo que se aseguraba, con su perfecto sentido del oído, de que sus hermanos hubiesen dejado la casa, para salir de su cama y dirigirse a su computadora.
—Dios, qué fastidio recurrir a esto —musitó, sintiéndose humillado—; pero me niego a hacer el ridículo en medio de un montón de salvajes sin media pizca de dignidad, como Leonardo.
Si al idiota que tenía como gemelo le importaba poco tener intimidad con desconocidas a la vista de medio mundo o en un callejón meado por vagabundos y perros callejeros, Donnie era un caso distinto.
Creyó que no tendría nada de malo intentarlo, pero no pudo hacerlo. Cuando se atrevió a salir de casa con el objetivo de concluir su temporada de apareamiento, rechazó a todas las lindas yōkais (y extraños yōkais) que se le ponían enfrente, y corrió muy lejos como… ¿un cobarde?
Donnie no era estúpido, sabía que la vergüenza no debería ser lo único que le haría rechazar algo que debería aceptar por naturaleza, así que tuvo una teoría, y es que a diferencia de la mayoría de yōkais, él, como sus hermanos, no estaba al cien por ciento gobernado por sus instintos; pero, ¿qué les permitía a ellos aparearse sin ningún problema mientras que él encontraba desagradable el sólo pensar tener intimidad con desconocidas? Ahí tuvo la respuesta:
Aún no conocía a nadie que pudiese despertar su interés más allá de la atracción puramente sexual; él rechazaba el contacto con desconocidas en sus cinco sentidos, y sus instintos en estas fechas no lo dominaban lo suficiente para saltar esa barrera; Donnie tampoco había encontrado un aroma que pudiese incitarlo a poseerlo. No es que los que hubiese olido hasta ahora fuesen horribles, es que no le despertaban n-a-d-a.
Y todo eso lo ponía de muy mal humor.
No es que no quisiera siquiera intentarlo, como seguro pensaba Rapha… es que ya lo había intentado y resultó mal.
Mientras averiguaba como lidiar con esta ridiculez… cosa que le irritaba porque tenía otras cosas más importantes que hacer, Donatello recurrió al recurso más barato y denigrante para alguien con el ego tan elevado como el suyo. Los vídeos porno no deberían ser una opción para un genio que todo el tiempo alardeaba de su perfecto autocontrol, pero era lo más cercano que tenía a un “calmante” para intentar darse a sí mismo un poco de alivio carnal.
Para su desgracia, no se había preparado lo suficiente para comprar supresores en pastillas o inyectables; ahora todo estaba agotado y él no podía sentirse más estúpido por haber dejado algo tan importante para el último momento, donde con toda claridad, no encontraría ni las cajas vacías del medicamento.
¿Y si creaba el suyo?
Ya lo pensaría después de darse algo de alivio.
…
Para cuando Rapha, Leo y Mikey volvieron en medio de la madrugada, porque en lugar de ir a aparearse como habían dicho, habían encontrado más divertido ir a apalear maleantes, lo que encontraban casi igual de estimulante, Donnie al fin estaba durmiendo.
Leonardo se rio un poco.
—El bastardo prefirió amarse a sí mismo —negó con la cabeza—, admito que lo veía venir, pero no creí que fuese posible. Creía que solo nosotros, los Delta y Enigma éramos los únicos capaces de rechazar nuestros instintos reproductivos en esta época.
—Si eso no es propio de los yōkais zeta, lo admiraré por siempre; de lo contrario, me da igual —se rio Mikey, estirando sus brazos hacia arriba, quitándole importancia a eso—. Iré a dormir.
—…—
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