Capítulo único
Disclaimer:
Teenage Mutant Ninja Turtles (2012) © Kevin Eastman/Peter Laird / Nickelodeon.
Las Crónicas de la Media Luna de Marte © Adilay Vaniteux/Reine Vaniteux
【Omegacember. Día 2: Voz.】
Día 2: VOZ.
Ship: Raphael (enigma) x Mona Lisa (enigma).
Raphael tenía una regla para estas fechas, sólo una: no vírgenes.
A diferencia de muchos otros mutantes, Raphael odiaba la idea de “ser el primero” de una hembra, y más si se trataba de una que no tuviese por lo menos su edad. Consideraba eso de ser “el primero”, mucha responsabilidad, más si se trataba de chicas omegas y poco acostumbradas siquiera al contacto físico. Él no buscaba sólo alimentarse a sí mismo sino también dar todo de sí para satisfacer a su compañera de turno, y hacer eso por lo regular le hacía un poco violento y brusco, algo nada recomendable para una chica que podría ser frágil y/o sentimental.
Así que no. Gracias, pero no.
Mientras corría y saltaba de tejado en tejado en la gran ciudad, notaba cómo algunos mutantes elegían sitios poco agradables, nada cómodos y realmente abiertos al público, para hacer lo suyo.
¿Acaso los hoteles de Nueva York no eran suficientes o qué?
—¡Hey, tápense, degenerados, puede haber niños presentes! —exclamó al mismo tiempo que le lanzaba una globo con agua a la pareja ganadora a “peores exhibicionistas de la noche”.
Al cabo de unos años, Mikey le había infectado con su mal pasatiempo.
Raphael logró neutralizar a la pareja enojada, con poco esfuerzo. Luego siguió su camino en dirección a uno de los edificios más altos. Una vez ahí, esperó un poco.
—¿Buscando algo? —preguntó una voz femenina. Esta no era dulce ni delicada; cuanto menos salida de un cuento de hadas. Tal vez de una anécdota de guerra. Fuerte, soberbia, dominante. Justo como era él.
—A alguien, más bien —respondió, haciendo una sonrisa—. ¿Y tú? Hueles a sangre.
—Eso pasa cuando no eres amable con una dama.
—Ya no hay respeto, eh.
Mientras Raphael era una tortuga mutante de 1.89cm de altura, Mona Lisa era una salamandra mutante de 2m y poco más. Casi tan alta como su hermano Donatello, que aún tenía el record en ello. Pero lo que Raphael no tenía en altura, lo compensaba con musculatura, lo cual no pasaba desapercibido para nadie.
—¿Y? ¿Quién quiso propasarse? —quiso decir él en un tono de burla, pero más bien pareció un tanto celoso y molesto.
Y es que sí estaba molesto… y celoso a morir; siempre lo estaría, y seguro moriría haciendo el coraje de su vida cuando Mona aceptase a un amante que, seguramente, no sería él.
—Un idiota de los Dragones Púrpuras, pero… —orgullosa, ella alzó una de sus manos para mostrar que estaba empapada de sangre—, no salió como él esperaba. —Luego sonrió con picardía para él—. Por si te lo preguntas, no dejé nada que puedas pulverizar por segunda vez.
—Eso me decepciona —murmuró, alejándose de ella, sentándose en la orilla del edificio.
No lo quería decir en voz alta, pero lo cierto era que le gustaba mucho ese lado de Mona Lisa. Le fascinaba que la hembra salamandra se defendiese a sí misma y a otras chicas mutantes; que fuese la heroína, la guerrera, la peor pesadilla de los bravucones desenfrenados. Aunque en el fondo… él… se preocupase por ella… sabía que Mona Lisa era lo suficientemente fuerte para defenderse sola. De hecho, a veces Rapha pensaba que si él llegase a necesitar ser salvado, ella sería a la que le gustaría ver.
Mona ya había dicho en incontables veces que, a pesar de pasar ser una alienígena, también pasaba por el celo, pero no quería que nadie la tocase; ni en su planeta ni en la Tierra.
Ese “nadie”, lo incluía a él, seguramente.
Por eso Raphael jamás le ha insinuado nada durante estas fechas. La respetaba lo suficiente para no incomodarla al tener que rechazarlo si él cedía al deseo y le pedía pasar la noche en su lecho.
Muchos machos se intimidaban con las hembras dominantes. Entre ellos se decía que sólo los niños sumisos les atraían ese tipo de féminas. Lo cierto era que Raphael consideraba aquello una estupidez; un acto más bien de cobardía. Desde que él nació, se había enfrentado a los tipos más oscuros, sádicos y siniestros que tenía este mundo por ofrecer, y no se consideraba un tipo que buscase ser dominado, cosa que respetaba si a otros les apetecía, pero no era algo que quisiera para él.
No había crecido con una madre, pero eso no le impedía a Raphael saber que las hembras rudas, que también eran protectoras, tenían un encanto único. Y tampoco es que buscase en sus amantes a una madre, eso sería extraño.
Sólo… sus gustos no incluían a las damiselas delicadas, refinadas y/o tiernas. Mona Lisa era todo lo contrario. Y aun así, lograba verse tan femenina y atractiva que le mataba cada vez que se imaginaba la posibilidad de que ella jamás sería para él.
—¿En qué tanto piensas, Raphael? —la oyó preguntarle mientras se sentaba a su lado.
Su aroma… menta. Le adormecía. Lo excitaba. Lo tentaba a ser la próxima víctima de Mona Lisa. Pero de nuevo, no era un jodido bastardo, al menos no en estos casos. Menos con alguien que respetaba y de quién sabía que no buscaba relacionarse sexualmente con…
—¿Mona…? —musitó Raphael, tensándose por completo, al sentir cómo ella recargaba su cabeza sobre la suya, aprovechándose de su altura.
—Mi atormentado Raphael —susurró con delicadeza, haciendo una línea directa con su excitación. Ella usualmente no tenía un tono de voz suave, pero cuando la usaba, era deleitante—. ¿Cuánto tiempo vas a estar así?
—No… sé de qué hablas.
Su autocontrol estuvo a punto de irse al infierno cuando Mona deslizó su mano ensangrentada sobre su pierna. Haciendo un recorrido descarado hasta llegar a su propia mano, la cual tomó.
—¿Sabes? Hoy ayudé a unas chicas de otros idiotas. Una de ellas me preguntó por ti; sabe que somos amigos.
—¿E-en serio? —quiso sonar frío, pero de nuevo, su voz lo traicionó. Sonó nervioso.
—Dicen por ahí que eres un excelente amante, pero por alguna razón no has tomado a ninguna compañera… me pregunto por qué —bisbiseó justo sobre su coronilla, al mismo tiempo que jugaba con los dedos de su mano.
Si él fuese humano, su cara estaría brillando en rojo, seguramente; pero Raphael no estaba convencido de poder fingir que el acercamiento de Mona no estaba afectándole. Menos ahora que sus sentidos estaban más receptivos a una hembra en celo, una hembra que, de por sí, él ya deseaba.
—¿Qué quieres de mí? —musitó Raphael al viento.
Quizás sonando más brusco de lo usual. Más frágil también.
—Cada noche me es más difícil ser fiel a mí misma. Hay cosas en nuestra naturaleza que no podemos retener eternamente.
—Tú siempre has sido muy fuerte —dijo con palpable respeto… y admiración.
—Más vieja, de hecho —sonrió ella, sorprendiéndolo un poco—. Lo creas o no, la idea de sentar cabeza no me desagrada.
Okey… eso le dolió un poco, pero… inesperadamente, también le dio una suave esperanza. ¿Por qué ella estaba contándole esto?
—¿Desde cuándo? —quiso saber él.
—Desde hace más de lo que crees. —Su mano atrapó la suya por completo, metiendo sus dedos entre los de él. Raphael se movió lo suficiente para que ambos tuviesen que verse a los ojos.
—No entiendo las indirectas —le recordó. Y por primera vez en su vida, vio a Mona desviar su mirada.
—A riesgos de perder tu amistad, quiero decirte que no podría confiar en nadie más que en ti para… ya sabes… bajar la guardia, por primera vez en mi vida.
Muchas cosas le pasaron a él por la cabeza. Muchas no muy fáciles de describir. Básicamente se imaginó dos escenarios, uno donde ambos se encontrasen en un campo de batalla, peleando contra nuevo enemigo; y otro donde fornicaban en diferentes posturas.
Él parpadeó varias veces, tratando de calmarse. Imaginarse a Mona de ese modo ahora no era recomendable.
—Espera… no estoy entendiendo bien, ¿cómo que “bajar la guardia” conmigo? —pregunto, de hecho creyó entenderlo, pero no quería hacer el primer movimiento. No hasta estar cien por ciento seguro de estar entendiendo bien.
Mona hizo un gesto de fastidio. Soltó su mano y se alejó un poco. Raphael creyó que ella se iría, pero en lugar de eso, Mona lo tomó de sus mejillas con más fuerza de la necesaria (sí, le dolió) y bajó su rostro, pegando su boca a la de él. Eso era todo lo que necesitaba para perderse. Sintiendo su última barrera de autocontrol, cayendo al suelo, Raphael la atrajo con fuerza hacia él, tomando el control del beso; metió su lengua en la boca de Mona, probando su sabor en toda su gloria. La oyó gemir ante la sorpresa de ese movimiento. Acarició su delgado cuello, por encima de la estorbosa ropa. Ella apenas puso sus temblorosas manos sobre sus costados, tratando de ir a su ritmo, pero fue bastante obvia su inexperiencia.
Raphael no la soltó, la besó con todas las ansias que había estado reprimiendo por años. Bajó sus manos de su cuello al borde de la chaqueta que Mona tenía bien cerrada, y la fue abriendo poco a poco, una vez que su piel estuvo expuesta, él dejó sus labios.
—Quiero probar tu cuello —ordenó ansioso. Tan agitada como él, ella se agachó más para que Raphael pudiese hacer lo que dijo, haciéndola gemir.
Su lengua deslizándose sobre su piel, sus manos sujetando su cintura, apretándola fuerte.
—Raphael —musitó su nombre, teniendo los ojos cerrados, sintiendo una de sus manos colarse sobre su intimidad, acariciando su zona más sensible.
Temblando, Mona se sujetó de sus anchos hombros, incapaz de controlar sus reacciones tímidas y sus gemidos espontáneos.
—Raphael… —suspiraba ante sus besos; sus caricias.
Mona Lisa era virgen; no tenía amantes con quienes comparar a Raphael, pero tampoco es que lo hubiese querido o buscado. Rechazaba a todo aquel que buscase tener un poquísimo de dominio sobre ella, y de esos Nueva York estaba súper poblado.
—Sabes tan bien, Mona… —oírlo gruñir eso, tan ansioso y tan gustoso, la hizo sentirse poderosa.
Mona Lisa no supo en qué momento Raphael pudo hacerla acostarse sobre la azotea de aquel edificio, descubriendo más de su cuello y parte de su pecho, el cual no desnudó por completo, como si esperase que ella hiciese o dijese algo para impedirle hacer eso.
Raphael se separó un poco de ella para ver su rostro, el cual le devolvió la mirada. Mona alzó su mano menos manchada con sangre para acariciar su rostro. Él, como si se hubiese liberado de unas pesadas cadenas y sin dejar de mirarla a los ojos, ladeó un poco la cara para besar su mano con una ternura incapaz de creer en él.
Raphael era reconocido por ser temible, feroz, inclemente e intolerante a la estupidez ajena. Y la trataba como si ella fuese lo más delicado del mundo.
—Mi Raphael —musitó tan bajo. Y aun así él pudo oírla.
—Mi Mona Lisa —respondió en el mismo tono, con el mismo anhelo, besando por segunda vez la palma de su mano.
Ella, a pesar de estar un poco nerviosa, no era una cobarde. Su cuerpo lo ansiaba, lo quería; ¡deseaba unirse a él!
Lo abrazó con sus largas piernas. Él volvió a bajar para besarla, ahora con más calma y paciencia. Tomándose su tiempo para probarla. Meciendo sus caderas sobre las de ella, alimentando un fuego interno que amenazaba con quemarlos a ambos.
Desde que Mona Lisa lo conoció, ella supo que no encontraría nadie mejor que Raphael Hamato para ser su compañero, pero le irritaba saber que él no tenía exclusividad con ninguna hembra, que durante la época de apareamiento, él podía pasar una noche con una hembra mutante y al día siguiente simplemente pedirle que se fuese a su propia casa. Ella no se veía siendo tan permisiva, no quería que nadie la tocase y le dijese eso mismo. En el fondo… Mona Lisa era muy sentimental, y sabía que si le pedía a Raphael ser su amante, él quizás aceptaría, pero nada la exentaría de ser despachada como las demás. Y así como lo deseaba como amante, también lo apreciaba como amigo.
Raphael no tenía fama de ser cruel ni maleducado con las mujeres. Todas sus examantes, con las que Mona había tenido siquiera una corta charla, decían lo mismo; él era claro con lo que quería; sólo sexo, nada de querer “formar lazos”. Y hasta la fecha, todas las anteriores estaban bien con eso.
¿Pero y ella?
Mona Lisa omitió decirle algo a Raphael.
—¡Raphael! —ella se estremeció.
—Me encanta que digas mi nombre —lo oyó susurrarle cerca de su oído—, no te detengas.
Mientras ella lo volvía a sentir, atacando su cuello, esta vez del lado contrario al primero, sin dejar de restregarse contra ella, sacándole varios gemidos y suspiros, Mona Lisa recordó que hace poco estuvo a punto de aceptar pasar su primera noche con aquel tipo de los Dragones Púrpura. Casi… casi… ¡casi accedió! Y eso sólo porque el estúpido tenía una complexión musculosa parecía a la de Raphael, y un tono de voz similar al suyo. Pero el que quisiera dominarla llamándola “perra” en su intento patético por convencerla, verbalmente, lo hizo merecedor de una paliza.
Raphael no era brusco, no estaba buscando terminar rápido. Como si quisiera tomarse su tiempo adrede. Y a pesar de su fama de ser violento con sus enemigos; con ella estaba siendo bastante delicado, como si la adorara.
Él se alejó un poco, siendo visto desde abajo por ella, que se preguntaba lo que planearía.
Sin apartar por un segundo sus ojos de ella, Raphael sujetó fuerte sus caderas, y estando los dos aun perfectamente vestidos, la embistió. Y aún con la ropa estorbando, ella pudo sentirlo sobre su inflamado clítoris; su humedad seguro ya habría empapado por completo sus bragas. Él la embistió de nuevo. Y de nuevo. Y de nuevo. Fuerte. Justo en ese punto. Con cada golpe, ella no podía controlar su voz, que salía de sus labios, entrecortada y ansiosa.
Maldición, si la tenía a su merced haciendo solo esto… la posibilidad de ser sumisa ante un varón por primera vez en su vida, estaba casi a la vuelta de la esquina. Pero no hablábamos de cualquier tipo, hablábamos de Rapha… su Rapha.
—Te oyes tan bien —murmuró con lujuria, sujetándola fuerte en el aire, manteniéndola pegada a él. Percibiendo su cuerpo temblar bajo el suyo—. Tu aroma es cada vez más tentador. No tienes idea de lo mucho que te deseo.
Mona Lisa varias veces imaginó cómo sería oír esas palabras saliendo de sus labios, pero nada la preparó para enfrentar la realidad. La imagen real de Raphael Hamato a punto de tomarla era un verdadero deleite. Su cuerpo lo deseaba, su mente ya se había preparado para ser “otra más”… ella cerró sus ojos, estando a punto de alcanzar un orgasmo con tan solo las duras embestidas que él estaba dándole otra vez.
Tan concentrada estaba en alcanzar su primer clímax con una pareja, que, cuando por fin lo hizo y gritó su nombre en un tono totalmente desconocido para ella, no escuchó el timbre de un celular.
Por segundos, el cuerpo de Mona Lisa tembló bastante, sus sentidos se perdieron por breves instantes. No se percató de que el maldito aparato insistente no se callaba hasta que Raphael se hartó de este.
—Maldita sea —lo oyó gruñir, ahora enojadísimo.
Recuperándose un poco, Mona Lisa abrió los ojos lentamente, sintiéndose bajar con suavidad sobre el suelo, viéndolo extraer de uno de los bolsillos de su chaqueta aquel infernal celular.
—¡¿Qué demonios quieres, cabrón?!
Mirándolo de reojo, Mona Lisa creyó excitante el modo en el que seguramente estaba hablándole a uno de sus hermanos. Lo quería. Lo quería todo de él.
—¡Pues acaba con ese estúpido! ¡¿Tan difícil es?! ¡Eres tan pendejo!
—¡Qué fácil lo dices, maldito infeliz! ¡No te estoy preguntando si quieres venir! ¡Trae tu culo, aquí, ya!
A punto de ponerse a reír, entre irritada y divertida, Mona Lisa fue incorporándose poco a poco hasta quedar sentada, aun con él entre sus piernas; Raphael sostenía su teléfono en una mano, y la otra estaba sobre su frente; seguramente analizando las consecuencias de mandar al infierno a… ¿Leonardo? Sí, seguro esa era la voz del mayor de los hermanos.
—No creo que me quieras ahí, por como estoy ahora, podría ser capaz de arrancarte yo mismo la cara por interrumpirme —decía cada vez más enfadado.
—¡Me importa un carajo qué diablos estés haciendo! ¡Ven acá, ya mismo!
—Hijo de perra, más te vale estar muriendo —espetó colgando el teléfono.
Mona Lisa sabía que Raphael amaba a sus hermanos; que daría la vida por ellos mil veces de ser necesario, cosa que a sus ojos lo hacía el doble de atractivo… pero estaba molesto, y cuando estaba en ese estado, era capaz de mandar al infierno hasta al mismísimo Jesucristo si este se le aparecía en persona.
Ella no podía juzgarlo, tenía un temperamento más difícil que el de él; pero bueno… ellos no eran… tan incorregibles, tenían sus momentos.
Por otro lado, ellos dos combatían al mal. Peleaban contra los tipos malos. Y para el deber no había descansos ni vacaciones. No había horarios, lo cual jodía la mayor parte del tiempo.
—No te enojes con él —le pidió ella, mirándolo con una sonrisa—, seguro está igual de molesto que tú.
Guardándose su celular, Raphael miró a Mona Lisa con una mirada tan afilada y seria que la silenció por completo. Él no la amenazaba, ella lo sabía, pero su semblante era el de alguien que ansiaba cortarle la garganta al primer idiota que se le cruzase en el camino. Era tan sexy.
—Tú y yo aún no hemos terminado —susurró ansioso.
—Lo sé —respondió, levantándose con lentitud, percibiendo una demencial cantidad de humedad escurriendo entre sus piernas, mojando su ropa—. En mi casa. Te esperaré sólo una hora.
Y antes de que él pudiese cambiar de opinión y decidirse a terminar lo que empezaron ahí mismo, Mona Lisa corrió lejos de Raphael, quien poco después tendría que romper la tubería de un tanque de agua para que la temperatura fría de esta le calmase las ansias de perseguirla.
Raphael había sido honesto con Leonardo… más vale que el cabrón estuviese a punto de morir, o él mismo lo haría estar en esa delgada línea entre el infierno y la tierra.
—…—
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