Capítulo único
Disclaimer:
Teenage Mutant Ninja Turtles (2012) © Kevin Eastman/Peter Laird / Nickelodeon.
Las Crónicas de la Media Luna de Marte © Adilay Vaniteux/Reine Vaniteux
Día 4: INSTINTO.
Ship: Donatello (Epsilon) x Renet (Gamma).
Los mutantes epsilon tenían mucho que perder durante la época de apareamiento, pues eran parte de las párias.
Había que aclarar algo, estos mutantes no eran tantos como los omegas, betas y alfas, cuya información había mucha, y tal vez hasta sobraba. Por eso a Donnie le costaba mucho no tener que aprender sobre su propio puesto en la jerarquía mediante la experiencia propia.
Ahora, según su corta investigación, que debió haber hecho desde mucho tiempo antes, pero no lo hizo por flojera: los mutantes epsilon estaban en el segundo escaño de la pirámide, junto a los Betas, Thetas y Zetas.
En la primera, en la cima, estaban los propensos dominantes y los más agresivos y territoriales como los enigmas, deltas, y alfas. Quienes también destacaban por tener mucha fuerza y poder nada más por nacer en ese puesto. Qué ridiculez.
Por su parte, Donnie tuvo que admitir que se había entretenido mucho recopilando o desmintiendo información sobre estos “grandes titanes” gracias a sus hermanos. Pero entonces le tocó a él pasar por el proceso de descubrirse a sí mismo y las risas se esfumaron. Porque, para cuando quiso comenzar a entenderse, comprendió que mucho tendría que aprenderlo sobre la marcha.
Los mutantes epsilon eran escasos y no había mucho que decir de ellos salvo que había una buena razón por la cual no había muchos de estos mutantes. Según lo que decían los datos oficiales, los epsilon eran normalmente esquivos, solitarios y hasta huraños; se independizaban rápido de sus manadas y emigraban a sitios donde pudiesen estar solos y solas; normalmente no tenían interés en relacionarse de ninguna forma con otros mutantes ni humanos, y durante su época de apareamiento…
Sabrá Dios cómo lidiaban con eso.
Donnie se sentía a punto de morir. Su mente estaba cansada y su cuerpo no colaboraba en nada.
Si Donnie hubiese nacido con otro puesto en la jerarquía, por lo menos entre los betas, seguro se había tragado esa información sobre los epsilons y seguido con su vida. Pero él había nacido como un epsilon, ¿y por qué Donnie sabía que lo era si lo poco que había encontrado sobre ellos no servía de mucho para identificar a los de su tipo?
Simple; por una característica especial.
Los epsilon… tenían aromas muy inusuales. Y por boca de Donnie, horribles también.
La descripción que halló, decía que todos aquellos que se encontraban con los mutantes epsilon, decían hallar en ellos olores “curiosos”. Algunos decían que estos mutantes podían oler a foamy, a plástico, a libros viejos, o a cualquier otra cosa que no se pudiese percibir normalmente en otros mutantes, que por lo regular eran bendecidos con aromas frutales, florales, dulces, etcétera, que eran agradables de oler incluso para su propio portador. Todo lo contrario a lo que Donnie sentía hacia sí mismo; sentía que olía a… ¡no lo sabía! Pero era insoportable, y eso que él desde su nacimiento vivía en una alcantarilla.
Donnie sentía que su olor en estas fechas era desagradable a un nuevo nivel, insoportable… y era difícil de vivir con este. Porque, cuando no estaba en brama, Donnie no tenía un aroma específico, motivo por el cual a él le era mucho más fácil esconderse de otros mutantes, lo que había ayudado en el pasado.
Raphael, Leonardo y Michelangelo tenían aromas fuertes incluso en sus días más normales. Donatello por otro lado, apenas y olía a lo último que hubiese tocado, bebido o comido. Y hasta estas fechas, Donnie pensaba que aquello había sido una ventaja. Ahora daría lo que sea con tal de oler como cualquiera de sus hermanos.
Lo poco que Donnie ya sabía de su desafortunado escaño, era el equivalente a recibir una patada en sus testículos.
Entonces pensó: tal vez los mutantes epsilon no eran antisociales o asociales que se negaban a interactuar con otros por mezquinos y arrogantes… sino tal vez, tal como Donnie, sentían vergüenza de que otros pudiesen olerlos.
El olor era importantísimo entre los mutantes.
En este mundo, ya de por sí era bastante complicado encontrarse con alguien que pudiese adaptarse a ti en un mundo donde los humanos aún gobernaban; y no era fácil tener comunidades de mutantes que no peligrasen de ser encontrados; más aparte era todavía el doble de difícil encontrar a alguien que no te quisiera devorar una vez concluido el coito, y lo peor: era muy, pero muy complicado tratar evitar lastimar a aquellos que amabas y te amaban, en tu irracionalidad por buscar saciar aquel deseo carnal tan primitivo como lastimero.
Donatello Hamato tenía muuuchos problemas.
El primero: haber nacido como un mutante epsilon.
Los mutantes betas se quejaban demasiado; ellos creían tenerla difícil para encontrar una pareja, pobrecitos imbéciles.
Al parecer, aquellos como Donatello sólo les quedaba volverse locos y/o retorcerse del dolor que equivalía el rechazo social. Porque seguro sería por cómo olían cuando entraban en celo (en el caso de las hembras) o brama (en el caso de los machos).
¿Qué dama en su sano juicio tomaría a un amante que oliese tan mal como Donnie se percibía a sí mismo? Daba igual cuántas duchas tomase, o cuantas mentas comiese. Todo el tiempo sentía que apestaba. ¿A qué? Ni él mismo podría describirlo, pero lo odiaba. Le daba tanta vergüenza salir de su propio laboratorio que sus hermanos cada cierto tiempo tocaban su puerta para preguntarle si estaba vivo todavía; además de apiadarse de él y llevarle alimentos.
El segundo problema: Sólo una cosa hacía menos horrible su aroma… oler el de ella.
Como si fuese algún tipo de castigo divino; al universo no se le ocurrió mejor forma de atormentarlo que poner al alcance de su espantosa mano verde, la sombra desconocida de un ángel que poseía un exquisito olor a crema batida de frambuesa; como esa que recordaba haber probado en un pastel de cumpleaños, hace no mucho.
A veces, Donnie se hallaba a sí mismo oliendo insanamente su puerta cuando la percibía cerca. Cuando este le resultaba demasiado tentador, su mano se acercaba a la cerradura sólo para darse cuenta de que él mismo la había sellado por seguridad.
Seguridad a la poseedora de ese aroma.
Seguridad hacia sus hermanos.
Seguridad hacia su propia dignidad y cordura.
Se retorcía como un gusano sobre el suelo o sobre su cama cada cierto tiempo. Gruñía demasiado, siendo demasiado ruidoso. Él trataba de calmarse complaciéndose a sí mismo, pero poco a poco, estaba yendo al borde de un precipicio mental donde hasta su dignidad estaba yéndose de sabático.
«Lo necesito… la necesito… ¡Dios! ¡Por favor!» se revolcaba con dolor sobre la cama que usualmente estaba ahí para cuando no le daba la gana volver a su habitación luego de horas y horas de experimentos e investigaciones.
Ahora Donatello estaba ahí acostado porque no tenía de otra.
Sudando, ladeándose de un lado al otro; Donnie se sujetaba la cabeza, desprovista de su valiosa máscara morada. Apretaba tan fuerte sus puños sobre su cara, enterrándose sus propias uñas en su carne, que las palmas de sus manos comenzaban a sangrar. Sus dientes rechinaban. Su boca ya no podía retener la saliva que se le juntaba por el antojo.
El calor en su cuerpo estaba fundiéndolo desde adentro.
«Ya no puedo más… ¡ya no puedo más! ¡¿Cuándo va a parar esto?!» según sus cálculos, esto había empezado hace 5 días. Había empeorado hace 2 y había comenzado a oler esa dulce fragancia hace un tan sólo unas 13 horas con pocos minutos…
Quería salir. Quería averiguar de dónde provenía ese aroma tan apetecible que le impedía eyacular y sentirse tranquilo. Su pene estaba tan duro ahora que dolía; y dolía más porque ya estaba llegando a un punto en el que masturbarse, más que calmarlo, lo irritaba y le hacía ser más brusco consigo mismo. Sus manos ya no eran suficientes. Eyacular ya no era suficiente.
Maldita sea…
Su tormento se vio interrumpido cuando su puerta fue tocada un par de veces.
—¡Sigo vivo! ¡Largo! —exclamó, creyendo que era alguno de sus hermanos.
Ese aroma era tan enloquecedor que ya ni siquiera percibía a los chicos. No sabía si se trataba de Mikey, Leo o Rapha. Y ya le daba igual en realidad.
—Hola… ¿Donnie?
Esa voz…
Profundamente avergonzado, Donatello se tapó la nariz, pero no hubo caso, podía percibirla.
—¿Renet? —murmuró, tratando de hacerlo lo suficientemente alto para que ella lo oyese—. ¿Eres tú?
¿Hace cuánto no veía a la juguetona viajera del tiempo?
¡Un momento!
¿Renet era una mutante? Porque… ¡era ella quien olía así! Si Renet estaba al otro lado de su puerta, eso significaba que…
¡Oh, dios! Ahora se sentía en doble de asqueroso por haberse masturbado continuamente con su aroma… pero… ¿ella acaso no era humana? ¿Qué demonios estaba pasando?
Sus instintos y su lógica de nuevo estaban enfrentados. A uno le importaba un cuerno si Renet era realmente una mutante; él la deseaba. Y al otro lado le intrigaba la posibilidad de estar ante la presencia de mutantes con aspecto humano además de April.
—Perdóname… tus hermanos me dijeron que sólo aquí estaría a salvo… pero ahora no puedo evitar sentirme culpable… —su voz jamás le había sido tan melodiosa y suave—, ¿estás sufriendo… mucho? ¿Es mi culpa?
Sí. Y sí.
—¡No! —exclamó, tratando de evitar salivar demasiado—. Por favor, sólo… mantente lejos… estaré bien… aguantaré unos días más…
Unos días más.
Tres palabras que dolían mucho.
—Hasta que esto termine —finalizó de decir, casi agonizando.
La oyó suspirar. La oyó a la perfección. Casi podía incluso oír los latidos de su corazón.
—Donnie… yo… yo estoy igual —susurró ella, casi anhelante.
Ay no… ¡no! ¡No! ¡No!
—Por favor… abre la puerta… yo… realmente quiero… quiero…
Jesucristo.
La estaba imaginando al otro lado de su puesta; temblando; estremeciéndose; sudando; mojándose.
¡¿Pero en qué estaba pensando?! ¡¿Acaso Renet no era la exnovia de Mikey?! ¡¿Qué clase de imbécil sería si se revolcase con ella?! Aunque a sus instintos aquello le importase un cuerno, a su cada vez más silencioso lado decente, le hacía ruido el lazo que hubo alguna vez entre su hermanito y Renet.
Pero… ¿realmente fueron novios?
De pronto a su lado instintivo le fastidió el pensar que Mikey pudo haberla tocado primero. Su lado lógico llegó y le pateó el trasero: ¿y qué habría de malo si así fue? Tú no mandas sobre ella. Pero los instintos no se callaban: oh, déjame salir y me aseguraré de marcarla.
¡Ya basta!
—No creo que estés pensando con claridad —le dijo Donnie, con la garganta apretada, sabiendo que las posibilidades de equivocarse sobre eso eran nulas, pero también, lamentando estar dejando ir su única posibilidad de sentir algo de alivio carnal—, vete, Renet.
—Por favor… —gimió ella.
Donnie apretó sus manos sobre su cara.
—Te lo suplico, déjame entrar… yo… en verdad quiero… te… te quiero, Donnie.
¿Dónde estaban sus hermanos?
¡¿Dónde estaba Mikey?!
Entendía que esos malditos idiotas, a diferencia de él, tuviesen parejas con quienes pasar esta temporada, ¡¿pero cómo en nombre de todo lo sagrado dejaban a Renet (¡en celo!) sola con él estando tan cerca?!
Seguro creen que no eres lo suficientemente hombre para follarla.
¡¿Qué?!
No… ¡no! ¡Ellos no pensarían eso!
¿O sí?
«Debo dejar de pensar tanto» se siguió lamentando.
Entonces ella lo interrumpió de nuevo.
—Donnie, te lo suplico, quiero que me tomes; que me hagas tuya —suplicó Renet, rasgando sus uñas sobre la puerta.
Esto no estaba bien…
Donatello ya no estaba oyendo a su voz de la razón. Ahora sólo podía oírla a ella… a ella pidiendo por él.
…
Renet Tilley también tenía problemas…
Ella, estaba completamente vencida por su desafortunada suerte y sus nada colaborativos instintos de mutante gamma, que se hallaba rogando por algo de atención de un chico que hasta hace poco había considerado sólo un amigo, alguien de valor incalculable que merecía ser amado después de aquel momento en el que su corazón se rompió ante el rechazo de su primer crush.
No tuvo mucho tiempo aquí cuando Mikey se lo había dicho, pidiéndole no ser indiscreta con la información. April al final había decidido estar al lado de Casey Jones, su actual novio. Y eso a Donnie por un tiempo no le sentó nada bien; claramente le costó mucho recuperarse de aquel golpe a su corazón.
¿Y ahora ella quería llevárselo a la cama solo para saciar un instinto primitivo?
Mikey, su único guardián… ¿por qué él la había dejado sola?
La respuesta era: su novia, la kunoichi Shinigami había llegado de pronto y se había llevado a Mikey sin darle a Renet siquiera una mirada.
Ser una mutante cambia-forma como Karai no sólo le había traído ventajas en combate, sino sus desventajas en temporadas como esta. Como todas las hembras mutantes, ella también había entrado en celo.
Entre lo poco que Renet sabía de Shinigami, estaba que ella se había ganado limpiamente el noble corazón de Mikey. Y que se transformaba en una mutante de aspecto de cocodrilo de color negro que podía andar en dos patas o en cuatro.
A Renet le agradaba que, al fin, después de tanto, Mikey decidiese dejar ese pequeño flechazo que tenía hacia ella y se enamorase por sí mismo de alguien que pudiese protegerlo. Mikey no destacaba por ser un ninja indefenso, pero en sus sentimientos, él merecía ser protegido.
Ella siempre lo vio como un amiguito, o hasta como un hermanito; sí, por un segundo Renet se preguntó cómo sería hacer una pareja con él, y el resultado no la convenció. Él era un buen chico, pero no era para ella.
Irónicamente ahora se encontraba sola gracias a que Shinigami se había enterado de que ella estaba en la guarida de los hermanos, sola, con su Michelangelo… cosa que no le hizo ni pizca de gracia. ¿Rapha y Leo? Ni idea; habían salido desde hace horas.
Desde que llegó a la guarida, un sutil aroma a pino fresco (como el detergente) le llamó mucho la atención, y le gustó. Desde antes de encontrarse, Renet pudo percibir a los tres hermanos, pero ese aroma no era de ninguno de ellos.
Los hermanos tortugas, ahora todos ellos hechos adultos, la encontraron vagando en las peligrosas calles de Nueva York, la protegieron, en su desafortunado salto en el tiempo fallido que, al menos, la había dejado en un lugar conocido antes de que su cetro se quedase sin energía… y la habían trasladado a su guarida, prometiendo que estaría a salvo ahí hasta que Donatello pudiese… estar disponible… y ayudarle a darle mantenimiento a su cetro del tiempo.
Donatello. Él faltaba; y el aroma que percibía desde su laboratorio era tan intenso y estimulante que podía sentir que estaba a punto de ronronear como gata en celo.
Sin desearlo, se vio a sí misma en su recorrido por la guarida, girando su cabeza de lado en lado en busca de algo que le dijese que no estaba volviéndose loca. Al cabo de unas horas donde los hermanos estaban en perfecto control a su alrededor, Leo fue el primero en tener que irse ante la alerta de un villano tratando de robar un banco. Después Rapha se fue diciendo que no quería estar más tiempo encerrado. Así que Mikey se quedó solo con ella, para después tener que irse con su novia, quien seguramente estaría asegurándose de volver marcarlo como suyo; cosa que para Renet estaba perfecto.
De cierto modo, a Renet le había dado miedo preguntar por Donatello dado a que los hermanos no lo habían mencionado mucho de él, desde que ella llegó. Pero cuando se quedó sola, comenzó a oírlo a medida de que aquel aroma pino fresco (sí, como el aromatizante) invadía su olfato y su cordura.
¿Ella era una mutante? Sí… pero…
Pero era una mutante que, se supone, debía ser más bien una mutante experimental que aún conservaba su aspecto físico humano; todo con el objetivo de ayudarla a estabilizar sus poderes. Esto del celo no debería ocurrirle, pero le estaba ocurriendo, y no había nada que Renet pudiese hacer. Si saliese de la guarida de los Hamato, seguro sería carne fresca para un montón de mutantes más.
Pero ya no podía resistirlo. Necesitaba… quería… rogaba, porque Donatello abriese la maltita puerta y la dejase entrar.
Ellos eran amigos, aliados… ¿qué pasaría con su relación después si se encontraban sexualmente ahora? A Renet ya no le importaba.
—Donnie —seguía rogando como una idiota al otro lado de la puerta—. Te quiero… —apretó sus piernas sintiendo su propia humedad mojar más sus pantis y el interior de sus piernas—, te quiero tanto que me duele.
No estaba acostumbrada a retener aquel insoportable deseo porque era la primera vez que pasaba por este. Ese comportamiento tan vulgar era imposible de retener. Una de sus manos rozaba frenéticamente su vagina sobre su ajustada ropa en busca de darse algo de alivio, y la otra quería sellar sus labios porque era incapaz de dejar de gemir en alto con las claras intenciones de llamar la atención del mutante encerrado en su laboratorio.
—Donatello —un espasmo la hizo gemir alto y vergonzoso cuando sus dedos presionaron fuerte su centro. «No puedo caer más bajo» se decía con lo poco de decencia que le quedaba. ¿Qué estaba haciendo? Era una invitada aquí y estaba haciendo el ridículo.
Comenzando a rendirse, ella pegó su sudorosa frente sobre la puerta, la cual se abrió de golpe.
Renet estaba apoyada sobre la puerta, por lo que, cuando estaba se abrió, ella cayó, sin oponer resistencia, sobre la fuente de aquel fresco aroma a pino; inhaló profundo, cerrando sus ojos; degustándolo. Quiso lamerlo. Beber de él.
No podía beber del detergente, moriría, pero podía beberlo a él.
—¿Qué haces? —gruñó Donatello, sujetándola de los hombros, apartándola.
Él era incluso más alto que sus hermanos; menos musculoso que Rapha y Leo, pero con un poco más de masa muscular que Mikey. ¿Cuánto? ¿Dos metros? Un montón de ideas sucias pasaron por su cabeza. ¿Podría penetrarla en el aire poniendo cada uno de sus magníficos brazos abajo de sus rodillas, subiéndola y bajándola sobre su verga? ¿Sería posible eso?
—Estoy oliéndote —respondió anhelante, sonrojada hasta el punto en el que ella sentía su cara arder.
—No deberías, yo no… —musitó, ¿apenado?
—Déjame —sin poder resistirse, ella se zafó de su agarre y se abrazó a él, pegando su rostro sobre su abdomen, el cual se sentía firme y caliente.
—Renet… por dios… ¿dónde están mis hermanos?
Ella alzó la cabeza y se encontró con sus ojos. Avellana, casi de dorados… tan tímidos, pero al mismo tiempo tan ansiosos. Él la deseaba; eso era todo lo que Renet necesitaba saber.
—Al diablo con tus hermanos —espetó—. Bésame —ordenó subiendo sus manos al cuello de él, sintiendo una suavidad imposible.
Él al parecer dejó de resistirse porque aceptó su deseo sin replicar. Bajó su cabeza para alcanzar sus labios con los suyos. Ella gruñó complacida, profundizando el acto usando su lengua, encontrando sin problemas la de él. Renet no quiso postergar lo que anhelaba ni un segundo más por lo que comenzó a desprenderse rápido de su ropa, él ya estaba desnudo; y más que listo… duro, para ella.
Donnie la dejó pasar sin dejar su rostro, el cual sujetaba con una delicadeza imposible de creer en alguien de su tamaño. Renet desabrochó su sostén y lo lanzó lejos, su traje era de una sola pieza, por lo que tuvo que requerir más libertad de movimiento.
Apenas dejaron de besarse, Donnie fue de regreso hasta la puerta para cerrarla bien, arrojando las llaves, mientras ella se desprendía por completo de su atuendo, el cual ella pateó junto con sus bragas. Renet se dio vuelta sólo para recibir a Donatello, que tomó el control, besándola y llevándola hasta su cama donde la hizo acostarse (teniendo cuidado de no aplastarla) y abrir sus piernas para que él pudiese acomodarse entre ellas.
—Estás tan mojada, Renet —musitó rozando sus labios, estremeciéndose al sentir su húmeda intimidad sobre la punta de su pene.
—Entra, por favor, entra —suplicó ella, apoyándose con sus pies sobre el colchón, para mecer sus caderas e incitarlo a obedecer.
—¿Ahora? ¿No deberíamos…?
—¡No! ¡Nada de juegos!
Él pareció sorprenderse por su ansiedad, pero tampoco es que quisiera discutir mucho al respecto.
—Por favor, dime… si te lastimo —pidió, temeroso, comenzando a entrar.
—No lo harás —exhaló Renet, recibiéndolo poco a poco; soltó un grito, cuando sin previo aviso su cuerpo se estremeció, al sentir un inesperado orgasmo—. ¡Dios mío!
Donnie por su parte se tensó, aferrándose a las sábanas debajo de ella. Entrando por completo de golpe, haciéndola temblar y removerse.
—¡Mierda! —exclamó ella, aruñando sus brazos, arqueando su espalda hacia arriba, y su cabeza hacia atrás, hundiéndose en su almohada.
Él casi terminó también; el interior de Renet lo apretaba tanto (por sí era demasiado estrecha) que le costaba no moverse con la desesperación que lo carcomía. No era capaz ni de hablar. Ni siquiera sentía dolor ante los aruñazos de Renet. Su aroma, su calidez, su humedad, su abrazo íntimo…
—Muévete, muévete —pidió Renet tratando de mover sus temblorosas piernas, pero al parecer, sin poder hacerlo.
Una vez que pudo tomar el control sobre sí mismo, Donnie comenzó a impulsarse de adentro hacia afuera, usando una fuerza mínima para un mutante tan pesado como él.
—¡Más fuerte! ¡Más fuerte!
Apretando aún más las sábanas, Donnie no quiso perderse por completo, pero le fue imposible no hacerlo. Se dejó llevar, comenzó a empujar tan fuerte y rápido como ella podía. Los gritos de Renet lo impulsaban a ser más agresivo. A querer introducirse tan adentro como le fuese posible.
—¡Donnie!
—¡Renet!
Apoyándose sobre la cama con el brazo izquierdo, Donnie usó el derecho, para abrazarla posesivamente sin perder ritmo. Afortunadamente, parecía que Renet era menos frágil de lo que él se hubiese imaginado.
—Te sientes tan bien, tan húmeda —decía él extasiado—, tan mía, ¡tan mía!
—¡¿Tuya?! —preguntó ella, ansiosa por recibir una respuesta positiva.
—¡Toda mía!
Al cabo de un tiempo un tanto prolongado en ese desenfrenado vaivén, Renet volvió a tener un orgasmo, aprisionando con tanta intensidad el miembro de Donnie, que este se corrió justo después, adentro, tanto como le fue posible llegar con un último empuje.
Inesperadamente para él, su miembro se anchó adentro de Renet, lo que la hizo gritar más, pero no de dolor. Él se quedó quieto mientras terminaba, haciendo un sonido gutural que indicaba lo mucho que se había esforzado por no salir ni un centímetro de ella. Y no era recomendable hacerlo ahora, su miembro prácticamente se había aferrado al interior de Renet, era muy probable que de obligarse a salir, le haría mucho daño.
«No sabía que los epsilon también podíamos hacer esto» pensaba Donatello, con lo poco que le quedaba de raciocinio, al percatarse de que, al igual que pasaba con los alfas, al terminar adentro de una mujer su miembro se ensanchaba un poco más, y tardaría un poco en poder salir de ella. Era extraño, las veces que él se masturbó no había notado que su miembro hiciese eso… tal vez debería investigarlo, mayormente para ayudar a otros epsilons a conocerse.
Pero eso no parecía ser un problema para Renet, que, para su sorpresa, estaba sonriendo, aliviada, tanto como él.
—Qué bien se siente —musitó ella temblorosa, con sus ojos cerrados; satisfecha; pero él la veía con atención.
Renet, por alguna razón, respiraba y exhalaba sin esfuerzos. Si su aroma le desagradaba a ella tanto como a él, no parecía demostrarlo.
¿Por qué?
Agitados, ambos se quedaron unidos en aquel abrazo, hasta que el miembro de Donnie comenzó a abandonar el interior de Renet; ella, entre eróticas respiraciones entrecortadas, soltó una exhalación placentera, sintiendo como su cuerpo ya no podía retener aquella combinación de esencias que se había dejado en su interior.
—Perdóname… —se disculpó él, temblando, ahora sintiéndose culpable de repente—. No debí hacerte esto, tuve que controlarme más. Yo… lo siento.
Borrando su sonrisa, ella abrió sus lindos ojos, mirándolo desde abajo.
—¿Tan mala fui? —preguntó, viéndole notablemente triste y quizás humillada.
—¡No! Tú estuviste increíble… eh… yo, perdón… no quería decir eso… no quiero decir que no lo piense, es sólo que… que estúpido soy —tartamudeando, Donnie trató de levantarse, pero no encontró las fuerzas para hacerlo—, es que, no puedo evitar pensar que me he aprovechado de ti…
—Mmm, ¿es válido que yo también sienta eso?
—No lo sé —respondió algo que usualmente le dolía decir. Él estaba acostumbrado a siempre saber las cosas—. Perdóname… y… creo que deberías bañarte…
Donnie odiaba su aroma. Ahora lo percibía demasiado. Contaminando el de ella.
—No creo que podamos embarazarnos —respondió ella, siendo lo más lógico. Renet una humana, él una tortuga mutante con aspecto semi-humana…
—No me refiero a eso… es que… yo… —bajó la mirada hacia su cuello, tratando de no ver sus pechos, los cuales podría lamer si tan solo no se sintiese tan apenado.
—¿Qué pasa entonces?
—No quería ensuciarte… —Donnie sintió su cara arder—, ahora te hecho oler igual de mal que yo… pero si te bañas, seguro volverás a la normalidad.
—¿Mal?
Para su sorpresa, Renet se alzó un poco con ayuda de sus codos e inhaló profundo, cosa que le hizo sentirse demasiado inseguro.
—A mí me gusta.
—¿Qué? —gruñó, estupefacto. Sin poder creerlo.
—Sí —respondió con sencillez, volviendo a olerlo sin una pizca de sentirse asqueada.
—Creo que tu olfato está mal —insistió él; y es que para Donnie era imposible que tal pestilencia fuese tolerable, o siquiera agradable, para Renet.
—¿Qué tiene de malo? —ella lo miró confundida.
—A mí… no me gusta. Siento… me siento sucio… yo, no sé cómo explicarlo.
De nuevo, no sabía explicarse. Ella frunció el ceño un poco más.
—Mmm, creo haber leído en mi tiempo, que los mutantes epsilons usualmente no perciben sus aromas como otros lo hacen.
—¿Hay más información sobre los epsilons en tu tiempo? —preguntó esperanzado, e interesado por lo que acababa de oír. Ella asintió con su cabeza—. ¿Y… qué más hay sobre eso? Porque… a mí no me gusta olerme.
—Ese es el detalle interesante; según lo que sé, los epsilons, cuando no están en celo o brama, no poseen un aroma específico a menos que tengan contacto con algo o alguien que sí lo tenga —explicó con tanta dulzura y calma que Donnie quiso creerle—, pero cuando pasan por su temporada de apareamiento, no importa qué tan bueno sea para otros, ellos perciben sus propias esencias con desagrado porque no están acostumbrados a estos… no creí que fuese posible. ¿A qué crees que hueles? —inquirió ella con una adorable curiosidad que le hizo sentirse apenado.
—No lo sé. Pero no me gusta.
—Bueno… yo… —volvió a inhalar profundo, y Donnie tuvo mucha curiosidad—. Huelo aromatizante de pino.
—¿Qué diablos es eso? —gruñó sin poderse detener.
¿Aromatizante? ¿En serio? ¿De esos que la gente compraba para “aromatizar” sus casas? ¿Qué locura era esa?
Él no pudo evitar preguntarse qué tipo de locos querrían tal peste en sus hogares. No estaba familiarizado con el aromatizante. Donnie sabía lo que eran muchos químicos y aunque había oído eso del “aromatizante de pino” jamás le había llamado la atención comprarlo o tener algún tipo de contacto con eso, o con los aromatizantes en general; y sus hermanos menos, ellos con esfuerzos limpiaban sus cuartos con agua y jabón.
—Es un químico que huele… pues a pino —se rio, luego sonrió algo tímida—, y a mí siempre me ha gustado su olor —usó una de sus pequeñas manos para acariciar su rostro—. Tú hueles así, y me gusta mucho; podría olerte todo el día. A diferencia de mí… soy demasiado dulce, como uno de esos que deberían envolver en un plástico y no sacar jamás —ella hizo una encantadora mueca de molestia.
Ante la ironía de que ambos encontrasen desagradables sus propios aromas, pero no los del otro, Donnie sonrió, destensándose más de lo que creyó posible; dejando caer su cabeza contra la almohada, a un lado de la cabeza de Renet.
—Me gusta cómo hueles, Renet —confesó él, creyendo que debía ser honesto con ella—. Me gusta mucho.
Ambos se quedaron en silencio por un rato, hasta que ella se removió.
—Donnie… —susurró Renet, soñolienta.
—¿Mmm? —él estaba a punto de quedarse dormido, por primera vez en días, sintiéndose en paz.
Él frunció de pronto el ceño, sintiendo cómo la mano de Renet se colaba entre ambos cuerpos y acariciaba con cierta gentileza su miembro.
—Quiero más…
—…—
Gracias por leer; ¿comentarios?
PROHIBIDO DESCARGAR/IMPRIMIR PARA SU VENTA (la autora condena todo tipo de acto ilícito de este tipo y se procederá legalmente en caso de suscitarse el caso). / FAVOR DE NO RE-SUBIR A NINGUNA PÁGINA (todo acto de ese tipo será considerado como plagio). / NO TRADUCIR SI NO SE HA PEDIDO EL PERMISO CORRESPONDIENTE. Seamos honestos y educados; este trabajo es únicamente para entretener y no se busca lucrar con este de ningún modo.
—Gracias por su atención.