Capítulo 1: La Llamada de la Muerte
Tras el desplome final de Voldemort, el mundo alrededor de Harry Potter parecía desvanecerse en el caos de la victoria y el dolor de la pérdida. Sin embargo, para Harry, el tumulto exterior cayó en un silencio sepulcral cuando la oscuridad lo envolvió, tragándolo entero. En lo que le pareció apenas un parpadeo, se encontró despertando en un lugar que distaba mucho de la devastación de Hogwarts.
Yacía en un diván al estilo romano, bajo un techo azul tachonado de estrellas doradas que brillaban con una luz propia, iluminando suavemente el salón en el que se encontraba. La estancia, hermosamente adornada, parecía sacada directamente de un mito griego, con columnas de mármol que se elevaban hacia el firmamento artificial, su superficie pulida reflejando la tenue luz estelar. Tapices que narraban historias de héroes y dioses, bordados con hilos de oro y plata, adornaban las paredes, sus colores vibrantes contra el mármol blanco. En el centro del salón, un fuego etéreo danzaba en un hogar sin humo, su calor acogedor a pesar de su apariencia etérea. Sobre una mesa de piedra tallada, objetos misteriosos parecían flotar ligeramente sobre su superficie, sus sombras danzando en las paredes como si estuvieran vivos.
Intrigado y cauteloso, Harry se levantó del diván. Su cuerpo no mostraba signos del agotamiento y las heridas que había sufrido en la batalla. De hecho, se sentía más revitalizado de lo que jamás recordaba, como si una fuerza misteriosa lo hubiera curado por completo durante su breve paso por la oscuridad.
Fue entonces cuando lo vio. Frente a él se encontraba un ser cuya presencia era tan abrumadora como la sala misma. Este hombre, si es que se le podía llamar así, era la personificación de una belleza andrógina tan perfecta que resultaba casi perturbadora. Alto, con la piel blanca como la porcelana y labios tan rojos como las cerezas más maduras, emanaba una aura que Harry encontró tanto cautivadora como intimidante.
“Harry Potter”, pronunció el ser con una voz que resonó por el salón, melodiosa y profunda. “Bienvenido al umbral entre la vida y la muerte.”
Harry, aún tratando de asimilar su entorno y la figura ante él, tardó un momento en responder. “¿Quién eres?“, preguntó, su voz firme a pesar de la incertidumbre que sentía.
La figura sonrió, su gesto transmitía una serenidad casi sobrenatural. “Me conocen como Hipnos, aunque ese término apenas roza la superficie de mi existencia. Soy el guardián de los sueños y el mensajero de los destinos, aquel que teje los hilos del sueño y la muerte.” Su presencia era calmada, un reflejo de la tranquilidad eterna del sueño profundo, su tono llevaba la promesa de descanso... y de algo más.
“Sí, Hipnos”, Harry repitió, probando el nombre.
“Te he traído aquí porque un mundo llamado Westeros clama por un héroe. Es un lugar desgarrado por el conflicto, donde casas nobles luchan por el poder en un juego peligroso de tronos, y una amenaza mayor se cierne en el horizonte, una que podría traer una noche eterna sobre su tierra. Este mundo necesita de alguien con tu corazón y tu fuerza para guiarlo hacia un futuro mejor.”
Harry escuchaba, la descripción del mundo de Westeros despertaba en él una mezcla de curiosidad y temor. La idea de sumergirse en otro conflicto después de todo lo que había vivido parecía abrumadora, pero la oportunidad de hacer una diferencia, de cambiar otro mundo para mejor, era algo que no podía ignorar fácilmente.
“Sin ti, Harry Potter, el trono de hierro caerá en manos equivocadas, la casa Stark será destruida, y los horrores inimaginables del invierno eterno consumirán a Westeros. La caída de la casa Stark y la ascensión de Robert Baratheon al trono son solo el principio de una cadena de eventos que deben ser alterados. Sobre todo, es crucial el renacimiento de los dragones, símbolos de poder y renovación, que podrán unir a los reinos contra las sombras que se avecinan.”
Harry frunció el ceño, procesando la magnitud de la tarea. “¿Y cómo se supone que haga todo eso?”
Hipnos le ofreció una sonrisa tranquilizadora. “No estarás solo en este empeño. Cuando realmente lo necesites, podrás encontrarme en los árboles de los antiguos dioses, donde las raíces profundas tocan el corazón del mundo. Ahí estaré para guiarte.”
“Si acepto,” comenzó Harry, su mirada firme en la de Hipnos, “quiero recordarlo todo. Mi vida, mis amigos, mi magia. Todo. Y... quiero una familia. Algo que nunca realmente tuve. ¿Puedes darme eso?”
Hipnos sonrió, su expresión era de comprensión y gentileza. “Así será, Harry Potter. Recordarás tu vida pasada, conservarás tu magia, y te daré una familia, una que te amará como si fueras uno de los suyos. Estas serán tus condiciones, aceptadas y concedidas.”
Con un suspiro de alivio y determinación, Harry extendió su mano y la colocó sobre la de Hipnos. “Aceptaré tu oferta. Llevaré tu mensaje de esperanza a Westeros y haré todo lo posible para ser digno de esta segunda vida.”
La sonrisa de Hipnos se amplió, y en un abrir y cerrar de ojos, el salón desapareció, dando paso a un nuevo mundo de posibilidades.
Antes de que Harry tuviera tiempo de procesar plenamente su nueva realidad o preguntarse dónde exactamente lo había llevado su acuerdo con Hipnos, una sensación abrumadora lo invadió. Era como si estuviera siendo presionado por todos lados, atrapado en un tubo estrecho y sin escape. La experiencia le recordaba vagamente a la aparición, aunque esta vez era dolorosamente lenta y desconcertantemente física. Podía sentir la presión sobre su cuerpo, compactándolo, empujándolo hacia adelante en un ritmo constante y obstinado.
La claustrofobia amenazaba con apoderarse de él, cada pulgada de avance se sentía eterna, y el aire parecía faltarle en este estrecho pasaje. Pero entonces, una voz, distante y amortiguada, llegó a sus oídos, proporcionando un ancla a la realidad que se desplegaba ante él.
“Ya casi, mi Señora, puedo ver su cabeza,” decía la voz de una mujer, cargada de tensión pero también de una anticipación esperanzadora. La frase era surrealista, flotando hacia él a través de la densa neblina de su tránsito.
Y entonces, como si las palabras fueran la última pieza de un rompecabezas que necesitaba para entender, Harry lo captó todo. Estaba naciendo. De alguna manera surrealista y extraordinaria, su viaje a Westeros exigía no solo un cambio de mundo sino también de forma, empezando de nuevo desde el principio más literal. “Supongo que de alguna manera tenía que llegar a este nuevo mundo,” se dijo a sí mismo, intentando aferrarse a ese pensamiento mientras el proceso de nacimiento se desplegaba alrededor de él.
Las paredes que lo presionaban comenzaron a ceder, la luz, aunque tenue y borrosa, empezaba a filtrarse a través de sus cerrados párpados. El frío aire del mundo exterior rozó su piel por primera vez, una sensación aguda y chocante tras el calor constante que lo había envuelto hasta ahora. Con una mezcla de alivio y asombro, sintió cómo era suavemente liberado de su confinamiento, pasando de una existencia solitaria y apretada a un espacio abierto donde podía moverse, aunque de manera torpe y limitada.
La transición fue abrumadora, un torrente de sensaciones nuevas y desconocidas lo inundó, desde el aire fresco llenando sus pulmones hasta el tacto de manos amables pero firmes que lo sostenían. Aunque su mente adulta luchaba por asimilar esta experiencia, su nuevo cuerpo respondió de manera instintiva, con un llanto fuerte y vital, anunciando su llegada a este nuevo mundo, a esta nueva vida que Hipnos le había prometido.
Mientras Harry se aclimataba a su nueva realidad, siendo apretujado y presionado en su inesperado viaje hacia la vida, el proceso de nacimiento llegó a su culminante final. Liberado finalmente de la estrecha prisión que lo había contenido, fue recibido por el mundo exterior con una mezcla de sensaciones abrumadoras. Entre ellas, una en particular destacaba: el cálido y seguro agarre de los brazos que lo sostenían.
Estos brazos pertenecían a Lyarra Stark, su madre en este nuevo mundo, que lo miraba con ojos llenos de amor incondicional y asombro, como si él fuera el ser más hermoso que jamás hubiera visto. Su mirada era una mezcla de alegría pura y maravilla, una bienvenida silenciosa pero elocuente a la vida y a la familia Stark.
“Su nombre será Hadrian Stark,” declaró con voz firme pero llena de cariño, sellando su identidad y su destino en este mundo. La elección del nombre resonaba con una promesa, una conexión no solo con su pasado como Harry Potter sino también con su futuro en Westeros. Hadrian, un nombre que llevaba consigo la esperanza de Hipnos y la expectativa de una vida llena de posibilidades, desafíos y, tal vez, de redención y felicidad.
La proclamación de su nombre por parte de Lyarra marcó el comienzo de su nueva vida, una vida donde era Hadrian Stark, hijo de Lyarra y parte de una familia que lo amaría y lo valoraría por sí mismo. Mientras era sostenido en los brazos de su madre, Hadrian Stark (antes Harry Potter) sintió un profundo sentido de paz y pertenencia. Por primera vez en mucho tiempo, se permitió creer en la posibilidad de un nuevo comienzo, de una vida donde podía ser más que el niño que vivió, más que un héroe de guerra. Ahora, tenía la oportunidad de ser un hijo, un hermano, y quizás con el tiempo, mucho más.