᯽I ᯽
A Cupido:
Traspasar mí empedernido
corazón con tus arpones
intentas, rapaz Cupido:
Si me tiraras doblones,
Ya lo hubieras conseguido.
De Arroyal, León. Los epigramas. 1784
× × ×
Un símbolo que ha sobrevivido desde la antigua Roma hasta nuestros contemporáneos días, siendo usado como un icono en el clásico 14 de febrero, una imagen que es fácil de reconocer, pero que a la larga seguía quedando como algo imaginativo.
Cupido, era bien conocido en el mundo del amor como aquel que heria a la gente para enamorarla o en un efecto contrario contrarrestar ese complejo sentir.
Nadie en la faz de la tierra tenía idea, algún indicio de que aquel ser existiera realmente en físico, sólo por el hecho de ser algo meramente un mito. La verdad es que aquel ser alado era real, pero los ojos mortales no le podían ver y no necesitaban de todos modos.
Así como Eros era el equivalente de Cupido en la mitología griega, Giorno Giovanna era el Cupido de turno, nacido de sus padres también herederos de sus antecesores, el áureo muchacho representaba el amor travieso y ciego y aunque en su actualidad su entorno se viera demasiado distinto, lleno de edificios, ruido, gente con ropa "extraña", tecnología por todos lados, el muchacho vestía con lo único que había llegado al mundo.
Su desnudez.
Hermoso como su madre y audaz como su padre. El hijo de aquellos, tenía un pequeño defecto, y eso era, el de tener un poco de carencias en su raciocinio, nada que no fuera fácil de manejar, pero que, a veces le abochornaba, por las acciones medianamente ridículas en las que lo hacían meterse. Su encanto natural no era lo único que lo acompañaba, un arco con una aljaba llenas de flechas de oro le adornaban como sus únicas herramientas de trabajo, estaban divididas en dos grupos: Unas con punta de plomo para sembrar el olvido y la ingratitud en los corazones y las otras, siendo totalmente de oro para conceder el amor, así pues también sobre los hermosos ojos de Giorno, una venda de fina tela le obstruía su vista, pues es bien sabido, que, el amor no ve el mérito o demérito de la persona a quien se dirige, ni sus defectos, mientras se fija en ella.
Cabe mencionar también, que nadie era inmune a sus flechas, incluso él mismo.
Hasta que algo muy raro pasó, algo que a "cupido" lo tenía preocupado.
× × ×
Actualmente al símbolo del amor le aquejaba un problema que ponía su mente en un torrente de ideas que no entendía, simplemente la poca lógica no le alcanzaba para disipar la nube de dudas.
Escondido en un bosque casi no transitado lejos de todo el ambiente urbano, en un quiosco construido al nombre que le precedía <<Cupido>> nuestro muchacho rubio se escondía, literalmente aquel lugar había sido escogido por él mismo, como un hogar. Giorno, acostado con grácil forma sobre la estatua en su nombre, rogaba a su madre razón de su mal sin recibir respuesta alguna, harto de solo pedir al silencio, decidió levantarse e ir al lago que adornaba tan enorme lugar, había escogido caminar hacia los márgenes de tan bella creación natural, sin prisa, con un aura vacilante, Giorno se dejaba envolver por el buen clima que aquel día le ofrecía, el suave viento acariciándole, el trinar de los pájaros deleitándole, y los rayos del sol bañando cada hebra de su dorada cabellera.
Al llegar a su destino, su atención se centró en los nenúfares que sabia, ahí flotaban, la existencia de aquellas plantas eran de su conocimiento por pura mera coincidencia, sus ojos podían estar privados de la vista para su entorno, figurándose la mayoría de las cosas y, a su vez, sacando información de lo que, con mucha atención escuchaba de las platicas de los transeúntes, pero obviamente, para su trabajo aquel pedazo de tela se volvía hasta cierto punto transparente dejándole vislumbrar a su víctima o a su beneficiario.
A Giorno le agradaba la naturaleza, de hecho, era su segunda cosa favorita además de atravesar a los mortales con una de sus múltiples armas, sin miedo, tomó lugar en la orilla, descansado todo su cuerpo en la frescura del pasto, colocó su diestra como si fuera una almohadilla y sobre su brazo dejó descansar su mejilla para después, dejar su zurda hundirse en las aguas del lago, jugando un poco con el liquido logrando que las pequeñas flores sobre las hojas se balancearan.
—No logro comprenderlo, mi madre no me responde, mi padre... no es un camino fiable, mi... medio hermano se encuentra lejos, y este mal no cesa —se quejaba en voz baja moviendo su brazo dentro del agua— Es imposible, tengo el don de que nadie es inmune a mis flechas, pero aquel muchacho... no quiere ceder —se quejaba con preocupación.
De aquel quien se quejaba el ser alado, era un joven muy simple con gustos agradables, su nombre era Guido Mista, según el destino, el rubio debía herir aquel humano con una de sus flechas doradas para que este se prendiera de su mejor amiga Trish Una. Al principio, le pareció haber fallado, y aunque sabía que eso era erróneo, con mas confianza apuntó en una segunda oportunidad, a un lugar mas certero en el cuerpo del muchacho, soltando otro proyectil, ¿el resultado final?
El azabache seguía como si nada, no había rastros de que el amor naciera en él, ni uno solo, fue ahí cuando Giorno pudo experimentar por primera vez la angustia de un trabajo fallido.
—No hay razón para volver a fallar, mañana, Mista tendrá que ceder -dictó con orgullo, pues tenía plena confianza en sus habilidades a pesar de la pequeña pérdida. Giorno siguió auto animándose por un largo tiempo hasta quedar profundamente dormido, importándole poco si ese día tenía cosas que hacer, ya que el muchacho creía con solidez, que primero tendría que acabar con la pequeña piedra que representaba Mista en su camino, para poder tener su mente en blanco.
De pronto, aquel profundo y dulce sueño que lo aislaba de su problema, se vio interrumpido por el ruido del pasto siendo pisado con frustración, dio un respingo parándose de golpe, su defecto de nacimiento le hacia creer a veces, que podía ser visto por la gente común y corriente, dio un pequeño bufido molesto, pues siempre se le hacía estúpido el hecho de que se le olvidara su capacidad de ser invisible.
Ya más calmado, se paró de su lugar y con una expresión grácil, siguió el ruido de las zancadas de quien sea que se acercara al lago, algo muy extraño, pues ese lugar estaba visiblemente casi olvidado, estaba listo y ansioso por saber que tipo de nueva información podría obtener. Según lo que su oído le enseñaba, estaba cerca de su objetivo, pero el silencio repentino y el sentir de un presentimiento raro en su pecho le hacían dar a entender, que su visitante había visto algo, haciéndole parar en seco, entonces, el rubio detuvo también su andar, curioso, se quedó donde estaba tratando se entender por puro sentido común que era lo que pasaba o al menos acercarse un poco, tan pronto como su calmada y llena aura de curiosidad se asentaban, una voz formuló una pregunta que a Giorno le hizo temblar por la naturaleza de esta, conocía bien aquel timbre, se podría decir que en pocos segundos se lo había grabado, justo enfrente de él, separado por un par de pisadas se encontraba el muchacho dueño de sus pesares y por ende, el propietario de aquel estruendoso sonido.
— ¡¿Q-q-q... —tartamudeaba el de ojos obscuros retrocediendo unos centímetros por lo que sus ojos percibían, tomó una bocanada de aire y después, dejó salir bien su pregunta en un buen grito— ¡¿QUIÉN DEMONIOS ERES TÚ?!
× × ×








