Prólogo
—Hemos llegado, señorita.
Tras no obtener respuesta alguna a su aviso, el conductor miró por el espejo retrovisor y entornó los ojos para enfocar a la joven sentada en la parte trasera del vehículo. Resopló. Ni siquiera se había enterado.
—¡Señorita! —alzó la voz sin miramiento—. Esta es su parada.
La muchacha dio un respingo en el asiento al escuchar aquella repentina exclamación. Miró alrededor algo confusa antes de contestar. El autobús estaba vacío prácticamente en su totalidad. Tan sólo quedaban ella y una anciana que ya había comenzado a avanzar a paso de tortuga por el pasillo central de camino a la salida, apoyada en su bastón.
—Disculpe —se apresuró a contestar mientras recogía rápidamente el termo de té y el libro con el que había tratado de amenizar el largo trayecto desde la estación de tren; se había quedado dormida con él en las manos.
—¿No me ha dicho que la avise? ¡Pues eso estoy haciendo! —la instó el chófer con el antebrazo apoyado sobre en el volante, tranquilo y risueño.
Aquel hombre no parecía una mala persona. Un poco bruto con el tono; de hecho, podía sonar hasta descarado, pero quizá se trataba de la simple confianza que en aquella zona se tenían todos los vecinos. Después de todo, llevaban muchísimo tiempo de viaje y probablemente ella no era precisamente la primera persona que se quedaba traspuesta en un trayecto que implicaba más de 6 horas en un bus del año que le pidas.
La muchacha avanzó no sin cierta torpeza, cargada hasta la saciedad con su equipaje, a pasos cortos, en silencio y conservando la paciencia tras el lento caminar de la anciana. Le dedicó una sonrisa de agradecimiento al conductor mientras se ajustaba el tirante de la mochila al hombro y daba un leve brinquito para que la bolsa de viaje no se le descolgase del contrario.
—Por poco te quedas aquí a dormir, chiquilla… —mencionó el conductor—. Que yo si quieres te dejo y mañana vuelves a hacer la ruta, pero de vuelta.
Ella le dedicó una sonrisa algo incómoda, tímida. Se sintió totalmente vulnerable y avergonzada ante la broma, detalle que empeoró al ver que la anciana también acompañaba la gracia con una suave risilla.
—Hayque ver… esta juventud… —murmuró la susodicha, sacudiendo la cabeza justo cuando pasaba por delante del conductor y alzaba una mano temblorosa para despedirse—. Hasta mañana, Julio.
—Hasta mañana, doña Marieta —respondió él llevando la mano a la palanca de cambios y fijando la vista en la carretera.
Al hombre se le escapó un sincero bostezo de profundo cansancio justo antes de que la última pasajera que, desde luego, parecía no haber pisado el lugar en toda su vida, alcanzara la altura del asiento del conductor. Él la miró por el rabillo del ojo y le sonrió.
—Muchas gracias por todo. —La joven le devolvió la sonrisa, esta vez mucho más sincera que la anterior—. De verdad.
—No es nada. —Dio un palmetazo sobre el salpicadero del autobús y después se pasó los dedos por los ojos, frotándoselos en un intento por aclararse la vista—. Ea. Pa’ bajo, que ya es hora.
Con ello, el conductor dio por concluida la despedida de la recién llegada y Lena puso los pies por fin en la tierra del camino. Porque sí, para su sorpresa, la última parada estaba en mitad de un camino campestre repleto de polvo y tierra.
—Joder.