PREFACIO: AQUEL DICIEMBRE

ChangBin caminó por las calles de Seúl hasta que sus piernas no pudieron más, se sentó en la banca de un parque mientras miraba a la nada, siempre agradeció que sus padres le hubieran dado esa libertad de hacer lo que quisiese durante toda su vida, había entrado a trabajar a la empresa de su padre por voluntad propia, nunca hubo presión tampoco por sus estudios y mucho menos a la hora de elegir sus amistades. Se sintió afortunado por eso, pero al final todo ese libre albedrío sí que tenía un costo. Debió intuirlo desde el momento en que entró a la sala de juntas y vio a la heredera de los Hwang.
Un matrimonio arreglado en pleno siglo XXI, estaba indignado, sí, era cierto que estaba soltero, pero era porque hasta ahora no había conocido a esa persona especial que sacudiera su mundo, que hiciera derretir su corazón, era un cursi de lo peor, hasta antes de eso, él siempre había creído en el amor romántico. Miró su celular, tenía muchas llamadas perdidas de su madre y no pensaba tomar ninguna, a menos que fuera para decirle que todo era una maldita broma. Pasaron de darle derecho a decidir sobre cualquier aspecto de su vida a volverlo su marioneta para el beneficio de sus negocios, suspiró. Al fin de cuentas era un Seo y eso significaba, un estatus qué mantener. Al menos de parte de sus padres, a él su apellido le daba igual, prefería no usarlo, le gustaba conseguir las cosas debido a su esfuerzo.
Ya habían arreglado su matrimonio cómo mínimo esperaba que se le permitiera organizar su propia boda, pero hasta en eso sus padres habían tomado el control, ya tenían el anillo de compromiso y la fecha para la boda. Se sentía totalmente usado y solo quería llorar de la frustración. Un suave olor a canela llegó a él y fue entonces que puso atención a su alrededor, no sabía ni dónde estaba, salió enojado de la empresa y solo se dispuso a caminar, ni siquiera quiso tomar el auto. No había a dónde ir, solo quería olvidarse por un momento, siguió el olor hasta un kiosco donde había varios puestos de comida entre otras cosas y dentro de todos ellos destacaba una pequeña cafetería con sillas al aire libre, se abrazó. La temperatura empezaba a disminuir, recientemente había iniciado el invierno. Algo caliente le vendría bien.
Entró al lugar y la mezcla de olores penetraron sus fosas nasales, café y canela, con un toque de vainilla era lo que predominaba, el lugar era pequeño y acogedor, desde que entró sintió la mirada del chico que estaba en el mostrador, se sentó en una mesa de una sola persona al fondo.
—Hola, es una bonita tarde, ¿no crees? —El empleado colocó el menú en la mesa.
ChangBin levantó su vista para encontrarse con la sonrisa más hermosa qué había visto, el mesero se despidió dejándolo con una sonrisa, trataba de mirar el menú, pero su vista se desviaba hacia la dirección donde estaba el chico. Se sentía extraño por eso, nunca antes se había cuestionado sobre sus preferencias, había salido con algunas chicas durante su adolescencia y en la universidad, pero nunca antes sintió atracción por alguien de su mismo sexo. Lo llamó para ordenar y alcanzó a leer el nombre que señalaba su uniforme, Chan. Solo eso.
Siguió perdido en sus pensamientos que por un momento se olvidó del chico que había captado su atención, dio un largo suspiro, ¿cómo podría zafarse de ese compromiso? Es que no había manera, estaba acorralado, atrapado en esa maldita trampa que por años le tendieron y sin darse cuenta cayó en ella, o quizá siempre estuvo ahí. Un mensaje le distrajo, HyunJin, uno de sus mejores amigos y el hermano gemelo de su futura esposa. Le pedía que no lo hiciera, extraño ya que eran familiares, pero sabiendo su historia entendía por qué lo hacía. “No tengo escapatoria”. Envió y bloqueó el celular, seguro no volvía a tener mensajes de su amigo, lo conocía tan bien que sabría que ahora estaba cerrado a alternativas.
Chan volvió a su mesa y puso un rol de canela que despedía un poco de vapor, ChangBin arqueó su ceja al verlo y elevó su vista para verlo. El chico parecía un sol radiante que iluminaba su oscuro día.
—No pedí nada más.
—Lo sé, la casa invita. Son buenos para curar malos ratos. —Le guiñó un ojo antes de retirarse.
Sintió como su corazón golpeó fuerte su pecho ante ese gesto, no era solo el acto de coquetería, ¿sí le había coqueteado verdad? Lo que más le hizo sentir bien fue que al haber notado su obvio malestar, buscó la manera de animarlo, tomó un trozo del pan y sintió de verdad un consuelo, el sabor estaba en equilibrio, ni demasiado dulce ni irritante, la canela envolvió sus sentidos y deleitó su paladar. Tuvo un momento de felicidad gracias al chico y su rol de canela.
Cuando decidió marcharse una ventisca había empezado, claro que podría llamar a un chófer de la oficina que viniera por él, pero quería que ese rincón de la ciudad que acaba de descubrir fuera por él, tendría que pedir un taxi y aún así se congelaría, salió del lugar para atravesar el parque y esperar en la avenida. Su cuerpo empezó a tiritar, tenía demasiado frío, se abrazó para intentar guardar calor, pero era algo inútil, solo esperaba no tardar mucho esperando, parecía que no era su día porque no venía ningún vehículo a la vista, lo que hubiera dado por quedarse en la cafetería. Se sobresaltó al sentir un abrigo ponerse en sus hombros.
—No debes salir sin abrigo, soy Christopher o Chan, como decía mi etiqueta.
—ChangBin, mucho gusto. —Hizo una leve reverencia al contrario y este le correspondió.
—Puedes traérmelo después, yo estoy bien con esto. —Señaló su suéter color crema que vestía.
—Entonces tendré que volver para dártelo. —Se atrevió a decir aunque algo nervioso, nunca se había considerado bueno coqueteando, mucho menos sabía hacerlo con un hombre.
—Te esperaré, nos vemos pronto. —Se despidió de él yendo en sentido contrario.
ChangBin quedó con una sonrisa amplia en su rostro, olió el abrigo que ahora vestía, sintiendo el perfume del dueño original, sintió un ligero cosquilleo en su estómago y una sensación de bienestar se apoderó de él, era como un abrazo que le brindaba seguridad, que estaba a salvo.
La segunda visita a la cafetería fue con el pretexto de entregar el abrigo que Chan le había prestado, tardó en volver, estaba nervioso, un pánico se apoderó de él, por una parte estaba emocionado de volver a verlo y por otra, no estaba listo para asumirse homosexual y no podía olvidar que aún estaba comprometido. Sus visitas a la cafetería se fueron haciendo más frecuentes, era su escape cuando estaba harto de escuchar a su familia y a los demás por su boda, felicitaciones de personas con las que apenas se había saludado.
La campanilla de la puerta sonó y el chico del mostrador le sonrío, ya sabía que ChangBin llegaría, miró el reloj en su mano y siempre era alrededor de las cinco su visita, llevaba ya casi dos semanas yendo a la cafetería y por lo visto lo hacía por Chan, lo confirmó cuando el día anterior el mesero habitual no había acudido y en su lugar una de las chicas de la cocina lo había cubierto.
—Puntual como siempre.
Chan se acercó al mostrador para colocar su charola vacía de la orden que acababa de servir y negó a las suposiciones de su amigo.
—Viene por ti, lo sé. Ayer estaba muy triste cuando Sana estuvo cubriéndote.
—Claro que no, solo le gusta mucho lo que servimos servimos y tus roles de canela con la recta secreta de tu abuela.
—Mis roles de canela son excepcionales, pero no viene por ellos. Sólo míralo, ese traje tan caro, ¿por qué vendría a esta cafetería? Pudiendo ir a una más ejecutiva o un lugar de alta repostería.
Chan puso atención a sus palabras, empezaba a creer lo que su amigo decía, pero era imposible que él captara la atención de alguien como ChangBin, solo se río y se dirigió hacía el para tomar su pedido.
—Te apuesto que si le das tu número te invita a salir.
—Basta, Felix. —Se quejó mientras este ponía en la charola un café y un rol de canela, se habían vuelto los favoritos de ChangBin, aunque la duda ya había sido sembrada.
Chan había notado que ChangBin siempre parecía querer decirle algo, pero nunca se atrevía, lo notaba en su lenguaje corporal y por la forma en que le miraba siempre, era una locura lo que estaba por hacer, esperó a que Felix entrara a la cocina así no vería que anotó su número en el ticket cuando pidió la cuenta.
ChangBin miraba el ticket con sorpresa, aunque tenía miedo de aceptarse, cada vez que miraba a Christopher se desvanecía, muchas veces había querido pedirle su número y al final se acobardaba, claro que él se había prendado del chico, pero nada le aseguraba ser correspondido. Qué lo rechazara era lo de menos, lo que le asustaba es que fuera juzgado o atacado por eso, aunque él no parecía ser de ese tipo de personas que agreden, aun así. Ahora ver escrito su número ahí le había dado una esperanza, qué no sabía si debía tomar. Después de todo, se iba a casar dentro de un año.
Salió del lugar decidido a no volver, pensó que el corazón de Christopher se iba a romper, quizá le daría una explicación después. Detuvo sus pasos, si ya estaba condenado a ser infeliz toda su vida, ¿por qué se iba a negar este episodio breve de felicidad?
—¿Le diste tu número, verdad?
—¿De qué hablas?
—No creas que no te vi, Chris. Llevamos muchos años aquí y es raro verte dando ese paso. —Vio como su amigo ponía los ojos en blanco y se río.
La campanilla volvió a sonar, era ChangBin de nuevo, su mirada estaba puesta sobre Chan y Felix no podía ocultar una risita, se había dado cuenta del intento de coqueteo de ambos desde hacía mucho tiempo, pero los dos parecían muy torpes, porque ninguno se daba cuenta que realmente había atracción mutua.
—Yo… bueno… —ChangBin no sabía como decirlo y la mirada atenta de Christopher no le ayudaba en lo absoluto.
—Sale a las ocho, pero si te lo quieres llevar antes lo puedo dejar salir a las seis.
Felix les interrumpió causando que los dos chicos se ruborizaran, su amigo casi lo quería matar por eso, pero ChangBin en verdad estaba agradecido, no sabía ni como preguntar, solo le regaló una sonrisa tímida. No olvidaría que fue en aquel diciembre cuando el rumbo de su vida cambió para siempre, en ese entonces no sabía que aquella tarde volvería a recuperar su capacidad de dirigir su vida como él quería y mucho menos imaginó que en un par de años un bonito anillo adornaría su dedo anular.
