Chapter 1
Aemond hubiera preferido mil veces ser cazador, no era que tuviera tal falta de control para perder la paciencia viendo al resto de su equipo volando con movimientos bruscos y la adrenalina al cien por ciento mientras él esperaba a ver la pequeña Snitch por algún lado.
Su problema ni siquiera estaba con su equipo.
Esa molestia punzante y la vena palpitando en su sien sólo aparecía en específico enfrentándose a ése equipo de Gryffindor. Y tampoco era que tuviera algo en contra de ellos en general. A veces si eran prepotentes pensando ninguna casa los superaba, y claro, no negaría le encantaría lanzarle en la cabeza una Brudger al capitán de ese equipo. Pero su hermano Daeron jugaba en Gryffindor como guardián entonces sólo podía regocijarse en su imaginación para no enfadarlo. A todo esto, ¿Cuál, o “quién” mejor dicho, era el problema?
—Es un partido interesante.
—¿Ah sí?
—Todos los partidos donde estoy contigo son interesantes. Espero algún día en lugar de atrapar la Snitch dorada, te atrape a tí– Explicó Lucerys con voz profunda, acercándose discretamente.
Aemond retrocedió en su escoba por instinto, rodando los ojos. Ése otro buscador era un innegable fastidio.
—¿Qué estás buscando, lord Strong?
—A tí. ¿Estoy cerca de conseguirte?
Desde su tercer año en Hogwarts, en el momento que vió al pequeño Lucerys Strong colocarse el sombrero seleccionador, supuso varias cosas de él: uno, seguro era familia de Jacaerys Strong y por eso el parecido; dos, que ese niño tembloroso que intercambió una mirada con él hasta tropezar mientras se dirigía a la mesa de Gryffindor seguro traía algo entre manos.
Al principio Lucerys apenas podía hablarle. Tartamudeaba, o salía corriendo siempre que estaban a menos de cinco metros. Aemond pensó tenía que ser un tonto. Durante dos años aprendió a ignorarlo y seguir haciendo sus cosas luego de verlo huir de él.
En el tercer año del castaño, y quinto año de Aemond, Lucerys pareció tener algo de confianza habiendo crecido un poco y le enviaba ranas de chocolate junto a cartas de amor nada anónimas. Aegon al principio no cayó en cuenta de nada, no estaban en la misma casa, pero a pesar de ser un Hufflepuff si encontró cómo ponerse al corriente de la noticia (quizás Daeron le había dicho). Y sus hermanos comenzaron a llamar a Lucerys “el novio de Aemond” cada que lo veían por los pasillos, aunque el castaño casi se desmayara con su cara sonrojada y Aemond los persiguiera para vengarse.
En su cuarto año Lucerys tomó mayor valentía y ahora podía hablarle como persona normal por lo menos. Las cartas pasaron a ser más atrevidas y en lugar de enviarlas a la sala común en las mazmorras, usaba hechizos para que fueran volando sobre el hombro de Aemond aleteando sus alas de papel. Aemond tuvo que admitir eran originales. Pero no iba a ceder sólo porque ya parecía gente normal estando cerca. El enano ni siquiera era su tipo. A él le gustaban altos como el profesor de defensa contra las artes oscuras, Daemon (incluso su hermana formaba parte del club de fans).
Aún así, Lucerys no se rindió y ese mismo año entró al equipo de quiditch liderado por su hermano Jacaerys. Aemond sólo por curiosidad fué a verlo durante un partido entre Ravencraw y Gryffindor con la excusa apoyar el equipo de su hermana, inesperadamente era más o menos competente. Lo suficiente para atrapar la Snitch dorada pronto. No esperaba al terminar, Lucerys se diera cuenta asistió al partido y lo mirara fijamente mientras llevaba la Snitch hasta sus labios, como una especie de provocación lasciva.
Aemond por supuesto se fué lo antes posible de la escena, sintiendo se estaba volviendo el tierno chico en una especie de depravado.
Algo de lo que se arrepintió totalmente. Luego de eso a Lucerys ya no le bastaba con coquetearle descaradamente, no, no. Tenía que aparecerle al frente en la biblioteca, en Hogsmeade, cerca de la sala común de Slytherin cuando Aemond volvía de un largo día de clases. Y ahora el apodo “novio de Aemond” se extendió hasta el punto que sus propios compañeros lo usaban y se reían amistosamente de Aemond llamándolo asaltacunas. Pronto incluso escuchó los profesores se dirigían a él de ese modo: “Escucha, deberías ayudar a tu novio en pociones que no es muy bueno”, “Mira, Aemond, tu novio pidió hoy te fueras a Hogsmeade sin él que va a quedarse repasando una lección”.
¡¿Por quién lo tomaban?! Lo peor era que mientras lo ayudaba con pociones él sólo podía gritarle frustrado por su falta de entendimiento y Lucerys parecía estar en el mejor día de su vida. Y cuando lograba salir de un repaso para acompañar a Aemond al pueblo todavía se atrevía a gritarle “¡Pude salir a tiempo, vamos a nuestra cita!”.
Ya ni sus hermanos se desconcertaban de verlo entre ellos cuatro bebiendo cerveza de mantequilla en Las Tres Escobas con una sonrisa de oreja a oreja en contraste a la expresión sombría de Aemond. La única razón del por qué lo dejaba salir con ellos era que el chiquillo traía muchos temas interesantes y le compraba todas las ranas de chocolate que podía encontrar.
Al final de ese año, fiel a su propósito de seguirlo como cachorro, incluso fué en el mismo vagón y se vieron obligados compartis con sus hermanos. “Este es mi hermano Joffrey, él es Aemond mi novio”, todavía se atrevió a decir el muy sinvergüenza. Aemond lo pateó fuera del asiento pero el mocoso todavía tenía un plan, y le colocó una expresión lamentable de cachorro desvalido. Aemond ya no tuvo corazón para volverlo a echar de su lado y tuvo que soportarlo tomando su mano el resto del camino frente a todos mientras su cara ardía imaginando la reacción de todos si lo veían así con un chiquillo.
Tampoco tuvo la decencia de soltarlo afuera cuando bajaban para reunirse con sus familias, para nada. Tuvo que arrastrarlo y llevarlo con sus padres, diciendo “Él es Aemond, mi novio”. Ni siquiera tuvo tiempo de negarlo, pues la mujer de inmediato lo inundó de preguntas y el hombre se alegró de la noticia.
Comenzando el quinto año de Lucerys, y último para Aemond, lo peor pasó: ¡El enano pasó a superarlo en altura! Cómo diablos lo logró en tan sólo unos meses de verano fué un misterio. Seguía buscando hechizos que pudieran justificar ese cambio abrupto de estatura. Ahora el muy sinvergüenza se atrevía aparecerle de la nada y abrazarlo por la espalda, con sus hombros anchos apretarlo entre sus brazos y besar su frente. Aemond ni tenía tiempo de reaccionar. Diablos, se estsba haciendo cada vez más guapo, ¿Cómo podían juzgarlo?
Incluso en los partidos Lucerys no paraba su coquetería, muchas más directas.
—Ni cerca– Negó mirando por el rabillo del ojo al castaño.
Pero el Strong siguió sonriendo.
—Yo creo que sí.
Aemond iba a responderte, pero un destello dorado volando en picada lo sorprendió otra vez. Al mismo tiempo que Lucerys, descendieron entre empujones estirando sus brazos para buscar atrapar el pequeño objetivo inquieto.
El platinado tuvo que aguantar la respiración para concentrarse, distraído por el aroma corporal intensificado con el sudor y la fuerza del viento. Su cabello era más largo que el del otro, pero el estúpido parecía usaba mínimo diez marcas de shampoo más que él.
Maldijo cuando notó el castaño con sus brazos ahora más largos que los suyos casi rozaba la Snitch. Si no hacía algo tenaz perdería el partido. Y no podía perder contra él. Se negaba rotundamente.
Impulsandose con los muslos, logró saltar fuera de la escoba y rodear con sus manos la stnich antes que el otro a tiempo. Su corazón se aceleró eufórico cuando pudo atraparla antes que Lucerys.
—¡AEMOND, CUIDADO!
El mencionado sabía iba a caer desde una altura de dos metros, pero en su mente la sensación de satisfacción no desaparecía. Entendía el riesgo y lo aceptaba resignado mientras escuchaba Slytherin ganaba el partido. Iría a la enfermería, y se repondría de sus huesos rotos, nada que no pudiera soportar. Se preparó para recibir el dolor de la caída que nunca llegó.
Un cuerpo más grande que el suyo se aferró con su vida a él y lo cubrió justo antes de tocar el implacable suelo. Apenas sintió una sacudida y su cabeza chocando en el pecho de alguien más.
—Mierda, Aemond, eres increíble...
—¡¿Luke?!– Abrió los ojos rodeando instintivamente el cuello del castaño, sacudiendo preocupado la cabeza– ¡¿Cómo te sientes?! ¡¿Qué tanto te duele?!
—He tenido peores caídas practicando en casa...– Susurró con voz ronca Lucerys, posando sus manos sobre la nuca de Aemond– Prefiero yo recibir el daño a que lo sufras tú.
—¡Idiota, idiota!– Aemond gritó sin saber exactamente por qué, a pesar no podía soltar el cuerpo de Lucerys. Su voz se cortó y tuvo que callarse, derramando una lágrima solitaria y tibia que tocó el uniforme ajeno.
Sin embargo, Lucerys tomó una bocanada de aire y agarró suavemente las mejillas del platinado, levantando su rostro para intercambiar una mirada profunda.
—... Te atrapé– Dijo, y selló sus palabras con un beso.
Aemond jadeó sorprendido pero no tardó en corresponder, renunciando a seguir negando sus sentimientos. Podía sentir el pecho de Lucerys palpitando a la misma velocidad que el suyo, y la sonrisa eufórica del mocoso satisfecho de haber logrado ganar su corazón.
Daeron ni siquiera se atrevió a decir ni una palabra a varios metros de ellos, sonrojado hasta las orejas y ayudando a mantener lejos a Jacaerys. Tampoco la enfermera con la camilla dijo nada por un buen rato.